vendredi 15 mars 2013

Centrándonos en lo fundamental

Pudiera ser que los últimos e importantísimos acontecimientos sucedidos en el seno de la Santa Madre Iglesia nos hayan hecho “olvidar” que estamos en Cuaresma. De ser así, nada mejor que releer el mensaje para la Cuaresma 2013 del Santo padre Benedicto XVI.

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En un tiempo de cambios más rápidos de los que aconseja la Tradición, me ha parecido conveniente traer a la bitácora un fragmento de la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis del Santo Padre Benedicto XVI, al episcopado, al clero, a las personas consagradas y a los fieles laicos, sobre la Eucaristía, fuente y culmen de la vida y de la misión de la Iglesia:

La celebración participada interiormente

Catequesis mistagógica

…La gran tradición litúrgica de la Iglesia nos enseña que, para una participación fructuosa, es necesario esforzarse por corresponder personalmente al misterio que se celebra mediante el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo entero. Por este motivo, el Sínodo de los Obispos ha recomendado que los fieles tengan una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y las palabras. Si faltara ésta, nuestras celebraciones, por muy animadas que fueren, correrían el riesgo de caer en el ritualismo. Así pues, se ha de promover una educación en la fe eucarística que disponga a los fieles a vivir personalmente lo que se celebra. Ante la importancia esencial de esta participatio personal y consciente, ¿cuáles pueden ser los instrumentos formativos idóneos? A este respecto, los Padres sinodales han propuesto unánimemente una catequesis de carácter mistagógico que lleve a los fieles a adentrarse cada vez más en los misterios celebrados.

En particular, por lo que se refiere a la relación entre el ars celebrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que «la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada ». En efecto, por su propia naturaleza, la liturgia tiene una eficacia propia para introducir a los fieles en el conocimiento del misterio celebrado. Precisamente por ello, el itinerario formativo del cristiano en la tradición más antigua de la Iglesia, aun sin descuidar la comprensión sistemática de los contenidos de la fe, tuvo siempre un carácter de experiencia, en el cual era determinante el encuentro vivo y persuasivo con Cristo, anunciado por auténticos testigos. En este sentido, el que introduce en los misterios es ante todo el testigo. Dicho encuentro ahonda en la catequesis y tiene su fuente y su culmen en la celebración de la Eucaristía. De esta estructura fundamental de la experiencia cristiana nace la exigencia de un itinerario mistagógico, en el cual se han de tener siempre presentes tres elementos:

a) Ante todo, la interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, según la tradición viva de la Iglesia. Efectivamente, la celebración de la Eucaristía contiene en su infinita riqueza continuas referencias a la historia de la salvación. En Cristo crucificado y resucitado podemos celebrar verdaderamente el centro que recapitula toda la realidad (cf. Ef 1,10). Desde el principio, la comunidad cristiana ha leído los acontecimientos de la vida de Jesús, y en particular el misterio pascual, en relación con todo el itinerario veterotestamentario.

b) Además, la catequesis mistagógica ha de introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos. Este cometido es particularmente urgente en una época como la actual, tan imbuida por la tecnología, en la cual se corre el riesgo de perder la capacidad perceptiva de los signos y símbolos. Más que informar, la catequesis mistagógica debe despertar y educar la sensibilidad de los fieles ante el lenguaje de los signos y gestos que, unidos a la palabra, constituyen el rito.

c) Finalmente, la catequesis mistagógica ha de enseñar el significado de los ritos en relación con la vida cristiana en todas sus facetas, como el trabajo y los compromisos, el pensamiento y el afecto, la actividad y el descanso. Forma parte del itinerario mistagógico subrayar la relación entre los misterios celebrados en el rito y la responsabilidad misionera de los fieles. En este sentido, el resultado final de la mistagogía es tomar conciencia de que la propia vida se transforma progresivamente por los santos misterios que se celebran. Por otra parte, toda la educación cristiana tiene como objetivo formar al fiel como «hombre nuevo», con una fe adulta, que lo haga capaz de testimoniar en su propio ambiente la esperanza cristiana que lo anima.

Para realizar en nuestras comunidades eclesiales esta tarea educativa, hay que contar con formadores bien preparados. Ciertamente, todo el Pueblo de Dios ha de sentirse comprometido en esta formación. Cada comunidad cristiana está llamada a ser ámbito pedagógico que introduce en los misterios que se celebran en la fe. A este respecto, durante el Sínodo los Padres han subrayado la conveniencia de una mayor participación de las comunidades de vida consagrada, de los movimientos y demás grupos que, por sus propios carismas, pueden aportar un renovado impulso a la formación cristiana. También en nuestro tiempo el Espíritu Santo prodiga la efusión de sus dones para sostener la misión apostólica de la Iglesia, a la cual corresponde difundir la fe y educarla hasta su madurez.

Veneración de la Eucaristía

Un signo convincente de la eficacia que la catequesis eucarística tiene en los fieles es sin duda el crecimiento en ellos del sentido del misterio de Dios presente entre nosotros. Eso se puede comprobar a través de manifestaciones específicas de veneración de la Eucaristía, hacia la cual el itinerario mistagógico debe introducir a los fieles. Pienso, en general, en la importancia de los gestos y de la postura, como arrodillarse durante los momentos principales de la Plegaria eucarística. Para adecuarse a la legítima diversidad de los signos que se usan en el contexto de las diferentes culturas, cada uno ha de vivir y expresar que es consciente de encontrarse en toda celebración ante la majestad infinita de Dios, que llega a nosotros de manera humilde en los signos sacramentales…

En Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol san Pedro, del año 2007, segundo de mi Pontificado.





jeudi 14 mars 2013

Caminar, construir, confesar, siempre con la cruz de Cristo


Ciudad del Vaticano, 14 marzo 2013 (VIS).-El Santo Padre Francisco ha celebrado esta tarde a las 17.00 en la Capilla Sixtina la Santa Misa Pro Ecclesia con los 114 cardenales electores y los conclavistas.

La primera lectura ha sido el cántico del profeta Isaías que comienza con las palabras “Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor” y prosigue con las célebres frases: “Será el árbitro de las naciones, el juez de los pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo,no se adiestrarán para la guerra”. Después, se ha leído la primera Carta de San Pedro dedicada al sacerdocio común de los fieles que dice: “También vosotros, como piedras vivas, sois edificados como edificio espiritual para un sacerdocio santo” y exhorta a ser “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su admirable luz”. El Evangelio ha sido el relato que de la Confesión de Pedro hace San Mateo, cuando Cristo pregunta a los discípulos: “Y vosotros ¿quien decís que soy yo? y a la respuesta de Pedro: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, Jesús contesta: “Y yo te digo que tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

En su primera homilía como Papa y hablando en italiano, sin leer ningún texto, Francisco ha observado que las tres lecturas tienen algo en común: “el movimiento. En la primera de ellas, el movimiento es camino; en la segunda el movimiento está en la construcción de la Iglesia ; en el Evangelio, el movimiento está en la confesión. Caminar, construir, confesar”.

El Pontífice ha recordado que lo primero que Dios dijo a Abraham fue: “Camina en mi presencia y se perfecto.. Nuestra vida es un camino. Cuando nos detenemos, hay algo que no funciona. Caminar, siempre, en presencia del Señor, a la luz del Señor, intentando vivir con la perfección que Dios pide a Abraham”.

“Construir - ha dicho- Edificar la Iglesia; se habla de piedras: las piedras son consistentes; pero son piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la Esposa de Cristo, sobre la piedra angular que es el Señor mismo”.

“Confesar.... Podemos caminar cuanto queramos, podemos construir tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, no vale. Nos convertiríamos en una ONG filantrópica, pero no seríamos la Iglesia, esposa del Señor. Cuando no andamos, nos detenemos... retrocedemos. Cuando no se construye sobre las piedras ¿qué pasa? Nos pasa lo mismo que a los niños cuando hacen castillos de arena en la playa: terminan cayéndose porque no tienen consistencia”. Y, citando a Leon Bloy, el Santo Padre ha afirmado: "El que no reza al Señor, reza al diablo" porque “cuando no se confiesa a Jesucristo se confiesa la mundanidad del demonio”.


“Caminar, edificar, construir, confesar. Pero no es tan fácil, porque cuando se camina, se construye, se confiesa, a veces hay sacudidas, hay tirones, que no son movimientos propios del camino porque nos hacen retroceder”.

En el Evangelio, ha proseguido el Papa, “incluso Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: “Tu eres Cristo, el hijo de Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de la Cruz. Es algo que no tiene nada que ver... Te sigo, sin la Cruz”. Pero “cuando caminamos sin la Cruz, cuando construimos sin la Cruz y cuando confesamos a un Cristo sin la Cruz... no somos discípulos del Señor: somos mundanos; somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor”.

“Y yo quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor; sí, el valor, de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor, de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor que se derramó en la Cruz; y de confesar la única gloria: a Cristo crucificado. Y así, la Iglesia irá hacia delante. Deseo para todos nosotros que el Espíritu Santo y la oración de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo”.

Terminada la homilía, en las oraciones de los fieles se ha rezado por el nuevo pontífice y también por Su Santidad Benedicto XVI para que “sirva a la Iglesia en el retiro con una vida dedicada a la oración y la meditación”. También se ha pedido que los responsables de las naciones “no actúen movidos por la fuerza o por el interés ni tiranicen a las personas y sean conscientes de que todo poder procede de Dios” y se ha recordado “a cuantos sufren, a cuantos luchan desamparados en la vida para que Cristo, el Pastor supremo, los conforte y consuele dándoles la corona de la gloria”.

Una vez finalizada la Misa el Pontífice ha visitado el apartamento papal en el palacio apostólico.

Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam.

Como nos pasa a muchos católicos, hoy me es imposible dejar de pensar en la Santa Madre Iglesia y en el sucesor de San Pedro. De modo que estoy tratando de poner algo de orden y tranquilidad en mi alma.

En el tiempo pasado desde el anuncio de la renuncia de Benedicto XVI hasta la tarde de ayer, hemos pasado de la sorpresa, la perplejidad, y el asombro, a la reflexión, la meditación y la oración, llegando finalmente de nuevo a la sorpresa cuando tras la última puesta del sol hemos asistido a la proclamación de nuestro primer Papa nacido en la América española, y miembro de la Compañía de Jesús que fundara San Ignacio de Loyola.

Respecto a la renuncia de Benedicto XVI, después de leer y escuchar reacciones de todo signo y opiniones encontradas, unas más serenas que otras, algunas mucho más autorizadas que otras y en general bastantes bobadas, personalmente he acogido e interiorizado el sorprendente acontecimiento con toda la serenidad, tranquilidad y normalidad que me ha sido posible.

Es pública la admiración, respeto y agradecimiento que he tenido siempre por Joseph Ratzinger, más allá de disputas teológicas, desde la espiritualidad cristiana, como católico pero en este caso sobre todo como ser humano, creo firmemente que Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, es el hombre más inteligente, la mente más brillante, en definitiva el mayor sabio vivo sobre la faz de la Tierra.

Y nuestra relación personal, la relación entre Joseph Ratzinger y este humilde pecador, como no podía ser de otra manera, se ha desarrollado y seguirá desarrollándose a través de la palabra escrita, él como escritor y yo como agradecido lector.


Como corresponde a los grandes hombres, sólo con el paso de los años se llega apreciar su inmensa labor, tras la cual, siempre hemos de lamentar la inmensa labor que dejan por hacer. Así es la vida del hombre en este mundo, pasajera y corta como un suspiro. La de los sabios y la de los humildes.

Mi reflexión personal es que nuestro Santo Padre Francisco cuenta con la inmensa bendición de disponer del mejor consejero posible, los años que Dios Nuestro Señor quiera aún conceder a Joseph Ratzinger.

En cuanto al Papa, que hasta ayer era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, y hoy es el Papa Francisco, aparte de mi alegría y alivio como católico al ver de nuevo un Romano Pontífice a la cabeza de la Santa Madre Iglesia, sólo haré unas breves reflexiones, poco más allá de las obviedades.

Que su procedencia americana conviene a la catolicidad, la universalidad de la Iglesia, parece evidente. Y el hecho de ser hijo de inmigrantes italianos, y haber nacido y ejercido su ministerio precisamente en Argentina, se me aparece un buen símbolo de la correcta comprensión de esta universalidad.

Pues si bien que la Iglesia Católica es universal es un hecho cierto, no debemos olvidar el verdadero significado de su universalidad, que no consiste en aunar en una informe amalgama lo que procede de los cuatro puntos cardinales, sino más bien en extender hasta los extremos de la Tierra la Buena Noticia, la Verdad, que ha sido revelada a los hombres desde el inicio de los tiempos en las orillas del Mare Nostrum.

Y aquí de nuevo, como en tantas ocasiones, debo ceder la palabra a Don Marcelino Menéndez Y Pelayo: “España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía.
España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra.”


L'OSSERVATORE ROMANO
Precisamente en este párrafo inmortal tantas veces repetido se resume todo lo que hoy quería decir del Santo Padre Francisco.

- Que procede de Argentina, cuyos habitantes son católicos en su práctica totalidad, gracias a la Fe que España llevó hasta el nuevo mundo, y que en el conjunto de las repúblicas tristemente separadas de la Madre Patria, es sin duda la más “española”.

- Que es miembro de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola, soldado y santo español por excelencia, y por tanto dedicado a “militar para Dios bajo la bandera de la Cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra”.

- Y finalmente que conociendo y hablando los idiomas civilizados del mundo, reza en español, de lo que toda la Cristiandad debe regocijarse, ya que tal como señaló sabiamente Víctor Hugo, el inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las ciencias, el francés es el lenguaje del amor, y en cuanto al español, sentenció: “¡Ah, el español, ese es el idioma para hablar con Dios!”. No en vano en español escribieron San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús las obras cumbres de la mística universal.


Termino ya, reproduciendo un párrafo sobre el nuevo Papa de L’Osservatore Romano de hoy: «Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos», ha dicho más de una vez para explicar la opción de vivir en un apartamento y de prepararse la cena él mismo. A sus sacerdotes siempre les ha recomendado misericordia, valentía apostólica y puertas abiertas a todos. Lo peor que puede suceder en la Iglesia, explicó en algunas circunstancias, «es aquello que De Lubac llama mundanidad espiritual», que significa «ponerse a sí mismo en el centro». Y cuando cita la justicia social, invita en primer lugar a retomar en mano el catecismo, a redescubrir los diez mandamientos y las bienaventuranzas. Su proyecto es sencillo: si se sigue a Cristo, se comprende que «pisotear la dignidad de una persona es pecado grave».

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PS: Me doy cuenta de que no reparado en la elección del nombre de Francisco. Sencillamente creo que completa el círculo de cuanto he apuntado en esta entrada. El más universal de los santos italianos como guía de un Sumo Pontífice hijo de italianos.
Un pontificado basado en las virtudes y enseñanzas de San Frascisco de Asís, la humildad, la pobreza, el sacrificio, el entusiasmo en el anuncio del Evangelio, la alegría y la fidelidad a la Iglesia de Cristo, es sin duda lo que más necesita este mundo asolado por el triste y desolador relativismo anticristiano de la modernidad.

mercredi 13 mars 2013

La perenne tentación liberal

La tradición católica ante la hegemonía liberal

Miguel Ayuso

Se ha escrito que, así como entre las civilizaciones históricas sólo algunas como la grecolatina o la judeocristiana se nos ofrecen con una transparencia intelectual y afectiva que nos permite compartir su anclaje eternal, otras por el contrario nos parecen opacas, misteriosas o ajenas. Los árabes de Egipto enseñan hoy las pirámides como algo que es ajeno a su propia cultura y comprensión, mientras que nosotros, en cambio, mostramos una vieja catedral o el Partenón con un fondo emocional de participación.

Pues bien, “el día en que nuestras catedrales –o la Acrópolis de Atenas– resulten para nosotros tan extrañas como las pirámides para los actuales pobladores de Egipto, se habrá extinguido en sus raíces nuestra civilización”. (1)
La incomprensión moderna o “extrañeza”, de origen liberal, hacia el fenómeno de la unidad religiosa signa indeleblemente la agonía de nuestro modo de ser y rubrica el fracaso de nuestro proyecto comunitario, en el sentido más restringido del término. (2)

Ahora bien, de las ruinas de esa civilización sólo ha surgido una disociación –“disociedad”– que, si sobrevive entre estertores y crisis, es a costa de los restos difusos de aquella cultura originaria, e incluso de las ruinas de esas ruinas. (3)

El caso español es, en este punto, particularmente relevante por la pertinaz y secular resistencia a la secularización mudada ahora en acelerada adhesión. (4)

En el origen de este cambio se hallan implicados variados estratos teológicos, filosóficos culturales, sociales y políticos que, en su interacción, se han mostrado como especialmente disolventes: “No podría, pues, pensar que no hay relación entre los procesos políticos de los últimos años y la ruina de la fe católica entre los españoles. Afirmar esta conexión, que a mí me parece moralmente cierta, entre un proceso político y el proceso descristianizador, no me parece que pueda ser acusado de confusión de planos o de equivocada interpretación de lo que es en sí mismo perteneciente al Evangelio y a la vida cristiana. Precisamente porque aquel lenguaje profético del Magisterio ilumina, con luz sobre natural venida de Dios mismo, algo que resulta también patente a la experiencia social y al análisis filosófico de las corrientes e ideologías a las que atribuimos aquel intrínseco efecto descristianizador. Lo que el estudio y la docilidad al Magisterio pontificio ponen en claro, y dejan fuera de toda duda, es que los movimientos políticos y sociales que han caracterizado el curso de la humanidad contemporánea en los últimos siglos, no son sólo opciones de orden ideológico o de preferencia por tal o cual sistema de organización de la sociedad política o de la vida económica [...]. Son la puesta en práctica en la vida colectiva, en la vida de la sociedad y de la política, del inmanentismo antropocéntrico y antiteístico”. (5)

Tras haberse consumado la separación de la Iglesia y el Estado, con el refuerzo en modo alguno inocente de las propias jerarquías eclesiásticas, hoy se haya incoada la separación de la Iglesia y la sociedad. (6) Es, por tanto, nuestra época una suerte de contra-cristiandad en la que las ideas, costumbres e instituciones trabajan en contra de lo cristiano. En esta situación, la coyuntura empuja a muchos a salvar lo que se puede de un viejo navío naufragado. Mientras otros se esfuerzan por recordar que los despojos que van a la deriva pertenecieron a un buque cuyas dimensiones, características, etc., es dable conocer. Y todo debe hacerse. Pero lo que no se puede olvidar es que sin el acogimiento de una civilización coherente todos los restos que se salvan, de un lado, están mutilados, desnaturalizados, y –de otro– difícilmente pueden subsistir mucho tiempo en su separación. Así la clave no puede hallarse sino en la incesante restauración-instauración (¿cómo no recordar el memorable texto de San Pío X?) de la civilización cristiana, que además no podrá ser ajena –exigencias de la pietas– a la Cristiandad histórica. La sustitución del ideal de Cristiandad por el de una laicidad pretendidamente no laicista, según el paradigma del “americanismo”, no solamente quiebra la continuidad (por lo menos en el lenguaje) del magisterio político de la Iglesia, sino que se muestra peligrosamente equívoca y gravemente perturbadora, al poner a los católicos ante la contradicción de una democracia aceptada como cuadro único de la convivencia (en puridad coexistencia) humana, pero inaceptable como fundamento del gobierno. Democracia “real” con la que necesariamente ha de terminar chocando la Iglesia; aunque, al retorcer hechos y argumentos buscando el acomodamiento, no llegue a rearticularse el derecho público cristiano. (7)

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La autoridad ejercida con el espíritu del Corazón de Jesús

“De poco seguirían los medios de acción expuestos hasta aquí si no los secundase aquel resorte que mueve todas las sociedades humanas, que es la autoridad. Sin el auxilio y aun contra la voluntad de las autoridades humanas, fundó Cristo su Iglesia, y la propagó sin el concurso y ayuda de la ciencia y demás medios humanos. Pero esto fue un milagro, y no está Dios obligado a estar haciendo siempre milagros. Mas aun cuando quisiera renovar ahora los milagros de entonces en la reforma del pueblo cristiano, y convertir al mundo a despecho de las potestades de la tierra, no sería completa su victoria ni entera su dominación, quedando por conquistar estas potestades. Es pues necesario que todo poder se someta al poder de Dios. No nos limitamos aquí a la autoridad suprema de las naciones, pues hablamos de la autoridad en general. Comprendemos la que rige las familias, como la que gobierna las ciudades, la que preside una comunidad religiosa como la que impera en las sociedades civiles y políticas. En este sentido, es evidente que el concurso de la autoridad es necesario para el establecimiento del reino de Cristo en la tierra. En cualquier esfera que la autoridad se ejerza, alta o baja, noble o plebeya, religiosa o política, hay que tomar por norma el espíritu del Corazón de Jesús, para poder cumplir una misión tan difícil como esta, y superar los obstáculos que en nuestros días encuentra el que ha de regir a los hombres.”

Henri RAMIÈRE, S. J., L’apostolat du Sacré Coeur de Jésus, Tolosa, 1868. La traducción está tomada de la edición castellana de la segunda parte, Alianza de amor con el Corazón de Jesús, Bilbao, 1901, págs. 301 y sigs.

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(1) Rafael GAMBRA, “Razón humana y cultura histórica”, Verbo (Madrid) n. º 223-224 (1984), págs. 305 y sigs.

(2) IDEM, “Comunidad y coexistencia”, Verbo (Madrid) n. º 91-92 (1971), págs. 51 y sigs.

(3) Marcel DE CORTE, “De la société à la termitière para la dissociété”, L´Ordre Française (París) n. º 180 y 181 (1974), págs. 5 y sigs. y 4 y sigs. respectivamente. Cfr. también José Antonio ULLATE, “Algunas consideraciones para la acción política en disociedad”, Verbo (Madrid) n.º 487-488 (2010), págs. 643 y sigs.

(4) Miguel AYUSO, Las murallas de la Ciudad, Buenos Aires, 2001, págs. 149 y sigs.

(5) Francisco CANALS, “Reflexión y súplica ante nuestros pastores y maestros”, Cristiandad (Barcelona) n. º 670-672 (1987), págs. 37 y sigs.

(6) Thomas MOLNAR, The Church, Pilgrim of Centuries, Michigan, 1990.

(7) Miguel AYUSO, La constitución cristiana de los Estados, cit., págs. 11 y sigs.

lundi 11 mars 2013

samedi 9 mars 2013

De la Guerra de la Independencia al Carlismo


Una revisión de las tendencias políticas actuantes

Miguel Ayuso

La historiografía liberal fue la primera en apoderarse del 2 de mayo, en el cuadro de la llamada (no de modo totalmente inocuo) “guerra de la Independencia”. Don Federico Suárez Verdeguer realizó en los últimos años cuarenta y primeros cincuenta una profunda revisión de la historia contemporánea española que resulta oportuno recordar aquí.

La interpretación dominante de la crisis política del antiguo régimen y los balbuceos del régimen liberal, esto es, el período que se extiende entre 1800 y 1840, hasta entonces había venido tocada por la limitación sectaria de las fuentes, excluidas las no liberales, y por la repetición acrítica de las mismas. Siendo grave la primera de las deficiencias, la más nociva con todo era la segunda. Pues hubiera bastado la reflexión problemática a partir de las fuentes de parte comúnmente utilizadas para que hubieran emergido netas las contradicciones, en suma, las falsedades.

Frente a la presentación corriente de un realismo (luego convertido en carlismo) sinónimo de absolutismo, conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno, y un liberalismo identificado con todos los bienes, sin sombra alguna de mal, el sabio historiador descubrió por el contrario la existencia de tres actitudes, descritas inicialmente como conservadora, innovadora y renovadora.

Tales etiquetas por el momento no responden tanto a los nombres con que son conocidas en los manuales de historia, sino más bien a una percepción de las tendencias fluidas que se encontraban en la sociedad española. Veámoslo un poco más por menudo.

En primer lugar puede aislarse un grupo humano de acuerdo conscientemente con la gobernación borbónica de finales del XVIII. Grupo reducido, pero selecto, integrado en buena parte por el alto clero y la nobleza cortesana, ha sido ganado por los ideales de la Ilustración. Regalistas en materia religiosa, centralistas en cuanto a la política territorial, indiferentes a las (decadentes) instituciones representativas tradicionales, que ven como una rémora o un residuo del pasado caduco. Cuando decimos conservador, pues, estamos diciéndolo en el sentido de conservación de un antiguo régimen ahormado por un absolutismo monárquico devenido en despotismo ilustrado.

Las otras dos actitudes, por contra, se presentan inicialmente acomunadas por las ansias de reforma, pero ahí terminan sus semejanzas, abriéndose en cambio las radicales diferencias.

Porque el reformismo sólo implica un deseo de cambio, que puede encaminarse hacia senderos no sólo diversos sino aún divergentes. Eso es lo que ocurrió. Pues la denominada innovadora buscó la salida a la evidente crisis en la cancelación de la situación presente a comienzos de siglo, sí, pero también en la de la tradición española de la que ésta era desleída heredera. Grupo igualmente reducido, sus fuentes probablemente no eran tan distantes de las del grupo precedente, pero se iban a encaminar más resueltamente a atajar la coyuntura. En tal sentido, eran igualmente regalistas (cuando no directamente anticristianos) y centralistas, y en cuanto a la representación postulaban una representación nacional diferente radicalmente de la estamental hasta entonces vigente, aunque (como ha quedado dicho) decadente. Son los que podríamos apodar de liberales.


La actitud renovadora, por su parte, no dejaba de ser leal al Rey, aunque coexistiendo con una difusa crítica a su gobierno.


Católicos sinceros, amantes de los fueros y libertades locales y ligados a las instituciones tradicionales en que se basaba la vieja representación, puede decirse que la mayor parte de la población, con mayor o menor conciencia y vigor, pero en todo caso, engrosaba este grupo, que fue conocido como realista y que fue el que concluyó en el carlismo.

La anterior presentación, por escueta que haya sido, rompe la bipolaridad absolutismo (al que se adscribe al carlismo) y liberalismo, cargado éste con todas las valencias positivas mientras que se atribuyen a aquél todas las negativas.

Para empezar muestra una mayor proximidad entre absolutismo y liberalismo que la que estamos acostumbrados a encontrar, así como distingue el realismo netamente de los anteriores. Que entre absolutismo y liberalismo se da una íntima continuidad no es ningún secreto desde que Tocqueville lo hubiera tematizado para Francia. Desde un ángulo teorético está igualmente bien asentado que el esquema de Locke o Rousseau, al que se acogen hasta el día de hoy todos los liberales que en el mundo han sido, respectivamente en su versión inglesa o francesa, no son en el fondo sino revisiones del de Hobbes, padre de la ciencia política moderna y forjador del Leviatán del Estado moderno, nacido con las monarquías absolutas.

Pero es que en la historia hallamos constatación de tales nexos. Ciñéndonos tan sólo a la de España, en el período crucial de la guerra contra Napoleón, en primer lugar, es de observar la naturaleza religiosa y patriótica (en sentido tradicional) que la anima, inscribible por lo mismo en el seno espiritual del “realismo”, mientras que liberales y absolutistas o son “afrancesados” o (como escribiera Menéndez Pelayo) sólo por una “loable inconsecuencia” dejaron de afrancesarse.

Pero sobre todo, en segundo término, es en la llamada significativamente por los liberales “década ominosa” cuando encontramos una evidencia aún más contundente: pues mientras en apariencia los liberales están siendo perseguidos, los absolutistas están sentando las bases del régimen liberal, a comenzar por la reforma administrativa, militar y hacendística, pero sobre todo con el golpe de estado legislativo que abrió la sucesión femenina, instrumental a la instauración del nuevo régimen. Por algo puede haberse dicho que éste debe más a la “década ominosa” que al “trienio liberal”, esto es a un período considerado absolutista que a otro que encarna el liberalismo más extremo.

Para seguir con la singularidad de un realismo, eminentemente popular y al inicio principalmente espontáneo y no formalizado, pero que pronto hallamos cuajado doctrinalmente en el “Manifiesto de los persas”, de 1814, contrafigura de la Constitución doceañista, y movilizado militarmente en 1820, contra el trienio, en lo que Rafael Gambra llamó “la primera guerra civil de España”, para postular decididamente a Don Carlos contra Fernando VII a partir del “Manifiesto de la federación de realistas puros” en 1827 (en plena “década ominosa”, nueva anomalía carente de sentido en la lectura heredada) y terminar propiamente en el carlismo en 1833 a la muerte del Rey Fernando, una vez intentada la usurpación luego consumada.


Más allá de la falta de depuración de algunos conceptos (la profundización de la teorización tradicionalista se ha ido produciendo conforme iba debilitándose la vivencia), el tradicionalismo político español está en pie con el lema “Dios, Patria, Rey”, que más adelante se perfeccionaría en “Dios, Patria, Fueros, Rey”.

jeudi 7 mars 2013

El Cardenal Cascajares (III) Un imposible proyecto

... En 1892 la clase política del turno de partidos, surgida a la vida pública veinte años antes, empieza a mostrar signos de agotamiento. Y claramente desde 1895 “Calanda” empieza a creer necesario llamar a muchas de las gentes que se habían mantenido al margen del sistema de partidos, principalmente al Tradicionalismo Carlista, aunque también al “costismo” (Joaquín Costa), para inyectar savia nueva al Estado. El cardenal piensa ingenuamente en "la plena y cristiana reconciliación de las familias de María Cristina y de Don Carlos", para revertebrar desde valores religiosos firmes un partido nacional distinto reestructurando el propio sistema de partidos.



Con unos políticos que consideraba amortizados para el país, con unos partidos que juzgaba se habían formado de aluvión para hacer posible el llamado “proceso restaurador y constitucional” de los años setenta, pero que, carentes, a su juicio, de aquellos firmes vaIores, habían degenerado en la corrupción institucionalizada que su paisano aragonés Joaquín Costa definía como de “oligarquía y caciquismo” (¿nos resulta familiar la situación?)...



Una clase política insensible e incapaz de acometer las reformas que en lo sustancial necesitaba el país y de llegar a acuerdos con quienes se mantienen a extramuros del sistema, restando a éste la credibilidad y base social necesaria para transitar por las procelosas aguas del fin de siglo.

En junio de 1896 se imprimió el proyecto de ley de Joaquín Costa sobre preparación del Plan General de Pantanos y Canales de Riego. Costa sigue impulsando su regeneracionismo económico pregonando, con escaso éxito, la necesidad de impulsar por doquier obras hidráulicas. (¿Cuándo llegarían estas obras fundamentales de modernización de España? No hace falta contestar).

Su necesidad de “Escuela y Despensa”, sus escritos económicos, sus recomendaciones y su incipiente búsqueda del “cirujano de hierro” coinciden parcialmente con los criterios del cardenal, no obstante los desencuentros que en otros aspectos tiene con su paisano. Porque para “Calanda”, a la altura de 1898, el cirujano de hierro que España necesita es Camilo García de Polavieja, "El general cristiano".

Había apostado por él recomendándolo a María Cristina como Gobernador y Capitán General de Filipinas, en 1896. Y tras su trabajo en Manila es devuelto a España. No le afecta el desprestigio de la guerra hispano-norteamericana en ultramar. Y tras “el desastre” está en expectativa de destino. E intenta una alianza gubernamental entre tradicionalistas y silvelistas encabezada por Polavieja, que acabe con el vacío dejado por el asesinato de Cánovas en 1897. La iniciativa, aunar el espíritu conservador y católico del General con el radicalismo de José Canalejas, lógicamente, no prospera.

Entretanto Joaquín Costa seguía adelante. Había convocado en Zaragoza, bajo su presidencia, con el patrocinio de la Cámara Agrícola del Alto Aragón, a las Cámaras de Comercio y toda suerte de entidades agrícolas, mercantiles e industriales de España, salvo a las incipientes organizaciones obreras. Santiago Alba había sido nombrado delegado de las Cámaras de España para aquel evento. Cascajares, cada vez más enfermo, también procura adhesiones para este proyecto político.

Y, más aún, el cardenal propone a la “regente” ofrecer formar gobierno a Costa, aunque en colaboración con Gamazo. Costa rechazó la colaboración con Gamazo, que supuestamente obedecía al propósito del “loco vigilado por el cuerdo; Don Quijote y Sancho; el águila y el plantígrado...”.

Desde entonces hasta su muerte, con sus idas y venidas a Roma, sus consultas al Papa, va a perseguir la idea de romper la rígida oligarquía del turno partidario, tan criticado por Costa como por él mismo. Va a impulsar ese proyecto de abrir una brecha nueva capaz de alterar una dinámica que juzga acabara llevando el país a cotas aún mayores de desmoralización. Intentará impulsar la creación de un nuevo partido. Hablará de la necesidad para España de hombres nuevos. Para decirlo con sus mismas palabras, de "hombres de acrisolada honradez y de enérgico carácter; hombres injertos en Francisco de Asís y Bismarck"... (Un nuevo partido) “de la gente honrada, sinceramente católico y sinceramente monárquico". Lástima que los buscase sonde era imposible encontrarlos. (¿Dónde podríamos encontrarlos hoy?).

Por esa misma insistencia había empezado a ser visto con desconfianza desde los partidos tradicionales —como le ocurriría a su paisano Joaquín Costa— y los círculos del Gobierno. De todas sus gestiones y mediaciones informaba puntualmente a León XIII, viajando a Roma para despachar personalmente de los asuntos de España y de la evolución de la cuestión social, que tan especialmente le preocupaba.

AI regreso de uno de esos largos y pesados viajes moriría en Calahorra, el 27 de julio de 1901, aunque en su testamento dejaría claramente reiterada su voluntad de ser luego trasladado y enterrado en la Capilla del Milagro de la Iglesia del Pilar de Calanda.

Su imposible proyecto frustrado fue el de un regeneracionismo "castizo", por emplear su propia expresión llevado a cabo desde aquel trono tan ilegítimamente ocupado entonces como hoy.

Un regeneracionismo político-social que debía conseguir la absurda y antinatural tarea de atraer a la monarquía parlamentaria a los carlistas, quienes a su entender, al mantenerse al margen del sistema, restaban vitalidad al Estado y base social al régimen de la “restauración”, al tiempo que favorecían la inestabilidad socioeconómica y ampliaban el margen de maniobra de las potencias rivales, principalmente los Estados Unidos, frente a España.

Y también un fuerte regeneracionismo religioso, porque, en sus palabras, «Dios ha estado siempre con nosotros cuando nosotros hemos estado con Él»

mercredi 6 mars 2013

El Cardenal Cascajares (II) Los Cascajares en el siglo XIX español (segunda parte)

...Para “Calanda” todos esos sucesos, de su entorno familiar y de la realidad española del XIX, formaban parte de su experiencia vital. Y estaban en el trasfondo del espíritu que, además del específicamente religioso, le animaba. Incluso hay que preguntarse hasta qué punto en su abandono del Ejército tuviera también causa su negativa a participar en una guerra civil que siempre consideró terrible para la Patria, viendo en su carrera apostólica una posibilidad de mediación.

El cardenal achacaría precisamente el escaso desarrollo económico español y la pobreza de amplias capas sociales a la pérdida de energías que supuso y aún suponía aquel conflicto fratricida, siempre latente, en que vivía la sociedad española. Nuestros países vecinos aprovechaban para realizar sus reformas económicas y acelerar su progresiva industrialización. Mientras, en España el conflicto irresuelto, en el que tienen que emplearse a fondo las mejores mentes, desangra periódicamente al país despilfarrando energías y malogrando a sus grandes hombres. De la misma forma que “entiende” Ia ferocidad de Cabrera, a cuya madre y otros familiares habían ajusticiado las fuerzas liberales en Tortosa, comprende la “cuestión social” en un país estancado por lo que engañosamente se presenta como un conflicto interno de la familia real, condenando a la postre al atraso económico a aquel “pobre pueblo gobernado por una mujer y un niño”, como dirían los más críticos de los regeneracionistas.

Así observa cómo en España las polémicas sobre la l Internacional, con Anselmo Lorenzo a la cabeza, se viven muy intensamente. Ve cómo los representantes españoles se hacen partidarios de la línea de Bakunin. Y el movimiento sindical español adquiere toda la pujanza que muestra el Congreso de Córdoba de 1872, lo que provoca la dura respuesta del liberal Sagasta. Como exponente de Ia gran crispación nacional, en 1872 estalla un nuevo levantamiento carlista.


Todas estas situaciones sufren una aparente inflexión con la "proclamación" de Alfonso, llamado el XII, en 1874. De hecho en 1876 se pone fin nominal a última guerra carlista, aprobándose la nueva constitución de 1876. Cabrera, casado con una opulenta dama inglesa de la que tendría cuatro hijos, seguía establecido en su residencia de Inglaterra, donde moriría en 1877, y Alfonso le reconoce su graduación y el título de Conde de Morella, concedidos por el Rey Don Carlos. Un final al que no fueron ajenos los hermanos Cascajares.


El ocupador del trono en Madrid, Alfonso, nombra a Antonio María Obispo Prior de las Órdenes Militares en diciembre de 1881 en la sede de Ciudad Real y le apadrina en el acto de su consagración, que tuvo lugar en la Capilla Real en junio de 1882. Sin embargo, la nueva crisis económica que se abre en aquellos años ochenta, en este caso coetánea a la europea, va a mostrar la mayor precariedad de las bases económicas e institucionales sobre las que se asienta la España de la “restauración”. La muerte de Alfonso y la epidemia de cólera de 1885 marcan ciertamente una fuerte crisis que inicia una época de nueva conflictividad social. Y Cascajares es nombrado consejero de la “regente” María Cristina.

De nuevo la tensión modernizadora no plena ni correctamente encauzada, los conflictos de ultramar, el lógico y bien motivado descontento carlista, la agitación obrera, la cuestión agraria..., todos los asuntos pendientes del siglo reclaman ser atendidos en sus tres últimos lustros, agolpándose en las indolentes y corruptas mesas de los “ministros de la regencia”. Y el cardenal no es persona que acepte fácilmente la inercia de los acontecimientos cuando los juzga tan negativos en su evolución.

E intenta, apasionadamente, intervenir en ellos...

lundi 4 mars 2013

El Cardenal Cascajares (II) Los Cascajares en el siglo XIX español (primera parte)

Carlos V de Borbón
La familia del Cardenal Antonio Mª Cascajares y Azara había sufrido muy negativamente el convulso siglo XIX español.

El abuelo Justo José y toda su familia se habían distinguido en Calanda por su lucha contra los franceses, viendo por ello muy gravemente dañados sus bienes. Cuando parecían recuperarse vienen las guerras carlistas que, especialmente enquistadas en el bajo Aragón, les acarrearían la ruina.

Antonio Mª, como sus hermanos mayores, tuvo ocasión de conocer directamente a Ramón Cabrera con motivo de la ocupación carlista de la casa paterna y sus campañas por la zona, lo que sin duda contribuyó a crear en ellos una extraña relación de comprensión-repulsión. Cabrera, a la muerte de Fernando VII, había sido desterrado por los antecedentes políticos de su familia, pero en lugar de cumplir la orden marchó a la cercana Morella presentándose al Barón de Hervés, que había abierto un banderín de enganche carlista.

No fue ésta la reacción del padre del cardenal, Agustín Cascajares, Barón de Bárcabo. Éste es herido al enfrentarse a Cabrera en su ocupación de Calanda, cuando Antonio Mª apenas tiene tres años, sufriendo la desarticulación de su hacienda y su familia. "El Tigre" resiste en el Maestrazgo y, después de perder Morella —donde incluso había creado una Academia de Cadetes— y Talés, se refugia en 1840 en Francia.

En 1847 vuelve la guerra y la inestabilidad al ser nombrado Cabrera Capitán General de las Fuerzas Carlistas en Aragón, Cataluña y el Maestrazgo Ievantándose partidas por toda la región, hasta la llamada “Paz de Falset”, en 1849, y el exilio definitivo en Londres, del, no obstante, nombrado marqués del Ter.


De los trece hijos que tuvo el Barón de Bárcabo, Félix y José, mantendrían una cierta conexión con los carlistas de Cabrera, de su época calandina, de utilidad para las labores de mediación, especialmente en el caso del primero, dada la muerte prematura del segundo antes de 1860.


El haber padecido los desastres de la guerra tan de cerca y por tanto conocer los sentimientos de las partes, les llevó a buscar salidas de consenso como las que se encomendaron a Félix, llamado “el letrado”. Auditor de Marina y Doctor en Filosofía y Letras, fue diputado a Cortes por el distrito turolense, contiguo a Calanda, de Valderrobres en tiempos de la Unión Liberal. Cuando las soluciones dinásticas estaban abiertas, Félix Cascajares Azara había sido enviado a conferenciar en nombre de los políticos aragoneses con exiliados, como Prim, Sagasta, Cabrera y el mismo Rey Don Carlos en busca de alguna solución negociada. 


Así acude comisionado por los políticos de Aragón para visitar a Sagasta en la isla de San Denis. Trata también muy de cerca con el exiliado Cabrera y con el propio Rey Don Carlos, llegando a tratarse una propuesta de apoyo carlista para provocar la renuncia de Isabel y someter luego el pleito a decisión de las Cortes. Antes de la muerte de Prim (ocurrida el 30-12-1870) habían conferenciado asimismo, durante el exilio de éste en la quinta de Wentworth, junto a Sagasta. Catedrático de la Universidad de La Habana, moriría en Francia, quedando de sus escritos obras como Oratoria Parlamentaria e Intereses Provinciales...

samedi 2 mars 2013

El Cardenal Cascajares (I) De Calanda al regeneracionismo


El Cardenal Antonio Mª Cascajares y Azara fue, además de un hombre de lglesia, un hombre de Estado. Preocupado por la res pública. Una especie de Cardenal Cisneros tardío, consecuencia del terrible siglo XIX español, aunque plenamente una figura de su tiempo, el de la mal llamada “regencia” de María Cristina.

Y en este sentido, nada humano de lo que ocurría en las Españas de “aquel tiempo” le era ajeno. D. Antonio Mª Cascajares era un hombre especialmente preocupado por las cuestiones económicas. Recordemos que fue en el año 1891 cuando el Papa León Xlll publicó su famosa Encíclica social Rerum Novarum, que pasa a constituirse desde entonces en núcleo de la Doctrina Social de la Iglesia. Y la inquietud de Cascajares por las cuestiones sociales le convirtió en el hombre de la Rerum Novarum en España. De hecho el Papa le nombró cardenal en 1895, convirtiéndose de facto Cascajares en su hombre durante aquellos años de la “regencia”.

La crisis económica de España, la cuestión social, los problemas de la “restauración” (¿restauración de qué?), las intrigas dinásticas, las guerras carlistas, las campañas de ultramar y el entorno finisecular del “desastre” le enfrentan de forma bronca con todas las contradicciones que el siglo XIX había ido creando en la sociedad española. La tardía revolución industrial, la desvertebración social, las desigualdades, la agitación obrera asociada a la crítica religiosa, el descontento social y la creciente influencia de la masonería.

«Calanda», que así solía firmar y dirigirse a sus amigos, en notas y cartas informales, utilizando el nombre del pueblo que le vio nacer, había recibido la mejor educación posible, mitad monje, mitad soldado, desde que a los ocho años entrara en el colegio Masarnao de Madrid, a fin de prepararse para el ingreso en el Real Colegio de Artillería de Segovia, la institución universitaria moderna más antigua y prestigiosa del mundo, Io que haría en 1846.

Promovido a teniente es destinado al 5º Regimiento Montado, pero un año después, el predominio de su vocación religiosa le llevó a pedir y obtener la licencia absoluta del Ejército, que obtuvo en 1857. Tras retirarse para practicar durante un mes ejercicios espirituales en el Seminario Sacerdotal de Zaragoza, ingresa en este establecimiento para cursar los correspondientes estudios eclesiásticos, siendo ordenado sacerdote el 23 de febrero de 1861 por García Gil, arzobispo de Zaragoza. En este año obtiene un Beneficio Real en el Pilar de Zaragoza, e inicia los estudios de licenciatura en Teología, que obtiene en 1867. Dos años después es elegido miembro del Cabildo Catedralicio de Zaragoza, de donde pasa, como Deán, a la presidencia del Cabildo de la Catedral de Burgos y Teniente Vicario General Castrense de aquella archidiócesis, licenciándose también en Derecho Civil y Canónico.

En 1877 pasa a ser Arcediano, Juez Ordinario, del Cabildo de la Catedral Primada de Toledo. En diciembre de 1883 es presentado para el Obispado de Calahorra, donde quedaría también muy vinculado, y en 1891 para el Obispado de Valladolid.

Sus dos principales preocupaciones eran las de los medios de comunicación (Io que llama «la mala prensa») y las cuestiones relacionadas con la educación («y los profesores»), por la gran influencia sobre las gentes y las futuras generaciones, de cara a la propia evolución de la sociedad y del país. Su gran interés por la educación le IIevó en esta capital a luchar por el establecimiento de una universidad, lo que intentó al elevar a Universidad Pontificia el Seminario de Valladolid. En esta capital, y en el mismo campo educativo, estableció el Colegio de Huérfanos Militares de Santiago.

Las buenas relaciones que en todo momento mantuvo con el Ejército se manifestaron en el acto de imposición de su birreta cardenalicia, en 1896, al ser obsequiado con un extraordinario anillo pastoral regalo del Arma de Artillería. Hoy figura entre las joyas del Museo de la Virgen del Pilar de la Catedral de Zaragoza.

Trasladado al arzobispado de Zaragoza la muerte le sorprendió en Calahorra mientras esperaba las bulas…