mardi 18 décembre 2012

Benditos los que construyen la paz


1. Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos.

Trascurridos 50 años del Concilio Vaticano II, que ha contribuido a fortalecer la misión de la Iglesia en el mundo, es alentador constatar que los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias, anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos.

En efecto, este tiempo nuestro, caracterizado por la globalización, con sus aspectos positivos y negativos, así como por sangrientos conflictos aún en curso, y por amenazas de guerra, reclama un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común, del desarrollo de todos los hombres y de todo el hombre.

Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres.

Y, sin embargo, las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda. En otras palabras, el deseo de paz se corresponde con un principio moral fundamental, a saber, con el derecho y el deber a un desarrollo integral, social, comunitario, que forma parte del diseño de Dios sobre el hombre. El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios.

Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

La bienaventuranza evangélica

2. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23) son promesas. En la tradición bíblica, en efecto, la bienaventuranza pertenece a un género literario que comporta siempre una buena noticia, es decir, un evangelio que culmina con una promesa. Por tanto, las bienaventuranzas no son meras recomendaciones morales, cuya observancia prevé que, a su debido tiempo –un tiempo situado normalmente en la otra vida–, se obtenga una recompensa, es decir, una situación de felicidad futura. La bienaventuranza consiste más bien en el cumplimiento de una promesa dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor. Quienes se encomiendan a Dios y a sus promesas son considerados frecuentemente por el mundo como ingenuos o alejados de la realidad. Sin embargo, Jesús les declara que, no sólo en la otra vida sino ya en ésta, descubrirán que son hijos de Dios, y que, desde siempre y para siempre, Dios es totalmente solidario con ellos. Comprenderán que no están solos, porque él está a favor de los que se comprometen con la verdad, la justicia y el amor. Jesús, revelación del amor del Padre, no duda en ofrecerse con el sacrificio de sí mismo. Cuando se acoge a Jesucristo, Hombre y Dios, se vive la experiencia gozosa de un don inmenso: compartir la vida misma de Dios, es decir, la vida de la gracia, prenda de una existencia plenamente bienaventurada. En particular, Jesucristo nos da la verdadera paz que nace del encuentro confiado del hombre con Dios.

La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana. En efecto, la paz presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, de un enriquecimiento mutuo, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación. Es indispensable, pues, que las diferentes culturas actuales superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos puramente subjetivistas y pragmáticos, en virtud de los cuales las relaciones de convivencia se inspiran en criterios de poder o de beneficio, los medios se convierten en fines y viceversa, la cultura y la educación se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios: « El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz », dice el Salmo 29 (v. 11).

La paz, don de Dios y obra del hombre

3. La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente, como escribió el beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris, de la que dentro de pocos meses se cumplirá el 50 aniversario, la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia. La negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del ser humano en sus dimensiones constitutivas, en su capacidad intrínseca de conocer la verdad y el bien y, en última instancia, a Dios mismo, pone en peligro la construcción de la paz. Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se menoscaba la libertad y el amor, la justicia pierde el fundamento de su ejercicio.

Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas.

La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana. Como enseña la Encíclica Pacem in Terris, se estructura mediante relaciones interpersonales e instituciones apoyadas y animadas por un « nosotros » comunitario, que implica un orden moral interno y externo, en el que se reconocen sinceramente, de acuerdo con la verdad y la justicia, los derechos recíprocos y los deberes mutuos. La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales. Es un orden llevado a cabo en la libertad, es decir, en el modo que corresponde a la dignidad de las personas, que por su propia naturaleza racional asumen la responsabilidad de sus propias obras.

La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. Nuestros ojos deben ver con mayor profundidad, bajo la superficie de las apariencias y las manifestaciones, para descubrir una realidad positiva que existe en nuestros corazones, porque todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y llamado a crecer, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo. En efecto, Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre (cf. Jr 31,31-34), y dándonos la posibilidad de tener « un corazón nuevo » y « un espíritu nuevo » (cf. Ez 36,26).

Precisamente por eso, la Iglesia está convencida de la urgencia de un nuevo anuncio de Jesucristo, el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos, y también de la paz. En efecto, Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación (cf. Ef 2,14; 2Co 5,18). El que trabaja por la paz, según la bienaventuranza de Jesús, es aquel que busca el bien del otro, el bien total del alma y el cuerpo, hoy y mañana.

A partir de esta enseñanza se puede deducir que toda persona y toda comunidad –religiosa, civil, educativa y cultural– está llamada a trabajar por la paz. La paz es principalmente la realización del bien común de las diversas sociedades, primarias e intermedias, nacionales, internacionales y de alcance mundial. Precisamente por esta razón se puede afirmar que las vías para construir el bien común son también las vías a seguir para obtener la paz.

Los que contruyen la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad

4. El camino para la realización del bien común y de la paz pasa ante todo por el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural. Auténticos trabajadores por la paz son, entonces, los que aman, defienden y promueven la vida humana en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y transcendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida.

Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen por ejemplo la liberación del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrán traer felicidad o paz. En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida.

También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad.

Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Esta acción se hace tanto más necesaria cuanto más se niegan o no se comprenden estos principios, lo que es una ofensa a la verdad de la persona humana, una herida grave inflingida a la justicia y a la paz.

Por tanto, constituye también una importante cooperación a la paz el reconocimiento del derecho al uso del principio de la objeción de conciencia con respecto a leyes y medidas gubernativas que atentan contra la dignidad humana, como el aborto y la eutanasia, por parte de los ordenamientos jurídicos y la administración de la justicia.

Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades. En este momento histórico, es cada vez más importante que este derecho sea promovido no sólo desde un punto de vista negativo, como libertad frente –por ejemplo, frente a obligaciones o constricciones de la libertad de elegir la propia religión–, sino también desde un punto de vista positivo, en sus varias articulaciones, como libertad de, por ejemplo, testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades educativas, benéficas o asistenciales que permitan aplicar los preceptos religiosos, ser y actuar como organismos sociales, estructurados según los principios doctrinales y los fines institucionales que les son propios. Lamentablemente, incluso en países con una antigua tradición cristiana, se están multiplicando los episodios de intolerancia religiosa, especialmente en relación con el cristianismo o de quienes simplemente llevan signos de identidad de su religión.

El que trabaja por la paz debe tener presente que, en sectores cada vez mayores de la opinión pública, la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúan la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales. Estos derechos y deberes han de ser considerados fundamentales para la plena realización de otros, empezando por los civiles y políticos.

Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. A este propósito, reitero que la dignidad del hombre, así como las razones económicas, sociales y políticas, exigen que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan ». La condición previa para la realización de este ambicioso proyecto es una renovada consideración del trabajo, basada en los principios éticos y valores espirituales, que robustezca la concepción del mismo como bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad. A este bien corresponde un deber y un derecho que exigen nuevas y valientes políticas de trabajo para todos.

Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía

5. Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Tanto el desarrollo integral, solidario y sostenible, como el bien común, exigen una correcta escala de valores y bienes, que se pueden estructurar teniendo a Dios como referencia última. No basta con disposiciones de muchos medios y una amplia gama de opciones, aunque sean de apreciar. Tanto los múltiples bienes necesarios para el desarrollo, como las opciones posibles deben ser usados según la perspectiva de una vida buena, de una conducta recta que reconozca el primado de la dimensión espiritual y la llamada a la consecución del bien común. De otro modo, pierden su justa valencia, acabando por ensalzar nuevos ídolos.

Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don. En concreto, dentro de la actividad económica, el que trabaja por la paz se configura como aquel que instaura con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios, relaciones de lealtad y de reciprocidad. Realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.

En el ámbito económico, se necesitan, especialmente por parte de los estados, políticas de desarrollo industrial y agrícola que se preocupen del progreso social y la universalización de un estado de derecho y democrático. Es fundamental e imprescindible, además, la estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales; éstos han de ser estabilizados y mejor coordinados y controlados, de modo que no se cause daño a los más pobres. La solicitud de los muchos que trabajan por la paz se debe dirigir además – con una mayor resolución respecto a lo que se ha hecho hasta ahora – a atender la crisis alimentaria, mucho más grave que la financiera. La seguridad de los aprovisionamientos de alimentos ha vuelto a ser un tema central en la agenda política internacional, a causa de crisis relacionadas, entre otras cosas, con las oscilaciones repentinas de los precios de las materias primas agrícolas, los comportamientos irresponsables por parte de algunos agentes económicos y con un insuficiente control por parte de los gobiernos y la comunidad internacional. Para hacer frente a esta crisis, los que trabajan por la paz están llamados a actuar juntos con espíritu de solidaridad, desde el ámbito local al internacional, con el objetivo de poner a los agricultores, en particular en las pequeñas realidades rurales, en condiciones de poder desarrollar su actividad de modo digno y sostenible desde un punto de vista social, ambiental y económico.

La educación en una cultura de la paz: el papel de la familia y de las instituciones

6. Deseo reiterar con fuerza que todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea.

Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. Ésta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. En concreto, la familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. La familia es uno de los sujetos sociales indispensables en la realización de una cultura de la paz. Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de los hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor.

En esta inmensa tarea de educación a la paz están implicadas en particular las comunidades religiosas. La Iglesia se siente partícipe en esta gran responsabilidad a través de la nueva evangelización, que tiene como pilares la conversión a la verdad y al amor de Cristo y, consecuentemente, un nuevo nacimiento espiritual y moral de las personas y las sociedades. El encuentro con Jesucristo plasma a los que trabajan por la paz, comprometiéndoles en la comunión y la superación de la injusticia.

Las instituciones culturales, escolares y universitarias desempeñan una misión especial en relación con la paz. A ellas se les pide una contribución significativa no sólo en la formación de nuevas generaciones de líderes, sino también en la renovación de las instituciones públicas, nacionales e internacionales. También pueden contribuir a una reflexión científica que asiente las actividades económicas y financieras en un sólido fundamento antropológico y ético. El mundo actual, particularmente el político, necesita del soporte de un pensamiento nuevo, de una nueva síntesis cultural, para superar tecnicismos y armonizar las múltiples tendencias políticas con vistas al bien común. Éste, considerado como un conjunto de relaciones interpersonales e institucionales positivas al servicio del crecimiento integral de los individuos y los grupos, es la base de cualquier educación a la auténtica paz.

Una pedagogía del que construye la paz

7. Como conclusión, aparece la necesidad de proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. En efecto, las iniciativas por la paz contribuyen al bien común y crean interés por la paz y educan para ella. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que « hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fin, perdonar »,de modo que los errores y las ofensas puedan ser en verdad reconocidos para avanzar juntos hacia la reconciliación. Esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos (cf. Mt 5,21-48). Es un trabajo lento, porque supone una evolución espiritual, una educación a los más altos valores, una visión nueva de la historia humana. Es necesario renunciar a la falsa paz que prometen los ídolos de este mundo y a los peligros que la acompañan; a esta falsa paz que hace las conciencias cada vez más insensibles, que lleva a encerrarse en uno mismo, a una existencia atrofiada, vivida en la indiferencia. Por el contrario, la pedagogía de la paz implica acción, compasión, solidaridad, valentía y perseverancia.

Jesús encarna el conjunto de estas actitudes en su existencia, hasta el don total de sí mismo, hasta « perder la vida » (cf. Mt 10,39; Lc 17,33; Jn 12,35). Promete a sus discípulos que, antes o después, harán el extraordinario descubrimiento del que hemos hablado al inicio, es decir, que en el mundo está Dios, el Dios de Jesús, completamente solidario con los hombres. En este contexto, quisiera recordar la oración con la que se pide a Dios que nos haga instrumentos de su paz, para llevar su amor donde hubiese odio, su perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda. Por nuestra parte, junto al beato Juan XXIII, pidamos a Dios que ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que se esfuerzan por el justo bienestar de sus ciudadanos, aseguren y defiendan el don hermosísimo de la paz; que encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz.

Con esta invocación, pido que todos sean verdaderos trabajadores y constructores de paz, de modo que la ciudad del hombre crezca en fraterna concordia, en prosperidad y paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 2012

BENEDICTUS PP. XVI

samedi 1 décembre 2012

¿Cuáles son las características de la fe?

“La fe, don gratuito de Dios, accesible a cuantos la piden humildemente, es la virtud sobrenatural necesaria para salvarse. El acto de fe es un acto humano, es decir un acto de la inteligencia del hombre, el cual, bajo el impulso de la voluntad movida por Dios, asiente libremente a la verdad divina. Además, la fe es cierta porque se fundamenta sobre la Palabra de Dios; «actúa por medio de la caridad» (Ga 5,6); y está en continuo crecimiento, gracias, particularmente, a la escucha de la Palabra de Dios y a la oración. Ella nos hace pregustar desde ahora el gozo del cielo.”



Algunas veces escuchamos a católicos hablar sin conocimiento de causa sobre la fe, y decir muy convencidos bastantes barbaridades. Parémonos un instante a pensar en nuestra fe católica, en estos momentos iniciales del año de la fe que nuestro Sumo Pontífice ha decretado, muy oportunamente, ante la evidencia de la falta de fe, no ya de la humanidad, sino de los propios católicos de nuestros días.

La fe, como podemos leer en el párrafo del catecismo en vigor, tiene siete características esenciales:

1.- Es un don de Dios. Por tanto es necesario pedirle a Dios que nos conceda tener fe. Y es necesario acercar la fe a quién no la tiene, para que conociendo el Evangelio desee obtenerla.

2.- Es necesaria para salvarse. Y no caben interpretaciones. No basta con ser “buena persona”, no basta con hacer buenas obras, es necesario creer en Nuestro Señor Jesucristo para salvarse. Y no es la Santa Madre Iglesia la que lo dice, es el propio Jesucristo: “El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará.” Mc 16.

3.- Es un acto humano voluntario. La fe no violenta nuestra humanidad, antes bien nos hace más hombres. Creemos en Jesucristo, que es el hombre más perfecto. Y nuestra fe es plenamente racional, pues sólo cuando la razón se desvirtúa o se desvía puede contradecir a la fe católica.

4.- Nuestra fe es verdadera, es la única fe verdadera. No hay autoridad más alta que el propio Dios y es en Dios, el Dios único y verdadero, en quien creemos. Dios no puede engañarse ni puede engañarnos.

5.- Nuestra fe, si es auténtica, crece permanentemente. No podemos nunca darnos por satisfechos con nuestra fe. Debemos pedir siempre a Dios que nos la aumente. Debemos profundizar en ella, estudiarla, orar, reflexionar. Dios es un océano de sabiduría en el que siempre podemos llegar más lejos, nadar más adentro.

6.- La fe actúa por medio de la caridad, y como Dios es amor, igualmente el católico que tiene fe debe hacer del mandamiento del amor el centro de su vida. Si digo que tengo fe en Dios, a quién no veo, y no amo a mis hermanos, a mi prójimo, al que veo, soy un mentiroso.

7.- Y finalmente la fe es la puerta del cielo, nos hace entrever, pregustar el cielo. Cuando estemos junto a Dios en el cielo no necesitaremos fe, veremos a Dios tal cual es y ya no será necesario creer en Él, porque será evidente.

Otros hombres han creído o creen en dioses, en muchos dioses, pero su “creer” no tenía ni tiene comparación posible con nuestra fe. Nosotros no sólo creemos que Dios existe, algo que ni siquiera los agnósticos se atreven a negar. Y tampoco nos contentamos con creer que Dios es bueno y vela por nosotros, sus criaturas. Los católicos “creemos EN Dios”, confiamos plenamente en Él, entregamos nuestras vidas en sus manos, con confianza absoluta. Así debe ser nuestra fe.

¿Y en que creemos entonces? Sencillamente en esto:

Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.
Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Confieso que hay un solo Bautismo para el perdón de los pecados.
Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro.
Amén.

dimanche 25 novembre 2012

Campo de la realeza de Cristo


En los individuos y en la sociedad

(De la Carta Encíclica Quas Primas del Sumo Pontífice Pío XI sobre la fiesta de Cristo Rey)

… Él es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos.

Él es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos. No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido».

En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres.
Y si los príncipes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.


¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925.

vendredi 23 novembre 2012

Las elecciones catalanas del próximo día 25


Los principios del régimen liberal y democrático, al asentar la legitimidad del gobierno sobre el barro movedizo de las pasiones y tendencias individuales, implican la destrucción de la armonía que permite la convivencia de los hombres en sociedad. Una vez despreciada la religión verdadera como fundamento de la vida en común; una vez que en su lugar se ha colocado la llamada voluntad popular, con aplauso incluso de mucho eclesiástico, los vaivenes de la tornadiza ambición política conducen bien al estatismo avasallador que destruye las peculiaridades y costumbres regionales, bien a todo tipo de sedición e incluso a la secesión.

El texto constitucional, que pretende sustituir la estructura natural de nuestra sociedad y en el cual muchos ponen ingenuas esperanzas para la estabilidad de la patria, fue hecho a base de recortes y concesiones incoherentes, cuya eficacia real quedaba a expensas de las interpretaciones que los partidos gobernantes quisieran darle. Más concretamente, lo que dice sobre las comunidades autónomas y los municipios dentro de la nación tiene tal ambigüedad que sólo se explica por el designio de dar carta blanca a los políticos en su aplicación. De hecho, los partidos mayoritarios lo han usado como moneda de cambio para negociar el apoyo de los grupos regionales, concediéndoles, poco a poco, tan exorbitantes transferencias de poder que han hecho de las comunidades autónomas verdaderos estados dentro del estado. De ello ha resultado una organización social intrínsecamente imposible, porque sabido es que, para formar una unidad orgánica, las partes no pueden ser de la misma naturaleza que el todo.

El carlismo siempre ha propugnado la estructura foral, o, si se quiere, federativa, de nuestra patria, en la cual las diversas regiones y sociedades intermedias se unifican bajo la institución monárquica y bajo el principio fundamental de la unidad católica. Por eso, porque ninguna de esas cosas es mantenida por la democracia liberal, se ha opuesto constantemente a ella con todos sus medios. Cuando ha podido, se ha enfrentado a ella por las armas y, cuando no, lo ha hecho, aunque con cierta repugnancia, formando partidos desde los cuales ha tratado de de defender unos u otros de sus principios, dependiendo de las contingencias siempre cambiantes de los regímenes democráticos.

En tres guerras defendieron los carlistas la libertad de las regiones frente al centralismo liberal; en 1907 Vázquez de Mella decía “yo brindo por las libertades regionales, una de las bases y de los fundamentos esenciales de nuestro programa (de la Comunión Tradicionalista); y brindo, como su coronamiento natural, por la unidad española y por la unidad del Estado, que sobre esa unidad ha de fundar la suya. Y brindo por esas dos unidades apoyadas en los principios históricos y tradicionales”. Y, aunque en la guerra del 36 hubieron de oponerse a los nacionalistas vascos y catalanes, que absurdamente optaron por la República, eso no les impidió defender la foralidad de esas regiones y municipios frente al verticalismo del régimen posterior.

Tras la muerte de Franco, el verdadero carlismo se opuso a la implantación del régimen constitucional, entre otras cosas porque veía que, más pronto o más tarde, volvería a propiciar la tensión artificial entre las regiones y la unidad de la patria. Pero como la situación religiosa nacida del Concilio Vaticano II, junto a la defección de Carlos Hugo, mermó mucho sus fuerzas, hubo de mantenerse fuera del juego de partidos y, por regla general, tuvo que propiciar la abstención como manifestación de su repulsa al régimen. Lo cual no es óbice para que hoy, como en otras ocasiones, matice transitoriamente su política de oposición radical al sistema, para defender un bien común, aunque parcial, en virtud de las gravísimas circunstancias actuales.

Por ello, ante la pujante amenaza del separatismo, la Comunión Tradicionalista se conforma con recordar, junto a Santo Tomás, que apoyar la secesión y la sedición es siempre pecado mortal, porque se oponen a la unidad y la paz del Reino (S. T. 2.2. a. 42), y con concluir que no es lícito en modo alguno secundar la separación de Cataluña. Al mismo tiempo, a título de mera opinión orientativa y sin que medie compromiso alguno por su parte, la Comunión Tradicionalista destaca que, entre los partidos no nacionalistas, Plataforma por Cataluña mantiene una postura potencialmente próxima a la suya. Primero, porque parece declararse confesionalmente católica; segundo, porque se ha enfrentado a la solapada invasión musulmana, que constituye una de las mayores amenazas para el futuro de esa región y, tercero, porque, aun haciéndolo con mucha oscuridad, parece sostener las libertades catalanas, sin abjurar de la unidad de España.

Bien sabe la Comunión que cualquier participación en la democracia actual sólo puede posponer los conflictos inherentes a la naturaleza destructiva del sistema. Pero siempre es preferible retrasar cuanto se pueda una contienda, tan probable como carente de sentido, a la espera de que la Divina Providencia propicie circunstancias más favorables para el restablecimiento del régimen cristiano y legítimo.


jeudi 22 novembre 2012

Llamamiento a los corazones españoles



Juan Vázquez de Mella y Fanjul
(Cangas de Onís, 8 de junio de 1861.
Madrid, 26 de febrero de 1928, Madrid)
 Mutatis mutandis…

"Estamos presenciando la caída de un sistema. Toda la España liberal se desmorona. El edificio levantado sobre logias y barricadas está agrietado, y su techumbre cruje. Un vaho de muerte se levanta de la laguna parlamentaria, y envuelve con sus siniestros vapores los viejos muros, testigos en otro tiempo de la orgía en que se devoró la herencia de nuestros padres y el patrimonio de nuestros hijos. El árbol de la libertad liberal, plantado en sus orillas y regado con un río de sangre y de lágrimas, no ha producido más que bellotas y espinas.

Cuando se mira al pasado y se contempla después el presente, sufre vértigos la cabeza y ansias indecibles la voluntad, preguntándose al fin el espíritu, lleno de estupor al observar la rapidez inverosímil del descenso., si la Guerra de la Independencia estará a tres siglos de nosotros, y por un fenómeno inexplicable habrá desaparecido de la memoria del pueblo español un periodo entero de su historia, para que una serie larga y no interrumpida de torpezas y debilidades seculares explique la sima que el parlamentarismo nos ofrece como término de sus hazañas. Levantarse gallardamente en los comienzos del siglo contra Napoleón, y hollar con arrogancia soberana las águilas imperiales acostumbradas a posarse sobre los tronos más altos...y gemir, al terminar esta centuria bajo las botas de Cánovas... es cosa que, por lo extraordinario, obliga a preguntar sobrecogidos de asombro; ¿Ha cambiado totalmente la población de España y no existe entre los gigantes de antes y los enanos de ahora más vínculo que el territorio en que aquellos alzaron su heroísmo y éstos exponen su vergüenza? ¿Qué ha pasado entre la gloria de ayer y la ignominia de hoy? Un ciclón de tiranías sin grandeza, y de pasiones sin valor; once Constituciones entre natas y nonatas; más de cien oligarquías ministeriales; una docena de pronunciamientos de primera clase, que montan y desmontan la máquina infernal de exóticas instituciones sobre el pueblo infeliz juguete de sofismas y pretorianos, y tres guerras civiles provocadas por un régimen que obligó a los creyentes a ser cruzados para no ser apóstatas... Todo ha pasado por España en menos de un siglo y aún está en pie la Patria... Era tan grande la España tradicional y el liberalismo español tan raquítico, que ni siquiera ha podido servirle de sepulcro ni darle la muerte. ¡Aún no ha muerto la tradición, todavía no se ha extinguido la raza; aún queda en el hogar de la patria el rescoldo de una brisa celeste, o el viento de una catástrofe, puede convertir en magnífica hoguera que calcine las osamentas de extrañas tiranías y alumbre los horizontes, como la aurora de una nueva edad y de una vida nueva!"

(El Correo Español, 14 de febrero de 1893)

mardi 30 octobre 2012

Cartas Maragatas V: El estandarte de Clavijo (y IV)


Los dos escuadrones de Guardias y Carabineros, que eran caballería veterana, se habían distinguido notablemente durante toda la batalla, pero después de tantas horas de lucha habían sufrido numerosas bajas. Buena prueba de ello es que de los 260 hombres que se alinearon delante de Medina de Rioseco a primera hora de la mañana ahora sólo quedaban 60 jinetes.

¡ Los Voluntarios Leoneses se quedaron solos sosteniendo el campo de batalla rodeando el viejo estandarte medieval de Clavijo !

Atemorizados, los inexpertos reclutas habían visto como el ejército de Galicia había sido derrotado y había huido del páramo de Valdecuevas.

También contemplaron cómo la división de Portazgo y sus compañeros del ejército de Castilla eran diezmados y huían hacia más allá de Medina de Rioseco. Ahora les llegaba a ellos el momento del sacrificio. Manteniendo su cerrada formación entre las mortales granadas de la artillería enemiga, observaron que una columna francesa intentaba cortar la retirada de la artillería española. Los mandos del batallón de Clavijo ordenaron a sus hombres que cargaran a la bayoneta sobre ella. Sorprendentemente, los improvisados soldados acataron las órdenes y corriendo con las bayonetas caladas, bajo un calor de justicia, lograron poner en desbandada a la unidad francesa.

Durante el lapso de tiempo de este combate, los artilleros españoles consiguieron enganchar las piezas de artillería a sus carros y retirarlas del campo de batalla.


Cumplida la misión, los Voluntarios Leoneses se fueron retirando en buen orden del campo de batalla sufriendo una auténtica lluvia de granadas que concentraba sobre ellos la artillería rival, al ser la única unidad española combatiente que se encontraba a su alcance. A pesar de ello, el batallón de Clavijo se colocó en la entrada de Medina de Rioseco y defendió esa población de las columnas de la división Mouton a lo largo de algún tiempo.

Desde luego, la inutilidad de esa resistencia frente a todas las unidades del ejército del mariscal Bessières impulsó a que el batallón bordeara la población y se retirara en dirección a Benavente y León, continuando con la protección de las piezas de artillería durante el camino que conducía a esas ciudades.

A las tres de la tarde las fuerzas francesas entraron en Medina de Rioseco y, tras sofocar la resistencia de algunos soldados que se había atrincherado en sus casas, sometieron esa ciudad a un terrible pillaje.

Gómez de Arteche lo describió en su célebre historia de la Guerra de la Independencia: “Las casas, las fábricas, los templos mismos fueron saqueados, destruidos o profanados; todo varón niño, mozo o anciano, seglar o religioso que se ofreció a la vista de los invasores, fue muerto a tiros o bayonetazos; las mujeres, nobles o plebeyas, hasta las monjas, tuvieron que sufrir los ultrajes más groseros delante de sus familiares...

La actuación del batallón de Clavijo en la retirada de Medina de Rioseco fue realmente brillante, ya que parece milagroso que una unidad tan inexperta consiguiera mantener las filas en medio de la desbandada general de los ejércitos de Castilla y Galicia, consiguiendo evitar que la artillería cayese en posesión del victorioso y veterano ejército francés de Bessiéres y retirándose en orden del campo de batalla.

La acción del batallón de Clavijo fue muy valorada por el teniente general Cuesta y, por ese motivo, ascendió a capitán a su comandante, el subteniente Capacete.

¡ Los mandos y soldados del Tercer Tercio de Voluntarios de León cumplieron con la solemne palabra que habían dado a las autoridades municipales de Astorga, y no abandonaron el estandarte de Clavijo, a pesar de la gran derrota militar en la que se vieron involucrados !

Gracias a todos ellos, los restos del viejo estandarte de Clavijo con sus dos lobos rojos se siguen conservando en la Casa Consistorial de Astorga, dentro de una arqueta de tres llaves, desde hace 542 años.

Aunque la batalla de Medina de Rioseco fue un serio fracaso de las tropas españolas, los soldados del batallón de Clavijo fueron unos dignos sucesores de aquellos guerreros que en la Edad Media enarbolaron ese mismo estandarte en las batallas de la reconquista.


¿Cuándo se hará necesario de nuevo enarbolar el estandarte de Clavijo? Y lo que es más importante: ¿Quedarán españoles dignos de hacerlo?

lundi 29 octobre 2012

Cartas Maragatas IV: El estandarte de Clavijo (III)

Las posiciones que adoptaron los generales españoles no fueron las más adecuadas para enfrentarse a los franceses, puesto que entre las líneas de ambos había una brecha de unos dos mil metros, no se veían entre sí y las fuerzas de Cuesta estaban retrasadas respecto a las de Blake.

Por su parte, las tropas del mariscal Bessiéres, integradas por soldados expertos y con una caballería muy poderosa, aparecieron por el camino que lleva de Palencia a Medina de Rioseco a las seis de la mañana con la intención de sorprender a los españoles. Eran 14.000 soldados, 1.500 caballos y 32 piezas de artillería. Nada más llegar ante las líneas enemigas, las brigadas de Sabathier, Ducos y D´Armagnac atacaron a las ocho de la mañana al ejército de Galicia en el páramo de Valdecuevas, mientras que la división Merle avanzaba por la extrema derecha de la posición española para intentar rodear el páramo y atacar Medina de Rioseco por la espalda. Simultáneamente, la división Mouton se colocó enfrente de las fuerzas de Cuesta en Medina de Rioseco, impidiendo que apoyaran a Blake.

Las tropas gallegas, apoyadas en una artillería muy bien ubicada, resistieron durante dos horas y media los ataques de la infantería francesa, pero el general Cuesta vio peligrar su situación como consecuencia de los movimientos estratégicos del enemigo y pidió refuerzos a Blake. Este último, permitió que la división que mandaba el marqués del Portazgo bajara desde el páramo de Valdecuevas a la llanura para apoyar a los castellanos y cubrir el hueco existente entre los dos ejércitos españoles.

Los generales de Napoleón observaron que esta desgraciada maniobra dejaba desguarnecido el flanco izquierdo de Blake y ordenaron que por allí cargaran cuatro escuadrones del regimiento número 22 de cazadores a caballo al mando del general Lasalle. Aunque los españoles resistieron con valentía durante una hora, los sucesivos asaltos de la caballería, apoyados por los batallones de Sabathier y Merle, desmoronaron sus defensas y se vieron forzados a retirarse, abandonando once piezas de artillería.

Cuesta intentó socorrer a las tropas de Blake y ascendió con dos batallones sobre el páramo de Valdecuevas. Era ya demasiado tarde, al llegar se encontraron que numerosos batallones franceses ocupaban firmemente la posición y las bisoñas fuerzas españolas no fueron capaces de formar la línea y atacar.

Mientras Cuesta contraataca sin éxito en el páramo de Valdecuevas, la división de Portazgo empezó a ser amenazada por los franceses en la llanura. Así, tres batallones avanzaron hacia ella mientras que una batería de la Guardia Imperial les disparaba desde una colina cercana. Ante esta situación, dos batallones de granaderos españoles lanzaron un valeroso ataque contra la batería, que estaba apoyada por 2.700 hombres de la Joven Guardia, consiguiendo conquistar heroicamente los cuatro cañones y el obús que la componían.

A la vista de este éxito, el ejército de Castilla inició un avance general y entusiasta sobre la división francesa de Mouton. Mediante ese desgraciado movimiento las tropas españolas, carentes de disciplina y entrenamiento, se lanzaron desordenadamente sobre las líneas de expertos tiradores franceses, cosechando una estrepitosa y rápida derrota, que les obligó a retirarse en absoluto desorden sobre Medina de Rioseco.

Tras esta acción, las tropas francesas que descendían victoriosas del paramo de Valdecuevas y la división de Mouton atacaron en masa a la división de Portazgo y a las unidades del general Cuesta que todavía permanecían formadas en el campo. La escasa preparación de buena parte de las fuerzas españolas fue suplida por un gran valor, pero su seria resistencia no pudo contener el avance imperial.

La batalla de Medina de Rioseco estaba totalmente perdida cuando el general Cuesta dio la orden de retirada general de la izquierda española. Los ejércitos de Cuesta y Blake habían sufrido unas 2.800 bajas entre muertos, heridos y prisioneros. Más era preciso hacer un último esfuerzo. Resultaba imprescindible retrasar la victoriosa marcha de los franceses para permitir la retirada de las maltrechas filas castellanas y de las piezas de artillería.

Las avanzadas napoleónicas estaban a unos centenares de metros de los indefensos cañones españoles y todavía era necesario traer las caballerías de tiro, enganchar las piezas a los carros y huir a toda velocidad. En ese momento, el general Cuesta observó que solamente le quedaba en disposición de luchar...

... ¡el Tercer Tercio de Voluntarios de León, que todavía no había combatido! y que se encontraba formado en columna observando el desastre que sufrían sus compañeros.

Cuesta ordenó a las dos de la tarde que ese batallón, junto a los supervivientes de los escuadrones de Guardias y Carabineros, cubriera la retirada del ejército de Castilla…

vendredi 26 octobre 2012

Cartas Maragatas III: El estandarte de Clavijo (II)

Cuando llegaron a Astorga las noticias de la sublevación del Dos de Mayo se alistaron doscientos jóvenes en los primeros días de junio de 1808. Sobre esta base, la Junta Local de Astorga, dependiente de la Junta Suprema de León, reclutó de manera forzosa seiscientos hombres más en Astorga y en las comarcas de la Maragatería, Cepeda, Orbigo y la Bañeza. Es posible que se integrara también alguna partida procedente del Bierzo.

El batallón fue llamado Tercer Tercio de Voluntarios de León y estaba mandado por el subteniente, habilitado de comandante, Fernando Capacete. El resto de los mandos de esta unidad también se improvisaron entre varios soldados veteranos y suboficiales de milicias.

Los soldados de ese batallón sirvieron conservando sus ropas de campesinos, estudiantes, criados y artesanos, distinguiéndose de los civiles mediante el uso de simples escarapelas y cintas rojas.

Los oficiales del Tercer Tercio conocían la existencia del estandarte medieval de los Ossorio, que había guiado a los cristianos en sus victorias de Clavijo y las Navas de Tolosa. Ahora, que luchaban por la independencia de España, pensaron que era acertado que ese viejo pendón de lanzas volviera a guiar a las milicias leonesas. De esta forma, el 11 de junio de 1808 presentaron un memorial al Ayuntamiento de Astorga argumentando que debían partir para luchar contra los franceses y que carecían de bandera. Por tanto, sabiendo que en Astorga “se conserva una bandera del mayor aprecio con el sobrenombre de Clavijo”, solicitaban que se les concediera usarla como insignia del batallón. Como garantía, los oficiales aseguraban, en su nombre y en el de la tropa, que derramarían hasta la última gota de su sangre en la defensa de tan valiosa enseña.


Placa conmemorativa del “Batallón de Clavijo”,
situada en la Puerta del Rey (Astorga),
inaugurada por el Ayuntamiento de la ciudad el 7 de diciembre de 2008

La Junta Local de Astorga se reunió el día siguiente y acordó acceder a la petición de los militares imponiendo la condición de que bajo ningún concepto abandonaran el estandarte de Clavijo. Desde entonces, el Tercer Tercio de Voluntarios de León fue conocido como el batallón de Clavijo. Esta unidad se integró, en los primeros días de la Guerra de la Independencia, dentro del ejército de Castilla.

Gregorio García de la Cuesta, que era el jefe de estas fuerzas militares, ostentaba el cargo de capitán general de Castilla La Vieja. Militar de la antigua escuela, fue una de las primeras autoridades españolas que se sublevó, presionado por el pueblo, contra los franceses al tener noticia de los acontecimientos del 2 de mayo en Madrid. A pesar de ser un hombre decidido, honrado y valiente, tuvo muy poca fortuna durante la Guerra de la Independencia al ser derrotado en casi todos los combates en los que participó. Por ese motivo, el conde de Toreno diría sobre él que tenía “la fatal manía de dar batallas”.

Cuando las autoridades francesas tuvieron conocimiento del alzamiento del general Cuesta, temieron que éste pudiera cortar las comunicaciones entre la capital de España y Francia. Por este motivo, ordenaron al general Lasalle que le atacara con cuatro batallones de infantería, setecientos caballos y cuatro piezas de artillería. Tras salir de Burgos, Lasalle venció a quinientos paisanos en Torquemada, saqueó ese municipio y entró victorioso en Palencia.

El general Cuesta decidió presentar batalla en Cabezón, ubicando los seiscientos hombres y los dos escuadrones de caballería con los que contaba en la cabecera del puente que cruza el Pisuerga. Los franceses, asombrados por esa mala situación estratégica, barrieron las posiciones defensivas el 10 de junio, derrotando completamente a los españoles y logrando conquistar Valladolid poco tiempo después.

El capitán general de Castilla La Vieja pidió entonces ayuda a la Junta de Galicia y consiguió que un ejército de 25.000 hombres, al mando del general Blake, avanzara desde Lugo sobre Castilla.

Los ejércitos de Galicia y Castilla se reunieron el 10 de julio en Villalpando y tomaron la decisión de reconquistar Valladolid para vengar las derrotas de Cabezón y el saqueo de Torquemada. No obstante, una división gallega, al mando del brigadier Riquelme, se quedó estacionada en Benavente para cubrir una posible retirada.

Las esperanzas de reconquista se vieron truncadas el 14 de julio de 1808 cuando los ejércitos de Castilla y Galicia se enfrentaron en Medina de Rioseco a las tropas francesas del mariscal Bessières.


13 de julio de 2008 – El Grupo de Artillería Lanzacohetes de Campaña I/62,
de guarnición en Astorga, rinde homenaje al “Batallón de Clavijo”
en el lugar donde combatió con honor en el campo de batalla 200 años antes.
En el centro de la formación, la reproducción (siglo XIX) del Pendón de Clavijo,
custodiada – como el original – en el Ayuntamiento de Astorga


El ejército de Blake, integrado por unos 17.000 hombres, se ubicó en una buena posición defensiva en los altos del páramo de Valdecuevas. Por el contrario, los 7.000 hombres de Cuesta tomaron posiciones en la llanura, a su izquierda y enfrente de Medina de Rioseco. En concreto, el batallón de Clavijo estaba situado en la reserva del ejército de Castilla, formado en columna de batallón y con la misión de socorrer a las tropas de la primera línea que pudieran necesitar ayuda…

lundi 22 octobre 2012

Cartas Maragatas II: El estandarte de Clavijo (I)

Gutierre Ossorio nació en el siglo VIII, malos tiempos para un cristiano español, pero perfectos para un guerrero cruzado, defensor de la única religión verdadera.

Fue un brillante militar que había pacificado la región de Galicia tras su sublevación contra el rey Favila, años antes de su proeza más conocida, sucedida durante el reinado de Fruela, cuando los musulmanes armaron un gran ejército y pretendieron acabar definitivamente con los reinos cristianos.

En ausencia del monarca, que estaba enfermo, Gutierre Ossorio y los demás nobles presentaron batalla a los invasores en los puertos de montaña de acceso a Asturias.

Allí se desencadenó un fiero combate en el que todos los pendones cristianos sucumbieron a excepción del de los Ossorio. Esta heroica defensa permitió la victoria de las armas asturianas y originó que Gutierre Ossorio recibiera el nombramiento de alférez del pendón real y que, a partir de ese momento, el estandarte de la familia Ossorio fuese considerado superior al de las otras familias nobles de la España cristiana.

Los lobos pardos de las armas de los Ossorio se tiñeron de rojo en recuerdo de la sangre derramada en esta batalla.

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Un nieto de Gutierre Ossorio, que portaba el mismo nombre que su abuelo, nació hacia el año 800 y fue caballero, ricohombre y señor de Villalobos en los reinados de Ramiro I y Alfonso II “el Casto”.

En aquellos tiempos los reinos cristianos pagaban a los musulmanes, en señal de vasallaje, el tributo de las cien doncellas, que consistía en que cien vírgenes eran enviadas al emir cordobés para que sirvieran allí como esclavas.

Avergonzados por tan ultrajante imposición, Gutierre Ossorio y otros grandes del reino aconsejaron al rey que se negase a abonarla en lo sucesivo.

Conociendo que la declaración de guerra era inevitable ante la falta de pago del tributo, los cristianos se adelantaron realizando correrías militares por las regiones fronterizas. Al poco tiempo, un gran ejército musulmán avanzó sobre el norte de España. Tras encontrarse las fuerzas rivales en Clavijo, se dio una gran batalla en la que, con la ayuda del Apóstol Santiago, Patrón de las Españas, las tropas de Abderramán fueron completamente derrotadas.

Gutierre Ossorio combatió, bajo el estandarte de los dos lobos rojos, como general de las fuerzas cristianas, obteniendo por sus méritos el privilegio de ser canónigo en León en el año 844.

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Siglos más tarde, la estirpe de los Ossorio se vinculó fuertemente a la Muy Noble, Leal, Benemérita, Magnífica, Augusta y Bi-Milenaria ciudad de Astorga. De esa manera, Alvar Pérez Ossorio, descendiente de los anteriores, construyó por mandato del Rey de Castilla el castillo de esa ciudad a finales del siglo XIV. Además, un bisnieto suyo, llamado también Alvar Pérez Ossorio, fue agraciado por Enrique IV de Castilla con el título de marqués de Astorga en el año 1465. Este título nobiliario es ostentado desde entonces por la rama primogénita de la familia.

Además del castillo de Astorga, los Ossorio fueron dueños, desde el siglo XIV, de una fortaleza ubicada en Turienzo de los Caballeros. El robusto castillo, que todavía existe, tiene planta cuadrangular, veintidós metros de altura, cuatro plantas y un sótano, en el que se ubican las mazmorras. Cuando los propietarios estaban residiendo en el torreón se izaba el estandarte de los Ossorio, el que Gutierre Ossorio utilizó en la batalla de Clavijo. Esa bandera fue, además, utilizada por las milicias de la ciudad de Astorga en las batallas de las Navas de Tolosa y Alarcos.

El estandarte mostraba el escudo de la familia Ossorio; es decir, dos lobos rojos sobre un fondo de color oro y medía ciento ochenta y cinco centímetros por doscientos sesenta y uno. En el año 1465 fue donado por Alvar Pérez Ossorio, primer marqués de Astorga, a la ciudad de Astorga y allí permaneció custodiado hasta los inicios de la Guerra de la Independencia…

14 de julio de1808 – El Tercer Tercio de Voluntarios de León (“Batallón de Clavijo”) entra en combate para proteger la retirada del Ejército de Castilla, (al fondo, en formación, el Pendón de Clavijo).