mardi 30 août 2011

Viajando por el espacio, y por el tiempo

Leer mucho y viajar mucho constituyen sin duda el único camino seguro hacia el conocimiento, que si se deja conducir por el recto camino de la fe, de la única fe verdadera, la que sólo podemos encontrar en el seno de la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana, pueden llegar a acercarnos a la sabiduría.

Este verano que se acerca a su final lo hemos dedicado, mi mujer, mis hijos y yo, a recorrer nuestra querida Patria, España, en la medida de lo posible, redescubriendo la riqueza de su gloriosa historia y tradición, y disfrutando del sano orgullo de sentirnos sus legítimos hijos y herederos.

El Escorial, Segovia, Ávila, Salamanca, Ciudad Rodrigo, León, Oviedo, Covadonga y muchos otros nombres llenos de historia y glorias patrias se agolpan ahora en mi memoria, haciendo imperiosa la necesidad de reposar, meditar y reflexionar.

Me propongo por ello ir desgranando pequeños detalles en esta bitácora, para compartir y proponer a quien me lea, fantásticos viajes por la historia de España, para el que no quiera perder su tiempo disputando un metro cuadrado de una playa atestada de veraneantes.

El cuadro que acompaña esta entrada, pintado en 1743, es una obra de Louis Michel van Loo que se encuentra en el Museo del Prado, y representa a la familia de Felipe V, aquel al que su abuelo, Louis XIV le Roi-Soleil, le dijera: «Soyez bon Espagnol, c'est présentement votre premier devoir ; mais souvenez-vous que vous êtes né Français pour entretenir l'union entre nos deux nations ; c'est le moyen de les rendre heureuses et de conserver la paix de l'Europe» («Pórtate bien en España, que es tu primer deber ahora, pero recuerda que naciste en Francia, para mantener la unión entre nuestras dos naciones, que es la manera de hacerlos felices y preservar la paz de Europa»), a lo que el embajador de España, el marqués de Castel dos Rios, añadiría su conocido: «il n'y a plus de Pyrénées» («ya no ha Pirineos»).

Recordamos este periodo de la historia de España visitando el Palacio de Riofrío, ya que la impulsora de su construcción fue la segunda mujer de Felipe V, Isabel de Farnesio, que a la vista de su posición y postura en el cuadro debía de ser de armas tomar.

Visitando El Escorial ya habíamos recordado que desde el emperador Carlos hasta Fernando VII, sólo dos reyes de España no están enterrados en su panteón, Felipe V y su hijo Fernando VI, y de las reinas, madres de reyes, precisamente Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos III, tampoco reposa allí, sino junto a su esposo en la Sala de las Reliquias de la Real Colegiata de la Santísima Trinidad, en el Palacio Real de la Granja de San Ildefonso.

Que existan dos palacios reales tan cerca uno de otro como el de Riofrío y el de La Granja es algo que sólo se explica por las especiales circunstancias de la sucesión al trono de España en aquellos años, y algunas de las claves se encuentran en el cuadro de van Loo, en el que podemos ver a tres reyes de España, Felipe V, Fernando VI y Carlos III.

Felipe V, tras abdicar en Luis I, hijo de su primer matrimonio con María Luisa Gabriela de Saboya, cuyos restos sí se encuentran en El Escorial, se había visto obligado a retomar el trono a la muerte por viruela del joven rey.

Es difícil conocer la razón de su abdicación y más aún que tras la muerte de Luis I asumiera Felipe V de nuevo el trono, y no el otro hijo de María Luisa de Saboya, el futuro Fernando VI. La posible pretensión a suceder a Louis XV y la unión dinástica de Francia y España que prohibía el Tratado de Utrecht, aunque la validez de la prohibición y la consecuente renuncia de Felipe V al trono de Francia sean más que discutibles, podrían estar detrás de estos extraños acontecimientos.

Finalmente, muerto Felipe V y reinando ya su hijo Fernando VI, la reina viuda, Isabel de Farnesio, debe preocuparse por el porvenir de sus hijos. Carlos es rey de Nápoles y Sicilia, Felipe, que había comprado el condado de Chinchón, acabaría siendo duque de Parma, de Piacenza y de Guastalla, y Luis, para el que no había corona posible alguna, estaba destinado a la carrera eclesiástica. Sus hijas se casarían con el rey de Portugal, el delfín de Francia y el rey de Cerdeña.

A pesar de todo ello, las relaciones de Isabel con su hijastro el rey no eran muy buenas, y la reina viuda impulsa la construcción del palacio de Riofrío, a pocos kilómetros del de La Granja, a modo de seguro contra posibles desventuras.

Finalmente la muerte sin descendencia de Fernando VI dará un giro a los acontecimientos a favor de la prole de Isabel de Farnesio, convirtiendo a su hijo Carlos en Carlos III de España, lo que después de ser sólo reina viuda, la convertía en reina madre, y dejaba sin demasiada utilidad al palacio de Riofrío.

Una curiosidad para el visitante del palacio es ver las marcas de propiedad de los cuadros expuestos, según perteneciesen al rey Felipe V o a su esposa Isabel. Puesto que los Farnesio  empleaban la flor de lis como blasón, el rey permitió que su esposa empleara este símbolo tan distintivo de la casa de Borbón para marcar los cuadros de su colección privada, empleando él para marcar los que le pertenecían el símbolo tradicional de los reyes de España. ¿Necesito decir cuál es? Efectivamente, la Cruz de Borgoña, la auténtica bandera de nuestra Patria.

vendredi 15 juillet 2011

El yugo y las flechas

Mucho y muy bien hablamos los Carlistas de la auténtica bandera de las Españas, la Cruz de San Andrés, Cruz de Borgoña, roja sobre fondo blanco, sin duda el símbolo español por excelencia en la historia.

Pero hoy me referiré a otro símbolo español que en el tradicionalismo, por haberlo adoptado en el siglo pasado la Falange de José Antonio Primo de Rivera, no recibe la misma consideración, pese a ser aún más antiguo y tradicional.

Me refiero claro está al yugo y las flechas.

Aunque entre mis queridos y cultísimos correligionarios no es preciso hacer cierto tipo de aclaraciones, e incluso pudieran parecer insultantes, puntualizaré ciertos detalles en atención a algún improbable lector poco avezado en la tradición hispánica.

Aunque hay mucho escrito, y muchas teorías más o menos fundadas, sobre la simbología heráldica de los Reyes Católicos, lo cierto es que el yugo, perteneciente a Fernando el Católico, Rey de Aragón, hace alusión al nudo gordiano de Alejandro Magno.

Respecto a las flechas, propias de Isabel la Católica, Reina de Castilla, su significado es más discutible, yendo desde simbolizar la unión de los territorios sobre los que reinaba, hasta explicaciones más complicadas sobre sus proyectos universales. Incluso varía el número, siendo en ocasiones siete o múltiplo de siete y cinco en la versión más habitualmente aceptada. En todo caso el haz de flechas, como las fasces de los líctores romanos, es símbolo de unidad (¿De aquí su identificación con el fascismo?)

Comentan también algunos historiadores el hecho de que el yugo del Rey Fernando sea palabra que empieza por Y, como el nombre de su esposa Isabel (según la grafía de la época), y las flechas de la Reina Isabel comiencen por F, como Fernando.

Pero lo que me atrae a escribir hoy es precisamente el yugo con las ataduras que componían el nudo gordiano.

Como sabemos se trataba de un campesino de la península de Anatolia (Gordión, capital de Frigia) que uncía sus bueyes con un yugo atado con un nudo de cuerdas tan complicado que era imposible de deshacer. La profecía contaba que sólo aquel capaz de desatar el nudo podría conquistar Oriente.

Alejandro, que finalmente conquistaría Oriente, decidió cortar el nudo con su espada, ya que al final el resultado es el mismo si se desata un nudo o si se cortan las cuerdas directamente. Esta reflexión dio lugar al que sería el lema de Fernando el Católico, “tanto monta”, es decir que lo mismo da una cosa como la otra.

La tradición popular ha querido identificar el “tanto monta” con la igualdad de poderes entre Isabel y Fernando, considerados los primeros Reyes de España, con permiso de los Reyes Godos, de Sancho el Mayor…

Me gusta especialmente este símbolo heráldico, el yugo con el nudo gordiano roto por la espada, ya que los enemigos de España y de la Cristiandad acostumbran, como en el caso actual, a tender una maraña de engaños y trampas imposible de deshacer por más que se intente, pretendiendo tener a los hombres de bien, infructuosamente entretenidos desatándola.

Que si el tribunal supremo, que si el constitucional. Que si Bildu, que si ETA, que si el PNV. Que si autonomía, que si independencia. Que si sufragio universal, que si democracia representativa, que si partidos políticos, que si listas cerradas, abiertas o mediopensionistas. Que si libertad religiosa, que si prohibición de crucifijos. Que si salud reproductiva, que si aborto. Que si muerte digna, que si eutanasia. Que si derechos humanos, que si impunidad para los criminales. Que si déficit, que si deuda, que si inflación, que si paro, que si flexibilización del mercado laboral, que si despido libre, que si productividad, que si Lehman Brothers, que si Moody’s…

¿Y saben lo que les digo? Que para conquistar el futuro, como Alejandro conquistó Oriente o Aragón el Mediterráneo, no hay que perder un minuto más jugando con sus reglas. Que ya basta de volvernos locos para deshacer el nudo. Un buen tajo con la espada y a otra cosa mariposa. Ustedes ya me entienden ¿no?

dimanche 10 juillet 2011

Memoria histórica en directo

Como comenté hace unos días, entre mis lecturas de verano he incluido este año el famoso panfleto de Chateaubriand “De Buonaparte y de los Borbones”.

Lo estoy leyendo en la reciente edición publicada por la editorial Acantilado, que ha sido un auténtico descubrimiento. Ardo en deseos de adquirir alguna de las múltiples obras de Zweig que incluyen en su catálogo.

El panfleto de Chateaubriand resulta de una actualidad increíble, pese a tener aproximadamente doscientos años. Su manera de presentar las virtudes de la Tradición frente a los vicios horrendos de las revoluciones, y su excelente descripción de tiranos y dictadores sedientos de sangre como Napoleón, en cuya descripción a veces nos parece estar viendo a Hitler o a Stalin, de los que el pequeño usurpador corso fue el claro precedente, como la revolución francesa lo fue de la bolchevique, frente a la serenidad, el cumplimiento del deber y el amor a la Patria y a su pueblo de los monarcas cristianos legítimos, resumen magistralmente toda una teoría de la historia, veraz, auténtica y clarividente, cuya lectura por los jóvenes estudiantes podría desarrollar en ellos un espíritu crítico frente a las falacias que componen los manuales oficiales actualmente en vigor en escuelas, institutos y universidades.

Resultaría tal vez entonces posible que muchos se replanteasen las patrañas que les han contado como dogmas de obligada aceptación sobre Luis XVI, ese gran Rey de Francia sobre el que tantas mentiras se han escrito para justificar el baño de sangre criminal y terrorífico de los asesinos de las guillotinas.

Tal vez algunos empezaran entonces a mirar con otros ojos esas engañosas trampas como los “derechos humanos”, “la democracia”, “el derecho internacional humanitario” y tantas otras sandeces con que los masónicos dueños actuales del planeta han intentado suplantar los sagrados principios de gobierno de la Tradición Católica.

En un orden de cosas menos universal, si es que algo puede ser español sin ser a la vez universal, nuestra visión de Francia, tan emponzoñada por los crímenes napoleónicos, podría aclarase al descubrir el rechazo que estos actos causaron en la verdadera Francia.

En palabras del Vizconde de Chateaubriand:

“Cada nación tiene sus peculiares vicios, y no son los de los Franceses la alevosía, la ingratitud y el encono. La muerte del duque de Enghien, la tortura y el asesinato de Pichegru, la guerra de España y la cautividad del Papa, anuncian en Buonaparte su cuna extranjera. Aunque abrumados con las cadenas que en nuestros hombros cargaban, no menos compasivos con la desgracia que amantes de la gloria, lloramos al duque de Enghien, a Pichegru, a Georges y a Moreau; tributamos nuestra admiración a Zaragoza, y nuestro respetuoso homenaje a un Pontífice cargado de grilletes. El que robó sus Estados al venerable sacerdote que había puesto en su frente la corona; el que tuvo la osadía de poner en Fontainebleau la mano en el Sumo Pontífice, y arrastrar por sus canas al padre de las fieles, creyendo acaso alcanzar un nuevo triunfo, no sabía que le quedaba al heredero de Jesucristo el cetro de caña, y la corona de espinas que tarde o temprano vencen el poderío de los perversos.

Vendrá tiempo , según espero , que declaren con un acto solemne los Franceses libres que no han sido cómplices de estos horrores tiránicos , que el asesinato del duque de Enghien , la cautividad del Papa y la guerra de España son acciones impías , sacrílegas , odiosas , y más que todo anti-francesas, y que toda su ignominia recae en la cabeza de un extranjero.”

vendredi 8 juillet 2011

Un recordatorio muy necesario

La última entrada publicada en « El Brigante », sobre la Sagrada Comunión y las condiciones precisas para su recepción, es sencillamente brillante. Y lo es por su sencillez, por eso que en España conocemos como “llamar al pan, pan, y al vino, vino”, expresión muy apropiada si hablamos precisamente de las especies del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

El artículo original al que se refiere la entrada contiene además una referencia final que quisiera destacar hoy aquí.

Se trata de señalar un error presente en aquello que se ha dado en llamar el Catolicismo Tradicional o Tradicionalista, de cuyas posturas y planteamientos yo mismo me siento muy cercano, más que cercano podría decir, sin que ello me desvíe un ápice de la obediencia a la Santa Madre Iglesia, acogiéndome siempre, en caso de duda, a su infalible Magisterio.

Y de ese problema trata la parte final del artículo, que trato de traducir para los que no dominen el francés:

“Una de las facetas de la herejía jansenita fue confundir la condición con el resultado. Los enemigos de Jesucristo y su Iglesia pretendían que es necesario ser santo para comulgar, siendo que la santidad es fruto de la Santa Comunión: no es producto de nuestro esfuerzo (aunque sea necesario), si no la acción de Jesucristo infinitamente santo presente en el Sacramento.

Un error similar e igualmente nefasto circula hoy en día en los medios llamados tradicionales: consiste en afirmar que la conformidad con la Tradición de la Iglesia es condición previa a la infalibilidad del Magisterio, siendo que dicha conformidad es el resultado de la infalibilidad. Este error forjado para escapar a la lógica de la fe es mucho más grave que un simple desprecio: hace vano el Magisterio de la Iglesia, imposibilita el conocimiento cierto de la Revelación Divina, destruye la fe sin la que resulta imposible agradar a Dios.”

El artículo sin duda debe movernos a reflexión para que nuestras posturas de fidelidad absoluta a la única fe verdadera no nos lleven, por orgullo, falta de caridad o rebeldía, a alejarnos de nuestra Santa Madre Iglesia, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, impidiéndonos ser aquello que precisamente luchamos por seguir siendo frente a viento y marea, Católicos.

Termino traduciendo el párrafo final:

“Lejos de estos dos errores devastadores, atémonos a Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre. En la Santa Iglesia y por ella, Él nos concede estos dos regalos que manifiestan su bondad infinita: la virtud de la fe, por la que nos ilumina con la Verdad eterna; la Santa Comunión, por la que anticipa en nuestras almas la Vida Eterna, y nos da los medios para perseverar.”

mercredi 6 juillet 2011

Unidos en lo esencial

Al hilo de las reflexiones de Firmus y Rusticus sobre la legitimidad de tomar las armas contra la propia Patria cuando ésta se encuentra en manos de un ilegítimo poder depravado, o de colaborar con ese poder, por ser de hecho el gobierno, y del manifiesto del Núcleo de la Lealtad, de adhesión inquebrantable a la Secretaría Política de Don Sixto de Borbón y Parma, que Dios guarde muchos años, marcando distancias con la iniciativa de la Comunión Tradicionalista Carlista de tratar de aunar esfuerzos en la Liga Tradicionalista, mi pensamiento se vuelve como siempre a lo esencial.

No está en mi ánimo enfrentarme ni atacar a unos u a otros, más bien expresar mi respeto, consideración y apoyo incondicional a cuantos se baten por desenmascarar a los auténticos enemigos de la Patria, y buscan el bien de todos los españoles, a la mayor gloria de Dios y de España.

En mi humilde bitácora permanecen los enlaces al órgano de difusión de la Secretaría del Abanderado de la Tradición y al de la CTC, sin que hasta el día de hoy mi apoyo a ambos me haya provocado problema interno alguno de pensamiento o conciencia.

Por que lo esencial, como digo, es la defensa de un gobierno confesional católico para las Españas, y para todos los pueblos del mundo. Sin eufemismos ni paliativos.

Me viene a la cabeza algún fragmento de esa magnífica novela de Giuseppe Tomasi de Lampedusa, y excepcional película de Burt Lancaster, “El Gatopardo”:
“…En pocas palabras, ustedes los señores se han puesto de acuerdo con los liberales, qué digo liberales, con los masones, a nuestra costa y a la de la Iglesia. Porque evidentemente nuestros bienes, esos bienes que son el patrimonio de los pobres, serán arrebatados y repartidos de cualquier modo entre los jefecillos más desvergonzados. Y ¿quién, después, quitará el hambre a la multitud de infelices a quienes todavía hoy la Iglesia sustenta y guía? — El príncipe callaba —. ¿Cómo se las compondrán entonces para aplacar a las turbas desesperadas? Yo se lo diré, excelencia. Se lanzarán a arrasar primero una parte, luego otra y finalmente todas sus tierras. Y de este modo Dios cumplirá su justicia, aunque sea por mediación de los masones. El Señor curaba a los ciegos del cuerpo, pero ¿dónde acabarán los ciegos del espíritu?...”
“…No somos ciegos, querido padre, sólo somos hombres. Vivimos en una realidad móvil a la que tratamos de adaptarnos como las algas se doblegan bajo el impulso del mar. A la santa Iglesia le ha sido explícitamente prometida la inmortalidad; a nosotros, como clase social, no. Para nosotros un paliativo que promete durar cien años equivale a la eternidad. Podremos acaso preocuparnos por nuestros hijos, tal vez por los nietos, pero no tenemos la obligación de esperar acariciar más lejos con estas manos. Y yo no puedo preocuparme de lo que serán mis eventuales descendientes en el año 1960. La Iglesia sí debe preocuparse, porque está destinada a no morir. En su desesperación se halla implícito el consuelo. ¿Y cree usted que si pudiese salvarse a sí misma, ahora o en el futuro, sacrificándonos a nosotros no lo haría? Cierto que lo haría y haría bien…”

Efectivamente éste es el origen de todos los males, el estado laico, la revolución, la libertad de cultos…

Una vez despojada la Santa Madre Iglesia de su natural prevalencia divina sobre los gobiernos, y arrebatados sus bienes, expolio del que en España tenemos claro ejemplo en las criminales “desamortizaciones”, sus hijos, los pobres, el pueblo, se vieron y se ven hasta hoy, tal vez más claramente que nunca, desamparados ante la codicia de los poderosos contra la que les había protegido la Iglesia por mandato divino desde el principio de la Cristiandad.

Banqueros, explotadores y gobernantes corruptos sin conciencia pueden, ahora que la Iglesia se encuentra atada de pies y manos, esclavizar al pueblo con hipotecas, salarios de miseria, horarios de esclavitud y la promoción descarada del vicio y el crimen.

Leamos de nuevo, como muy acertadamente recomienda el Núcleo de la Lealtad, lo que nuestro Sumo Pontífice León XIII nos dijo sobre la “libertad de cultos”:
“… Para dar mayor claridad a los puntos tratados es conveniente examinar por separado las diversas clases de libertad, que algunos proponen como conquistas de nuestro tiempo. En primer lugar examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Esta tesis es contraria a la verdad. Porque de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios. Hay que añadir, además, que sin la virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que nos lleva a Dios, considerado como supremo y último bien del hombre; y por esto, la religión, cuyo oficio es realizar todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de todas las virtudes. Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias. Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal. Esto, lo hemos dicho ya, no es libertad, es una depravación de la libertad y una esclavitud del alma entregada al pecado…”
“… Considerada desde el punto de vista social y político, esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto público alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la religión católica. Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie puede dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona al hombre. Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes, para que las exigencias naturales que él por sí solo no puede colmar las vea satisfechas dentro de la sociedad. Por esto es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. Porque el poder político ha sido constituido para utilidad de los gobernados. Y aunque el fin próximo de su actuación es proporcionar a los ciudadanos la prosperidad de esta vida terrena, sin embargo, no debe disminuir, sino aumentar, al ciudadano las facilidades para conseguir el sumo y último bien, en que está la sempiterna bienaventuranza del hombre, y al cual no puede éste llegar si se descuida la religión…”

lundi 4 juillet 2011

No podemos seguir huyendo

Cuando pasamos unos días alejados de esta masa gigantesca de cemento y asfalto que intenta cada día ahogar nuestra humanidad, ciertos pequeños pero inmensos detalles acostumbran a reconfortar nuestros espíritus.

Como hace calor, el sábado dormimos en la casa del pueblo con las ventanas abiertas. Posiblemente el nivel de “ruido”, medido en decibelios, debió de ser esa noche similar al de la gran ciudad, pero en vez del atronador zumbido de motores, bocinas de automóvil, sirenas, gritos, etc., se trataba del viento, la lluvia azotando la tierra, los cantos de los pájaros, y sus chillidos también por supuesto…

Durante el día sin embargo la nota fundamental fue como siempre el silencio, algo que mis hijos aprecian especialmente. “¿Has oído papá? ¡No se oye nada!”.

Pero es casi imposible escapar de la modernidad que nos acosa como a presas en una cacería cruel y despiadada.

El domingo fuimos a misa en el convento de carmelitas descalzos que hay a pocos kilómetros de la aldea. La iglesia, aunque por supuesto tiene un altar en el que se celebra la misa según el “Novus Ordo Missae”, mantiene aún el sagrario en el centro del retablo, con su propio altar tradicional, dando al menos algo de sentido a las reverencias del sacerdote.

Normalmente las misas suelen ser, si no especialmente acordes al misal, si al menos bastante más correctas y sin las extravagancias propias de las parroquias modernas.

Sin embargo este domingo todo empezó a torcerse desde el principio. El sacerdote era de esos que se deleitan en ir introduciendo sus propias “morcillas” a lo largo del ritual y en la tribuna trasera había un coro con acompañamiento de instrumentos de cuerda, guitarras y laúdes o similar.

Puesto que ya he hablado muchas veces de cómo una música excesivamente profana puede ser perjudicial para la liturgia de la misa, hoy sólo me detendré en algunos detalles especialmente desagradables, rayanos en lo sacrílego.

Normalmente este tipo de acompañamientos musicales, que en vez de adaptarse y realzar la liturgia, tratan de robarle el protagonismo, no respetan ni las palabras con las que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a orar, el Padre Nuestro, ni el Silencio Eucarístico tras la Comunión.

Pero lo de este domingo fue el no va más. El coro “acompañó” la consagración con un modestísimo “uh, uh, uh” similar al que perpetran durante el Padre Nuestro.

Para que no me tachen de fariseo o intransigente, no me referiré al Motu Proprio “Tra le sollecitudini” de San Pío X, “...nada, por consiguiente, debe ocurrir en el templo que turbe, ni siquiera disminuya, la piedad y la devoción de los fieles; nada que dé fundado motivo de disgusto o escándalo; nada, sobre todo, que directamente ofenda el decoro y la santidad de los sagrados ritos y, por este motivo, sea indigno de la casa de oración y la majestad divina.” Me bastará con la constitución “Sacrosanctum Concilium” sobre la sagrada liturgia del Vaticano II: “La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados.”

No creo que sea tan difícil de entender, o tan retrógrado y trasnochado el afirmar que el centro de la misa, y de la vida cristiana, es precisamente el milagro de la consagración y transubstanciación de las especies de pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y que en esos breves instantes, salvo imposibilidad grave de salud física, los fieles deben estar arrodillados y en la más profunda adoración y el más absoluto silencio.

Pero eso no fue todo. El coro de marras no solamente se permitió como de costumbre modificar a su gusto las palabras de Cristo en el Padre Nuestro, introduciendo múltiples y gravísimos errores doctrinales, si no que de hecho la letra con que suplantaron la oración que Cristo nos enseñó fue realmente espeluznante.

Cuando empezaron canturreando “Padre nuestro que estás en la tierra”, mis hijos dieron un respingo sobresaltado y me miraron con estupor. “No eres un dios que se queda alegremente en su cielo, tu alientas a los que luchan para que llegue tu reino”, “Padre nuestro que estás en la calle, entre el tráfico, el ruido y los nervios”, “Padre nuestro que sudas a diario, en la piel del que arranca el sustento”… ¿para qué seguir?

Nos costó bastante sobreponernos tras escuchar aquello, pero intentamos al menos comulgar con cierto sosiego en el alma.

Tras intentar en vano orar un poco después de recibir el Cuerpo de Cristo, mientras el coro seguía dando la tabarra, el “fin de fiesta” fue acorde con lo que había sido la celebración. Nada más y nada menos que la versión cantada por “Mocedades” de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak, sin ahorrarse ni un “la, la, la” ni un “tururú, tururú”, y sin la más mínima referencia litúrgica o religiosa.

Termino con un fragmento del discurso del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión del centenario del Instituto Pontificio de Música Sacra: “Pero tenemos que preguntarnos siempre de nuevo: ¿quién es el auténtico sujeto de la liturgia? La respuesta es sencilla: la Iglesia. No es el individuo o el grupo que celebra la liturgia, sino que esta es ante todo acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su historia, su rica tradición y su creatividad. La liturgia, y en consecuencia la música sacra, «vive de una relación correcta y constante entre sana traditio y legitima progressio», teniendo siempre muy presente que estos dos conceptos —que los padres conciliares claramente subrayaban— se integran mutuamente porque «la tradición es una realidad viva y por ello incluye en sí misma el principio del desarrollo, del progreso.”

Empiezo a estar desesperado, se lo aseguró. Huir no es solución. No podemos recluirnos en los pocos templos en que aún se puede asistir a una misa tradicional. Es necesario luchar, enfrentarse, defender la verdad. Hay que repetir a hora y a deshora que estas misas profanas están contribuyendo a la labor de los enemigos de Cristo, arrebatando a los cristianos la esencia de su fe.

Hay que involucrarse en las comisiones parroquiales de liturgia y denunciar, entre otras cosas, el empleo de canciones profanas con textos contrarios a la doctrina. Hay que exigir el respeto a lo que ordena la Santa Madre Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, y no mil iglesias independientes en las que cada cual pudiera obrar como le petase.

Otro día me detendré en cómo los fieles que leen las lecturas en muchas iglesias, no son capaces de proyectar la voz convenientemente, ni de respetar los signos de ortografía, puntos, comas y demás, dando la entonación correcta a cada frase, de modo que finalmente resulta imposible comprender una sola palabra de los textos sagrados. Es así sencillamente por que no están acostumbrados a leer las Escrituras en casa con la debida asiduidad, ni a leer texto alguno a lo que sospecho, y ni siquiera repasan con cuidado antes de la misa la lectura que les corresponde, ya que normalmente se les asigna segundos antes de empezar, sin ningún criterio ni selección. Y lo siento por mis queridísimas y piadosas ancianitas, pero normalmente ya no están para esos trotes.

jeudi 30 juin 2011

Arte y moral

Este año se conmemoran los cincuenta de la muerte de Louis-Ferdinand Céline. Digo que se conmemoran aunque en realidad, oficialmente está prohibido conmemorar nada relacionado con él.

Frédéric Mitterrand, el sobrino de François el presidente de la República Francesa, que es el actual ministro de cultura en Francia, ante la presión de diferentes grupos, optó por negarle los honores oficiales en este aniversario, debido a su antisemitismo y su apología de las políticas raciales del nacionalsocialismo.

Curiosamente Fréderic Mitterrand sigue siendo ministro de cultura pese a haber tenido que admitir públicamente la veracidad de las acusaciones de pederastia.

Pero lo que me mueve a reflexión son dos asuntos concretos muy relacionados. Uno es la posibilidad o no de desligar la obra artística de un autor, ya sea pintor, músico o literato, de sus opiniones, actitudes o actos moralmente reprochables o condenables.

Incluso en muchas ocasiones, la indiferencia o falta de posicionamiento público respecto a acontecimientos cruciales ha sido suficiente para privar a un autor del reconocimiento debido por la calidad artística de su obra.

¿Se puede desligar al hombre del artista? ¿Se debe condenar el arte a causa de su autor? ¿Debemos emplear siempre criterios morales o ideológicos al enfrentarnos al arte?

Personalmente tiendo a suponer que las más sublimes expresiones artísticas suelen surgir de almas con un grado elevado de perfección moral. Sin embargo, en muchas ocasiones, me he encontrado ante magníficas obras de arte fruto de la labor de abyectos autores.

Estas reflexiones me llevan al segundo asunto. Las diferencias que históricamente han mostrado unas y otras naciones a la hora de honrar a sus grandes hombres.

En Francia, por ejemplo, hay varios modos de ingresar en su particular Olimpo de glorias inmortales. El que más garantía tiene es el ingreso en “L’Académie française”, por algo los académicos son conocidos como “los inmortales” (realmente el apelativo viene del lema de su divisa “a la inmortalidad”).

La Academia francesa, conocida también como “la cúpula”, por la que corona el edificio de su sede, fue creada por el famoso cardenal Richelieu en 1635, y se compone de 40 miembros.

Céline, que en realidad se apellidaba Destouches, no fue por supuesto miembro de la Academia, y su obra más reconocida, “Viaje al fin de la noche”, ni siquiera obtuvo el premio Goncourt, lo que incluso provocó la dimisión de algún miembro del jurado, teniendo que contentarse con el premio Renaudot.

Un ejemplo magnífico de la capacidad de apreciar y reconocer la valía de un hombre, más allá de las diferencias ideológicas, es la relación Napoleón Bonaparte con el inmortal autor de “El genio del Cristianismo”, François-René, vicomte de Chateaubriand.

Chateaubriand, famoso también por la receta de solomillo asado que inventó su cocinero, era radicalmente contra-revolucionario e incluso había combatido en el Ejército Realista llamado de los emigrados. Sin embargo fue el propio Napoleón quién impulsó su candidatura a la Academia, aunque tras leer el borrador de su discurso de ingreso, que Chateaubriand se negó a corregir con las indicaciones del pequeño usurpador corso, finalmente el vizconde no llegase a ocupar su sillón hasta la restauración.

En España estamos hartos de ver, no sólo cómo autores magníficos son sistemáticamente denostados por motivos ideológicos, si no lo que es aún mucho peor, como tipejos absolutamente mediocres reciben el reconocimiento que no merecen, precisamente por su posicionamiento político.

El racismo de Céline, que le llevó a publicar infectos panfletos pronazis, lo había heredado de la sociedad francesa en la que nació, la del “affaire Dreyfus” que provocase el famoso “J’accuse…!” de Zola, etc.
Pero eso no le quita un ápice de grandeza al resto de su obra.

El pequeño escándalo a propósito de la celebración oficial de su aniversario, con el cruce de acusaciones y presiones, los documentales en televisión… han representado finalmente la mejor manera de conmemorar la efeméride.

Por mi parte he incluido ya en el maletín de mis lecturas para este verano, el panfleto de Chateaubriand “De Buonaparte et des Bourbons” y, claro está, el “Voyage au bout de la nuit”.

Notre vie est un voyage
Dans l’hiver et dans la Nuit
Nous cherchons notre passage
Dans le Ciel où rien ne luit.
Chansons de Gardes Suisses, 1793.

dimanche 26 juin 2011

Amor, muerte y literatura

El viernes escribí una entrada al hilo de la situación actual de nuestra Patria, pero resultó tan apocalípticamente dolorosa que no llegué a publicarla.
El sábado por la mañana, de nuevo, Juan Manuel de Prada en ABC supo expresar con su pluma mi desesperación, en su artículo sobre el resentimiento.
“En este crepúsculo de la historia”, dice de Prada, “la democracia ha hecho la misma proclama que Kirilov, aquel personaje de Los demonios de Dostoievsky, encarnación trágica del humanismo ateo: «Si Dios no existe, yo soy Dios». Y, para demostrar que no existe otra voluntad superior a la suya, Kirilov acaba suicidándose, que es lo mismo que está haciendo nuestra democracia fetén, dejándose infestar por iniquidades tan graves y manifiestas.”
Tengo la obsesiva costumbre de leer muchos libros a la vez, seguramente en la íntima seguridad de que no tendré tiempo de leer todos los que merecen la pena ser leídos, en el corto trascurso de una vida. Llevo siempre uno encima para los ratos sueltos del día, en el transporte, en alguna espera, entre una reunión y unas horas de trabajo… Tengo otro normalmente en mi mesilla de noche, junto a la cama, otro en la mesa auxiliar del salón y varios repartidos entre la mesa de trabajo, la biblioteca…
Estoy cerca del final de “La promesa del alba” de Romain Gary, del que ya hablé un poco no hace mucho. Parece mentira que alguien capaz de expresar con una prosa tan poética una actitud hacia la vida y el mundo tan cargada de amor y compasión por el ser humano, terminase también suicidándose, como el personaje de Dostoievsky, sólo veinte años después de escribir este libro.
Romain Gary, pseudónimo de Romain Kacew, nacido en Vilnius, Lituania, en 1914, fue criado por su madre que, como narra en “La promesa del alba”, depositó en él las más ambiciosas esperanzas. Pobre “cosaco un poco tártaro cruzado con judío”, llegó a Francia a los catorce años, instalándose en Niza.
Tras sus estudios de derecho, se alistó en la aviación y se unió a De Gaulle en 1940.
Su primera novela “Educación europea” fue un gran éxito en 1945, desvelando a un gran narrador de estilo rudo y poético. Aquel mismo año entró en el “Quai d’Orsay”, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Gracias a su trabajo como diplomático, vivió en Sofía, La Paz, Nueva York y Los Ángeles. En 1948 publicó “El gran vestuario” y recibió el premio Goncourt en 1956 por “Las raíces del Cielo”. Siendo cónsul en Los Ángeles se casó con la actriz Jean Seberg, escribió varios guiones y fue realizador de dos películas.
Dejó la diplomacia en 1961 y escribió “Los pájaros van a morir a Perú” (incluida en “Gloria a nuestros ilustres pioneros”), y una novela de humor, “Lady L.”, antes de emprender sus inmensas sagas: “La comedia americana” y “Hermano océano”.
Su esposa se quitó la vida en 1979 y las novelas de Gary empezaron a dejar percibir su angustia del declinar y la vejez: “Más allá de este límite su ticket no es válido”, “Claro de mujer” y “Las cometas”.
Romain Gary se suicidó en Paris en 1980 dejando un documento póstumo en el que reveló que había escrito bajo el pseudónimo de Émile Ajar, autor de varias novelas de éxito como “El gran mimo”, “La angustia del rey Salomón” y “La vida ante sí”, que recibió también el Goncourt en 1975.
Como nos recordaba este sábado Juan Manuel de Prada, el gran Leonardo Castellani dijo: «El resentimiento no es vulgar rencor, odio o despecho; es indignación reprimida mal o insuficientemente, por fuerza y no por razón, que se irradia concéntricamente de objeto en objeto y de zona en zona anímica. Hay hoy día ideologías del resentimiento expuestas en lenguaje científico y con las mayores apariencias de objetividad. Este rencor convertido en septicemia no tiene más penicilina que una gran inyección de amor tan tremenda que sólo es posible por la Fe y por la Gracia ayudadas de intermediarios humanos, como suele Dios hacer sus cosas. Dios y ayuda, como dicen en España».
De Prada añade “¿qué ayuda puede hallarse, cuando falta el otro miembro de la ecuación?”
Cuando Romain Gary nos describe su imposibilidad para ver un enemigo en otro ser humano, también nos está señalando el destello de ese amor perdido que añora la humanidad y que Gary sólo llegó a intuir, terminando por sumirse en la desesperación, pero incapaz de conocer el resentimiento.
Sinceramente recomiendo leer “La promesa del alba”, a ser posible en francés y si no, traducida.

mercredi 15 juin 2011

Franco, Franco, Franco

Me da igual si se trata de una obsesión personal de nuestro mezquino presidente del gobierno, cuyo nombre prefiero no mentar para evitar las nauseas, me importa un pito si es fruto de la ilimitada estupidez de la pandilla de guarras y sinvergüenzas a los que reparte ministerios, secretarías de estado o lo que le pete, me resbala si se trata o no de una maniobra para distraer eso que llaman la opinión pública, como si a tenor de los resultados electorales pudiese afirmarse que el “público” tiene opinión, y por supuesto no me inmuta la tibieza culpable de los burgueses conservadores o liberales.

Estoy más que harto de escuchar sandeces sobre Francisco Franco y la fatídica segunda república española.

En política, como en todo lo demás, soy antes que nada católico, sencillamente porque es lo único serio que se puede ser en este mundo, a poco que uno se informe.

Aunque me considere de pensamiento carlista, o tradicionalista, o como lo quieran ustedes llamar, y en consecuencia defienda para mi amada España el restablecimiento de sus instituciones históricas, desde la Monarquía Católica Tradicional hasta las Cortes de sus Reinos y sus Fueros, pasando por los gremios y el resto de asociaciones sociales auténticas, y a pesar de que el Generalísimo Franco decidiese otorgar la sucesión en la Jefatura del Estado a Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, hijo, nieto y bisnieto de quién es, a pesar de todo, sé que en el periodo que va del 1 de abril de 1936 al 20 de noviembre de 1975, España gozó del mejor gobierno y la mayor mejora de sus condiciones de vida que nadie hubiera podido imaginar.

Y cuando me refiero a Francisco Franco, y eso hace que los que me escuchan suelan poner los ojos como platos, coloquialmente digo simplemente “el Caudillo”, cuando no Caudillo de España por la Gracia de Dios.

El régimen del 18 de julio fue una bendición divina para nuestra Patria, reinstauró un Estado Español Confesional Católico, la máxima aspiración de los patriotas cabales, nos devolvió el orgullo de ser españoles, y sobre todo nos regaló la paz, en todos los sentidos.

Si, claro que soy franquista, no veo porque no habría de serlo. Si a alguien le parece que no se puede ser franquista y requeté, es su problema. Pero yo sé que de no ser por el Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 y la Cruzada de Liberación Nacional, España y los españoles hubiesen sufrido durante años interminables la barbarie marxista, como en Rusia. Y me importa un rábano lo que me cuenten los mamarrachos que escriben en los periódicos, publican libelos, hablan por la radio o salen en la tele, sin formación alguna, ni fundamento conocido. La segunda república fue un régimen ilegítimo desde su nacimiento, que sumió a la Patria en el caos, el crimen y la barbarie. Negarlo es estar ciego, o ser un mentiroso.

Tras su muerte por edad y enfermedad, sus enemigos, que como él mismo aclaró en su testamento no son otros que los que lo son de España, han osado destruir sus estatuas, símbolos, recuerdos y homenajes, e incluso han retirado su nombre de El Ferrol del Caudillo. Ahora sacarán pérfidamente sus restos de la Basílica del Valle de los Caídos, y luego transformarán el sagrado recinto en una mamarrachada más de las suyas. Pero no podrán arrancar de nuestros corazones agradecidos, a aquel que fue el general más joven de Europa, el héroe de África, el fundador de la Academia General Militar, el salvador indiscutible de la Patria y su fiel servidor y custodio hasta la muerte.

Que alguien, de hecho muchos, tengan la desfachatez de atreverse a comparar el gobierno de Don Francisco Franco Bahamonde, con esto que sufrimos hoy, tiene bemoles. Y yo, me parece que se ha notado, estoy más que harto.

mardi 14 juin 2011

Canciones, historia y vino

Este fin de semana, tratando de olvidar estos horribles y oscuros tiempos, recordaba aquella canción con la que los alemanes han defendido tradicionalmente su libertad, parafraseando a Cicerón: “Liberae sunt nostrae cogitationes”, nuestros pensamientos son libres, en alemán “die Gedanken sind frei”.
Como es una canción que en otro tiempo acostumbraba a cantar al este del Rin, con una copa de vino alemán en la mano, terminé por acordarme también de otra que he cantado después, también paladeando una copa de vino, pero en este caso al oeste del Rin.
Se trata de una canción francesa bastante curiosa.
En el año 1800, concretamente el 31 de agosto, dos meses después de la victoria de Napoleón en Marengo, un corsario al servicio de Francia, de nombre Robert Charles Surcouf y natural de Saint-Malo, al mando de su navío de seis cañones, “la Confiance”, logró capturar a la fragata inglesa “Kent”, de cuatrocientos hombres de tripulación y treinta cañones.
Cuentan que el comandante inglés, durante el combate, increpó al corsario galo diciéndole: “los ingleses nos batimos por honor y los franceses por dinero”, a lo que Surcouf contestó: “uno siempre se bate por lo que no tiene”. Sea verdad o no, la anécdota es graciosa.
Una curiosidad de la canción es que en su estribillo se brinda a la salud del Rey de Francia, siendo que la acción narrada sucedió mientras el pequeño usurpador corso se hacía llamar emperador de los franceses. Por más revoluciones que vengan, cuando se trata de pelear, los hombres cabales se baten por su rey.
Al oír el resto del estribillo es fácil imaginar porque un español puede cantarla con gusto, ja, ja, ja. (Hoy sólo transcribo la primera estrofa y el estribillo, el resto, si alguien se la quiere aprender para la próxima vez que descorche una botella de vino de Burdeos, la encontrará sin dificultad en internet tecleando su título “Au 31 du mois d'août”).



Au 31 du mois d'août (bis)
el 31 del mes de agosto
nous vînmes venir sous l'vent à nous (bis)
vimos venir sobre el viento contra nosotros
une frégate d'Angleterre
una fragata de Inglaterra
qui fendait la mer et les flots
que cortaba el mar y las olas
c'était pour attaquer Bordeaux
era para atacar Burdeos

REFRAIN:
Buvons un coup, buvons un deux (bis)
Bebamos un trago, bebamos dos
à la santé des amoureux
a la salud de los amantes
à la santé du Roi de France
a la salud del Rey de Francia
et merde pour le Roi d'Angleterre !
¡y una mierda para el Rey de Inglaterra!
qui nous a déclaré la guerre
que nos ha declarado la guerra

dimanche 12 juin 2011

Libertad

Cada vez que a lo largo de la historia de Alemania, la libertad se ha visto amenazada por el totalitarismo, como ocurre hoy en día en España y en otras muchas naciones de la Cristiandad, una canción ha empezado a resonar entre los que han tenido el valor de no doblegarse.

Nadie conoce su autoría, pero la cantaron los estudiantes del siglo XIX para reclamar la libertad académica y de opinión, se la tocaba con la flauta Sophie Sholl a su padre al pie de los muros de su prisión, la cantó la multitud entre las ruinas del Reichstag en 1948 durante el bloqueo a Berlín, y aún en nuestros días es el himno de la lucha contra el poder omnímodo del estado y de la defensa, por ejemplo, de la libertad en internet.

Cuando veo como los políticos españoles ¡traidores a la Patria! han permitido que una banda de asesinos ocupen los sillones de los ayuntamientos vascos, gracias a esa aberración del demonio llamada tribunal constitucional, aquella canción que aprendí en mis ya muy lejanas primeras lecciones de la lengua de Goethe vuelve a resonar en mi cabeza.

Podrán arriar la Bandera Española de los edificios, podrán volver a campar a sus anchas asesinas por las calles de pueblos y ciudades, seguirán regando el suelo sagrado de la Patria con la sangre de los héroes españoles que se niegan a abandonar su tierra, pero jamás nos vencerán, no se librarán de nosotros ni lograrán arrancarnos nuestra fe.

Mientras un sólo español esté dispuesto a morir en posición de firmes, mirando a los ojos a sus asesinos, aunque estos tengan la costumbre abyecta de matar por la espalda, como corresponde a los cobardes que son, las Vascongadas seguirán siendo España, para vergüenza de jueces y políticos de todos los colores.

Aquí dejo el vídeo con la versión que más se parece a la letra que tantas veces he cantado después con mis amigos alemanes, normalmente a altas horas de la madrugada y habiendo olvidado qué número hacía la copa de Riesling que teníamos en la mano, por lo que la última estrofa, que en el vídeo no cantan, era la que con más ímpetu entonábamos (la letra que he puesto debajo con la traducción aproximada al castellano, es la que yo me sé).


1. Die Gedanken sind frei
Los pensamientos son libres
wer kann sie erraten?
¿quién los puede adivinar?
Sie fliehen vorbei
se escabullen
wie nächtliche Schatten.
como sombras nocturnas
Kein Mensch kann sie wissen,
nadie puede saberlos
kein Jäger erschießen
ningún cazador puede dispararles
mit Pulver und Blei:
con pólvora y plomo
Die Gedanken sind frei!
los pensamientos son libres

2. Ich denke, was ich will
Pienso lo que quiero
und was mich beglücket,
y lo que me place
doch alles in der Still’
mas siempre en paz
und wie es sich schicket.
y como debe ser
Mein Wunsch und Begehren
mis deseos y anhelos
kann niemand verwehren,
nadie puede denegarlos
es bleibet dabei:
permanecen ahí
Die Gedanken sind frei!
los pensamientos son libres

3. Und sperrt man mich ein
Me encierran
im finsteren Kerker,
en lúgubres calabozos
das alles sind rein
y todo no son más que
vergebliche Werke.
inútiles intentos
Denn meine Gedanken
porque mis pensamientos
zerreißen die Schranken
destrozan las barreras
und Mauern entzwei:
y los muros
Die Gedanken sind frei!
los pensamientos son libres

4. Drum will ich auf immer
Así pues para siempre quiero
den Sorgen entsagen
abandonar toda inquietud
und will mich auch nimmer
y nunca jamás quiero
mit Grillen mehr plagen.
Que las rejas me atormenten
Man kann ja im Herzen
en el corazón puede uno
stets lachen und scherzen
reir y burlarse sin parar
und denken dabei:
y pensar
Die Gedanken sind frei!
los pensamientos son libres

5. Ich liebe den Wein,
Adoro el vino
mein Mädchen vor allen,
y sobre todo a mi chica
sie tut mir allein
esto solamente
am besten gefallen.
es lo que prefiero
Ich bin nicht alleine
no estoy solo
bei meinem Glas Weine,
con mi vaso de vino
mein Mädchen dabei:
y mi chica conmigo
Die Gedanken sind frei!
los pensamientos son libres.