mercredi 22 février 2012

Retraite dans la ville



Beaucoup demandent : « Qui nous fera voir le bonheur ? »

Sur nous, Seigneur, que s’illumine ton visage !

Psaume 4, verset 7



La clef du paradis, c’est le kiosque à journaux. Impossible d’en douter si on prend au sérieux les titres des magazines qui chaque semaine promettent de nous révéler, pour quelques euros seulement, les secrets d’une vie épanouie, équilibrée, rayonnante ; la formule du bonheur est toute simple : il suffit d’aller lire les conseils de la page 5.

Une chose est certaine : le mercredi des Cendres, qui marque aujourd’hui notre entrée dans le temps du carême, ne figure pas dans ces recettes de bonheur ! Sans doute ne suis-je pas seul à le voir revenir, chaque année, avec un peu d’appréhension, peut-être même de découragement. N’est-ce pas, pourtant, l’occasion que j’attendais de revenir à Dieu, de remettre un peu d’ordre dans ma vie dispersée, de m’occuper enfin de l’essentiel ? J’ai tellement envie de bien faire, de ne pas rester sourd à l’appel du Christ.

Je voudrais tant réussir mon carême ! Revenir à une prière plus régulière, rendre service aux autres, lire davantage l’Évangile, me rendre plus disponible pour mes proches, renoncer au superflu, faire l’aumône, cesser mes petits arrangements avec la vérité, résister à la colère… La liste de ce que je voudrais faire est si longue ! Et me voilà face au carême comme devant un dangereux exercice de trapèze : j’ai le vertige. Serai-je enfin à la hauteur de ce que Dieu attend de moi ?

Je sais bien que la tâche est trop difficile pour moi. Déjà, l’année dernière, et l’année d’avant, les mêmes efforts sincères n’avaient produit qu’un résultat décevant, bien loin des exigences radicales de l’évangile. On peut bien me parler des saints, ou de chrétiens héroïques qui, trapézistes prodiges, réussissent des figures acrobatiques étonnantes, avec aisance et souplesse. Je sais bien que moi, même avec beaucoup d’entraînement, je n’y arriverai jamais.

Alors à quoi bon réessayer ? Si c’est pour fêter Pâques avec pour seul bagage des espoirs déçus et un vague sentiment de culpabilité… Nous voilà en tout cas bien loin du bonheur proposé par les hebdos, et la promesse de Jésus ne semble résonner qu’avec une ironie cruelle : « Je suis venu pour qu’ils aient la vie, et qu’ils l’aient en abondance.»

Sauf à prendre Jésus au mot. Peut-être pouvons-nous vivre ce carême, non comme un impossible cahier d’exercices à remplir, mais comme un temps de vacances, comme un cadeau que Dieu nous fait, celui d’une vie pleine, joyeuse, accomplie. Non pas « faire le carême » - comme on fait ses devoirs - mais le recevoir. Plutôt que de chercher à accomplir ce qui fera plaisir au bon Dieu, je peux profiter de ce temps où Dieu va s’occuper tout spécialement de moi, me conduire avec patience, me parler, m’aimer.

Tout mon effort sera alors de le laisser agir, le laisser me donner, le laisser se donner à moi. Il faudra renoncer, bien sûr, à cette perfection que je rêve d’acquérir à la force du poignet. Mais est-ce bien la perfection que Dieu veut pour moi ? N’est-ce pas plutôt la sainteté, c’est-à-dire la vie avec lui ?

Cette voie-là est évidemment plus simple, et probablement plus efficace que la première : si Dieu prend les choses en main, sans doute y arrivera-t-il mieux que moi. Est-elle pour autant plus facile ? Ce n’est pas si sûr. Car si Dieu ne me demande pas de réussir d’époustouflantes acrobaties, acquises au terme d’entraînements intensifs, me menant toujours plus haut de trapèze en trapèze, il attend de moi une chose toute simple, qui ne réclame qu’un instant, mais plus exigeante que tout le reste : que je me laisse tomber dans ses bras.

http://www.retraitedanslaville.org/

mardi 21 février 2012

Humanismo cristiano


Un extracto de la Doctrina Social de la Iglesia, para aclarar las mentes de los del “humanismo cristiano”…

La Iglesia tiene el derecho de ser para el hombre maestra de la verdad de fe; no sólo de la verdad del dogma, sino también de la verdad moral que brota de la misma naturaleza humana y del Evangelio. El anuncio del Evangelio, en efecto, no es sólo para escucharlo, sino también para ponerlo en práctica (cf. Mt 7,24; Lc 6,46-47; Jn 14,21.23-24; St 1,22): la coherencia del comportamiento manifiesta la adhesión del creyente y no se circunscribe al ámbito estrictamente eclesial y espiritual, puesto que abarca al hombre en toda su vida y según todas sus responsabilidades. Aunque sean seculares, éstas tienen como sujeto al hombre, es decir, a aquel que Dios llama, mediante la Iglesia, a participar de su don salvífico.

Al don de la salvación, el hombre debe corresponder no sólo con una adhesión parcial, abstracta o de palabra, sino con toda su vida, según todas las relaciones que la connotan, en modo de no abandonar nada a un ámbito profano y mundano, irrelevante o extraño a la salvación. Por esto la doctrina social no es para la Iglesia un privilegio, una digresión, una ventaja o una injerencia: es su derecho a evangelizar el ámbito social, es decir, a hacer resonar la palabra liberadora del Evangelio en el complejo mundo de la producción, del trabajo, de la empresa, de la finanza, del comercio, de la política, de la jurisprudencia, de la cultura, de las comunicaciones sociales, en el que el hombre vive.

dimanche 19 février 2012

Nunca hemos visto una cosa igual


Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 2, 1-12

Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico y, como no podían meterlo, por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico.
Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico:
– «Hijo, tus pecados quedan perdonados.»
Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
– « ¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, fuera de Dios?»
Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
– « ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y echa a andar"?
Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados... »
Entonces le dijo al paralítico:
– «Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.»
Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
– «Nunca hemos visto una cosa igual.»

Como tantas otras veces, la lectura del Evangelio de la Santa Misa de este último domingo antes de la Cuaresma del año 2012, es capaz de dejarnos reflexionando durante toda la semana. De hecho se trata de la descripción de hechos bastantes sorprendentes, extraños podríamos decir, y cuando en el Evangelio se describen acontecimientos especialmente complicados o extravagantes, la catequesis que encierran suele ser fortísima.

Para empezar, los cuatro hombres que tratan de llevar en camilla a un quinto, paralítico, ante Nuestro Señor Jesucristo, no se les ocurre otra cosa que aparecer cuando Jesús está ya rodeado de una multitud que llena la casa donde se encuentra, e incluso se agolpa fuera de ella. Llegan tarde. No parece muy razonable, conociendo la fama de atraer multitudes que tenía el Mesías.

Y no se les ocurre otra cosa que… ¡subirse al tejado con una escalera, retirar las tejas y descolgar la camilla hasta los pies de Cristo! Auténticas ideas de peregrino, que se decía antiguamente ¿no?

¿Quién es ese paralítico? ¿A quién representa? Sin duda a todos y cada uno de nosotros. Paralíticos inmovilizados por el peso de nuestros pecados. Incapaces de avanzar, de levantarnos, de dar ni un solo paso.

Pero al paralítico le llevan cuatro hombres, que son capaces de superar cualquier dificultad para llevar al hombre a los pies de Jesucristo. Y esos cuatro apoyos de la camilla, capaces de llevarnos hasta Cristo, no resulta muy difícil descubrir que se trata de los cuatro Evangelios. Sí, sólo con la ayuda de San Juan, San Marcos, San Lucas y San Mateo podremos avanzar hasta llegar a Nuestro Señor Jesucristo.

Sin dedicar tiempo a la lectura del Evangelio, todo cuanto hagamos será en vano. Nuestros proyectos humanos, de principio a fin, nos harán permanecer inmóviles en la eternidad, no podremos sanar de nuestra parálisis.

Con esos cuatro puntales, nuestra camilla avanzará hasta su meta, prevaleciendo ante todas las dificultades, por insuperables que parezcan. Porque para avanzar en la Fe, es necesario enfrentarse a las dificultades. No se puede avanzar sin luchar. En el catolicismo no hay cuentos de hadas ni varitas mágicas. Los cuentos de hadas no existen en la vida real, y la religión católica es la religión verdadera, la de la vida real, tal cual es, dura, difícil y llena de luchas desiguales.

Las niñerías, el sentimentalismo y el “buenismo”, quedan para las religiones falsas y la demagogia barata e “idiotizante”. El católico es un “tipo duro”, sin miedo, dispuesto a batirse con cualquier enemigo cuando sea preciso.

Y finalmente el paralítico es depositado a los pies de Jesús, y Él le perdona sus pecados. Porque la parálisis se identifica con el pecado. Porque habiendo nacido el hombre, todos los hombres, con el peso del pecado original, necesitamos el perdón que sólo Dios puede darnos.

El pecado original que está en el corazón del hombre, le impulsa a querer ser dueño y señor de todo, a dominar incluso en su relación con Dios mismo, con su creador. El hombre se cree tan poderoso que no acepta injerencias externas. Hoy en día, muchos cristianos, católicos incluso, niegan a la Santa Madre Iglesia la capacidad de inmiscuirse en sus asuntos. “La Iglesia no debe meterse en política”, “no debe opinar sobre cómo se organiza la sociedad”, “la religión es una cuestión personal que no debe imponerse a otros”, bla, bla, bla. Y niegan que la Santa Madre Iglesia pueda defender que, por ejemplo, las leyes que permiten el crimen abominable del aborto sean absolutamente ilegítimas, como los son todas aquellas que atacan al matrimonio o la familia (divorcio, uniones antinaturales…)

Por eso para sanar al paralítico, Nuestro Señor Jesucristo tiene que perdonar sus pecados. Porque son nuestros pecados los que nos impiden andar.

Este fragmento del Evangelio está lleno de enseñanzas, en cada frase y casi en cada palabra. Enseñanzas y reflexiones necesarias, que no pueden contenerse en todos los libros del mundo, cuánto menos en esta humilde bitácora.

Cuando Jesús nos dice “levántate”, nos dice además “coge tu camilla”, ¿por qué? ¿Qué falta nos hace la camilla ahora que estamos sanos? ¿No sería mejor dejarla atrás?

Pero sólo llevando siempre a cuestas nuestra camilla, nos acordaremos de porqué ahora podemos andar y antes éramos paralíticos. No olvidaremos cómo sanamos de nuestra parálisis y quién nos perdonó nuestros pecados para permitirnos valernos por nosotros mismos.

También leemos en el Evangelio que Jesús le dice al paralítico “vete a tu casa”. ¿No puede ir a otra parte el que antes era paralítico? Al trabajo, al templo, con sus amigos… No, Jesús le manda a casa.

Él mismo nos dará la clave la noche de su Pasión, cuando explique que se dirige a la Casa del Padre, que tiene muchas moradas, para prepararnos un sitio. El camino del católico conduce siempre a casa.

Se acerca el tiempo central de nuestra Fe, la Cuaresma con la Semana Santa y la Pascua de Resurrección. Preparémonos como es debido, antes que nada implorando de Nuestro Señor Jesucristo el perdón que nos libere del peso de nuestros pecados que nos convierten en paralíticos, para que, portando nuestras camillas, podamos retomar el camino a casa. 

vendredi 17 février 2012

La riqueza existe para ser compartida


Una pequeña lectura para reflexionar sobre la “crisis económica”, los pobres, los ricos, los "nuevos ricos", los "nuevos pobres"…

Los bienes, aun cuando son poseídos legítimamente, conservan siempre un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes. La salvación cristiana es una liberación integral del hombre, liberación de la necesidad, pero también de la posesión misma: «Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe» (1 Tm 6,10). Los Padres de la Iglesia insisten en la necesidad de la conversión y de la transformación de las conciencias de los creyentes, más que en la exigencia de cambiar las estructuras sociales y políticas de su tiempo, instando a quien desarrolla una actividad económica y posee bienes a considerarse administrador de cuanto Dios le ha confiado.

Las riquezas realizan su función de servicio al hombre cuando son destinadas a producir beneficios para los demás y para la sociedad: «¿Cómo podríamos hacer el bien al prójimo —se pregunta Clemente de Alejandría— si nadie poseyese nada?». En la visión de San Juan Crisóstomo, las riquezas pertenecen a algunos para que estos puedan ganar méritos compartiéndolas con los demás. Las riquezas son un bien que viene de Dios: quien lo posee lo debe usar y hacer circular, de manera que también los necesitados puedan gozar de él; el mal se encuentra en el apego desordenado a las riquezas, en el deseo de acapararlas. San Basilio el Grande invita a los ricos a abrir las puertas de sus almacenes y exclama: «Un gran río se vierte, en mil canales, sobre el terreno fértil: así, por mil caminos, tú haces llegar la riqueza a las casas de los pobres». La riqueza, explica San Basilio, es como el agua que brota cada vez más pura de la fuente si se bebe de ella con frecuencia, mientras que se pudre si la fuente permanece inutilizada.

El rico, dirá más tarde San Gregorio Magno, no es sino un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes no pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo para sí no es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda.

Doctrina Social de la Iglesia

mardi 14 février 2012

Sobre la Píldora del Día Siguiente, para que nadie se confunda…


Traigo hoy un comunicado de la Academia Pontificia para la Vida, de octubre del 2000, sobre esta tristemente famosa píldora abortiva, por su candente actualidad, ahora que al parecer el gobierno de Mariano Rajoy, Partido Popular, anda estudiando si debe despacharse en farmacia con o sin receta, a través de su Ministra de Sanidad, Ana Mato, la que se divorció de un compañero de partido, alcalde de una localidad madrileña, y que afirmó desconocer de dónde provenían, entre otras cosas, los coches de lujo que sorprendentemente iba aparcando su marido en el garaje. Convendría reflexionar un día de estos sobre la multitud de mujeres que, en esta época de igualdad o superioridad de la mujer y de exaltación de sus innegables facultades de raciocinio y capacidad intelectual, declaran ante los tribunales de justicia, literalmente, que no se enteran de nada, que ellas no osan preguntarle nada a su marido, que eso son cosas de hombres, etc.

Bueno, lo dicho, que en este caso la que se ocupa es Ana Mato, la divorciada del corrupto, no confundir con Dolores Cospedal, la madre soltera por inseminación artificial y posteriormente “casada” por lo civil, la que va a la procesión del Corpus Cristi en Toledo de negro y con mantilla, ni con Soraya Saénz de Santamaría, también “casada” por lo civil ¿en Brasil? y que quiere dar el pregón de la Semana Santa de Valladolid…

En fin, el comunicado:

Como es sabido, desde hace pocos días, en las farmacias italianas está a la venta la llamada «píldora del día siguiente», un producto químico muy conocido (de tipo hormonal) que con frecuencia -también en estos últimos días- ha sido presentado por muchos implicados en su elaboración y por numerosos medios de comunicación como un simple anticonceptivo, o más precisamente como un «anticonceptivo de emergencia», al que se podría recurrir poco después de una relación sexual, considerada como presumiblemente fecundante, siempre que se quisiese impedir la continuación de un embarazo no deseado. A las inevitables reacciones polémicas de quienes han manifestado serias dudas sobre el mecanismo de acción de este producto, que no sería simplemente «anticonceptivo» sino «abortivo», se ha respondido -de manera totalmente expeditiva- que semejante preocupación es infundada porque la «píldora del día siguiente» tiene una acción «antinidatoria», sugiriendo así implícitamente una neta separación entre aborto e interceptación (impedir que ocurra la implantación del óvulo fecundado, es decir, el embrión, en la pared uterina).

Considerando que el uso de estos productos atañe a bienes y valores humanos fundamentales, hasta el punto de afectar a la misma vida humana en su aparición, esta Academia Pontificia para la Vida siente el apremiante deber y la convencida exigencia de ofrecer algunas puntualizaciones y consideraciones sobre el argumento, confirmando, al mismo tiempo, posiciones éticas ya conocidas, apoyadas por precisos datos científicos, y consolidadas en la doctrina católica.

1. La «píldora del día siguiente» es un preparado a base de hormonas (puede contener estrógenos, estroprogestacionales, o bien sólo progestacionales) que, tomada dentro y no rebasando las 72 horas después de una relación sexual presumibiemente fecundante, activa un mecanismo prevalentemente de tipo «antinidatorio», es decir, impide que el eventual óvulo fecundado (que es un embrión humano), ya llegado en su desarrollo al estadio de blastocisto (5ª - 6ª día después de la fecundación), se implante en la pared uterina, mediante un mecanismo de alteración de la pared misma.

El resultado final será, por lo tanto, la expulsión y la pérdida de este embrión.

Sólo en el caso de que la asunción de tal píldora precediera en algunos días a la ovulación, podría a veces actuar con un mecanismo de bloqueo de esta última (en ese caso, se trataría de una acción típicamente «anticonceptivo»).

Sin embargo, la mujer que recurre a este tipo de píldora, lo hace por miedo a estar en el período fecundo y, por lo tanto, con la intención de provocar la expulsión del eventual recién concebido. Y, además, sería utópico pensar que una mujer, encontrándose en las condiciones de querer recurrir a un anticonceptivo de emergencia tenga la posibilidad de conocer con exactitud y oportunidad su actual condición de fertilidad.

2. Decidir utilizar la expresión «óvulo fecundado» para indicar las primerísimas fases del desarrollo embrionario, no puede llevar de ningún modo a crear artificialmente una discriminación de valor entre momentos diversos del desarrollo de un mismo individuo humano. En otras palabras, si puede ser útil, por motivos de descripción científica, distinguir con términos convencionales (óvulo fecundado, embrión, feto, etc.) diferentes momentos de un único proceso de crecimiento, no puede ser nunca lícito decidir arbitrariamente que el individuo humano tenga mayor o menor valor (con la consiguiente fluctuación del deber a su tutela) según el estado de desarrollo en que se encuentre.

3. Por consiguiente, resulta claro que la llamada acción «antinidatoria» de la «píldora del día siguiente», en realidad, no es otra cosa que un aborto realizado con medios químicos. Es incoherente intelectualmente, e injustificable científicamente, afirmar que no se trata de la misma cosa.

Por otra parte, está bastante claro que la intención de quien pide o propone el uso de dicha píldora tiene como finalidad directa la interrupción de un eventual embarazo, exactamente como en el caso del aborto. El embarazo, en efecto, comienza desde el momento de la fecundación y no desde la implantación del blastocisto en la pared uterina, como en cambio se intenta sugerir implícitamente.

4. Por lo tanto, desde un punto de vista ético, la misma ilicitud absoluta de proceder a prácticas abortivas subsiste también para la difusión, la prescripción y la toma de la «píldora del día siguiente». Son también moralmente responsables todos aquellos que, compartiendo la intención o no, cooperan directamente con tal procedimiento.

5. Debe hacerse una ulterior consideración a propósito del uso de la «píldora del día siguiente» con relación a la aplicación de la ley 194178 que, en Italia, regula las condiciones y los procedimientos para la interrupción voluntaria del embarazo.

Definir el producto en cuestión como un «antinidatorio» en lugar de, con una terminología más transparente, como un «abortivo», permite, en efecto, evitar todos los procedimientos obligatorios que la ley 194 prevé para poder acceder a la interrupción del embarazo (entrevista previa, verificación del embarazo, determinación del momento de desarrollo, período de reflexión, etc.), realizando una forma de aborto totalmente oculta y no registrable por ninguna institución. Todo esto está, por consiguiente, en clara contradicción con la correcta, aunque contestable, aplicación de la ley 194.

6. Por último, ante la difusión de tales procedimientos, exhortamos vivamente a todos los agentes del sector a poner en práctica con firmeza la objeción de conciencia moral, que testimonie valientemente, en los hechos, el valor inalienable de la vida humana, sobre todo frente a nuevas formas ocultas de agresión a los individuos más débiles e indefensos, como es el caso del embrión humano.

lundi 13 février 2012

Reforma laboral



Leo lo siguiente en la web del diario ABC, en un artículo titulado algo así como “la reforma laboral para dummies”:

¿Podrá el empresario bajar el salario de sus trabajadores en época de crisis?
Sí. El requisito es que la empresa acumule nueve meses consecutivos de caída de ingresos o ventas. En este caso podrá modificar las condiciones laborales de sus trabajadores (salarios, jornada, sistema de rendimientos, cambio de categoría profesional, etc.)

O sea que si la empresa, durante nueve meses consecutivos eso sí, no gana tanto como solía ganar, tiene derecho a bajarle el sueldo al trabajador, a hacerle trabajar más horas, etc.

No dice nada, claro está, de una medida idéntica en sentido contrario, que obligase a la empresa a subir los sueldos cuando obtiene pingües beneficios, no claro, que para eso están arriesgando su capital…

Pero ahora, por lo que se ve, el empresario no arriesga nada. Si gana dinero es para él, si pierde, las pérdidas se reparten entre todos. Muy bueno lo suyo señores del PP.

Pero es que hay más:

¿Qué ha cambiado entonces en los despidos procedentes?
La reforma amplía y clarifica las causas. Así, se entiende que concurren causas económicas cuando «de los resultados de la empresa se desprenda una situación económica negativa, como la existencia de pérdidas actuales o previstas, o la disminución persistente de su nivel de ingresos o ventas. En todo caso, se entenderá que la disminución es persistente si se produce durante tres trimestres consecutivos».

Dicho sea en román paladino, si de nuevo en nueve meses el dueño o dueños de la empresa no obtienen los beneficios acostumbrados, te vas a la calle sin rechistar, obrerillo, que ya no queremos fabricar muebles de cocina de madera, que no hay quién los venda, y ahora vamos a introducirnos en el negocio de las zapatillas deportivas de fibras naturales, para lo que no estás debidamente cualificado. Un cordial saludo a tu esposa y tus siete hijos, que a partir de mañana comerán piedras del río.

Y no estoy dramatizando o hablando de futuribles. En el colegio de mis hijos ya hay varios niños cuyas familias han comunicado que no pueden pagar, el colegio es concertado pero algo se paga, y algunos han abandonado directamente el colegio por dicho motivo.

Lo raro es que no hayamos amanecido en llamas como los atenienses.

Se ve claramente la “inspiración cristiana” del Partido Popular… pero no sé muy bien por dónde.

Un par de “perlas” de la Rerum Novarum:

Cierto es que para establecer la medida del salario con justicia hay que considerar muchas razones; pero, generalmente, tengan presente los ricos y los patronos que oprimir para su lucro a los necesitados y a los desvalidos y buscar su ganancia en la pobreza ajena no lo permiten ni las leyes divinas ni las humanas. Y defraudar a alguien en el salario debido es un gran crimen, que llama a voces las iras vengadoras del cielo. «He aquí que el salario de los obreros... que fue defraudado por vosotras, clama; y el clamor de ellos ha llegado a los oídos del Dios de los ejércitos».
…
Pase, pues, que obrero y patrono estén libremente de acuerdo sobre lo mismo, y concretamente sobre la cuantía del salario; queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes, a saber: que el salario no debe ser en manera alguna insuficiente para alimentar a un obrero frugal y morigerado. Por tanto, si el obrero, obligado por la necesidad o acosado por el miedo de un mal mayor, acepta, aun no queriéndola, una condición más dura, porque la imponen el patrono o el empresario, esto es ciertamente soportar una violencia, contra la cual reclama la justicia.

vendredi 10 février 2012

Y el enemigo público número uno es…

No falla, no conviene que nuestra gente se interese demasiado por los asuntos que les afectan de verdad, esperamos la más mínima ocasión, buscamos un culpable, y todo arreglado, de libro.

Dijimos que los impuestos bajarían, pero suben, y de qué manera. Que lo del paro lo arreglábamos en un “pispas”, y los cinco millones de parados están superados sin pestañear. Donde dije digo, digo Diego...

Pero no penséis en eso queridos votantes, que de eso ya nos encargamos lo que sabemos. Lo verdaderamente indignante es lo del ciclista que ha comido un filete en mal estado y le acusan pérfidamente de pedalear bajo los efectos de sustancias prohibidas. Y encima los franceses, que nos tiene envidia por que Nadal gana siempre Roland Garros, se burlan con marionetas de nuestras glorias nacionales, ¡qué vergüenza, es intolerable! Ellos que ya usaban poción mágica para vencer a las legiones que el pobre César mandaba contra la aldea de Asteríx.

¡¡¡¡QUE LOS FRANCESES NOS TIENEN ENVIDIA!!!!

Hace falta valor, en un país, por llamar de alguna manera a las ruinas de lo que un día fueron las Españas, con un salario mínimo de 748,30 euros al mes, según datos de Eurostat, mientras en Francia los pobres envidiosos sobreviven con… 1.398,37 euros mensuales. Teniendo en cuenta que en España el máximo legal son 40 horas de trabajo semanales y en Francia las 35 horas son una cuestión de irrenunciable honor nacional…

Seamos serios. De los aproximadamente 63 millones de franceses, menos de tres millones están en paro total, cifra que sube a unos cuatro millones si se suman los que ejercen una actividad “reducida”. Los datos de los 46 millones de españolitos son bien conocidos por todos. No digo que al norte de los Pirineos aten los perros con longanizas, pero aquí hay más de uno que la última vez que comió en condiciones se comió al perro. Y no les cuento cómo funcionan las prestaciones por desempleo en Francia, la variedad de ayudas económicas y de todo tipo a que tienen derecho todos los residentes en Francia, el funcionamiento de sus oficinas de empleo, sus políticas de protección familiar y apoyo a la natalidad, etc. Porque es bastante complicado y porque la comparación con España es para echarse a llorar o para volar el Congreso de los Diputados en plan Guy Fawkes, que sinceramente me sorprende que nadie lo haya intentado ya.

De todos modos, si no son aficionados al deporte, o saben positivamente desde hace años, que no se pueden correr pedaleando, cada vez más rápido, las interminables etapas infernales del Tour, el Giro y la Vuelta sin estar “hasta las trancas” de mejunjes de todo tipo… Si saben que medio minuto de un programa de marionetas no tiene ninguna importancia para nadie con dos dedos de frente, extremo que todo el mundo podría comprobar si alguna vez viese la emisión completa y comprobase las burlas despiadadas que sufren deportistas, políticos y todo tipo de celebridades galas en el mismo programa… No se preocupen, el gobierno del Partido Popular tiene para ustedes todo un clásico de la propaganda pseudo-patriótica… ¡Gibraltar español! Es que manda… que dijera el irrepetible ministro de defensa pepero de Perejil y viva Honduras.

Y si son ustedes “de izquierdas de toda la vida”, no tengan envidia, que sus enemigos de siempre siguen en vigor, y en lugar destacado, ¿cómo no?, la Iglesia Católica. ¡Que denuncien el Concordato! (¿el qué?) y que les quiten la casilla del IRPF y se la den a la ciencia, la de verdad, la que prueba científicamente que los niños abortados no son seres humanos y que el universo se creó él solito.

Que aquí los únicos que tiene derecho a vivir de los impuestos aunque no tengan ningún afiliado, son los sindicatos, los partidos políticos y la asociación nacional de gays, lesbianas, transexuales, bisexuales, prostitutas y lo que sea menester. Que eso si que son organizaciones de interés público (¿o será púbico?) y no las monjitas esas y sus comedores de caridad, limosnas y monsergas.

Ya sé que la ironía por escrito no siempre se entiende muy bien, pero ¿qué quieren que les diga? Que hay días que no está uno para historias.

samedi 28 janvier 2012

La Santa Misa ( y III ) El ángel cuenta los pasos


... Por eso deberíamos estimarnos afortunados cada vez que se nos ofrece la posibilidad de oír una Santa Misa, y no echarnos atrás ante cualquier sacrificio para no perderla, especialmente los días de precepto (domingos y festivos) en los que la obligación de participar en la Santa Misa es grave, y que, por tanto, el que no va comete pecado mortal. Pensemos en Santa María Goretti, quien para ir a Misa los domingos recorría a pie, entre ida y vuelta, ¡24 kilómetros! Pensemos en Santina Campana que se iba a Misa teniendo una fiebre altísima.
Pensemos en San Maximiliano Mª Kolbe que celebraba la Santa Misa en unas condiciones de salud tan impresionantes que hacía falta que lo sostuviera un Hermano en el altar para que no se cayese. Y ¿cuántas veces San Pío de Pietrelcina celebró la Misa preso de la fiebre y sangrando?
Y si las enfermedades impedían a los santos tomar parte en la Santa Misa, al menos se unían espiritualmente a los sacerdotes celebrantes en todas las iglesias de la tierra. Así lo hizo Santa Bernardita cuando tuvo que estar clavada al lecho durante mucho tiempo. Decía a sus hermanas: “La Misas se celebran perpetuamente en uno u otro sitio del mundo; yo me uno a todas estas Misas, sobre todo durante las noches que paso sin coger el sueño”.
En nuestra vida de cada día debemos preferir la Santa Misa a cualquier otra cosa buena, porque como dice San Bernardo: “Se obtiene más mérito oyendo devotamente una Santa Misa que distribuyendo a los pobres toda la sustancia propia y andando de peregrinación por toda la tierra”. Y no puede ser de otra manera porque no puede haber ninguna cosa en el mundo que pueda tener el valor infinito de una Santa Misa. “El martirio no es nada –decía el Santo Cura de Ars– en comparación con la Misa, porque el martirio es el sacrificio del hombre a Dios, mientras que la Misa es ¡el sacrificio de Dios por el hombre!”.
Tanto más debemos preferir la Santa Misa a las diversiones en las que se pierde el tiempo sin ninguna ventaja para el alma. San Luis IX, rey de Francia, oía varias Misas todos los días. Algún ministro se quejó de eso diciendo que podía dedicar ese tiempo en asuntos del reino. El santo rey le dijo: “Si emplease el doble de tiempo en diversiones y en la caza, nadie tendría nada que criticar”.
Seamos generosos y hagamos voluntariamente algún sacrificio para no perder un bien tan grande. San Agustín decía a sus cristianos: “Todos los pasos que da uno para ir a oír la Santa Misa, los va contando un Ángel, y Dios concederá un premio incomparable en esta vida y en la eternidad”. Y el Santo Cura de Ars añade: “¡Qué feliz se siente el Ángel de la Guarda que acompaña a un alma a la Santa Misa!”.

dimanche 22 janvier 2012

La Santa Misa (II) Gracias sublimes


Los efectos saludables que produce además cada Sacrificio de la Misa en las almas de los que participan en ella son admirables; obtiene el arrepentimiento y el perdón de las culpas, disminuye la pena temporal debida por los pecados, debilita el imperio de Satanás y los ardores de la concupiscencia, consolida los vínculos de la incorporación a Cristo, preserva de los peligros y desgracias, abrevia la duración del Purgatorio, procura un grado mayor de gloria en el Cielo. San Lorenzo Justiniano dice: “Ninguna lengua humana puede enumerar los favores que tienen su origen en el sacrificio de la Misa: El pecador se reconcilia con Dios, el justo se hace más justo, se cancelan las culpas, se aniquilan los vicios, se alimentan las virtudes y los méritos, y se rebaten las insidias diabólicas”. Por eso San Leonardo de Puerto Mauricio no paraba de exhortar a las multitudes que le escuchaban: “Oh pueblo engañado ¿qué haces? ¿Por qué no corres a la iglesia a oír todas las misas que puedas? ¿Por qué no imitas a los ángeles que cuando se celebra la Misa bajan en escuadrones desde el Cielo y se quedan en torno a nuestros altares, en adoración, para interceder por nosotros?”.
Si es verdad que todos tenemos necesidad de tener gracias para esta vida y para la otra, con nada se pueden obtener como con la Santa Misa. San Felipe Neri decía: “Con la oración pedimos a Dios las gracias; en la Santa Misa le obligamos a dárnoslas”. La oración hecha durante la Santa Misa implica a todo nuestro sacerdocio, bien sea el ministerial exclusivo del sacerdote, bien sea el común a todos los fieles. En la Santa Misa, nuestra plegaria va unida con la plegaria sacrificada de Jesús que se inmola por nosotros.
Especialmente durante el Canon, que es el corazón de la Misa, la plegaria de todos nosotros se convierte en la plegaria de Jesús presente entre nosotros. Los dos momentos del Canon Romano en los que se puede recordar a los vivos y a los difuntos son los momentos de oro de nuestra súplica: Podemos rezar por nuestras necesidades, podemos encomendar a las personas queridas, vivas y difuntas, precisamente en los instantes supremos de la Pasión y Muerte de Jesús entre las manos del sacerdote.
Aprovechémonos con delicadeza; los santos tenían mucha, y cuando se encomendaban a la plegaria de los sacerdotes les pedían que los recordasen sobre todo en el Canon.

En particular, en la hora de la muerte, las misas oídas devotamente serán nuestro mayor consuelo y esperanza; y una Misa oída durante la vida será más saludable que muchas misas oídas por otros a favor nuestro cuando hayamos muerto. San José Cottolengo garantiza una muerte santa a quien participa frecuentemente en la Santa Misa. También San Juan Bosco considera un signo de predestinación oír muchas Misas. “Estate segura –dijo Jesús a Santa Gertrudis– de que yo mandaré tantos de mis santos cuantas hayan sido las Misas bien oídas por quien oye devotamente la Santa Misa para protegerle y ayudarle en los últimos instantes de su vida”.
¡Qué consolador es esto! Tenía razón el Santo Cura de Ars al decir: “Si conociéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, ¡cuánto mayor celo pondríamos en oírla!”.
Y San Pedro Julián Eymard exhortaba así: “Entérate, oh cristiano, de que la Misa es el acto más santo de nuestra Religión; tú no podrías hacer nada más glorioso para Dios ni más provechoso para tu alma que oírla piadosamente y con la mayor frecuencia posible”.

Continuará…

mardi 17 janvier 2012

El Derecho Constitucional Católico

Muchos católicos de nuestros días se sienten desencantados o perdidos en política, e incluso, en las más de las ocasiones, profundamente errados a causa de las muchas mentiras que, a fuerza de ser repetidas, son consideradas verdades irrefutables.

Este clima de confusión y error creado por aquellos que indigna e ilegítimamente detentan el poder en nuestros días, conduce a las masas hacia las ideologías, que si bien son paupérrimas en sus razonamientos y simplonas en sus planteamientos, conceden una cómoda prisión para el pensamiento.

Por el contrario la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana, ha elaborado a los largo de los siglos, fundamentada en el Evangelio, las Sagradas Escrituras y su Sacrosanta Tradición, un corpus doctrinal que abarca todos los elementos de la existencia humana, espiritual y material, incluyendo como no podía ser de otro modo, las realidades políticas y sociales.

En contraposición a las ideologías, los razonamientos y planteamientos socio-políticos de la Iglesia Católica, son claros, ordenados, bien fundamentados y su lectura constituye un placer inusitado en el piélago de confusiones en el que nos vemos obligados a vivir los hombres de este siglo.

El desconocimiento que los fieles católicos tienen de este inmenso tesoro, condensado en multitud de Encíclicas de los Santos Padres, hace que ya no resulte sorprendente escuchar a muchos católicos que se tienen y se muestran abierta y públicamente como tales, e incluso a clérigos y sacerdotes, en ocasiones desde el púlpito, defender exactamente lo contrario de lo que la Santa Madre Iglesia establece como doctrina en muchos ámbitos de la vida de un discípulo de Nuestro Señor Jesucristo.

Un punto clave al que la mayoría de los católicos modernos dan la consideración de anatema, es la correcta y ordenada relación entre la Iglesia y el Estado. La mera alusión a la defensa de la necesaria confesionalidad estatal da lugar a los más enconados ataques.

Y sin embargo, ese estado laico en el que la única religión verdadera es colocada la mismo nivel que las religiones falsas, dónde la voluntad del pueblo es considerada la fuente fundamental del derecho y que, al menos en teoría, hace residir la soberanía en la nación, ese estado nacido de la revolución francesa de 1789 y fundamentado en los principios que inspiraron dicha sanguinaria revolución, fue condenado y rebatido por los Santos Padres en diversas Encíclicas, resultando sin duda especialmente esclarecedora la de Leon XIII, Immortale Dei, sobre la Constitución Cristiana del Estado, dada en 1885.

No me es posible transcribirla por completo en esta bitácora, por lo que invito a todos a leerla desde el enlace correspondiente, pero no me resisto a traer algún fragmento, que evidentemente sólo pueden comprenderse por completo en una lectura total del documento:

“… Ahora bien: ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe supremo que mueva a todos y cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al bien común. Por consiguiente, es necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija. Autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la Naturaleza, y, por tanto, del mismo Dios, que es su autor. De donde se sigue que el poder público, en sí mismo considerado, no proviene sino de Dios. Sólo Dios es el verdadero y supremo Señor de las cosas. Todo lo existente ha de someterse y obedecer necesariamente a Dios. Hasta tal punto, que todos los que tienen el derecho de mandar, de ningún otro reciben este derecho si no es de Dios, Príncipe supremo de todos. «No hay autoridad sino pos Dios». Por otra parte, el derecho de mandar no está necesariamente vinculado a una u otra forma de gobierno. La elección de una u otra forma política es posible y lícita, con tal que esta forma garantice eficazmente el bien común y la utilidad de todos. Pero en toda forma de gobierno los jefes del Estado deben poner totalmente la mirada en Dios, supremo gobernador del universo, y tomarlo como modelo y norma en el gobierno del Estado …”

“… El principio supremo de este derecho nuevo es el siguiente: todos los hombres, de la misma manera que son semejantes en su naturaleza específica, son iguales también en la vida práctica. Cada hombre es de tal manera dueño de sí mismo, que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro. Puede pensar libremente lo que quiera y obrar lo que se le antoje en cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la autoridad no es otra cosa que la voluntad del pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. Es el pueblo el que elige las personas a las que se ha de someter. Pero lo hace de tal manera que traspasa a éstas no tanto el derecho de mandar cuanto una delegación para mandar, y aun ésta sólo para ser ejercida en su nombre.

Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni …”

“… La sola razón natural demuestra el grave error de estas teorías acerca de la constitución del Estado. La naturaleza enseña que toda autoridad, sea la que sea, proviene de Dios como de suprema y augusta fuente. La soberanía del pueblo, que, según aquéllas, reside por derecho natural en la muchedumbre independizada totalmente de Dios, aunque presenta grandes ventajas para halagar y encender innumerables pasiones, carece de todo fundamento sólido y de eficacia sustantiva para garantizar la seguridad pública y mantener el orden en la sociedad. Porque con estas teorías las cosas han llegado a tal punto que muchos admiten como una norma de la vida política la legitimidad del derecho a la rebelión. Prevalece hoy día la opinión de que, siendo los gobernantes meros delegadas, encargados de ejecutar la voluntad del pueblo, es necesario que todo cambie al compás de la voluntad del pueblo, de donde se sigue que el Estado nunca se ve libre del temor de la revoluciones …”

Apasionante ¿no les parece?

lundi 16 janvier 2012

Encadenados a la galera

Quiero pensar que el periodo histórico que nos ha tocado vivir no es radicalmente distinto de ningún otro anterior.

Las dificultades que un hombre justo encuentra hoy en día para sobrevivir rodeado de iniquidad sin dejarse corromper, también las sufrieron todos los justos que en el mundo han sido, desde el principio de los tiempos.

Esta pequeña reflexión introductoria me concede la esperanzadora idea de que si hoy, tras milenios de civilización humana, seguimos existiendo hombres y mujeres, pocos o muchos, dispuestos a enfrentarnos al enemigo, e incluso a nosotros mismos, para avanzar en el camino de la perfección, si todas las poderosísimas fuerzas del mal no han conseguido exterminar del alma humana la luz divina del bien, es posible que tampoco ahora puedan con nosotros.

Dicho esto, la ofensiva demoníaca que empieza en estos albores del año 2012 empieza a tomar forma patente en España.

La horrenda y maléfica nave del capitalismo parece haber encallado, y sus pérfidos gobernantes se disponen a conseguir que continúe su horrible travesía de sufrimiento y esclavitud.

Para ello emplean las armas de costumbre, aumentar el ritmo de boga de los galeotes, reducir las raciones de alimento de los condenados, desterrar cualquier atisbo de benevolencia o esperanza en las miserables vidas de los esclavos, y por supuesto encadenarlos a la nave, para dejar claro que, si la nave naufraga, su destino será ahogarse con ella.

En román paladino, los sueldos bajan, las condiciones de trabajo empeoran, los horarios se hacen aún más infernales, el despido más fácil, y además se suprimen festividades y descansos semanales.

Lo terrible no es sólo todo eso. Lo que no puedo soportar es la testaruda negativa de los católicos a reconocer la evidencia; que todas las medidas que se recogen en los planes del nuevo gobierno, son radicalmente anti-cristianas.

Creo que la primera obligación de los católicos en este año que empieza es leer con atención y de forma pormenorizada, al menos las encíclicas Rerum Novarum de León XIII (1891) y Quadragésimo Anno de Pío XI (1931).

Tal vez entonces empiecen, todos nuestros hermanos en la Fe, a ver con claridad que no podemos aceptar que el sueldo de los obreros y sus condiciones de trabajo se decidan al margen del Estado, en función del beneficio que su trabajo reporte al empleador, sin que las cargas y necesidades de sus familias tengan nada que ver en ello.


Tal vez entonces estén dispuestos a defender el derecho inviolable al descanso dominical, cuyo fin no es permitir al obrero reparar sus fuerzas para servir con más eficacia a su patrón, sino disponer de una jornada de cada siete para dar a Dios la Gloria y Alabanza debidas, para dedicar al crecimiento personal y espiritual, y para compartir y disfrutar en paz con la familia.


Tal vez entonces empecemos a ver a todos los hijos de la Santa Madre Iglesia, oponerse a que el gobierno se permita decidir sobre las festividades religiosas, modificando arbitrariamente su fecha de celebración, o incluso aboliéndolas, sin que se escuche alzarse la voz acusatoria de nuestros obispos ante tamaña herejía.


En ocasiones anteriores de gobierno de eso que dan en llamar “la derecha”, hemos vivido tímidas concesiones al “electorado católico” para acallar conciencias “flexibles” y acomodaticias. En este momento no hay atisbo alguno. Las factorías de la muerte abortistas continúan en pleno rendimiento al amparo de una legislación criminal, el adoctrinamiento liberal de niños y jóvenes sigue imparable, los ataques a las familias, en forma de divorcios rápidos, uniones contra natura y otras aberraciones se multiplican sin freno, y el descrédito de cualquiera que alce la bandera de la Tradición Católica es norma de obligado cumplimiento.

En fin, al menos usted, estimado lector, no deseche la idea de leer o releer las encíclicas básicas de la Doctrina Social de la Iglesia, y cuando alguno de sus familiares, amigos o conocidos, respetables y responsables votantes del Partido Popular, le traten de explicar las bondades y excelencias de los planes con los que nuestro flamante nuevo gobierno devolverá a España la prosperidad, cuya pérdida sólo es imputable a los errores y mentiras de gobiernos socialistas, no dude en iluminar su ceguera con los sabios argumentos doctrinales que nos legaron, entre otros, nuestros prudentísimos Sumos Pontífices León XIII y Pío XI.

mercredi 11 janvier 2012

La Santa Misa (I): El altar y el Calvario

Quiero en primer lugar desear a cuantos me hacen el honor de leer mis humildes reflexiones en esta bitácora, un próspero, feliz y santo nuevo año 2012.

Es mi deseo en este nuevo año comenzar mis aportaciones centrándome en lo fundamental y dejando de lado lo accesorio, lo que no tiene importancia, el ruido del mundo.

Por eso en estos primeros días de enero pretendo traer para el beneficio de todos, unos bellísimos extractos sobre la Eucaristía, escritos por el franciscano Fr. Stefano Maria Manelli O.F.M. (Ordo Fratrum Minorum), nacido en mayo de 1933, sexto de los veintiún hijos de los Siervos de Dios Settimio Manelli y Licia Gualandris, cuyas causas de beatificación se encuentran abiertas en Roma, que siendo muy niño se trasladó con su familia a los alrededores de San Giovanni Rotondo, donde vivía el famoso sacerdote capuchino San Pío de Pietrelcina OFMCap (Ordo Fratum Minorum Cappuccinorum). El santo se convirtió en su confesor, catequista y director espiritual, y el pequeño Stefano recibió su Primera Comunión de las estigmatizadas manos del Padre Pío en 1938, sirviendo en los siguientes años cientos de veces las misas del santo. Por consejo de San Pío de Pietrelcina, ingresó en el seminario menor de los Franciscanos Conventuales en Copertino en diciembre de 1945, cuando contaba con doce años de edad. Profesó sus primeros votos en octubre de 1949, y su Profesión Solemne en mayo de 1954. Fue ordenado sacerdote en la Solemnidad de Cristo Rey el 30 de octubre de 1955 (*).

El extracto que quiero compartir con todos, trata sobre la Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz, y comienza con la siguiente reflexión: Solamente en el Cielo comprenderemos la maravilla divina que es la Santa Misa. Por mucho que uno se esfuerce y por mucho que se sea santo y se esté inspirado, no se puede más que balbucear sobre esta obra divina que trasciende los hombres y los ángeles. Un día le dijeron a San Pío de Pietrelcina: “Padre, explíquenos la Santa Misa”. “Hijos míos –repuso el Padre– ¿cómo puedo explicárosla? La Misa es infinita como Jesús... Preguntadle a un ángel qué es una Misa y él os responderá en verdad: Comprendo lo que es y por qué se dice, pero lo que no comprendo es todo lo que vale. Un ángel, mil ángeles, en todo el cielo lo saben y piensan así”.

He aquí la primera parte:

San Alfonso Mª de Ligorio llegó a afirmar: “Dios mismo no puede hacer que haya una acción más santa y más grande que la celebración de una Santa Misa”. ¿Por qué? Porque la Santa Misa se puede decir que es la síntesis de la Encarnación y de la Redención; contiene el Nacimiento, la Pasión y la Muerte de Jesús por nosotros. El Concilio Vaticano II nos enseña: “Nuestro Salvador en la Última Cena, la noche en que iba a ser entregado, instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, en el que perpetuar el Sacrificio de la Cruz a lo largo de los siglos hasta que Él vuelva” (Sacrosanctum Concilium, n. 47).

El papa Pío XII ya había manifestado este pensamiento asombroso: “El altar de nuestras iglesias no es diferente del altar del Gólgota; es también un monte coronado por la Cruz y por el crucifijo en el que tiene lugar la reconciliación de Dios con el hombre”. Y Santo Tomás escribió: “La celebración de la Misa vale tanto como vale la muerte de Jesús en la Cruz”.

Por eso San Francisco de Asís decía: “El hombre debe temblar, el mundo debe estremecerse, el cielo entero debe estar conmovido cuando el Hijo de Dios aparece en el altar entre las manos del sacerdote”.

En realidad, al renovar el Sacrificio de la Pasión y de la Muerte de Jesús, la Santa Misa es algo tan grande que basta por sí sola para contener la Justicia Divina.

“Toda la cólera y la indignación de Dios –afirma San Alberto Magno– cede ante esta ofrenda”.

Santa Teresa de Jesús decía a sus hijas: “Sin la Santa Misa ¿qué sería de nosotras? Todo perecería aquí abajo porque sólo Ella puede parar el brazo de Dios”.

Ciertamente, sin Ella la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido desesperadamente. “Sin la Santa Misa, la tierra estaría aniquilada hace mucho tiempo a causa de los pecados de los hombres”, enseñaba San Alfonso Mª de Ligorio. “Sería más fácil que la tierra se gobernara sin el sol que sin la Santa Misa”, afirmaba San Pío de Pietrelcina, haciéndose eco de San Leonardo de Puerto Mauricio que decía: “Creo que si no hubiera Misa, el mundo ya se habría hundido bajo el peso de su iniquidad. La Misa es el poderoso apoyo que lo mantiene”.

Continuará…

(*) Recordemos que la Solemnidad de Cristo Rey fue promulgada por Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 por medio de su Encíclica “Quas primas”, que la fijó en el domingo anterior a la Solemnidad de Todos los Santos.

mardi 27 décembre 2011

Veni ad salvandum nos



BENEDICTO XVI
MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, 25 de diciembre de 2011


Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero
Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama. Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos.
Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf.Sal 40,3).
Sí, esto significa el nombre de aquel niño, el nombre que, por voluntad de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».
Ya el mero hecho de esta súplica al cielo nos pone en la posición justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est10,3f [griego]). Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio.
Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.
Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo, dirijámonos en esta Navidad 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.
 Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su dignidad.
Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático, especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación de dificultad a causa de las recientes inundaciones.
Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en los países del norte de África y Oriente Medio.
Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región africana de los Grandes Lagos y fortaleza el compromiso de los habitantes de Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos
Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».