lundi 20 octobre 2014

Soy carlista: pásalo.

He optado por emplear el término “carlista” en el título de esta entrada, en vez de “tradicionalista”, porque creo que expresa mejor lo que quiero decir y además le imprime el imprescindible carácter español.


Aunque las leyes actualmente en vigor son absolutamente intrascendentes y carentes de todo fundamento digno, lo cierto es recientemente me he convertido en el padre de un joven al que la administración de justicia puede exigir responsabilidades legales por sus acciones u omisiones, y con derecho a ser titular pleno de una cuenta bancaria y a tomar parte en esas parodias de participación popular conocidas como procesos electorales.

Se trata de otro de esos casos en los que los legisladores se empeñan en modificar la realidad, como cuando llegue el día en que por decreto los cuadrados sean redondos o los burros tengan alas, ya que, independientemente de la consideración de mayoría de edad legal, el dinero de la cuenta corriente de la que puede ser titular pleno seguirá viniendo del salario de su padre, que seguirá manteniéndole y costeándole los estudios hasta el día en que pueda ganarse la vida por sí mismo y entonces sí que será mayor de edad. Su padre seguirá amándole, velando por él en la medida de sus fuerzas, y rezando cada día por su alma, hasta la eternidad.

Pues el mayor de mis tres hijos, que reside ahora fuera del domicilio familiar para poder cursar sus estudios superiores, se encontraba hace poco tiempo en un restaurante de una conocida cadena,  a la entrada de cuyos locales suele haber una tienda de libros, juguetes, alimentación y artilugios varios, y mientras esperaba al resto de comensales, avistó en una estantería un llamativo libro con una boina roja con borla amarilla en la portada y la palabra “carlismo” en grandes caracteres.

Inmediatamente pensó en su padre y, tras comprobar someramente que el contenido no parecía contrario al ideario tradicionalista y que el precio era más que asequible (16 euros), decidió comprarlo para regalármelo.

Con ocasión de su reciente décimo octavo cumpleaños, vino a visitar a su madre (es así, los chicos visitan a su madre, los padres sólo nos beneficiamos del hecho de vivir en el mismo sitio que ellas) y me dio el libro.

Supuse que trataba del típico álbum de ilustraciones con una recopilación de diversos documentos gráficos poco originales, pero nada de eso. Se trata de una obra divulgativa que considero imprescindible. La presentación es más que atractiva, buen papel, impresión impecable, y diseño gráfico profesional moderno y con buen gusto, pero todo lo anterior al servicio en definitiva del evidente objetivo de divulgación.

El relato histórico mantiene el justo equilibrio entre el rigor y la ausencia de excesivos detalles que hagan perder el hilo al lector poco versado en la materia. El discurso es coherente y por tanto muy alejado de las retorcidas interpretaciones liberales que dominan todos los libros de historia oficiales. Los personajes o asuntos clave se tratan en cuadros aparte diferenciados del texto general y las ilustraciones acompañan armónicamente la narración.

Sin duda un muy necesario complemento a la gran cantidad de volúmenes publicados a lo largo de los siglos sobre esta cuestión fundamental de la historia, es decir sobre el secuestro y la aniquilación sistemática de la civilización a manos de la revolución.

Personalmente creo que además llega en un momento muy propicio.

Tal vez se trate de una sensación personal de la que no puedan extraerse conclusiones generales, pero desde hace ya algún tiempo viene sucediéndome que, al mostrar abiertamente en conversaciones de carácter político o religioso mis convicciones tradicionalistas, aplicando explícitamente el calificativo “carlista”, algún interlocutor me comenta que también él tiene un familiar, amigo, o conocido, que afirma abiertamente considerarse carlista.

Desde esta humilde bitácora me gustaría por ello invitar con entusiasmo a todos los correligionarios, a no desaprovechar ninguna oportunidad de hacer públicamente, en cualquiera que sea el entorno, declaraciones explícitas de lealtad intelectual y espiritual a la causa de Dios, la Patria y el Rey legítimo, que se condensa bajo el apelativo de “carlismo”.

En un momento como el actual, en el que es absolutamente patente la podredumbre y corrupción del régimen partitocrático de falsa y artificial alternancia, y cuando empieza a extenderse la siniestra sombra de aquellas experiencias bolcheviques que en el siglo pasado sembraron nuestro mundo de muerte y sufrimiento (incluso las disputas internas por el poder en “Podemos” son espeluznantemente similares a las de Lenin y Trotski), es preciso mostrar a todos, y sobre todo a los más jóvenes, que cuando descubrimos que un sendero nos ha llevado al borde un precipicio, lo lógico es dar media vuelta y retornar al camino correcto, y no dar el paso que nos haría despeñarnos.

Si este libro del que hablo puede servir de ayuda, comprándolo, regalándolo, o simplemente recomendándolo y hablando de él, con el añadido de su innegable buena relación entre calidad y precio, bienvenido sea.

Porque, como suele decirse, tenemos muchos frentes abiertos. Y me refiero ahora al escándalo del reciente sínodo de obispos de la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana.

No creo que el documento final, incluya lo que incluya o excluya lo que sea, pueda regocijarnos en ningún modo. La realidad es que, aunque ya lo sabíamos, ahora son públicas y manifiestas las terribles desviaciones doctrinales de muchos pastores de la Iglesia, cuyo único calificativo correcto es heréticas.

Y es que en el carlismo, y no puede ser de otro modo, el tradicionalismo político y el religioso son uno solo.

España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza y nuestra unidad... No tenemos otra”.

Por eso nuestra defensa de España declarándonos fervientes partidarios de la Monarquía Hispánica Tradicional no estará completa si no defendemos con aun mayor fervor el Catolicismo tradicional, tomista y tridentino, mostrando en toda ocasión nuestra Fe inquebrantable en el Dogma Católico, desde la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar, que no nos permite plantear otra alternativa que permanecer de rodillas y en el más profundo recogimiento durante la Consagración en la Santa Misa, hasta el acercamiento frecuente y con la debida preparación al confesionario, de modo que podamos acercarnos también con frecuencia a comulgar, mostrando de nuevo nuestra profunda fe en la presencia real de Cristo en el sacramento absteniéndonos de tocar con nuestras manos no consagradas de pecador a Jesús Sacramentado y a ser posible arrodillándonos de nuevo.

Y por supuesto defendiendo contra el dominante totalitarismo liberal, en primer lugar la imprescindible confesionalidad católica del estado, y en consecuencia nuestra oposición frontal al amparo legal al divorcio, al aborto, a las uniones no matrimoniales, a los pseudocientíficos y criminales métodos de fertilidad artificial, a las manipulaciones y experimentos genéticos, a las prácticas sexuales degeneradas, etc.

Con todo ello no solamente procuraremos el bien de la Patria, si no que en un nivel más elevado y trascendental, defenderemos la única religión verdadera y la auténtica Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, que sin duda precisa de todo nuestro esfuerzo y dedicación para hacer cumplir la divina promesa “et portae inferi non praevalebunt adversum eam”.

 ***

Atlas ilustrado del Carlismo
Editorial: SUSAETA
Año edición: 2014
Colección: Atlas ilustrado.
Encuadernación: Cartoné con cubierta plastificada mate, con estampación azul y brillo.
ISBN: 9788467727173
Tamaño: 23,5 x 27
Páginas: 254

mardi 14 octobre 2014

Serenidad

Al parecer ya no vamos a morir todos de ébola, gracias a una vacuna milagrosa que no será gratis, y tampoco van a organizar los politicastros catalanes un referéndum separatista. Que el político honrado es un personaje de ficción ya lo sabíamos todos mucho antes de lo de Pujol y las tarjetas negras, y a lo mejor ni siquiera ganan las próximas elecciones los bolcheviques de “Podemos”.
 
Por cierto que no se me ocurre un nombre más apropiado que ese de “Podemos” para un grupo de bolcheviques posmoderno como el que lidera con mano de hierro el tal Pablo Iglesias. Un nombre tan presuntuoso y vacuamente arrogante, que parece el alarido del demonio ante las palabras de Cristo: “Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada.”
 
Así que procuremos serenar nuestro ánimo y hablar de lo que verdaderamente importa.
Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta.”
Andan los obispos de la Santa Madre Iglesia reunidos en Roma con el Papa para hablar de las familias. Y dicen cosas que ponen los pelos de punta.
Sucesores de San Pedro ha habido en la historia que han dado ejemplo de santidad y fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo y al Evangelio, siendo una bendición para el Pueblo de Dios.
Otros en cambio fueron escandalosamente pecadores y llevaron la barca de Pedro al límite del naufragio.
Eleva tu pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante.”
Parecen muy preocupados los pastores de la Iglesia con la situación de las familias, que es tanto como decir de la humanidad, pues esta no es otra cosa que el conjunto de aquellas.
Y viendo como ya es imposible negar que la humanidad sufre de un modo indecible una destrucción que ha comenzado por sus propias raíces, reflexionan sobre la actitud a adoptar. Y parece ser que todas sus reflexiones, de un modo u otro, consisten en hallar el modo de adaptarse a la nueva situación, en vez de combatirla.
En nombre de la caridad y la misericordia, se nos propone acoger a los pecadores sin tratar de arrancarlos del pecado, no sea que eso les cause dolor.
Pero la verdadera caridad, el amor al prójimo, para cualquiera que haya leído los Evangelios, consiste sin duda en hacer todo lo humanamente posible para liberar al pecador de la esclavitud del pecado, con la ayuda de Dios. Aunque que sea doloroso.
¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa. Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.”
Que los discípulos de Cristo no podemos adaptarnos al mundo es algo que debería ser evidente. “Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo.” Son palabras de Nuestro Señor Jesucristo.
Y también fue Jesucristo el que dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.”
No exagero ni un ápice si digo que la situación es catastrófica.
Los hombres modernos se encuentran absolutamente desamparados tras la destrucción sistemática de los principios sobre los que se asentaba la institución familiar. Sin familia el hombre se encuentra desesperadamente solo frente al mundo.
Se trata por tanto de llamar a las cosas por su nombre, denunciar públicamente las causas de tanto sufrimiento y luchar con todas nuestras fuerzas por que la humanidad recupere la cordura.
La familia proporciona al hombre el único entorno humano realmente estable donde desarrollarse como hombre. Los vínculos familiares son indestructibles, mis padres siempre serán mis padres pase lo que pase y mi hermano será siempre mi hermano.
Pero esos vínculos indestructibles tienen su origen en la fundación de cada familia, que se inicia con el matrimonio de los padres. “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.”
Si ese vínculo no es indestructible la familia se desmoronará antes o después.
Con el mismo ímpetu con el que denunciamos que el aborto es un crimen abominable en toda circunstancia, o de hecho con mucho más ímpetu y muchas menos concesiones que hasta la fecha, debemos denunciar y luchar contra el divorcio.
Si el matrimonio no es indisoluble, sencillamente no es matrimonio, y sin matrimonio no hay familia.
Que la generalización de los divorcios y uniones adúlteras entre divorciados es causa de terribles sufrimientos no es ninguna sorpresa para un católico. O no debiera serlo. “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.”
Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia. Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.”
No tengamos miedo a llamar a las cosas por su nombre. Defender la Verdad no es tratar de imponer nuestro criterio, es ofrecer a todos el tesoro que nos entregó Cristo y que gracias a la salvaguarda y transmisión de la Tradición que sólo las familias cristianas pueden hacer, se ha conservado hasta nuestros días.
Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene. Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios tu tesoro nada te falta.”
También parece preocupar al Sínodo el sufrimiento de los que se entregan a la sodomía y otras prácticas aberrantes, y de nuevo parecen plegarse los obispos a los planteamientos mundanos, buscando algo de bueno entre la podredumbre del pecado.
Sin duda debemos ofrecer a estos pecadores todo nuestro amor, y precisamente por ello nos es imposible aceptar sus pecados contra la familia y contra su propio cuerpo, templo del Espíritu Santo.
De nuevo es preciso llamar a cada cosa por su nombre, señalando cual es el significado de cada palabra, que es el que es y no el que cada cual quiera que sea.
Que el amor no entiende de diferencias entre seres humanos, ni por sexo ni por ninguna otra cosa, no es algo tenga que venir nadie a enseñarnos, porque ya nos lo enseño Nuestro Señor Jesucristo extensamente.
Pero de lo que hablan los enemigos de la familia y del hombre no es de amor, es de concupiscencia, egoísmo, prácticas aberrantes y placeres deshonestos.
Que muchos no son capaces de vencer las tentaciones del demonio ya lo sabemos y sabemos la causa. Sin Fe, sin oración y sin confianza en Dios es imposible vencer al pecado.
Id, pues, bienes del mundo; id dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.”
Así que empecemos de una vez a mostrar al mundo donde está la causa de la destrucción y el sufrimiento humano y no caigamos en la tentación de escoger el camino fácil de la transigencia y la mansedumbre desprovista de firmeza moral. Cristo es el único Camino, y se recorre con una Cruz a cuestas.
Nuestro Señor no nos ordenó ser estúpidos como borregos, lo que nos dijo fue que nos enviaba “como ovejas en medio de lobos: sed pues astutos como serpientes y sencillos como palomas.”
Seamos astutos y sencillos.
Si un matrimonio no es indisoluble no es un matrimonio, de modo que una unión civil en un juzgado, ayuntamiento o registro civil no es un matrimonio y un católico no debe rebajarse a participar en él. Mucho menos si se trata de la unión de divorciados.
Y si la unión civil con posibilidad de divorcio de un hombre y una mujer no es un matrimonio, qué decir de la de dos hombres, dos mujeres o lo siguiente que se les ocurra para atacar y ridiculizar la sagrada institución del matrimonio.
Si de verdad amamos a todos los hombres defendamos la Verdad y luchemos por ofrecer a la humanidad doliente lo que verdaderamente necesita.
No se puede ser católico y admitir leyes que promuevan el aborto, el divorcio, o la homosexualidad. Y el que comete cualquiera de estos pecados y se acerca a recibir a Jesús Sacramentado, por su sacrilegio condena eternamente su alma.
Esa es la defensa de la familia que nos exige nuestra Fe, que es la única verdadera.

 

vendredi 10 octobre 2014

Hablando claro sobre lo que importa

Entrevista a Mons. Fellay tras su encuentro con el Cardenal Müller
 
La pastoral debe necesariamente ser el resultado de la doctrina.

Ud. fue recibido por el Cardenal Müller el 23 de septiembre pasado. El comunicado de la sala de prensa del Vaticano retoma los términos del comunicado de 2005, luego de su encuentro con Benedicto XVI, en el que ya se hablaba de “proceder por etapas y en un plazo razonable”, con “el deseo de llegar a la plena comunión”; – el comunicado de 2014 habla de “plena reconciliación”.
 
¿Significa esto que se regresa al punto de partida?

Sí y no, según el punto de vista en el que uno se sitúe. No hay nada nuevo en el sentido que hemos verificado —nuestros interlocutores y nosotros— que permanecen las divergencias doctrinales que se habían manifestado claramente con oportunidad de las discusiones teológicas de 2009-2011, y que, por tanto, no podíamos firmar el Preámbulo doctrinal que nos ha sido propuesto por la Congregación para la Doctrina de la Fe desde 2011.

Pero, ¿qué hay de nuevo?

Hay un nuevo Papa y un nuevo Prefecto al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Y este encuentro muestra que ni ellos ni nosotros deseamos una ruptura de las relaciones: las dos partes insisten sobre la necesidad de esclarecer las cuestiones doctrinales antes de un reconocimiento canónico. Por eso, de parte de ellos, las autoridades romanas reclaman la firma de un Preámbulo doctrinal que, de nuestra parte, no podemos firmar en razón de sus ambigüedades.

Entre las novedades se encuentra también el agravamiento de la crisis en la Iglesia. En la víspera de un Sínodo sobre la familia se manifiestan críticas serias y justificadas, de parte de varios cardenales, contra las proposiciones del Cardenal Kasper sobre la comunión de los divorciados “vueltos a casar”. Desde las críticas de los cardenales Ottaviani y Bacci en el Breve examen del Novus Ordo Missae, en 1969, esto no se había visto en Roma. Pero lo que no ha cambiado es que las autoridades romanas siguen sin tomar en cuenta nuestras críticas del Concilio porque les parecen secundarias e incluso ilusorias, frente a los graves problemas a los que se enfrenta la Iglesia hoy. Estas autoridades comprueban claramente la crisis que sacude a la Iglesia al más alto nivel —ahora entre cardenales—, pero no conciben que el Concilio mismo pueda ser la causa principal de esta crisis sin precedentes. Se parece a un diálogo de sordos.

¿Podría dar un ejemplo concreto?

Las proposiciones del Cardenal Kasper en favor de la comunión de los divorciados “vueltos a casar” son una muestra de lo que reprochamos al Concilio. En su discurso a los cardenales, en el Consistorio del 20 de febrero pasado, propone hacer nuevamente lo que ya se hizo en el Concilio, a saber: reafirmar la doctrina católica, ofreciendo al mismo tiempo aperturas pastorales. En sus diversas entrevistas con los periodistas, él realiza esta distinción entre la doctrina y la pastoral: recuerda en teoría que la doctrina no puede cambiar, pero introduce la idea que, en la realidad concreta, hay situaciones tales, que la doctrina no puede ser aplicada. Entonces, según él, solamente la pastoral está en condiciones de encontrar soluciones… en detrimento de la doctrina.

Por nuestra parte, reprochamos al Concilio esta distinción artificial entre la doctrina y la pastoral, porque la pastoral debe necesariamente derivarse de la doctrina. Gracias a múltiples aperturas pastorales se introdujeron cambios sustanciales en la Iglesia y la doctrina se vio afectada. Es lo que pasó durante y después del Concilio, y denunciamos la misma estrategia utilizada ahora contra la moral del matrimonio.

¿Acaso no hay en el Concilio sólo cambios pastorales, que habrían indirectamente afectado la doctrina?

No, nos vemos obligados a afirmar que se realizaron cambios graves en la doctrina misma: la libertad religiosa, la colegialidad, el ecumenismo… Pero es cierto que estos cambios aparecen de una manera más clara y más evidente en sus aplicaciones pastorales concretas, pues en los documentos conciliares son presentados como simples aperturas, de manera alusiva y con mucho sobrentendidos… Esto hace de ellos, según la expresión de mi predecesor, el R. P. Schmidberger, “bombas de tiempo”.

En las proposiciones del Cardenal Kasper, ¿dónde ve Ud. una aplicación pastoral que haría más evidente un cambio doctrinal introducido en el Concilio? ¿Dónde ve Ud. una “bomba de tiempo”?

En la entrevista que concede al vaticanista Andrea Tornielli, este 18 de septiembre, el Cardenal declara: “La doctrina de la Iglesia no es un sistema cerrado: el Concilio Vaticano II enseña que hay un desarrollo en el sentido de una posible profundización. Me pregunto si una profundización semejante a la que se dio con la eclesiología no es posible en este caso (de los divorciados vueltos a casar civilmente, ndlr): incluso si la Iglesia católica es la verdadera Iglesia de Cristo, hay elementos de eclesialidad también fuera de las fronteras institucionales de la Iglesia católica. En ciertos casos, ¿no se podría reconocer igualmente en un matrimonio civil elementos del matrimonio sacramental? Por ejemplo, el compromiso definitivo, el amor y el apoyo mutuo, la vida cristiana, el compromiso público, que no existe en las uniones de hecho (i.e. las uniones libres)”

El Cardenal Kasper es muy lógico, perfectamente coherente: propone que los nuevos principios sobre la Iglesia, que el Concilio enunció en nombre del ecumenismo —existen elementos de eclesialidad fuera de la Iglesia—, se apliquen pastoralmente al matrimonio. Pasa lógicamente del ecumenismo eclesial al ecumenismo matrimonial. En este sentido, según él habría elementos del matrimonio cristiano fuera del sacramento. Para ver las cosas concretamente, ¡pregúntese, pues, a los esposos, qué pensarían sobre una fidelidad conyugal “ecuménica” o sobre una fidelidad en la diversidad! Paralelamente, ¿qué debemos pensar de una unidad doctrinal “ecuménica”, diversamente una? Esta es la consecuencia que denunciamos, pero que la Congregación para la Doctrina de la Fe no ve o no quiere ver.

¿Cómo se debe entender la expresión del comunicado del Vaticano “proceder por etapas”?

Como el deseo recíproco, en Roma y en la Fraternidad San Pío X, de mantener conversaciones doctrinales en un marco amplio y menos formal que el de los precedentes intercambios.

Pero si los intercambios doctrinales de 2009-2011 no aportaron nada, ¿para qué retomarlos, incluso de manera más amplia?

Porque, siguiendo el ejemplo de Mons. Lefebvre, que nunca rechazó aceptar la invitación de las autoridades romanas, nosotros respondemos siempre a quienes nos interrogan sobre las razones de nuestra fidelidad a la Tradición. No podemos rehuir esta obligación, y siempre la cumpliremos en el espíritu y con las obligaciones que han sido definidas por el último Capítulo General.

Puesto que Ud. mencionaba la audiencia que me concedió Benedicto XVI en 2005, recuerdo que entonces decía que queríamos mostrar que la Iglesia sería más fuerte en el mundo de hoy si mantuviera la Tradición, —incluso agregaría: si recordara con orgullo su Tradición bimilenaria.
 
Repito hoy que queremos aportar nuestro testimonio: si la Iglesia quiere salir de la crisis trágica que atraviesa, la Tradición es la respuesta a esta crisis. De esta manera manifestamos nuestra piedad filial para con la Roma eterna, para con la Iglesia, Madre y Maestra de verdad, a la que estamos profundamente unidos.

Ud. dice que se trata de un testimonio; ¿no es más bien una profesión de fe?

Una cosa no excluye la otra. Nuestro fundador gustaba decir que los argumentos teológicos con los cuales profesamos la fe, no siempre son comprendidos por nuestros interlocutores romanos, pero ello no nos dispensa de recordarlos. Y, con el realismo sobrenatural que lo caracterizaba, Mons. Lefebvre añadía que las realizaciones concretas de la Tradición: los seminarios, los colegios, los prioratos, el número de sacerdotes, de religiosos y religiosas, de seminaristas y fieles… también tenían un gran valor demostrativo. Contra estos hechos tangibles, no hay argumento especioso que valga: contra factum non fit argumentum. En el caso presente, se podría traducir este adagio latino con la frase de nuestro Señor: “se juzga al árbol por sus frutos”. En este sentido, al mismo tiempo que profesamos la fe, debemos dar testimonio en favor de la vitalidad de la Tradición.

(Fuente: FSSPX/MG – DICI 03/10/14)

mercredi 1 octobre 2014

La teoría de la separación entre la Iglesia y el Estado

La existencia de dos sociedades, Iglesia y Estado, implica distinción entre ellas; pero esta distinción exige, al mismo tiempo la necesidad de una relación unitiva entre ambas, basada sobre el reconocimiento mutuo de la existencia y los derechos específicos de cada una de ellas.

El error fundamental de la tesis separatista no reside en la afirmación de la justa autonomía de ambos poderes dentro de su esfera jurisdiccional respectiva, sino en la pretensión del Estado por virtud de la cual se considera éste capacitado para negar el orden sobrenatural y para desconocer el carácter divino y los derechos imprescriptibles de la Iglesia, como sociedad fundada por Dios.

El Estado no puede condicionar la acción de Dios. Es Dios el que ha condicionado la acción del Estado. Un gobierno que no respeta este orden, se rebela contra Dios, injuria a la Iglesia y desconoce, por lo tanto, la verdadera naturaleza de la sociedad política.

No soy yo quien lo dice, es San Pío X el que en 1906 condenó la tesis general de la separación entre la Iglesia y el Estado en la encíclica “Vehementer Nos”, prolongando la doctrina explicitada por León XIII en la “Immortale Dei” y en la “Sapientiae christianae”:

Es falsa y engañosa

…Que sea necesario separar al Estado de la Iglesia es una tesis absolutamente falsa y sumamente nociva.
 
Porque, en primer lugar, al apoyarse en el principio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios, que es el único fundador y conservador tanto del hombre como de las sociedades humanas, ya que en materia de culto a Dios es necesario no solamente el culto privado, sino también el culto público.
 
En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural, porque limita la acción del Estado a la prosperidad pública de esta vida mortal, que es, en efecto, la causa próxima de toda sociedad política, y se despreocupa completamente de la razón última del ciudadano, que es la eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad de esta vida, como si fuera cosa ajena por completo al Estado. Tesis completamente falsa, porque, así como el orden de la vida presente está todo él ordenado a la consecución de aquel sumo y absoluto bien, así también es verdad evidente que el Estado no sólo no debe ser obstáculo para esta consecución, sino que, además, debe necesariamente favorecerla todo lo posible.
 
En tercer lugar, esta tesis niega el orden de la vida humana sabiamente establecido por Dios, orden que exige una verdadera concordia entre las dos sociedades, la religiosa y la civil. Porque ambas sociedades, aunque cada una dentro de su esfera, ejercen su autoridad sobre las mismas personas, y de aquí proviene necesariamente la frecuente existencia de cuestiones entre ellas, cuyo conocimiento y resolución pertenece a la competencia de la Iglesia y del Estado. Ahora bien, si el Estado no vive de acuerdo con la Iglesia, fácilmente surgirán de las materias referidas motivos de discusiones muy dañosas para entrambas potestades, y que perturbarán el juicio objetivo de la verdad, con grave daño y ansiedad de las almas.
 
Finalmente, esta tesis inflige un daño gravísimo al propio Estado, porque éste no puede prosperar ni lograr estabilidad prolongada si desprecia la religión, que es la regla y la maestra suprema del hombre para conservar sagradamente los derechos y las obligaciones.

Ha sido condenada por los Romanos Pontífices

Por esto los Romanos Pontífices no han dejado jamás, según lo exigían las circunstancias y los tiempos, de rechazar y condenar las doctrinas que defendían la separación de la Iglesia y el Estado. Particularmente nuestro ilustre predecesor León XIII expuso repetida y brillantemente cuán grande debe ser, según los principios de la doctrina católica, la armónica relación entre las dos sociedades; entre éstas, dice, «es necesario que exista una ordenada relación unitiva, comparable, no sin razón, a la que se da en el hombre entre el alma y el cuerpo». Y añade además después: «Los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil. Error grande y de muy graves consecuencias es excluir a la Iglesia, obra del mismo Dios, de la vida social, de la legislación, de la educación de la juventud y de la familia»…
 
…Pero, para iniciar dignamente y mantener útil y acertadamente la defensa de la religión, os son necesarias principalmente dos condiciones: primera, que ajustéis vuestra vida a los preceptos de la ley cristiana con tanta fidelidad, que vuestra conducta y vuestra moralidad sean una patente manifestación de la fe católica; segunda, que permanezcáis estrechamente unidos con aquellos a quienes pertenece por derecho propio velar por los intereses religiosos, es decir, con vuestros sacerdotes, con vuestros obispos y, principalmente, con esta Sede Apostólica, que es el centro sobre el que se apoya la fe católica y la actividad adecuada a esta fe. Armados de este modo para la lucha, salid sin miedo a la defensa de la Iglesia; pero procurad que vuestra confianza descanse enteramente en Dios, cuya causa sostenéis, y, por tanto, no ceséis de implorar su eficaz auxilio
 
En un importante discurso, de 19 de abril de 1909, a una peregrinación francesa, San Pío X, después de señalar que la Iglesia domina al mundo por ser esposa de Jesucristo, se expresaba con los siguientes términos:
 
«El que se revuelve contra la autoridad de la Iglesia con el injusto pretexto de que la Iglesia invade los dominios del Estado, pone límites a la verdad; el que la declara extranjera en una nación, declara al mismo tiempo que la verdad debe ser extranjera en esa nación; el que teme que la Iglesia debilite la libertad y la grandeza de un pueblo, está obligado a defender que un pueblo puede ser grande y libre sin la verdad. No, no puede pretender el amor un Estado, un Gobierno, sea el que sea el nombre que se le dé, que, haciendo la guerra a la verdad, ultraja lo que hay en el hombre de más sagrado. Podrá sostenerse por la fuerza material, se le temerá bajo la amenaza del látigo, se le aplaudirá por hipocresía, interés o servilismo, se le obedecerá, porque la religión predica y ennoblece la sumisión a los poderes humanos, supuesto que no exijan cosas contrarias a la santa ley de Dios. Pero, sí el cumplimiento de este deber respecto de los poderes humanos, en lo que es compatible con el deber respecto de Dios, hace la obediencia más meritoria, ésta no será por ello ni más tierna, ni más alegre, ni más espontánea, y desde luego nunca podrá merecer el nombre de veneración y de amor».
 
 

vendredi 26 septembre 2014

El reto de llamar a las cosas por su nombre

LLAMAR A LAS COSAS POR SU NOMBRE Un verdadero reto para los católicos
Mons. Juan Antonio Reig Pla Obispo de Alcalá de Henares

 
1. El Presidente del Gobierno de España y del Partido Popular ha confirmado la retirada de la reforma de la ley del aborto que pretendía “limitar” cuantitativamente el “holocausto silencioso” que se está produciendo. Mantener el derecho al aborto quiebra y deslegitima el supuesto estado de derecho convirtiéndolo, en nombre de la democracia, en una dictadura que aplasta a los más débiles. Ninguna ley del aborto es buena. La muerte de un solo inocente es un horror, pero “parecía” que “algo” estaba cambiando en las conciencias de algunos políticos relevantes respecto del crimen abominable del aborto (Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 51).

Dicho esto conviene denunciar, con todo respeto a su persona, que el Presidente del Gobierno ha actuado con deslealtad respecto a su electorado al no cumplir su palabra en esta materia, explicitada en su programa electoral; también ha actuado con insensatez pues ha afirmado que lo sensato es mantener el “derecho al aborto”, es decir, el derecho a matar a un inocente no-nacido, el crimen más execrable. Además ha faltado a la verdad, pues su partido tiene mayoría absoluta en el Parlamento y, sin embargo, afirma que no hay consenso, algo que no ha aplicado a otras leyes o reformas infinitamente menos importantes.

Ha llegado el momento de decir, con voz sosegada pero clara, que el Partido Popular es liberal, informado ideológicamente por el feminismo radical y la ideología de género, e “infectado” como el resto de los partidos políticos y sindicatos mayoritarios, por el lobby LGBTQ; siervos todos, a su vez, de instituciones internacionales (públicas y privadas) para la promoción de la llamada “gobernanza global” al servicio del imperialismo transnacional neocapitalista, que ha presionado fuerte para que España no sea ejemplo para Iberoamérica y para Europa de lo que ellos consideran un “retroceso” inadmisible en materia abortista.

2. Respecto al Jefe de la Oposición en el Parlamento, también con todo respeto a su persona, hay que afirmar que se ha mostrado falto de rigor intelectual y con un déficit de sensibilidad ante la dignidad de la vida humana. Es asombroso comprobar cómo telefonea a un programa de televisión para denunciar la violencia contra los animales, y, sin embargo, olvida la violencia criminal contra dos millones de niños abortados: decapitados, troceados, envenenados, quemados… Desde la lógica del horror el Secretario General del PSOE ensalzó en la Estación de Atocha de Madrid el mal llamado “tren de la libertad” en el que algunas mujeres reclamaban “el derecho a decidir matar inocentes”; este tren, como los trenes de Auschwitz que conducían a un campo de muerte, debería llamarse, no el “tren de la libertad” sino, el “tren de la muerte”, del “holocausto” más infame: la muerte directa y deliberada de niños inocentes no-nacidos.

3. Como es verificable, el Partido Popular con esta decisión, se suma al resto de los partidos políticos que, además de promover el aborto, lo consideran un derecho de la mujer: una diabólica síntesis de individualismo liberal y marxismo. Dicho de otra manera, a fecha de hoy ‒ y sin juzgar a las personas ‒, los partidos políticos mayoritarios se han constituido en verdaderas “estructuras de pecado” (Cf. San Juan Pablo II, Encíclicas Sollicitudo rei socialis, 36-40 y Evangelium vitae, 24).

4. En el orden cultural, y bajo la presión del feminismo radical, se ha trasladado el punto de mira del aborto; se ha deslizado desde el tratamiento como un crimen (No matarás) a la consideración de la mujer como víctima. Es verdad que la mujer es también víctima, abandonada en muchas ocasiones ‒ cuando no presionada para que aborte ‒, por el padre de su hijo, por su entorno personal y laboral y por la sociedad; también es cierto que sufre con frecuencia el síndrome post-aborto, etc.; pero, si bien algunas circunstancias puede disminuir la imputabilidad de tan gravísimo acto, no justifican jamás moralmente la decisión de matar al hijo por nacer. Esto hay que denunciarlo al tiempo que hay que acompañar con misericordia y «adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias» (Papa Francisco, Evangelii gaudium, 214).

Pero, como digo, lo específico del aborto es que se trata de un crimen abominable: «el que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (Cf. Gn 4, 10)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2268). No se puede justificar, apelando a la libertad, lo que de sí es una acción criminal que mata a un inocente, corrompe a la mujer, a quienes practican el aborto, a quienes inducen al mismo y a quienes, pudiendo con medios legítimos, no hacen nada para evitarlo. La Iglesia Católica, Madre y Maestra, en orden a proteger al inocente no-nacido e iluminar las conciencias oscurecidas «sanciona con pena canónica de excomunión este delito contra la vida humana. “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae” (CIC can. 1398), es decir, “de modo que incurre ipso facto en ella quien comete el delito” (CIC can. 1314), en las condiciones previstas por el Derecho (Cf. CIC can. 1323-1324). Con esto la Iglesia no pretende restringir el ámbito de la misericordia; lo que hace es manifestar la gravedad del crimen cometido, el daño irreparable causado al inocente a quien se da muerte, a sus padres y a toda la sociedad» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2272). Es necesario evidenciar que nos encontramos ante una verdadera crisis de civilización.

5. Por otra parte, diré más: se debe aclarar que no es justificable moralmente la postura de los católicos que han colaborado con el Partido Popular en la promoción de la reforma de la ley del aborto a la que ahora se renuncia. La Encíclica Evangelium vitae del Papa San Juan Pablo II no prevé la posibilidad de colaboración formal con el mal (ni mayor ni menor); no hay que confundir colaborar formalmente con el mal (ni siquiera el menor) con permitir ‒ si se dan las condiciones morales precisas ‒ el mal menor. Dicha Encíclica (n. 73) lo que afirma es: «un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. […] En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos».

6. Con afecto hacia las personas y con dolor, también debo decir que, en ocasiones, algunas instancias de la Iglesia Católica que camina en España no han propiciado, más bien han obstaculizado, la posibilidad de que aparezcan nuevos partidos o plataformas que defiendan sin fisuras el derecho a la vida, el matrimonio indisoluble entre un solo hombre y una sola mujer, la libertad religiosa y de educación, la justicia social y la atención a los empobrecidos y a los que más sufren: en definitiva la Doctrina Social de la Iglesia. Gracias a Dios el Papa Francisco ha sido muy claro respecto del aborto en su Exhortación Apostólica Evangelii gaudium (nn. 213 y 214).

7. Como en tantas otras ocasiones de nuestra historia, es momento de apelar a la conciencia de los católicos españoles. Ante nosotros, tal vez, se abre la posibilidad de “un nuevo inicio” y en todo caso un amplio abanico de acciones simultáneas, entre las que quiero destacar:

a) Hay que mantener firme el propósito de la evangelización, de la gestación de nuevos cristianos y de la atención en nuestros “hospitales de campaña” (Cáritas, Centros de Orientación Familiar, etc.) de tantas personas heridas (física, psíquica y espiritualmente) que esperan nuestro amor, nuestra misericordia y nuestra ayuda, siempre desde la verdad.

b) Insistir en la educación sexual y en la responsabilidad de las relaciones sexuales, es decir, educar para el amor.

c) Insistir en la abolición total de toda ley que permita el aborto provocado directo y promover la aprobación de leyes que protejan al no-nacido, la maternidad y las familias.

d) Suscitar una respuesta civil organizada y capaz de movilizar las conciencias.

e) Hacer una llamada a promover iniciativas políticas que hagan suya, integralmente, la Doctrina Social de la Iglesia.

f) Estudiar por enésima vez la posibilidad de regenerar los partidos políticos mayoritarios, aunque hasta ahora estos intentos han sido siempre improductivos.

8. El camino va a ser largo y difícil, ya sucedió con la abolición de la esclavitud. La maduración de las conciencias no es empresa fácil, pero nuestro horizonte, por la gracia de Dios, es el de la victoria del bien. Este es tiempo de conversión. Así pues, todos (mujeres y varones, profesionales de la sanidad y de los medios de comunicación, gobernantes, legisladores, jueces, fuerzas y cuerpos de seguridad, pastores y fieles, etc.) estamos obligados en conciencia a trabajar y defender con todos los medios legítimos “toda la vida” de “toda vida humana”, desde la concepción y hasta la muerte natural, empezando por los no-nacidos y sus madres; si no lo hacemos, la historia nos lo recriminará, las generaciones venideras nos lo reprocharán y, lo que es definitivo, Dios, el día del Juicio, nos lo reclamará: era pequeño, estaba desnudo e indefenso y no me acogisteis (Cf. Mt 25, 41-46).
 

En Alcalá de Henares, a 24 de septiembre del Año del Señor de 2014 Ntra. Sra. de la Merced

lundi 22 septembre 2014

Más sociedad, menos estado ( y IV)

...  Ahora bien, cualquier instauración del papel de los Cuerpos Intermedios exige su institucionalización política. Aunque el Estado moderno sí tiene la obligación, como ya he dicho, de devolver a la sociedad lo que es propiamente suyo, no puede hacerlo simplemente lavándose las manos y abdicando su responsabilidad para con el bien común; al contrario, debe deshacer lo malo de estos últimos siglos a través de compartir la responsabilidad pública con organismos intermedios que de verdad han salido desde abajo. Cualquier éxito en el futuro para los Cuerpos Intermedios necesita una espontaneidad creada dentro de la misma sociedad. Tenemos delante de nosotros el ejemplo medieval.
El éxito enorme de las instituciones autónomas en aquel entonces manó precisamente de su carácter espontáneo. El Estado puede fomentar un ambiente propicio para la instauración política de estos organismos, empezando desde la familia, pasando por el Municipio, el sindicato y terminando por la región o la provincia con personalidad propia, con fueros. Lo que el Estado nunca debe hacer es instaurar desde arriba, ahí tenemos el camino hacia el fracaso. Tal acción quitaría el carácter espontáneo, democrático podríamos decir, popular, sin el cual los Cuerpos Intermedios nunca podrían funcionar. Lo que estoy diciendo no va a ser fácil de actualizar; por un lado necesita un gobierno cauteloso del poder enorme heredado por la Revolución Francesa, por el otro lado necesita de hombres con iniciativa y responsabilidad cristiana.
La etapa del desarrollo de la técnica de hoy está llevándonos hacia una etapa de descentralización de la industria y en el orden social. El mundo ha llegado a un punto tan centralizado que no puede ir más allá en el mismo camino. La técnica misma, sobre todo la técnica nueva, basada no en la máquina sino en la electricidad, está haciendo que las empresas y hasta los mismos gobiernos se descentralicen. Por lo tanto, los gobiernos y los hombres, con tal de que sean cristianos de verdad, pueden contar con la técnica en cualquier intento de instaurar una red de organismos libres y autónomos. Además, la tendencia hacia la masificación en el mundo de hoy puede frenarse debido a la misma técnica nueva.
Estamos viviendo, entonces, en la última etapa del liberalismo centralizado o vamos al caos, o vamos a una estructuración nueva del Occidente cristiano.
La Edad Moderna está acabándose, tal y como el Imperio Romano se acabó en el siglo quinto. Hay dos posibilidades para la civilización occidental: o esclavitud capitalista-marxista que prolongaría de una manera reaccionaria la agonía del Estado liberal, o un florecimiento nuevo del principio que tiene un valor eterno. Hay un refrán viejo que simboliza el orden público cristiano: "in necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas" —en lo necesario unidad, en lo contingente libertad, en todo caridad—.
Para conseguir esa armonía de unidad, dentro de diversidad en los pueblos, hace falta reconocer que el centro de la autoridad no se encuentra en el Estado, tampoco en el pueblo, sino en Dios, por su hijo Cristo, único Soberano del orden social.

LA EVOLUCION DE LOS CUERPOS INTERMEDIOS, FEDERICO D. WILHELMSEN, Profesor de Filosofía en la Universidad de Dallas. Texas (U. S. A.). (Extraído de la revista Verbo)



samedi 20 septembre 2014

Más sociedad, menos estado (III)

... Nadie puede decir con certeza cuál habría sido el desarrollo occidental y, por lo tanto, de las instituciones autónomas si tres factores nuevos no se hubiesen intercalado en la historia de Occidente. Después de la evolución orgánica desde la caída del Imperio Romano hasta el siglo XV (mil años), esta red de instituciones autónomas y libres murió de repente. Más bien tres factores asesinaron los organismos representativos de la antigua cristiandad y así produjeron la crisis perpetua dentro de la cual el Occidente ha venido a dar durante cuatro siglos.
Estos tres factores fueron:
1) El nacimiento del Estado absoluto. Primeramente de hecho en Francia con el absolutismo borbónico y con la teoría de Juan Bodino.
2) El nacimiento del capitalismo liberal respaldado por el Calvinismo protestante.
3) La Revolución Industrial.
Si queremos localizar el papel potencial de los Cuerpos Intermedios en la sociedad actual tendremos que darnos cuenta del daño enorme hecho a la cristiandad por estas tres causas.
En primer lugar el nacimiento del Estado absoluto. El crecimiento del poder real en Francia, primeramente, y luego en todo el continente hizo desaparecer a todas las instituciones sobre las cuales ya he hablado. Quedaron unas momias de gremios, universidades, fueros y de los demás organismos de los que ya he hablado. Momias desangradas y despojadas de vida propia. El Estado centralizaba no solamente todo el poder, sino que toda la autoridad dentro de ella. Así, destrozando toda la autonomía de la sociedad, reduciéndola a un terreno enorme administrado desde la capital. Reduciéndola a un desierto enorme sin vitalidad propia.
Lo que empezó el absolutismo borbónico, la Revolución Francesa y liberal lo continuaron. Las regiones, primeramente en Francia, luego en España y en todo el mundo latino perdieron sus antiguos fueros y se redujeron a meras entidades administradas. Los gremios o desaparecieron o se marchitaron hasta llegar a ser reliquias pintorescas de una edad ya muerta.
El Estado liberal simplemente se apoderó de las Universidades en un robo gigantesco. Los bienes municipales pasaron al Estado para terminar en las manos de una clase nueva de burgueses. Lo que pasó era un levantamiento en masa de los ricos nuevos contra los pobres. Así defraudada y desilusionada, la nueva masa amorfa llegó a ser la víctima de la propaganda marxista.
En segundo lugar, el capitalismo liberal nació en Inglaterra y en Holanda, hasta cierto punto en Francia, Italia y más tarde en España y la América hispánica. El capitalismo liberal es la consecuencia directa del calvinismo protestante. Calvino había predicado que la gran masa de los hombres está predestinada al infierno. Dios señala a los pocos salvados, un puñado de santos, a través de unos signos o símbolos. Los calvinistas interpretaban a su maestro en un sentido capitalista, a saber: los santos son los hombres que han obtenido un éxito material en la vida. Por eso, el capitalismo, ya nacido en Europa antes, recibió la escuela que necesitaba para desarrollarse. Sellaba con una aprobación carismática, mesiánica, la nueva burguesía, aliada con el Estado absoluto nuevo, concentraba en todo lo posible la riqueza del continente en sus manos. Este dinamismo liberal y calvinista se compaginaba perfectamente con lo que el Estado absoluto estaba haciendo. Todo trabajaba en unión para que la antigua estructuración de la sociedad desapareciera.
Si Inglaterra hoy en día es un país de parques preciosos, y lo es, se debe al hecho de que estos parques habían sido las tierras de campesinos libres en el pasado, ahora convertidos en jardines y en campos de caza para una nueva clase que simplemente robó el país de sus antiguos dueños.
En España, por poner otro ejemplo, la cuarta parte de la tierra pasó en un año, en el siglo XIX, de la Iglesia y de los Municipios a las manos del liberalismo nuevo. Me refiero a la famosa desamortización de Mendizábal, masón.
En tercer lugar, estalló una revolución industrial. Si esa revolución se hubiera desarrollado a través de la estructuración católica de la cristiandad antigua, viviríamos en un mundo radicalmente diferente hoy. La máquina es un instrumento, ¿verdad?, nada más. Pudiera haber evolucionado en aras de un perfeccionamiento del empresario pequeño así como del grande. La Revolución Industrial pudiera haber encajado dentro de una sociedad no capitalista-liberal; pero nunca debernos olvidar que el liberalismo ya se había apoderado del Continente europeo antes del comienzo de la revolución industrial a fines del siglo XVIII.
Por eso la clase liberal-capitalista-calvinista y masónica en gran parte, pudo apoderarse de la técnica nueva en aras de sus propias metas. Decir que una sociedad llena de proletarios es el precio que tuvimos que pagar para el progreso técnico es simplemente una mentira.
Ahora bien, la Iglesia Católica lanzó su doctrina social sobre el papel imprescindible de los Cuerpos Intermedios en el siglo pasado, empezando con León XIII. En la Edad Media el contenido de esta doctrina era menos doctrina que vida, como ya hemos dicho, pero la formulación nueva de la misma realidad tuvo que tener en cuenta la existencia del Estado moderno. Lo que la filosofía política y social de la Iglesia exige, en una palabra, es que el Estado devuelva a la sociedad lo que el mismo Estado robó de ella a través de cuatro siglos de latrocinio, ni más ni menos.
Por eso, la doctrina papal encuentra su cetro dorado en el principio de la subsidiariedad. Este principio, la espina dorsal de la doctrina social de la Iglesia, tal y como aquella doctrina se ha desarrollado a través de las Encíclicas, aparece en Cuadragésimo Anno como el más importante principio de la filosofía social.
Se puede formular la idea central de subsidiariedad en estas palabras: Todo lo que pertenece a una sociedad o grupo inferior debe ser ejecutado por el grupo en cuestión, a menos que éste no pueda hacerlo. En tal caso, la sociedad inferior precisa de la ayuda de la sociedad inmediatamente superior a ella. Lo que se aplica a la familia en cuanto a sus relaciones con las sociedades superiores, a ella se aplica también dentro de la misma familia. El padre no debe asumir las responsabilidades de la madre, a no ser que ella no esté en condiciones para desempeñarlas. Los padres no deben asumir las responsabilidades de sus hijos, siempre que ellos tengan la madurez necesaria para llevarlas a cabo.
Este principio contiene dos componentes: por un lado la libertad, por el otro lado la solidaridad.
A la libertad pertenece la primera parte del principio. El grupo superior debe abstenerse de hacer lo que el inferior puede hacer libremente. Una intervención aquí haría que la voluntad y la responsabilidad, condiciones para el ejercicio de la libertad, se marchitasen. Tal intervención reduciría al hombre al nivel de un esclavo. A la solidaridad, la segunda parte del principio, pertenece lo positivo, el grupo superior debe intervenir cuando el inferior no puede hacer lo que por naturaleza le atañe.
Para poner un ejemplo: una sociedad que permitiese que el hombre muriese en la calle por no tener trabajo, pecaría gravemente contra la justicia, pero esta solidaridad de hombres y grupos no se restringe a una incapacidad, incluye también lo que pertenece por naturaleza a un grupo. Por ejemplo: no es propio de la familia defender la ciudad, donde tiene su casa y sus bienes, este trabajo pertenece a un organismo superior; el Ayuntamiento; pero, ojo aquí, el principio no tiene nada que ver con una eficacia puramente técnica. A menudo un organismo superior puede hacer el trabajo o cumplir con el deber de un organismo inferior mejor que él. Esto no tiene importancia alguna, según la doctrina de subsidiariedad; si lo tuviera caeríamos en una tecnocracia fría. Con tal de que el organismo inferior pueda desempeñar su papel aun con menos eficacia técnica, el organismo superior no debe de intervenir en absoluto. Como el gran pensador católico inglés, Chesterton escribió: "Hay muchos hombres que podrían organizar mi casa mejor que yo, pero eso no quita ni mi libertad ni responsabilidad para con mi propia casa."
En una palabra, el principio de la subsidiariedad no tiene nada que ver con la eficacia técnica sino con la libertad y con la solidaridad ...

vendredi 19 septembre 2014

Más sociedad, menos estado (II)

... Aquí tropezamos con el tema famoso de los fueros y de las libertades concretas de los Cuerpos Intermedios. Creo que podemos acercarnos a este problema dándonos cuenta de que el sentido de la ley en los tiempos de desarrollo de los Cuerpos Intermedios tuvo muy poco que ver con lo que llamamos hoy en día la Legislación. La legislación generalmente se limitaba a interpretar una ley ya existente en la comunidad. La ley era entonces foralista. La ley y el fuero apuntaban a una misma cosa. Cada región y cada reino gozaban de una multiplicidad enorme de leyes y de derechos; a saber, fueros, que tenían que ver por un lado con la justicia y por otro lado con el autogobierno, y podríamos añadir con los impuestos también.
A veces escritos y a veces no, los fueros nunca tenían un carácter unívoco. Al contrario, manando de suelos históricos diferentes, los fueros eran unos espejos de personalidades corporativas y sumamente concretas. Por ejemplo, los fueros de Castilla no eran los fueros de Aragón, y los fueros de Aragón no eran los fueros de Navarra, y los de Navarra no eran los de, vamos a decir, Polonia. Los mismos reyes reinaban y gobernaban según los fueros y a menudo se sentían oprimidos por la autoridad masiva que pertenecía a esta serie de leyes, costumbres y derechos. Ahora bien, precisamente aquí, en este desarrollo de la pluralidad de instituciones autónomas, el hombre occidental encontraba su libertad política. Por primera vez en la historia podemos decir, creo yo, sin exageración, que la libertad nació dentro de esa red de instituciones autónomas.
La libertad quiere decir, filosóficamente hablando, dos cosas: en primer lugar, la libertad de desarrollarse; en segundo lugar, la libertad de escoger entre alternativas y, sobre todo, entre alternativas en caso de un conflicto de intereses. Si el hombre católico de la antigua cristiandad hubiera pertenecido solamente a una institución, podría haberse desarrollado dentro de ella, ya sea gremio, municipio o lo que fuere, pero no habría gozado de la segunda libertad, la de escoger. Pero la misma persona —y aquí tenemos la clave, creo yo, de la libertad de escoger— pertenecía a varias instituciones y sociedades: a la familia, al municipio, al gremio, a una región o reino con sus propios fueros, etc. Debido a esta institucionalización múltiple o plural, la persona podía escoger en caso de conflicto entre dos o más instituciones. Si el gremio o el municipio —vamos a poner un ejemplo—, la persona concreta por pertenecer a ambos organismos podía escoger entre ellos.
La libertad política no nació con el sistema de partidos del liberalismo del siglo XVIII y del siglo XIX; libertad no quería decir libertad de escoger entre partidos, sino de escoger entre intereses en conflicto por parte de un hombre que se había incorporado a las dos o más instituciones que representaban los intereses en cuestión. El ejemplo más dramático de esto era la controversia entre el Imperio Romano y la Iglesia, Debido a ser sujeto de la Iglesia y del Imperio, el hombre simplemente tuvo que escoger entre ellos cuando el famoso conflicto se presentaba.
Siempre había conflictos en el orden jurídico, y sería un sueño imaginar que un orden político cristiano podría existir sin conflictos. El orden público cristiano no es ninguna utopía, sino la estructura política y social que mejor integra todas las dimensiones de la vida humana: dimensiones que a veces estarán en conflicto.
Desde este conflicto nace lo que debemos llamar libertad política, entendiendo por ella, no la libertad de desarrollarse (la primera libertad), sino la de escoger entre alternativas. Ahora bien, hablamos hoy día de los Cuerpos Intermedios y solemos pensar que se sitúan entre la persona, por un lado, y el Estado, por otro. Nuestra manera de conceptualizar el asunto no corresponde a la evolución histórica de esos organismos. Y no corresponde porque durante la etapa de evolución de estas instituciones el Estado moderno, como ya he explicado, simplemente no existía. El Estado no otorgaba a la comunidad un grupo de organismos autónomos, porque no había Estados, sino reinos o repúblicas que constituían el poder político.
Poder político no se identifica con la autoridad como ahora, debido a las consecuencias del absolutismo francés y de la Revolución Francesa; la autoridad pertenecía en primer lugar a Dios y a su Ley, cuyo representante en la tierra era la Iglesia.
La Autoridad, en segundo lugar, pertenecía a los mismos cuerpos, llamados hoy en día Intermedios.
El Gremio era la autoridad para todo lo que tuviera que ver con el gremio. El Municipio era la autoridad para todo lo municipal. La Universidad era la autoridad para todo lo científico. También los mismos fueros disfrutaban de una autoridad sui generis, y cualquier Rey que tratara de violar a los fueros perdía su legitimidad. No de origen, pero sí de ejercicio, según la distinción tradicionalista.
Por eso el poder público pactaba con el pueblo en aras de cumplir con su deber, el Bien Común, en cuanto a la justicia por dentro y la defensa por fuera.
Podemos ver el asunto más fácilmente, creo, si nos damos cuenta de que la misma sociedad estaba tan fuertemente institucionalizada y autogobernada que el papel del poder político o de lo que llamamos hoy en día poder central era muy limitado.
El poder sí era uno, pero esta unidad política se encontraba dentro de una comunidad que lo necesitaba solamente para la interpretación de la justicia, para la resolución de conflictos e intereses y para la defensa contra enemigos de fuera ...

jeudi 18 septembre 2014

Más sociedad, menos estado (I)


LA EVOLUCION DE LOS CUERPOS INTERMEDIOS
POR
FEDERICO D. WILHELMSEN.

Profesor de Filosofía en la Universidad de Dallas. Texas (U. S. A.).
(Extraído de la revista Verbo)


Cuando hablamos de los cuerpos intermedios tenemos que distinguir, según mi criterio, entre dos cosas:
1) Cuerpos Intermedios como realidades históricas.
2) Cuerpos Intermedios como Doctrina Social de la Iglesia.
 
 
Esta ha sido una doctrina elaborada a través de los últimos dos siglos, mientras que aquella fue una realidad palpable en la cristiandad medieval. Lo que me gustaría hacer entonces es lo siguiente: en primer lugar vamos a mostrar en líneas generales la evolución histórica de los cuerpos intermedios, y luego en segundo lugar vamos a indicar la vigencia doctrinal que éstos tienen para nuestra sociedad actual occidental.

Aunque las formas de gobierno, a saber: la Monarquía, Aristocracia, tienen una historia mucho más larga que la del cristianismo, no podemos decir lo misino en cuanto a los Cuerpos Intermedios. Son instituciones netamente representativas y libres que emanaban de una época exclusivamente cristiana.

La caída del Imperio Romano a través de un proceso largo de degeneración interior y de ataques bárbaros desde el exterior produjo en el continente europeo un vacío enorme; no debemos olvidar el hecho de que el Imperio Romano constituyó toda la civilización occidental de aquel entonces. Era un Estado cabalmente centralizado y unitario en los últimos siglos de su existencia, cuando se encontraba amenazado por las tribus bárbaras y germanas. La vida romana estaba organizada de la cumbre hasta abajo; de suerte que todos los detalles de la industria y del trabajo pertenecían a una burocracia gigantesca cuyo jefe era el mismo Emperador romano, primer soldado de la civilización.

Desde el siglo III después de Cristo, el Imperio era más una fortaleza que una sociedad, era más un ejército organizado para la defensa de una sociedad que una sociedad política. Podemos ver esto fácilmente. Ningún artesano podía cambiar su oficio, ni ningún socio de un gremio o sindicato podía subir o bajar en la vida. El Estado romano llega a ser como absoluto simplemente dedicado a la necesidad de lucha contra el enemigo, la barbarie. La caída del Imperio produjo un vacío enorme en Europa, el Estado romano desapareció, y lo que había sido un continente organizado y administrado desde un centro político volvió a ser nada más que polvo de tribus más o menos cristianas cuya vida política era la del clan y la de la sangre.

Con la cristianización del continente europeo un fenómeno nuevo en la historia del occidente ocurrió, a saber: debido a la desaparición del Estado central romano que antes había legislado todo, hasta los detalles más íntimos, más mínimos de la vida, los hombres tenían que gobernarse a sí mismos a la fuerza; no había otro remedio. El nacimiento de las instituciones autónomas y libres de la Edad Media no era la consecuencia de una teoría política, sino una necesidad impuesta por las circunstancias de la vida. Los pueblos europeos, todavía no autoconscientes de un sentido fuerte de la nacionalidad, tenían un ejemplo del autogobierno en las órdenes religiosas, en los grandes monasterios de los benedictinos, que formaron comunidades de monjes que procuraban para los suyos todas las necesidades de la vida. Los pueblos nuevos no podían mirar hacia el Estado porque el Estado, tal como entendemos la palabra hoy día, no existía; no había Estados, había reinos, eso sí. Pero el poder real era débil y los requisitos para gobernar a los hombres eran escasos.

Repito la tesis porque es sumamente importante paira entender el papel social y político de los Cuerpos Intermedios: el Estado no regaló a los pueblos una serie de instituciones autónomas intermedias por no existir el mismo Estado. Los hombres desde abajo creaban los cuerpos sociales de la nada.

Si la libertad humana se une estrechamente con la responsabilidad, podemos decir que la libertad occidental nació en aquel momento histórico cuando los pueblos europeos, espontáneamente y sin ningún mandamiento desde arriba, organizaron su propia vida social y corporativa alrededor de una red de organismos que engarzaban todas las dimensiones de la existencia humana. En cuanto al espacio y al tiempo, el Municipio puede considerarse como el enlace entre las familias individuales y los demás organismos que estaban naciendo a la vez.

Los campesinos en aquellos siglos no solían vivir en casas aisladas, sino en aldeas concentradas generalmente en un valle, organizando la vida política del mismo Municipio, según costumbres y leyes que emanaban, podríamos decir, del mismo suelo. Cada aldea tenía una constitución política pequeña, y ninguna de esas constituciones se identificaba con otra. Había una variedad casi infinita dentro del Municipio, que dependía de un señor feudal hasta el Municipio totalmente liberado de cualquier enlace con el feudalismo. Si el Municipio crecía debido a la necesidad de que las familias resolviesen sus problemas comunes según una red de costumbres y leyes, según una constitución generalmente no escrita, podemos decir algo semejante de los gremios, semillas del sindicato moderno.

Unos historiadores fechan el nacimiento del gremio o del sindicato en la ciudad de Oviedo, en Asturias; para nosotros lo importante es el hecho de que los artesanos formaban una serie de organismos que tenían como meta una red de finalidades propias. Los gremios fijaron los precios de sus productos, dejaban un nivel de excedencias para los mismos productos, establecían las reglas para el ejercicio de sus oficios, pero no se contentaban con limitar el campo de sus actividades a lo estrechamente económico. Cada gremio medieval tenía un tesoro para atender a las viudas v huérfanas de sus socios. Cada gremio creaba un fondo para atender a los trabajadores enfermos.

Así se mezclaba lo económico con lo social, de suerte que ambos se casaban en un matrimonio feliz. También los gremios gozaban de un papel religioso, ya que la intensidad con la cual los hombres vivían la fe en esos siglos hacía que los gremiales dedicaran sus oficios a un santo, a una virgen, y así el mismo trabajo se sacramentalizaba. Por muy dura y áspera que fuese la vida, los hombres de trabajo habían unido, casi espontáneamente, lo económico, lo social y lo espiritual. Las cofradías a veces eran los mismos gremios.

Una evolución paralela se dio en el campo de la educación. La Universidad es una institución puramente cristiana y católica en cuanto a su nacimiento. En la antigüedad había academias y colegios, pero ningún cuerpo de profesores y alumnos donde se concentraba toda la ciencia en un lugar determinado.

El desarrollo de la Universidad, con su estructuración en facultades y por grados de competencia, empezando con el bachiller medieval hasta el doctorado, pertenecía casi exclusivamente a la Iglesia. Baste decir aquí que cada Universidad se autogobernaba según una serie de reglas que emanaban desde dentro de ella, y el prestigio de la Universidad era tan enorme que los mismos reyes solían pedir su opinión sobre asuntos que tocaban la ley natural o el derecho natural. Y esos mismos reyes nunca se lanzaban a aventuras sin haber conseguido el consentimiento de las Universidades. El poder real, en aquellos tiempos siempre débil en comparación con los antiguos emperadores romanos y con el poder de los Estados modernos, encontraba un freno contra cualquier tendencia hacía la tiranía en las Universidades, los Gremios y los Municipios. El poder real tenía que "pactar" con la sociedad, ya que la sociedad no era la relación con un gobierno centralizado y tampoco era una mera extensión de ella. La sociedad se organizaba, como estamos viendo, desde dentro de su propio meollo. Por lo tanto, el poder político, generalmente monárquico en esos tiempos, tenía que dialogar con la sociedad a fin de conseguir sus propias metas...