samedi 28 janvier 2012

La Santa Misa ( y III ) El ángel cuenta los pasos


... Por eso deberíamos estimarnos afortunados cada vez que se nos ofrece la posibilidad de oír una Santa Misa, y no echarnos atrás ante cualquier sacrificio para no perderla, especialmente los días de precepto (domingos y festivos) en los que la obligación de participar en la Santa Misa es grave, y que, por tanto, el que no va comete pecado mortal. Pensemos en Santa María Goretti, quien para ir a Misa los domingos recorría a pie, entre ida y vuelta, ¡24 kilómetros! Pensemos en Santina Campana que se iba a Misa teniendo una fiebre altísima.
Pensemos en San Maximiliano Mª Kolbe que celebraba la Santa Misa en unas condiciones de salud tan impresionantes que hacía falta que lo sostuviera un Hermano en el altar para que no se cayese. Y ¿cuántas veces San Pío de Pietrelcina celebró la Misa preso de la fiebre y sangrando?
Y si las enfermedades impedían a los santos tomar parte en la Santa Misa, al menos se unían espiritualmente a los sacerdotes celebrantes en todas las iglesias de la tierra. Así lo hizo Santa Bernardita cuando tuvo que estar clavada al lecho durante mucho tiempo. Decía a sus hermanas: “La Misas se celebran perpetuamente en uno u otro sitio del mundo; yo me uno a todas estas Misas, sobre todo durante las noches que paso sin coger el sueño”.
En nuestra vida de cada día debemos preferir la Santa Misa a cualquier otra cosa buena, porque como dice San Bernardo: “Se obtiene más mérito oyendo devotamente una Santa Misa que distribuyendo a los pobres toda la sustancia propia y andando de peregrinación por toda la tierra”. Y no puede ser de otra manera porque no puede haber ninguna cosa en el mundo que pueda tener el valor infinito de una Santa Misa. “El martirio no es nada –decía el Santo Cura de Ars– en comparación con la Misa, porque el martirio es el sacrificio del hombre a Dios, mientras que la Misa es ¡el sacrificio de Dios por el hombre!”.
Tanto más debemos preferir la Santa Misa a las diversiones en las que se pierde el tiempo sin ninguna ventaja para el alma. San Luis IX, rey de Francia, oía varias Misas todos los días. Algún ministro se quejó de eso diciendo que podía dedicar ese tiempo en asuntos del reino. El santo rey le dijo: “Si emplease el doble de tiempo en diversiones y en la caza, nadie tendría nada que criticar”.
Seamos generosos y hagamos voluntariamente algún sacrificio para no perder un bien tan grande. San Agustín decía a sus cristianos: “Todos los pasos que da uno para ir a oír la Santa Misa, los va contando un Ángel, y Dios concederá un premio incomparable en esta vida y en la eternidad”. Y el Santo Cura de Ars añade: “¡Qué feliz se siente el Ángel de la Guarda que acompaña a un alma a la Santa Misa!”.

dimanche 22 janvier 2012

La Santa Misa (II) Gracias sublimes


Los efectos saludables que produce además cada Sacrificio de la Misa en las almas de los que participan en ella son admirables; obtiene el arrepentimiento y el perdón de las culpas, disminuye la pena temporal debida por los pecados, debilita el imperio de Satanás y los ardores de la concupiscencia, consolida los vínculos de la incorporación a Cristo, preserva de los peligros y desgracias, abrevia la duración del Purgatorio, procura un grado mayor de gloria en el Cielo. San Lorenzo Justiniano dice: “Ninguna lengua humana puede enumerar los favores que tienen su origen en el sacrificio de la Misa: El pecador se reconcilia con Dios, el justo se hace más justo, se cancelan las culpas, se aniquilan los vicios, se alimentan las virtudes y los méritos, y se rebaten las insidias diabólicas”. Por eso San Leonardo de Puerto Mauricio no paraba de exhortar a las multitudes que le escuchaban: “Oh pueblo engañado ¿qué haces? ¿Por qué no corres a la iglesia a oír todas las misas que puedas? ¿Por qué no imitas a los ángeles que cuando se celebra la Misa bajan en escuadrones desde el Cielo y se quedan en torno a nuestros altares, en adoración, para interceder por nosotros?”.
Si es verdad que todos tenemos necesidad de tener gracias para esta vida y para la otra, con nada se pueden obtener como con la Santa Misa. San Felipe Neri decía: “Con la oración pedimos a Dios las gracias; en la Santa Misa le obligamos a dárnoslas”. La oración hecha durante la Santa Misa implica a todo nuestro sacerdocio, bien sea el ministerial exclusivo del sacerdote, bien sea el común a todos los fieles. En la Santa Misa, nuestra plegaria va unida con la plegaria sacrificada de Jesús que se inmola por nosotros.
Especialmente durante el Canon, que es el corazón de la Misa, la plegaria de todos nosotros se convierte en la plegaria de Jesús presente entre nosotros. Los dos momentos del Canon Romano en los que se puede recordar a los vivos y a los difuntos son los momentos de oro de nuestra súplica: Podemos rezar por nuestras necesidades, podemos encomendar a las personas queridas, vivas y difuntas, precisamente en los instantes supremos de la Pasión y Muerte de Jesús entre las manos del sacerdote.
Aprovechémonos con delicadeza; los santos tenían mucha, y cuando se encomendaban a la plegaria de los sacerdotes les pedían que los recordasen sobre todo en el Canon.

En particular, en la hora de la muerte, las misas oídas devotamente serán nuestro mayor consuelo y esperanza; y una Misa oída durante la vida será más saludable que muchas misas oídas por otros a favor nuestro cuando hayamos muerto. San José Cottolengo garantiza una muerte santa a quien participa frecuentemente en la Santa Misa. También San Juan Bosco considera un signo de predestinación oír muchas Misas. “Estate segura –dijo Jesús a Santa Gertrudis– de que yo mandaré tantos de mis santos cuantas hayan sido las Misas bien oídas por quien oye devotamente la Santa Misa para protegerle y ayudarle en los últimos instantes de su vida”.
¡Qué consolador es esto! Tenía razón el Santo Cura de Ars al decir: “Si conociéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, ¡cuánto mayor celo pondríamos en oírla!”.
Y San Pedro Julián Eymard exhortaba así: “Entérate, oh cristiano, de que la Misa es el acto más santo de nuestra Religión; tú no podrías hacer nada más glorioso para Dios ni más provechoso para tu alma que oírla piadosamente y con la mayor frecuencia posible”.

Continuará…

mardi 17 janvier 2012

El Derecho Constitucional Católico

Muchos católicos de nuestros días se sienten desencantados o perdidos en política, e incluso, en las más de las ocasiones, profundamente errados a causa de las muchas mentiras que, a fuerza de ser repetidas, son consideradas verdades irrefutables.

Este clima de confusión y error creado por aquellos que indigna e ilegítimamente detentan el poder en nuestros días, conduce a las masas hacia las ideologías, que si bien son paupérrimas en sus razonamientos y simplonas en sus planteamientos, conceden una cómoda prisión para el pensamiento.

Por el contrario la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana, ha elaborado a los largo de los siglos, fundamentada en el Evangelio, las Sagradas Escrituras y su Sacrosanta Tradición, un corpus doctrinal que abarca todos los elementos de la existencia humana, espiritual y material, incluyendo como no podía ser de otro modo, las realidades políticas y sociales.

En contraposición a las ideologías, los razonamientos y planteamientos socio-políticos de la Iglesia Católica, son claros, ordenados, bien fundamentados y su lectura constituye un placer inusitado en el piélago de confusiones en el que nos vemos obligados a vivir los hombres de este siglo.

El desconocimiento que los fieles católicos tienen de este inmenso tesoro, condensado en multitud de Encíclicas de los Santos Padres, hace que ya no resulte sorprendente escuchar a muchos católicos que se tienen y se muestran abierta y públicamente como tales, e incluso a clérigos y sacerdotes, en ocasiones desde el púlpito, defender exactamente lo contrario de lo que la Santa Madre Iglesia establece como doctrina en muchos ámbitos de la vida de un discípulo de Nuestro Señor Jesucristo.

Un punto clave al que la mayoría de los católicos modernos dan la consideración de anatema, es la correcta y ordenada relación entre la Iglesia y el Estado. La mera alusión a la defensa de la necesaria confesionalidad estatal da lugar a los más enconados ataques.

Y sin embargo, ese estado laico en el que la única religión verdadera es colocada la mismo nivel que las religiones falsas, dónde la voluntad del pueblo es considerada la fuente fundamental del derecho y que, al menos en teoría, hace residir la soberanía en la nación, ese estado nacido de la revolución francesa de 1789 y fundamentado en los principios que inspiraron dicha sanguinaria revolución, fue condenado y rebatido por los Santos Padres en diversas Encíclicas, resultando sin duda especialmente esclarecedora la de Leon XIII, Immortale Dei, sobre la Constitución Cristiana del Estado, dada en 1885.

No me es posible transcribirla por completo en esta bitácora, por lo que invito a todos a leerla desde el enlace correspondiente, pero no me resisto a traer algún fragmento, que evidentemente sólo pueden comprenderse por completo en una lectura total del documento:

“… Ahora bien: ninguna sociedad puede conservarse sin un jefe supremo que mueva a todos y cada uno con un mismo impulso eficaz, encaminado al bien común. Por consiguiente, es necesaria en toda sociedad humana una autoridad que la dirija. Autoridad que, como la misma sociedad, surge y deriva de la Naturaleza, y, por tanto, del mismo Dios, que es su autor. De donde se sigue que el poder público, en sí mismo considerado, no proviene sino de Dios. Sólo Dios es el verdadero y supremo Señor de las cosas. Todo lo existente ha de someterse y obedecer necesariamente a Dios. Hasta tal punto, que todos los que tienen el derecho de mandar, de ningún otro reciben este derecho si no es de Dios, Príncipe supremo de todos. «No hay autoridad sino pos Dios». Por otra parte, el derecho de mandar no está necesariamente vinculado a una u otra forma de gobierno. La elección de una u otra forma política es posible y lícita, con tal que esta forma garantice eficazmente el bien común y la utilidad de todos. Pero en toda forma de gobierno los jefes del Estado deben poner totalmente la mirada en Dios, supremo gobernador del universo, y tomarlo como modelo y norma en el gobierno del Estado …”

“… El principio supremo de este derecho nuevo es el siguiente: todos los hombres, de la misma manera que son semejantes en su naturaleza específica, son iguales también en la vida práctica. Cada hombre es de tal manera dueño de sí mismo, que por ningún concepto está sometido a la autoridad de otro. Puede pensar libremente lo que quiera y obrar lo que se le antoje en cualquier materia. Nadie tiene derecho a mandar sobre los demás. En una sociedad fundada sobre estos principios, la autoridad no es otra cosa que la voluntad del pueblo, el cual, como único dueño de sí mismo, es también el único que puede mandarse a sí mismo. Es el pueblo el que elige las personas a las que se ha de someter. Pero lo hace de tal manera que traspasa a éstas no tanto el derecho de mandar cuanto una delegación para mandar, y aun ésta sólo para ser ejercida en su nombre.

Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni …”

“… La sola razón natural demuestra el grave error de estas teorías acerca de la constitución del Estado. La naturaleza enseña que toda autoridad, sea la que sea, proviene de Dios como de suprema y augusta fuente. La soberanía del pueblo, que, según aquéllas, reside por derecho natural en la muchedumbre independizada totalmente de Dios, aunque presenta grandes ventajas para halagar y encender innumerables pasiones, carece de todo fundamento sólido y de eficacia sustantiva para garantizar la seguridad pública y mantener el orden en la sociedad. Porque con estas teorías las cosas han llegado a tal punto que muchos admiten como una norma de la vida política la legitimidad del derecho a la rebelión. Prevalece hoy día la opinión de que, siendo los gobernantes meros delegadas, encargados de ejecutar la voluntad del pueblo, es necesario que todo cambie al compás de la voluntad del pueblo, de donde se sigue que el Estado nunca se ve libre del temor de la revoluciones …”

Apasionante ¿no les parece?

lundi 16 janvier 2012

Encadenados a la galera

Quiero pensar que el periodo histórico que nos ha tocado vivir no es radicalmente distinto de ningún otro anterior.

Las dificultades que un hombre justo encuentra hoy en día para sobrevivir rodeado de iniquidad sin dejarse corromper, también las sufrieron todos los justos que en el mundo han sido, desde el principio de los tiempos.

Esta pequeña reflexión introductoria me concede la esperanzadora idea de que si hoy, tras milenios de civilización humana, seguimos existiendo hombres y mujeres, pocos o muchos, dispuestos a enfrentarnos al enemigo, e incluso a nosotros mismos, para avanzar en el camino de la perfección, si todas las poderosísimas fuerzas del mal no han conseguido exterminar del alma humana la luz divina del bien, es posible que tampoco ahora puedan con nosotros.

Dicho esto, la ofensiva demoníaca que empieza en estos albores del año 2012 empieza a tomar forma patente en España.

La horrenda y maléfica nave del capitalismo parece haber encallado, y sus pérfidos gobernantes se disponen a conseguir que continúe su horrible travesía de sufrimiento y esclavitud.

Para ello emplean las armas de costumbre, aumentar el ritmo de boga de los galeotes, reducir las raciones de alimento de los condenados, desterrar cualquier atisbo de benevolencia o esperanza en las miserables vidas de los esclavos, y por supuesto encadenarlos a la nave, para dejar claro que, si la nave naufraga, su destino será ahogarse con ella.

En román paladino, los sueldos bajan, las condiciones de trabajo empeoran, los horarios se hacen aún más infernales, el despido más fácil, y además se suprimen festividades y descansos semanales.

Lo terrible no es sólo todo eso. Lo que no puedo soportar es la testaruda negativa de los católicos a reconocer la evidencia; que todas las medidas que se recogen en los planes del nuevo gobierno, son radicalmente anti-cristianas.

Creo que la primera obligación de los católicos en este año que empieza es leer con atención y de forma pormenorizada, al menos las encíclicas Rerum Novarum de León XIII (1891) y Quadragésimo Anno de Pío XI (1931).

Tal vez entonces empiecen, todos nuestros hermanos en la Fe, a ver con claridad que no podemos aceptar que el sueldo de los obreros y sus condiciones de trabajo se decidan al margen del Estado, en función del beneficio que su trabajo reporte al empleador, sin que las cargas y necesidades de sus familias tengan nada que ver en ello.


Tal vez entonces estén dispuestos a defender el derecho inviolable al descanso dominical, cuyo fin no es permitir al obrero reparar sus fuerzas para servir con más eficacia a su patrón, sino disponer de una jornada de cada siete para dar a Dios la Gloria y Alabanza debidas, para dedicar al crecimiento personal y espiritual, y para compartir y disfrutar en paz con la familia.


Tal vez entonces empecemos a ver a todos los hijos de la Santa Madre Iglesia, oponerse a que el gobierno se permita decidir sobre las festividades religiosas, modificando arbitrariamente su fecha de celebración, o incluso aboliéndolas, sin que se escuche alzarse la voz acusatoria de nuestros obispos ante tamaña herejía.


En ocasiones anteriores de gobierno de eso que dan en llamar “la derecha”, hemos vivido tímidas concesiones al “electorado católico” para acallar conciencias “flexibles” y acomodaticias. En este momento no hay atisbo alguno. Las factorías de la muerte abortistas continúan en pleno rendimiento al amparo de una legislación criminal, el adoctrinamiento liberal de niños y jóvenes sigue imparable, los ataques a las familias, en forma de divorcios rápidos, uniones contra natura y otras aberraciones se multiplican sin freno, y el descrédito de cualquiera que alce la bandera de la Tradición Católica es norma de obligado cumplimiento.

En fin, al menos usted, estimado lector, no deseche la idea de leer o releer las encíclicas básicas de la Doctrina Social de la Iglesia, y cuando alguno de sus familiares, amigos o conocidos, respetables y responsables votantes del Partido Popular, le traten de explicar las bondades y excelencias de los planes con los que nuestro flamante nuevo gobierno devolverá a España la prosperidad, cuya pérdida sólo es imputable a los errores y mentiras de gobiernos socialistas, no dude en iluminar su ceguera con los sabios argumentos doctrinales que nos legaron, entre otros, nuestros prudentísimos Sumos Pontífices León XIII y Pío XI.

mercredi 11 janvier 2012

La Santa Misa (I): El altar y el Calvario

Quiero en primer lugar desear a cuantos me hacen el honor de leer mis humildes reflexiones en esta bitácora, un próspero, feliz y santo nuevo año 2012.

Es mi deseo en este nuevo año comenzar mis aportaciones centrándome en lo fundamental y dejando de lado lo accesorio, lo que no tiene importancia, el ruido del mundo.

Por eso en estos primeros días de enero pretendo traer para el beneficio de todos, unos bellísimos extractos sobre la Eucaristía, escritos por el franciscano Fr. Stefano Maria Manelli O.F.M. (Ordo Fratrum Minorum), nacido en mayo de 1933, sexto de los veintiún hijos de los Siervos de Dios Settimio Manelli y Licia Gualandris, cuyas causas de beatificación se encuentran abiertas en Roma, que siendo muy niño se trasladó con su familia a los alrededores de San Giovanni Rotondo, donde vivía el famoso sacerdote capuchino San Pío de Pietrelcina OFMCap (Ordo Fratum Minorum Cappuccinorum). El santo se convirtió en su confesor, catequista y director espiritual, y el pequeño Stefano recibió su Primera Comunión de las estigmatizadas manos del Padre Pío en 1938, sirviendo en los siguientes años cientos de veces las misas del santo. Por consejo de San Pío de Pietrelcina, ingresó en el seminario menor de los Franciscanos Conventuales en Copertino en diciembre de 1945, cuando contaba con doce años de edad. Profesó sus primeros votos en octubre de 1949, y su Profesión Solemne en mayo de 1954. Fue ordenado sacerdote en la Solemnidad de Cristo Rey el 30 de octubre de 1955 (*).

El extracto que quiero compartir con todos, trata sobre la Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz, y comienza con la siguiente reflexión: Solamente en el Cielo comprenderemos la maravilla divina que es la Santa Misa. Por mucho que uno se esfuerce y por mucho que se sea santo y se esté inspirado, no se puede más que balbucear sobre esta obra divina que trasciende los hombres y los ángeles. Un día le dijeron a San Pío de Pietrelcina: “Padre, explíquenos la Santa Misa”. “Hijos míos –repuso el Padre– ¿cómo puedo explicárosla? La Misa es infinita como Jesús... Preguntadle a un ángel qué es una Misa y él os responderá en verdad: Comprendo lo que es y por qué se dice, pero lo que no comprendo es todo lo que vale. Un ángel, mil ángeles, en todo el cielo lo saben y piensan así”.

He aquí la primera parte:

San Alfonso Mª de Ligorio llegó a afirmar: “Dios mismo no puede hacer que haya una acción más santa y más grande que la celebración de una Santa Misa”. ¿Por qué? Porque la Santa Misa se puede decir que es la síntesis de la Encarnación y de la Redención; contiene el Nacimiento, la Pasión y la Muerte de Jesús por nosotros. El Concilio Vaticano II nos enseña: “Nuestro Salvador en la Última Cena, la noche en que iba a ser entregado, instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, en el que perpetuar el Sacrificio de la Cruz a lo largo de los siglos hasta que Él vuelva” (Sacrosanctum Concilium, n. 47).

El papa Pío XII ya había manifestado este pensamiento asombroso: “El altar de nuestras iglesias no es diferente del altar del Gólgota; es también un monte coronado por la Cruz y por el crucifijo en el que tiene lugar la reconciliación de Dios con el hombre”. Y Santo Tomás escribió: “La celebración de la Misa vale tanto como vale la muerte de Jesús en la Cruz”.

Por eso San Francisco de Asís decía: “El hombre debe temblar, el mundo debe estremecerse, el cielo entero debe estar conmovido cuando el Hijo de Dios aparece en el altar entre las manos del sacerdote”.

En realidad, al renovar el Sacrificio de la Pasión y de la Muerte de Jesús, la Santa Misa es algo tan grande que basta por sí sola para contener la Justicia Divina.

“Toda la cólera y la indignación de Dios –afirma San Alberto Magno– cede ante esta ofrenda”.

Santa Teresa de Jesús decía a sus hijas: “Sin la Santa Misa ¿qué sería de nosotras? Todo perecería aquí abajo porque sólo Ella puede parar el brazo de Dios”.

Ciertamente, sin Ella la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido desesperadamente. “Sin la Santa Misa, la tierra estaría aniquilada hace mucho tiempo a causa de los pecados de los hombres”, enseñaba San Alfonso Mª de Ligorio. “Sería más fácil que la tierra se gobernara sin el sol que sin la Santa Misa”, afirmaba San Pío de Pietrelcina, haciéndose eco de San Leonardo de Puerto Mauricio que decía: “Creo que si no hubiera Misa, el mundo ya se habría hundido bajo el peso de su iniquidad. La Misa es el poderoso apoyo que lo mantiene”.

Continuará…

(*) Recordemos que la Solemnidad de Cristo Rey fue promulgada por Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 por medio de su Encíclica “Quas primas”, que la fijó en el domingo anterior a la Solemnidad de Todos los Santos.

mardi 27 décembre 2011

Veni ad salvandum nos



BENEDICTO XVI
MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, 25 de diciembre de 2011


Queridos hermanos y hermanas de Roma y del mundo entero
Cristo nos ha nacido. Gloria a Dios en el cielo, y paz a los hombres que él ama. Que llegue a todos el eco del anuncio de Belén, que la Iglesia católica hace resonar en todos los continentes, más allá de todo confín de nacionalidad, lengua y cultura. El Hijo de la Virgen María ha nacido para todos, es el Salvador de todos.
Así lo invoca una antigua antífona litúrgica: «Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro». Veni ad salvandum nos. Este es el clamor del hombre de todos los tiempos, que siente no saber superar por sí solo las dificultades y peligros. Que necesita poner su mano en otra más grande y fuerte, una mano tendida hacia él desde lo alto. Queridos hermanos y hermanas, esta mano es Cristo, nacido en Belén de la Virgen María. Él es la mano que Dios ha tendido a la humanidad, para hacerla salir de las arenas movedizas del pecado y ponerla en pie sobre la roca, la roca firme de su verdad y de su amor (cf.Sal 40,3).
Sí, esto significa el nombre de aquel niño, el nombre que, por voluntad de Dios, le dieron María y José: se llama Jesús, que significa «Salvador» (cf. Mt 1,21; Lc 1,31). Él fue enviado por Dios Padre para salvarnos sobre todo del mal profundo arraigado en el hombre y en la historia: ese mal de la separación de Dios, del orgullo presuntuoso de actuar por sí solo, del ponerse en concurrencia con Dios y ocupar su puesto, del decidir lo que es bueno y es malo, del ser el dueño de la vida y de la muerte (cf. Gn 3,1-7). Este es el gran mal, el gran pecado, del cual nosotros los hombres no podemos salvarnos si no es encomendándonos a la ayuda de Dios, si no es implorándole: «Veni ad salvandum nos - Ven a salvarnos».
Ya el mero hecho de esta súplica al cielo nos pone en la posición justa, nos adentra en la verdad de nosotros mismos: nosotros, en efecto, somos los que clamaron a Dios y han sido salvados (cf. Est10,3f [griego]). Dios es el Salvador, nosotros, los que estamos en peligro. Él es el médico, nosotros, los enfermos. Reconocerlo es el primer paso hacia la salvación, hacia la salida del laberinto en el que nosotros mismos nos encerramos con nuestro orgullo. Levantar los ojos al cielo, extender las manos e invocar ayuda, es la vía de salida, siempre y cuando haya Alguien que escucha, y que pueda venir en nuestro auxilio.
Jesucristo es la prueba de que Dios ha escuchado nuestro clamor. Y, no sólo. Dios tiene un amor tan fuerte por nosotros, que no puede permanecer en sí mismo, que sale de sí mismo y viene entre nosotros, compartiendo nuestra condición hasta el final (cf. Ex 3,7-12). La respuesta que Dios ha dado en Jesús al clamor del hombre supera infinitamente nuestras expectativas, llegando a una solidaridad tal, que no puede ser sólo humana, sino divina. Sólo el Dios que es amor y el amor que es Dios podía optar por salvarnos por esta vía, que es sin duda la más larga, pero es la que respeta su verdad y la nuestra: la vía de la reconciliación, el diálogo y la colaboración.
Por tanto, queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo, dirijámonos en esta Navidad 2011 al Niño de Belén, al Hijo de la Virgen María, y digamos: «Ven a salvarnos». Lo reiteramos unidos espiritualmente tantas personas que viven situaciones difíciles, y haciéndonos voz de los que no tienen voz.
 Invoquemos juntos el auxilio divino para los pueblos del Cuerno de África, que sufren a causa del hambre y la carestía, a veces agravada por un persistente estado de inseguridad. Que la comunidad internacional no haga faltar su ayuda a los muchos prófugos de esta región, duramente probados en su dignidad.
Que el Señor conceda consuelo a la población del sureste asiático, especialmente de Tailandia y Filipinas, que se encuentran aún en grave situación de dificultad a causa de las recientes inundaciones.
Y que socorra a la humanidad afligida por tantos conflictos que todavía hoy ensangrientan el planeta. Él, que es el Príncipe de la paz, conceda la paz y la estabilidad a la Tierra en la que ha decidido entrar en el mundo, alentando a la reanudación del diálogo entre israelíes y palestinos. Que haga cesar la violencia en Siria, donde ya se ha derramado tanta sangre. Que favorezca la plena reconciliación y la estabilidad en Irak y Afganistán. Que dé un renovado vigor a la construcción del bien común en todos los sectores de la sociedad en los países del norte de África y Oriente Medio.
Que el nacimiento del Salvador afiance las perspectivas de diálogo y la colaboración en Myanmar, en la búsqueda de soluciones compartidas. Que nacimiento del Redentor asegure estabilidad política en los países de la región africana de los Grandes Lagos y fortaleza el compromiso de los habitantes de Sudán del Sur para proteger los derechos de todos los ciudadanos
Queridos hermanos y hermanas, volvamos la vista a la gruta de Belén: el niño que contemplamos es nuestra salvación. Él ha traído al mundo un mensaje universal de reconciliación y de paz. Abrámosle nuestros corazones, démosle la bienvenida en nuestras vidas. Repitámosle con confianza y esperanza: «Veni ad salvandum nos».

mardi 20 décembre 2011

Calendarios y progresismo

VAMOS TIRANDO
BITÁCORA DE GONZALO GARCÍA
Cuando he leído esta mañana en la bitácora de Gonzalo García, “Vamos tirando”, su entrada titulada “Calendario escolar”, he comenzado a intentar escribir un comentario, pero me ha salido tan largo que he optado por publicarlo como entrada de mi propio blog.

Y es que el tema que trata, con todas sus derivadas, es un asunto central en mi vida, y creo que en la vida de muchos de nosotros.

Mi aportación consistirá en mi experiencia y mi punto de vista al respecto.

Cuando era niño, la situación familiar en mi casa, en lo que a cuestiones “socio-laborales” se refiere, consistía fundamentalmente en que mi padre trabajaba durante el día en una cosa, y por la tarde-noche en otra, de modo que, con los dos salarios que obtenía, le alcanzaba a duras penas para el sostenimiento familiar. Eso le suponía salir de casa cada mañana cuando los críos aún estábamos durmiendo, y regresar cuando estábamos a punto de irnos a la cama. Teniendo en cuenta que por aquel entonces se trabajaba también los sábados por la mañana, no puede decirse que mi padre “disfrutase mucho la infancia de sus hijos” precisamente.
Pero eso sí, gracias a ello, mi madre estaba siempre en casa, que la tenía como una patena, se ocupaba de cuanto era preciso para que el hogar fuera un paraíso de orden y organización, compraba, cocinaba, limpiaba, planchaba, nos llevaba y recogía del colegio, etc.

¿Qué pasa hoy en mi familia? Pues que trabajamos asalariados mi esposa y yo para poder, a duras penas también, sostener económicamente el hogar. En vez de tener yo dos empleos como mi padre, tenemos uno cada uno. La consecuencia es que el resto de tareas que en mi niñez correspondían a mi madre, las repartimos entre ella y yo. El trabajo de mi mujer le permite llegar a tiempo para recoger a nuestros hijos del colegio, y yo, que llego algo más tarde, me incorporo después a las labores hogareñas diarias que ella organiza, como es natural.
¿Hemos progresado? Sin entrar en consideraciones más profundas, a mi me parece que viene ser casi lo mismo, o peor, ahora que en los años sesenta.

Pero no todo es tan fácil como pudiese parecer, luego vienen las diferencias entre los calendarios escolar y laboral. La única opción posible consiste en que mi mujer y yo disfrutemos de la mayoría de nuestros “días libres” en fechas diferentes, de modo que entre los dos podamos cubrir las vacaciones escolares. Aún así resulta imposible, y hay que “parchear” con algún recurso a los abuelos u otros familiares sin cargas infantiles, pero tratando de reducir este recurso al mínimo posible.
No me quejo, ya que pasar unos días con mis hijos es sinceramente uno de los mayores placeres que puedo imaginar, a pesar de los pesares. También es cierto que, en la medida de lo posible, resulta imprescindible disponer de días de asueto comunes para toda la familia al completo, faltaría más.
Como muy bien resume el título de la bitácora de Gonzalo, “vamos tirando”.

Ahora contaré brevemente qué diferente fue nuestra estancia de algunos años en Francia. Allí mi situación laboral me permitió sostener económicamente a mi familia con la única aportación de mi salario. Lo que, dicho sea de paso, no resulta extraño en una nación en la que el salario mínimo interprofesional es más del doble del español, y el estado paga a los padres una cantidad mensual aproximada de cien euros por hijo, durante toda su infancia y juventud, aparte de otras muchas ventajas familiares.
Estas circunstancias ideales llevan, sin que nadie lo organice, ni lo promueva, ni lo establezca, a que la sociedad opte por lo natural, que las madres se dediquen al cuidado de sus familias de modo exclusivo, al menos desde el nacimiento de los hijos hasta unos veinte años después.
Mis hijos aún añoran aquellos años en los que podían venir a comer a casa cada mediodía, disfrutando del amor, la compañía y la comida de su madre, y teniendo un tiempo de auténtico descanso reparador en mitad de la jornada. Aquellos años en los que cuando llegaba una festividad escolar que no coincidía con otra laboral mía, sencillamente se levantaban más tarde, desayunaban tranquilamente con su madre y disfrutaban del merecido descanso.
Y claro, de este modo se puede organizar el sistema educativo de un modo racional y adaptado a las especiales características de los niños, que no son las mismas que las de los adultos. Los niños franceses, al menos en aquel entonces, acudían a la escuela lunes, martes, jueves, viernes y sábados por la mañana. Los miércoles tenían libre para dedicarlo a otras actividades y así partir y rebajar la dureza de una semana completa.
Les aseguro que mis hijos no llegaban a casa los viernes tan terriblemente agotados como les sucede aquí en España. Y desde luego puedo asegurar que aprendían bastante más en su escuela francesa, en la que jamás conocieron el nombre de pila de sus maestros, a los que trataban de usted y anteponiendo el tratamiento al apellido, que en esta especie de comuna-guardería en que se han convertido las escuelas españolas. Todas.
Por otra parte, las vacaciones de verano eran más cortas, aproximadamente dos meses, y durante el curso venían a tener quince días de vacaciones cada trimestre.
Yo también me acostumbré a distribuir más racionalmente mis vacaciones a lo largo del año para coincidir en lo posible con las escolares, y también lo recuerdo con añoranza.

Pero claro, todo eso se llama protección a la familia, tema al que el candidato a presidente de gobierno de España, a pesar de incluirlo tímidamente en su programa electoral, dedicó ayer una parte tan importante de su discurso de investidura como la dedicada al crimen del aborto, ni una sola palabra (¿Hazte oír?).
A lo que se dedicó el señor Rajoy ayer fue a explicar cómo vamos a pagar los de siempre, la crisis que han provocado los sinvergüenzas que las provocan siempre.
Y los festivos todos en lunes. Sinceramente me importa un ardite, teniendo en cuenta que cuando llega uno de los famosos “puentes”, si no quiero ir a trabajar los días lectivos que quedan entre los festivos, es con perjuicio de los días libres que me corresponden anualmente. Así que, a no ser me quiten días de vacaciones, todo sigue igual.
Y ya hace años que me veo en la tesitura de pedir unas horas libres en mitad de una jornada laboral para acudir a misa en un día de precepto, o bien optamos por ir todos juntos a misa de 8 por la tarde.

Ahora bien, estaremos atentos al calendario de festividades tradicionales católicas, españolas y universales. Pero tampoco se trata de algo nuevo. Cuando la Santa Madre Iglesia pasó la festividad del Corpus Cristi, por poner un ejemplo, del tradicional jueves al domingo, las autoridades civiles, como pasó el año pasado en el “pepero” Madrid, volvieron a declarar festivo ese jueves. Por fastidiar con “j”, como dice Gonzalo.

Estoy totalmente de acuerdo con Gonzalo García, mi experiencia es que a los padres “modernos” les resultan molestos sus hijos, y cuando no pagan al colegio para que se los “quite de en medio”, se los endosan a la pobre inmigrante de turno, a los sufridos abuelitos, o directamente a la televisión y la videoconsola.

Yo, esta Navidad, la pasaré en casa con mis queridísimos hijos la semana entre Navidad y Año Nuevo, mientras mi mujer trabaja fuera de casa por las mañanas, la semana siguiente será a la inversa, y los fines de semana de Nochebuena, Nochevieja y Reyes Magos, los pasaremos todos juntos D.m. celebrándolos como deben celebrar las festividades las familias católicas, en primer lugar “santificando las fiestas”.

PS: no me cabe ninguna duda de que, el tiempo que mis hijos pasen conmigo y con su madre, sin ir al colegio, aprenderán mucho más y adquirirán mucho mejores hábitos. De hecho hace años que estoy convencido de que sería mejor educarlos completamente en casa, sin ir a la escuela.

lundi 19 décembre 2011

Una Navidad adulta

Una de las armas más peligrosas que emplea la modernidad para destruir las sociedades tradicionales es sin duda la “infantilización”. Podemos descubrir muy fácilmente el empleo de esta estrategia diabólica, en multitud de detalles.
Todo lo que se considera bueno o deseable hoy en día, está relacionado con la juventud o la infancia. La edad adulta, la madurez, tiene “mala prensa”, se relaciona con la pérdida de ideales, el conformismo o la rutina, mientras la vejez sólo se salva en tanto en cuanto suponga un retorno a la infancia.
La reacción lógica del hombre moderno ante este modelo universalmente aceptado, ante el pensamiento único, es tratar de prolongar la juventud lo más posible, aproximándola a la vejez, para evitar una madurez demasiado prolongada. Se trata fundamentalmente de evitar compromisos, de no aceptar responsabilidades, retrasando o evitando, por ejemplo, el matrimonio y la maternidad o paternidad, permaneciendo en el hogar paterno hasta décadas después de la mayoría de edad, etc.
Resulta especialmente ridículo ver a hombres de mi edad que visten y hablan como adolescentes, a los padres de los compañeros de mis hijos que parecen sus abuelos, o a tantos divorciados persiguiendo jovencitas que podrían ser sus hijas.
En fin, esta pequeña introducción pretende ayudarme a reflexionar un poco más sobre la Navidad que, como apunté la semana pasada, es una de las festividades católicas que más sufre por una parte la tendencia infantiloide, y por otra la paganización salvaje y sacrílega.

Antes de empezar, resulta de ley agradecerle al sacerdote que dice la misa de una los domingos en mi parroquia sus inspiradas homilías.

El evangelio del último domingo de adviento, según el misal católico en vigor, es el pasaje de la anunciación (Lc 1, 26-38): “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
– «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
– «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel
– « ¿Cómo será eso pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
– «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
– «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.”

Me detendré brevemente en la parte fundamental de este pasaje del Evangelio. Cuando el Ángel llama a la Bienaventurada siempre Virgen María “llena de gracia”, la Santísima Virgen “se turbó”.
Desde un punto de vista infantil, inmaduro, podemos imaginar esta turbación provocada por la propia visión del Ángel, la luz, el resplandor, o lo que nuestra imaginación nos evoque.
Pero no se trata de nada de eso. Se trata de la expresión “llena de gracia”, de “haber encontrado gracia ante Dios”.
A lo largo de las Escrituras, todo aquel que encontró gracia ante Dios, recibió una misión. Si pensamos un poco resulta absolutamente lógico. Cuando Dios nos encomienda una misión, y a todos nos encomienda alguna, la condición previa es el don de la gracia.
Y es condición previa porque las misiones que Dios nos encomienda son siempre “misiones imposibles”, mucho más que las de la famosa serie de televisión que recrean las películas de Tom Cruise. Son absolutamente imposibles, porque están hechas a la medida de Dios, no a la nuestra.
Por eso necesitamos la gracia. Sin la gracia de Dios no podemos nada, y con ella lo podemos todo, “porque para Dios nada hay imposible”.
Sin duda la misión que presenta el Ángel es absolutamente imposible según criterios humanos. Y cuando la Santísima Virgen contesta que no conoce varón, no se refiere a San José. No conoce, porque no puede conocer, a ningún varón humano capaz de engendrar al Hijo de Dios, capaz de encarnar al Verbo.
La Virgen María, tras la lógica turbación inicial, acepta la misión. Y tampoco entonces se comporta de un modo inmaduro o infantil. No dice “voy a hacerlo”, o “lo haré”, no; se sabe instrumento de Dios, que sólo con la gracia divina de su parte podrá llevar a término la “misión imposible” que se le encomienda. Por eso dice “hágase en mí según tu palabra”.
¡Qué incomparable ejemplo para todos los cristianos!
Sin duda en nuestros días hay multitud de “misiones imposibles”. Educar a los hijos “como Dios manda”, inculcándoles los principios del Evangelio, a poco que analicemos el mundo en que se verán obligados a vivir desde su infancia, no es que parezca imposible, es que lo es.
Seguir el Evangelio, vivir la Palabra de Dios según nos enseña la Santa Madre Iglesia, perdonando a nuestros enemigos, haciendo incluso el bien a nuestros enemigos, es absolutamente imposible. No se puede.
Pero basta con decirle a Dios “hágase”, “fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra” como Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a rezar el Padre Nuestro, y el milagro se produce.
El Espíritu Santo viene sobre nosotros, y la fuerza del Altísimo nos cubre con su sombra, con su manto, para obrar el milagro preciso, del mismo modo que en cada Eucaristía desciende para obrar el de la transubstanciación.

Una vez más, Feliz Navidad a todos y que pronto podamos unirnos a la legión del ejército celestial, para alabar a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».


vendredi 16 décembre 2011

O tempora, o mores (III)


Estoy leyendo un libro de Max Gallo titulado “Louis XIV, Le Roi-Soleil”, que me regalaron en edición de bolsillo por la compra de otros dos, en un rato libre que tuve en mi última visita a nuestros vecinos del norte de los Pirineos.
Por más que sea una parte de la historia bastante conocida, la lectura resulta apasionante. El enfrentamiento, secular desde aquellos dos gigantes que fueron Carlos I y François I, de las dos monarquías católicas, tan parecidas y a la vez tan diferentes, la labor de la esposa de Louis XIII de Francia y madre de Louis XIV, Ana de Austria, hija de Felipe III y hermana de Felipe IV, y finalmente la Paz de los Pirineos y el matrimonio del Rey Sol con María Teresa de Austria, hija de Felipe IV, que unirá definitivamente los destinos de España y Francia bajo la flor de lis borbónica…
Y precisamente mi reflexión de hoy empieza con una cita del Cardenal Giulio Mazzarini, primer ministro en la primera etapa del reinado de Louis XIV, continuando la tarea que el Cardenal Richelieu ejerciera con Louis XIII. Para convencer a Louis XIV de la necesidad de su matrimonio con la infanta María Teresa, en beneficio de las dos naciones que encabezan la Cristiandad, y para disuadirle de la peregrina idea de desposar a Maria Mancini, la sobrina del Cardenal, de la que el monarca se había “encaprichado”, il cardinale Giulio Raimondo Mazarino nos deja esta impagable cita:
"Dieu a établi les rois pour veiller au bien, à la sûreté et au repos de leurs sujets, et non pas pour sacrifier ce bien-là à leurs passions particuliers [...] C'est pourquoi je vous supplie de considérer quelles bénédictions vous pourriez attendre de Dieu et des hommes si, pour cela, nous devions recommencer la plus sanglante guerre qu'on ait jamais vue. " - " Souvenez-vous de ce que j'ai eu l'honneur de vous dire plusieurs fois lorsque vous m'avez demandé le chemin qu'il fallait tenir pour être un grand roi : qu'il fallait commencer par faire les derniers efforts, afin de n'être pas dominé d'aucune passion ; car, quand ce malheur arrive, quelque bonne volonté qu'on ait, on est hors d'état de faire ce qu'il faut. " - " Je vous conjure, pour votre gloire, pour votre honneur, pour le service de Dieu, pour le bien de votre royaume et pour tout ce qui vous peut le plus toucher, de faire généreusement force sur vous. "
Quedémonos con la primera frase, “Dios ha establecido a los reyes para velar por el bien, la seguridad y el descanso de sus súbditos, y no para sacrificar estos bienes a sus pasiones particulares”.
Y efectivamente Louis XIV puso fin a su relación con la sobrina de su primer ministro y contrajo el matrimonio que pondría fin a la guerra con España, para el mayor bien de los súbditos de ambos reinos y la mayor gloria de la Cristiandad, en cumplimiento de sus juramentos profesados al ser consagrado en Reims con el óleo de la “Sainte Ampoule”.
Normalmente cierro mi libro al salir del metro, y aún con la mente en el siglo XVII, me doy de bruces con los repartidores de la prensa gratuita del siglo XXI, y con noticias como la repugnante “actitud poco honesta” del marido de la hija del aquel que se sienta en el trono de España, cuya hermana está divorciada y cuyo hermano, nombrado Príncipe de Asturias, está casado con una divorciada de pasado moralmente más que dudoso.
Qué lejos y olvidadas suenan hoy las palabras del Cardenal, “Por ello os suplico que consideréis, qué bendiciones podréis esperar de Dios y de los hombres si, por esta causa (un matrimonio equivocado), nos vemos obligados a recomenzar la guerra más sangrienta jamás vista. Acordaos de aquello que he tenido el honor de deciros cada vez que me preguntasteis el camino a seguir para ser un gran rey: que es necesario empezar por emprender hasta el último esfuerzo a fin de no dejarse dominar por pasión alguna, puesto que, cuando llega esta desgracia, sea cual sea nuestra voluntad, no nos permiten hacer lo que es debido. Os conjuro, por vuestra gloria, por vuestro honor, por el servicio de Dios, por el bien de vuestro reino y por cuanto pueda importaros más, que os dominéis con todas vuestras fuerzas”.
Sinceramente, fallar tan estrepitosamente en los tres matrimonios de sus tres vástagos, me hace sospechar de la existencia de un plan preestablecido para acabar de lo poco que queda de la institución monárquica en España, que es tanto como decir en el mundo.
Y claro, los primeros en tomar posiciones son sus enemigos seculares, los parlamentarios, herederos de aquellos ingleses que encabezados por Cromwell decapitaron a Charles I, cuya esposa, por cierto, era hermana de Louis XIII y cuya hija acabaría casándose con el hermano de Louis XIV, o de aquellos regicidas franceses que lo hicieran con Louis XVI, cuyas últimas palabras fueron de perdón para sus verdugos, como corresponde a un discípulo de Nuestro Señor Jesucristo.
Pío VI, en su famoso discurso "Quare lacrimae", conmovido por el bárbaro asesinato de Louis XVI, ya dijo que: "Abolida la superior forma del gobierno monárquico se constituyó al público poder desde el pueblo, que no se rige por razón alguna ni se deja guiar por la prudencia; juzga por opiniones no por verdades; es inconstante y fácilmente embaucado; dócilmente incitado a cualquier perversidad; ingrato, arrogante, cruel; capaz de regodearse en lo sangriento, y gozar en la matanza y el luto".
También hoy el parlamento español cuenta con asesinos entre sus miembros, siete de los cuales disimulan su pertenencia a una organización con la sangre de un millar de víctimas chorreando en sus manos criminales, empleando indignamente el nombre del Castillo de Maya, Amaiur en lengua vascuence, en el que los partidarios de Enrique II de Navarra (*), entre los que se contaban dos hermanos de San Francisco Javier, defendieron con honor y heroísmo su reino frente a las tropas de Castilla y Aragón, reinos ya de Carlos I, el emperador Calos V, formadas en gran parte ¡qué ironía! por guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos (de los casi 30.000 soldados del ejército imperial que combatían en Navarra, unos 7.000 eran hombres del Condestable de Castilla, unos 4.000 fueron aportados por el navarro Conde de Lerín, y unos 5.000 llegaron de los territorios de Vizcaya, Álava y Guipúzcoa).
Y aquel que se hace aún llamar rey, que, o bien es descendiente de Manuel Godoy, presunto padre del infante Francisco de Paula (el masón conocido como Hermano Dracón), que tal como cuenta en sus diarios Elizabeth Vassal, la famosa Lady Holland, tenía un "indecente parecido" con su presunto progenitor, o bien lo es del capitán Puigmoltó, amante de la desafortunada esposa del hijo maricón del mencionado miembro de la masonería (que en su noche de bodas llevaba más encajes que su ninfómana esposa), el responsable, sólo en 2010, según hemos sabido hace unos días, de la muerte de 113.000 de sus súbditos, descuartizados salvajemente en el vientre de sus madres antes de nacer, recibe a los asesinos en su palacio, cordialmente, y acepta dar traslado de sus viles maquinaciones.

O tempora, o mores!

(*) Sé que me pongo muy pesado con la historia, pero no me resisto a recordar que tras los fallidos intentos de recuperar la Alta Navarra, lo que conocemos hoy como Navarra en España, Enrique II continuó reinando en la Baja Navarra, al norte de los Pirineos, y su nieto acabaría siendo, mira tú por donde, el primer Borbón Rey de Francia (su madre, la reina  Juana II de Navarra, se había casado con Antoine de Bourbon), y en concreto fue el rey más querido por los franceses, Henri IV, el de “Paris vaut bien une messe”, el abuelo del Rey Sol (que a su vez lo fue de Felipe V de España), cuyo amor por sus súbditos se resume en la frase «Un pollo en las ollas de todos los campesinos, todos los domingos», al que dedicaron la conocida marcha “Vive Henri IV” que acabo siendo el himno francés (nada que ver con la Marsellesa, claro está). Por eso los reyes de Francia, lo son “de Francia y Navarra”.

lundi 12 décembre 2011

Navidad

El próximo domingo será ya el tercero del Adviento en este año 2011, y por tanto restará sólo una semana para que los católicos celebremos la Navidad.
Al parecer los neopaganos también celebran algo en estas mismas fechas, más o menos, y cuelgan luces de colores en las calles y se gastan el dinero que no tienen en artículos de lujo, comilonas y bacanales.
El mero hecho de que sigamos rodeados de paganismo dos milenios después de que Nuestro Señor Jesucristo nos ordenase «Id y haced discípulos de todos los pueblos» es la prueba escandalosa y patente de nuestro fracaso, que no tiene otra causa que nuestros muchos pecados y nuestra falta de fe.
Seamos pues consecuentes con nuestra condición fundamental de discípulos de Cristo, y celebremos la Navidad como católicos, sin ocultarnos, para que los paganos, que no saben por qué ríen, comen y beben en estas fechas aún con menos medida que de costumbre, se sorprendan y alguno quiera acercarse a redescubrir el sentido de la fiesta.
Resulta difícil escapar a la tentación de “infantilizar” la Navidad, y aún más para aquellos que tenemos hijos pequeños, pero no es tan complicado como pudiera parecer introducir entre las piadosas prácticas infantiles pequeños retazos de madurez y sentido profundo.
De hecho, despojando ciertas costumbres de cuanto les es extraño, artificioso o superfluo, la verdad brilla sin que sea necesario un gran esfuerzo para verla.
Mencionaré únicamente dos o tres detalles. El primero es el “Belén” o “Nacimiento”, más propiamente el “Pesebre”. Lejos de las representaciones idílicas del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, no resulta difícil imaginar en qué condiciones se produjo. Un pesebre, una paridera, un corral de animales de granja, para cualquiera que conozca mínimamente el campo y las actividades ganaderas tradicionales, es sin lugar a dudas el lugar más sucio, oscuro, húmedo y lúgubre de este mundo. Imaginar a la Inmaculada siempre Virgen María sufriendo los dolores del parto en las peores condiciones posibles, puede ayudarnos mucho a contemplar desde la fe éste que sin duda es el acontecimiento central de la historia.
Es el acontecimiento central de la historia, porque “el Verbo se hizo carne” sencillamente para salvarnos cargando con nuestros pecados, y a poco que contemplemos la Navidad con ojos de verdaderos discípulos de Cristo, veremos asomar en cada detalle el anuncio de la Pasión, de la muerte en la cruz.
De los dones que los magos de oriente ofrecen al Mesías, éste es mi segundo apunte, la mirra ha sido siempre la que más ha despertado mi curiosidad. Parece clara la relación del oro con la majestad de Cristo Rey, y la del incienso con su sacerdocio eterno “según el rito de Melquisedec”, pero al tratar de la mirra el simbolismo se multiplica.
No entraré ahora a desarrollar una complicada relación de posibles interpretaciones, pero sin duda la mirra apunta a la muerte. La mirra, esa resina aromática, entre sus muchas aplicaciones de la antigüedad, era empleada para embalsamar a los muertos, y aparecerá de nuevo durante el relato de la Pasión cuando, mezclada con vino, sea ofrecida a Cristo antes de la crucifixión para aliviar su sufrimiento, siendo rechazada por Él.
Cristo ha nacido de la Santísima Virgen, concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y poco importa si fue en invierno o por la primavera. Dios ha enviado a su propio hijo para salvar al hombre, cargando con sus culpas. Por eso estamos alegres, porque como dice el profeta Isaías “Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros.”
Por eso nos reunimos llenos de alegría a cenar en familia en Nochebuena, ni demasiado tarde ni con exceso, y al acabar la cena no nos embriagamos con vino y licores, si no que nos abrigamos y acudimos a misa a medianoche. Y lo hacemos para celebrar que ha nacido nuestro Salvador, que muriendo en la cruz nos librará de la carga de nuestros pecados.
¡Feliz navidad a todos!

lundi 5 décembre 2011

La desamortización de Mendizábal


(Un breve fragmento, por si alguno no sabe qué libro pedir como regalo de Navidad)

“La revolución triunfante ha levantado una estatua a Mendizábal sobre el solar de un convento arrasado y cuyos moradores fueron pasados a hierro. Aquella estatua, que, sin ser de todo punto mala, provoca, envuelta en su luenga capa (parodia de toga romana), el efecto de lo grotesco, es el símbolo del progresismo español y es a la vez tributo de justísimo agradecimiento revolucionario. Todo ha andado a una: el arte, el héroe y los que erigieron el simulacro. Y con todo, la revolución ha acertado, gracias a ese misterioso instinto que todas las revoluciones tienen, en perpetuar, fundiendo un bronce, la memoria y la efigie del más eminente de los revolucionarios, del único que dejó obra vividera, del hombre inculto y sin letras que consolidó la nueva idea y creó un país y un estado social nuevos, no con declamaciones ni ditirambos, sino halagando los más bajos instintos y codicia de nuestra pecadora naturaleza, comprando defensores al trono de la reina por el fácil camino de infamarlos antes para que el precio de su afrenta fuera garantía y fianza segura de su adhesión a las nuevas instituciones; creando por fin, con los participantes del saqueo, clases conservadoras y elementos de orden; orden algo semejante al que establece en un campo de bandidos, donde cada cual atiende a guardar su parte de la presa y defenderla de las asechanzas del vecino. Golpe singular de audacia y de fortuna, aunque no nuevo y sin precedente en el mundo, fue aquel de la desamortización. Hasta entonces, nada más impopular, más incomprensible ni más sin sentido en España que los entusiasmos revolucionarios. Diez años había durado, con ser pésimo a toda luz, el Gobierno de Fernando VII, y no diez, sino cincuenta, hubiera durado otro igual o peor si a Mendizábal no se le ocurre el proyecto de aquella universal liquidación. Todo lo anterior era retórica infantil, simple ejercicio de colegio o de logia; y conviene decirlo muy claro: la revolución en España no tiene base doctrinal ni filosófica, ni se apoya en más puntales que el de un enorme despojo y un contrato infamante de compra venta de conciencias. El mercader que las compró, y no por altas teorías, sino por salir, a modo de arbitrista vulgar, del apuro del momento, es el creador de la España nueva, que salió de sus manos amasada con barro de ignominia. ¡Bien se la conoce el pecado capital de su nacimiento! 
Quédese para mozalbetes intonsos que hacen sus primeras armas en el Ateneo hablar de la eficacia de los nuevos ideales y del poder incontrastable de los derechos de la humanidad como causas decisivas del triunfo de nuestra revolución. Sunt verba et voces, praetereaque nihil. ¡Candor insigne creer que a los pueblos se les saca de su paso con prosopopeyas sesquipedales! Las revoluciones se dirigen siempre a la parte inferior de la naturaleza humana, a la parte de bestia, más o menos refinada o maleada por la civilización, que yace en el fondo de todo individuo. Cualquier ideal triunfa y se arraiga si andan de por medio el interés y la concupiscencia, grandes factores en filosofía de la historia. Por eso el liberalismo del año 35, más experto que el de 1812, y aleccionado por el escarmiento de 1823, no se entretuvo en decir al propietario rústico ni al urbano: «Eres libre, autónomo, señor de ti y de tu suerte, ilegislable, soberano, como cuando en las primitivas edades del mundo andabas errante con tus hermanos por la selva y cuando te congregaste con ellos para pactar el contrato social»; sino que se fue derecho a herir otra fibra que nunca deja de responder cuando diestramente se la toca y dijo al ciudadano: «Ese monte que ves hoy de los frailes, mañana será tuyo, y esos pinos y esos robles caerán al golpe de tu hacha, y cuanto ves de río a río, mieses, viñedos y olivares, te rendirá el trigo para henchir tus trojes y el mosto que pisarás en tus lagares. Yo te venderé, y, si no quieres comprarle, te regalaré ese suntuoso monasterio, cuyas paredes asombran tu casa, y tuyo será hasta el oro de los cálices, y la seda de las casullas y el bronce de las campanas.»

¡Y esta filosofía sí que la entendieron! ¡Y este ideal sí que hizo prosélitos! Y, comenzada aquella irrisoria venta, que, lo repito, no fue de los bienes de los frailes, sino de las conciencias de los laicos, surgió como por encanto el gran partido liberal español, lidiador en la guerra de los siete años con todo el desesperado esfuerzo que nace del ansia de conservar lo que inicuamente se detenta. Después fue el imaginar teorías pomposas que matasen el gusanillo de a conciencia, el decirse filósofos y librepensadores los que jamás habían podido pensar dos minutos seguidos a las derechas; el huir de la iglesia y de los sacramentos por miedo a las restituciones y el acallar con torpe indiferentismo las voces de la conciencia cuando decía un poco alto que no deja de haber Dios en el cielo porque al pecador no le convenga. Nada ha influido tanto en la decadencia religiosa de España, nada ha aumentado tanto esas legiones de escépticos ignaros, único peligro serio para el espíritu moral de nuestro pueblo, como ese inmenso latrocinio (¿por qué no aplicarle la misma palabra que aplicó San Agustín a las monarquías de que está ausente la justicia?) que se llama desamortización y el infame vínculo de solidaridad que ella establece…”

H I S T O R I A
D E L O S
H E T E R O D O X O S
E S P A Ñ O L E S

por el doctor
Don Marcelino Menéndez Pelayo
Catedrático de Literatura española
en la Universidad de Madrid