vendredi 24 octobre 2014

Para que Cristo reine socialmente (II)

Conveniencia y oportunidad de plantear los deberes cristianos de las sociedades.

1.       Durante los últimos treinta años, so pretexto del “espíritu del Concilio”, la doctrina de los deberes cristianos de las sociedades fue silenciada, se la quiso dar por abandonada, e incluso fue vituperada por algunos, llegando con todo ello a haber sido generalmente olvidada.

En tanto que forma parte de la doctrina de la Iglesia, su importancia intrínseca se ve aumentada de modo circunstancial por el relegamiento de que ha sido y es objeto. Conviene tratar de ella precisamente para salvar esa carencia que existe hoy en la formación social de los católicos. Conviene tratar de ella porque orienta y da sentido al conjunto de la doctrina social, que tanto interés despierta, pero manifestado en iniciativas parciales.

2.       Pero además de la conveniencia, existe también la oportunidad.

Los años noventa, con el derrumbe del bloque soviético, terminaron con el equívoco malminorista de la aproximación de los católicos a la democracia liberal. Desaparecida la amenaza del totalitarismo, cada vez es mayor la conciencia de que Occidente vive sumido en un ateísmo práctico, viviendo “como si no hubiera Dios”, lo que es claramente incompatible con la exigencia cristiana.

En cierto modo, la relación de la Iglesia respecto de la civilización ha retornado a la situación anterior a la irrupción de los totalitarismos de entreguerras. Y con ella ha vuelto el enfrentamiento con el liberalismo, que hacía a la Iglesia insistir en torno a la idea de los deberes cristianos de los Estados. La Iglesia, que no está en contra de la libertad ni los regímenes populares, muy al contrario, no puede admitir el principio liberal de la libertad absoluta de los hombres, legislando sin ningún límite, principio en el que reside todo el mal, aunque de él son siempre más visibles sus aplicaciones extremas. Es toda la “civilización de la muerte” que el Papa denuncia, a la par que reafirma el íntimo lazo de la moralidad con la verdad que se rechaza, lo que en ese principio liberal está contenido.

Las últimas encíclicas de Juan Pablo II, ya en los años 90, reflejan esa confrontación con el liberalismo, sea en su teoría de la libertad, sea como absolutismo democrático o en faceta económica.

Y a la vez, por consecuencia providencial de los movimientos católicos “comprometidos”, incluso de sus corrientes desviadas, existe un mayor despego de los católicos hacia el sistema político imperante.

El escándalo de un sistema que legaliza sistemáticamente toda inmoralidad, y muy particularmente el aborto, sin que partido alguno se atreva desmarcarse de esa tiranía denunciando sus principios, hace que los católicos se encuentren a la espera de una política distinta, que sea satisfactoriamente católica. De una política que reconozca a Cristo Rey.

3.       Desde el punto de vista doctrinal, la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica en 1992 también ha supuesto el fin de la etapa de confusión, y abre nuevas oportunidades de predicar los deberes cristianos de las sociedades.

Frente a la difundida hipótesis del abandono de dicha parte de la doctrina católica, el Nuevo Catecismo reafirma, con solemne y postconciliar autoridad, la existencia de una obligación social para con Cristo, derivada del Primer Mandamiento de la Ley de Dios. Y no sólo eso: recoge literalmente las dos cláusulas en que la Dignitatis humanae afirma la continuidad de la doctrina tradicional y la compatibilidad de la confesionalidad y la libertad religiosa; restringe el abuso sobre el sentido de dicha libertad religiosa; y expresamente se remite a los documentos preconciliares más elocuentes sobre la materia, por lo que no se les puede descartar sin más por decaídos.

Y como el resto del Catecismo está transido de llamadas a cristianizar la sociedad, y enseña especialmente que toda sociedad, explícita o implícitamente, profesa una cosmovisión rectora, y que sólo si se ajusta a la verdad católica no se convierte en totalitaria, facilita todas las bases de la argumentación de la confesionalidad pública. Se trata ahora sólo de extraer y mostrar su fruto.

4.       Se dan por otra parte circunstancias concretas que facilitan una oportunidad adicional, casi un pretexto, para plantear de nuevo toda la cuestión.

En el año 1995 coincidió el setenta aniversario de la encíclica Quas primas, que establece la doctrina de Cristo Rey, e instituye su fiesta con finalidad de recordatorio político, con el trigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, que hizo referencia explícita a que «deja íntegra la doctrina tradicional acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo».

5.       Y en cuanto a los encargados de hacerlo, pocos más adecuados que los amigos de la Ciudad Católica, en torno a la revista Verbo. El primer libro de la Editorial Speiro, libro de cabecera de la Ciudad Católica, lleva precisamente el título de “Para que Él reine”, y desde entonces, a pesar del ambiente adverso, se ha mantenido fiel a ese espíritu.

Por eso, nos contamos entre la minoría de católicos que hoy mantiene una conciencia clara de ese deber, y por eso mismo estamos, no ya posibilitados, sino obligados a transmitir esa parte de la doctrina que los demás no han recibido o conservado bien.

Ninguna contribución nuestra al orden social cristiano es tan preciosa y tan difícilmente sustituible. Embarcados en la lucha contra el aborto o en ensalzar el fundamento de Derecho Natural del Orden Cristiano hay muchos otros hermanos en la Fe, pero son escasos los debidamente capacitados para plantear correctamente la cuestión de la confesionalidad. Por lo tanto es nuestro deber de caridad concentrarnos en este punto específico, pues, ¿cómo oirá ni creerá nadie si no hay quien le predique? (Rom. 10,14).

Recomponer, reafirmar, reproponer.

1.      Realizar el Reinado Social de Cristo, contribuyendo a ello con todas nuestras fuerzas, forma parte de los deberes de todos los cristianos por el mismo hecho de serlo, y muy especialmente de los laicos.

La primera piedra de dicho Reinado consiste hoy en reconstruir y reproponer la doctrina católica acerca del deber de las sociedades para con Cristo Rey.

Decimos reconstruir siguiendo la tesis de un importantísimo artículo al respecto del obispo de Cuenca, José Guerra Campos.

En la medida en que la opinión, la predicación y las actitudes generalizadas de los pastores han acogido todo tipo de dudas, reservas, reticencias y negaciones para con la antigua tesis de confesionalidad católica, en que han admitido la existencia de un corte en la historia, y han omitido o puesto la máxima sordina a las conclusiones que se derivan de los pasajes del propio Concilio acerca de los deberes de las sociedades para con la verdadera religión, se ha hecho preciso volver a erigir, con todo rigor, el edificio doctrinal correspondiente, teniendo en cuenta todos los principios al respecto, esto es, junto a «lo de siempre», «lo nuevo» que a ello se haya auténticamente añadido.

Siendo los deberes sociales cristianos un punto clave en la vida de los fieles, tiene que estar bien iluminado por una doctrina auténtica y rigurosa. Reelaborarla —por supuesto que nunca puede haber una reelaboración con mutación sustancial en la Iglesia— es una necesidad, la primera en este campo.

Porque, inmediatamente después, urge volver a presentarla, reproponerla, al pueblo cristiano. Para que se cumpla lo que se enseña hay que volver a enseñar lo que se ha de cumplir, y «hará falta mucha reafirmación y quizá recomposición de la doctrina para que numerosos fieles y pastores reconozcan de verdad "in iure" lo que hay de vigente en el Magisterio. Sólo entonces se moverán a darle vigencia "in facto". Algo parecido ocurrió durante decenios con la llamada "doctrina social" de la Iglesia.

No tienen razón quienes alegan que no se puede predicar una doctrina que ningún partido está dispuesto a cumplir ni de lejos. Precisamente, si, al cabo de decenios de no exponer los deberes morales concretos a que está sujeto toda sociedad, remitiéndose a una conciencia vaga, se ha llegado a la situación de que, incluso los partidos que reciben la mayor parte del voto de los católicos no procederán a modificar la legalidad del aborto y sancionarán legalmente las uniones sodomitas, será necesario un buen número de años de predicación intensa de la doctrina del Reinado Social de Cristo para que se llegue a crear entre los fieles el estado de opinión preciso para que funden partidos dispuestos a asumir tales deberes, partidos que luego todavía habrán de crecer.

Y, por lo mismo que el proceso ha de ser lento, urge iniciarlo con entusiasmo cuanto antes.
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