lundi 7 novembre 2011

¿Debate?

No es que me importe un pimiento el que esta noche la televisión emita un programa en el que piden el voto los candidatos a presidente del gobierno de los dos partidos que se reparten de modo alternativo poltronas y prebendas al estilo de Cánovas y Sagasta. Y que nadie interprete que me gustaría que el debate fuera a tres o a cuatro, porque eso no cambiaría mi percepción en lo más mínimo.

De hecho, si le concediese la más mínima relevancia, habría escrito estas reflexiones ayer, a fin de aclararme las ideas antes del magno acontecimiento, o bien mañana, al estilo de los sesudos analistas que sacan conclusiones absurdas a toro pasado.

Debate, lo que se dice debate, como siempre no habrá ninguno. Cada cual representará su papel y declamará su monólogo lo mejor que pueda, sin que le importe o le haga variar un ápice sus intervenciones lo que diga el otro. “Usted pregunte lo que quiera que yo contestaré lo que me de la gana”, es la máxima de toda entrevista o debate “político” en nuestros días.

Sólo me gustaría compartir un par de reflexiones tontas, de esas que nos hacemos los tipos raros como usted y como yo.

Cuando una persona mínimamente inteligente, como es el caso de la mayoría de la población española al tratar sus asuntos personales, que son los que de verdad importan, si tiene un problema, trata de descubrir cómo se ha producido, qué decisiones erróneas han podido provocarlo, para acto seguido, por un lado tratar de solucionar el problema o reducir al mínimo posible sus efectos negativos, y lo que es más importante, anular las decisiones erróneas identificadas y hacer firme propósito de no caer de nuevo en un error semejante.

Esto que puede parecer y de hecho es evidente, aparentemente no es de aplicación en política. ¿Por qué? Sencillamente porque la solución a los problemas de sus compatriotas pasa ineludiblemente por un grave problema para los partidos políticos, que son la materialización de esa decisión errónea que conviene evitar. Más vale tener cinco millones de parados y que nosotros, yo fundamentalmente, sigamos o siga viviendo a mis anchas, que recuperar el pleno empleo, como antes del 20 de noviembre de 1975 ¿recuerdan?, y yo en el mejor de los casos me vea en la calle, y en el más probable en prisión. Es evidente.

Estando claro lo absurdo que resulta buscar soluciones entre las causas de los problemas, sólo un apunte más sobre esos “asuntillos” de los que probablemente no se debatirá esta noche en la televisión, aunque vaya usted a saber, del estilo aborto, eutanasia, adoctrinamiento en las escuelas, uniones contra natura, divorcio…

El único debate aceptable al respecto es precisamente que sobre esos “asuntillos menores”, ya saben, la vida y la muerte, cuestiones al parecer sin importancia hoy en día, no hay nada que debatir. ¿O debatiría usted sobre si los elefantes vuelan? No verdad, pues eso.

No se puede matar a un ser humano inocente, ni como derecho ni despenalizado por circunstancias atenuantes, ya sea un bebé en el vientre de su madre o un ancianito que chochea y necesita cuidados veinticuatro horas al día. Y no hay discusión posible, ni matices, ni gaitas. Ningún hombre pierde su dignidad por sufrir ¿o todo el que sufre es indigno? Así que matar al que sufre no puede ser considerado “muerte digna”. Los que sufren acostumbran a tener mucha más dignidad que el resto.

Nadie tiene derecho a decirles a mis hijos que su padre está anclado al pasado y que todo eso de Cristo, el Catolicismo, San Agustín, Santo Tomás, la Santa Madre Iglesia y la Sacrosanta Tradición son supersticiones absurdas y que la única verdad es que el universo se creó a sí mismo, el hombre es un mono sin pelo y el sexo es una distracción que uno practica cuando quiere, como quiere y con quien le da la gana. Nadie tiene derecho a obligar a mis hijos a estudiar y examinarse de eso, de nuevo sin matices ni gaitas. Lo mismo me da educación para la ciudadanía que formación en valores constitucionales.

La sociedad civilizada se fundamenta en la familia, y la familia se compone de una mujer y un hombre que se aman de verdad, unidos en matrimonio indisoluble, que engendra, cuida, protege, educa y sobre todo ama a sus hijos, sin someterlos a la infame tortura de ver cómo sus padres se separan y fornican con terceras personas, repartiéndose el “usufructo” temporal de los hijos tal como harían y hacen con el piso, el coche o el apartamento en la playa. Que eso es el divorcio, tan moderno y progresista, lo contrario al amor y la condena a muerte de la sociedad.

El sexo es el modo de reproducción de los seres humanos, semejante al de los animales mamíferos, es cierto, pero radicalmente diferente al tratarse del hombre, como es evidente o al menos solía serlo. Por eso es sencillamente una barbaridad que los adolescentes mantengan relaciones sexuales como si tal cosa. Las estadísticas oficiales y oficiosas hablan de los 15 como edad “normal” de inicio, ¡como suena, sin paliativos! El sexo es algo maravilloso que podríamos calificar casi de milagroso, y lo es precisamente cuando es humano, es decir expresión del amor fecundo entre los esposos que culmina en la concepción de los hijos, el fruto más precioso de ese amor.

Alentar la deshumanización de las relaciones sexuales humanas, repartiendo preservativos, anticonceptivos o pastillas abortivas a la juventud, es sencillamente una aberración de consecuencias catastróficas. Como suena.

Y el “sexo”, por llamarlo de algún modo, entre seres humanos del mismo sexo, ya que el género es una categoría gramatical o de clasificación de las especies en biología, es en primer lugar, sencilla y llanamente, una guarrada. Y una “boda” entre dos hombres o entre dos mujeres es una mamarrachada absurda y patética, se le llame matrimonio homosexual o pareja de hecho o lo que se les ocurra. Y si finalmente se les permite criar niños, se convierte en una aberración despreciable. Al pan pan y al vino vino.

Si los dos candidatos hablan de algo de esto esta noche, abran ustedes bien las orejas y ya me contarán. Sobre todo el que está encantado de ser de derechas, que el otro ya sabemos lo que dirá, y si nos sorprende será para peor, como esa ocurrencia de acabar con los “privilegios” de la Iglesia Católica, la única institución que nunca da la espalda a los pobres, caiga quien caiga.

¿Qué todo esto son bobadas y obsesiones mías, y que lo que importa es la economía? Que quieren que les diga, igual resulta que el egoísmo, que no nos engañemos, es lo que subyace detrás de todo estas cosas, el egoísmo digo, y la falta de valores morales sólidos, claros y firmemente arraigados, tienen como consecuencia también la catástrofe económica en la que estamos inmersos ustedes y yo.
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