vendredi 10 août 2012

No somos todos culpables, ni mucho menos.

Por supuesto que no. Que no intenten hacernos creer que la responsabilidad del actual estado de cosas la compartimos todos por igual. No señor.

Por no remontarnos a los fenicios, si nos centramos únicamente en la situación económica de los últimos cinco años, y en los antecedentes que la produjeron, los culpables no son tantos, y tienen nombre y apellidos.

El motivo de que uno de cada cuatro españoles no tenga trabajo, de que muchos hayan perdido sus ahorros de toda una vida, que los que tienen trabajo hayan visto recortados drásticamente sus ingresos y aumentados canallescamente sus impuestos, y tantas otras cosas más, fue la avaricia sin límites de unos cuantos banqueros y especuladores, fundamentalmente en los Estados Unidos de América pero también en Europa y Asia, claro está, la complicidad criminal de los políticos de allí y acá, y en general el vergonzoso cinismo de los poderosos de este mundo.

Esos canallas, que se enriquecieron sin límites durante décadas vendiendo humo, remataron sus crímenes haciendo estallar el problema en el último momento y en la dirección que les convenía, a sabiendas de que, de otro modo, aquello estallaría por sí mismo en cualquier caso, no sin antes poner a buen recaudo su inmenso botín, resguardarse bien protegidos por lo que pudiera pasar, e incluso tener listas dos o tres cabezas de turco.

Pero los que cogían el dinero que los bancos les daban a manos llenas con la única garantía de su salario futuro, no asegurado o incluso inexistente, los que compraban casas, coches, o lo que fuese, que claramente no hubieran podido permitirse en una situación normal, pero que, vete tú a saber por qué, se preguntaban, ahora el banco está empeñado en regalarme el dinero para que me compre de todo, esos no tienen la culpa de nada. De nada de nada.

Todos esos, usted y yo incluidos, hemos pagado siempre nuestras deudas, hemos cumplido nuestra palabra, y el que no ha podido pagar, ha respondido ante sus acreedores y ha sufrido todo el peso de la ley. Algunos viven ahora “debajo de un puente”, mientras los verdaderos culpables de que no pudiesen pagar sus deudas o perdieran todos sus ahorros, esos criminales, siguen tranquilos en sus mansiones con sus bolsillos llenos de oro.

Tirando de la manta, por supuesto, muchos sinvergüenzas de poca monta han sido puestos en evidencia. Politiquillos mezquinos corrompidos hasta el tuétano, ladronzuelos ambiciosos sin dos dedos de frente, advenedizos si moral ni principios, etc. Lo de siempre.

Pero que eso no nos nuble la vista. Los verdaderos criminales llevan trajes carísimos que le sientan como un guante, relojes de pulsera que valen más que mi casa y con lo que gastan en cenar una noche cualquiera yo podría alimentar a mi familia seis meses. Son banqueros, inversores, y toda esa calaña, en algunos casos metidos también en política, que a poner al zorro a cuidar de las gallinas ahora lo llaman tener un gobierno de tecnócratas. Revisen los curricula de nuestros ministros de economía o defensa, para empezar, y sabrán de qué les hablo.

Así que no me vengan con que todos somos culpables, que vivíamos por encima de nuestras posibilidades o que éramos todos unos especuladores inmobiliarios de tomo y lomo y ahora nos quejamos. La gente compró lo que le vendían, aceptó los préstamos que le ofrecían, y han sufrido las consecuencias dando la cara.

Que los culpables no paguen nunca las consecuencias de sus crímenes no es razón para que tengamos que compartir su responsabilidad criminal.
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