mardi 11 octobre 2011

Expecto resurrectionem mortuorum et vitam venturi saeculi

Y efectivamente se trata de eso, de que tal como repetimos cada domingo, nosotros sí que esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.

Sin pena ni gloria se cruzan en estos días dos asuntos en los periódicos, perdidos entre catastróficas previsiones económicas y repugnantes pruebas de corrupción institucional generalizada.

Me refiero en primer lugar al depósito en el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial de los restos mortales de la esposa de Alfonso de Borbón, que ocupó el trono de las Españas usando el numeral XIII, embarcando a la Patria primero en aventuras dictatoriales y abandonándola cobardemente más tarde en el caos revolucionario republicano.

Se discute en algunos círculos, con poco conocimiento de causa como es secular costumbre en la península ibérica, sobre el atropello que constituye que los restos de Victoria Eugenia de Battenberg descansen en el Panteón Real, siendo que a pesar de haber ostentado el título de Reina de España, no fue madre de rey alguno.

Tampoco reinó en las Españas ningún hijo de Isabel de Borbón, primera esposa de Felipe IV, hija del primer Borbón que reinó en Francia, Henri IV, aquella a la que el genial Francisco de Quevedo, gloria inmortal de las letras hispánicas, dedicó el famoso calambur recordándole su cojera[1]. Y sí, sus restos reposan en el Panteón Real.

No reside pues el problema en este extremo sobre la maternidad real. Se trata de nuevo de falta de respeto por la Tradición, y sobre todo falta de fe. Odio a la fe, diría yo.

Una visita al Monasterio de El Escorial es algo que no debería dejar de hacer ningún cristiano europeo, y que en el caso de los españoles constituye una obligación inexcusable. Y a cualquier visitante con un mínimo de cultura no le será difícil apreciar que hay cosas que no cuadran.

Esta maravilla que nuestro Rey Felipe II mandó erigir en conmemoración de la decisiva victoria imperial en la batalla de San Quintín sobre las armas francesas de Henri II, el hijo del gran François I, en el año del Señor de 1557, fue diseñada con exquisita precisión para el eterno descanso de su augusto padre el emperador Carlos V, Carlos I de las Españas, el suyo propio y el de sus reales e imperiales familias.

El verdadero desacato a los deseos de Su Majestad Felipe II consiste principalmente en que su tumba y la del Emperador Carlos no miren a Oriente, que el cuerpo del Emperador no descanse bajo el altar con el pecho bajo el lugar donde el sacerdote oficia la Santa Misa, que Felipe II no descanse junto a sus tres mujeres y su hijo, y que también su padre haya sido separado de su familia…

Como podemos leer en el trabajo que Juan Rafael de la Cuadra Blanco publicó bajo el título de “La idea original de los enterramientos reales en El Escorial” en el Boletín de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1997: “Felipe II ya no descansa junto a sus tres mujeres y su hijo, igual separación que la realizada con su padre. Se sustituyó la idea de enterrar a cada rey con su familia por un panteón dinástico en el que sólo se aceptan reyes y madres de reyes, relegando a las otras reinas, príncipes y familiares a los inconexos y absurdos panteones de infantes. Y eso pese a que había espacio de sobra, si contamos los nichos de las columnas de la Basílica, para que las familias hubieran permanecido unidas. Así, se desgajó la íntima unión existente entre las tumbas, los cenotafios y el espacio sagrado del altar, invadiendo la capilla subterránea, desde la que dejaron de cantarse los responsos que tan cuidadosamente había previsto Felipe II en la Carta de Fundación. Tampoco se entendió la modestia de los sencillos enterramientos reales, semejantes a los de la cripta de la Capilla Real de Granada, cuya grandiosidad había de reflejarse en la riqueza de los materiales de las estatuas y el Templo. Idéntica solución se había repetido bajo los ricos mármoles del altar de Yuste y el de la Iglesia de Prestado del Monasterio. Junto a las dos familias actuales había espacio suficiente para continuar al menos con las de cuatro sucesores más, sin necesidad de ocupar el sacrosanto espacio de la capilla subterránea, idea explícitamente desechada por el rey. Y lo peor de ello es que las indicaciones estaban muy claras, algunas de ellas grabadas en grandes letras en las mismas paredes del Presbiterio. Felipe II no previó su tumba como se realizó después, independiente de la Basílica, sino que subordinó todo el programa decorativo y espacial del Presbiterio al culto de la cripta situada debajo, como había ensayado antes en Granada. Los enterramientos, con sus estatuas frente al altar, eran la parte fundamental del programa de El Escorial, y hallaban su adecuada expresión en el lujo del Presbiterio, pero han quedado diluidos en la espectacularidad barroca del Panteón, desde luego mucho menos colosal que el Templo en el que, sin duda, el monarca quiso ser enterrado.”

Dejo el enlace a este interesantísimo documento para el quiera ampliar conocimientos al respecto: http://www.delacuadra.net/escorial/textos/1997c-a-panteo.pdf

Había hablado de dos noticias. La segunda claro está se refiere a la aviesa y pérfida intención de trasladar los restos mortales del Generalísimo Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios.

Finalmente no puede esperarse respeto a la Santa Fe y la Sagrada Tradición por parte de los enemigos declarados de ambas, que actualmente y para nuestra desgracia y la de la Cristiandad, detentan todos los poderes temporales en nuestra atribulada Patria.


PS: Por supuesto, a los injustificados y traicioneros cambios perpetrados en la Basílica del Monasterio de El Escorial, se unen los que tras el concilio Vaticano II sufren todas las iglesias católicas, como la separación del altar y el sagrario con la absurda intención de que el sacerdote de la cara a los fieles, y por tanto la espalda al Santísimo, tergiversando gran parte del sentido de la Santa Misa. (En la foto que he incluido se aprecia aún la disposición preconciliar del ara).


[1] Calambur: del francés “calembour”, significa según la Real Academia Española una agrupación de las sílabas de una o más palabras de tal manera que se altera totalmente el significado de estas.
Quevedo se presentó al parecer ante la reina con un ramo de flores en cada mano, uno de claveles blancos y otro de rosas rojas, y extendiendo los brazos pronunció el calambur que le hizo supuestamente ganar una apuesta, “entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”, recordándole a la reina su cojera, lo que al parecer la enojaba sobremanera.
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