mercredi 11 janvier 2012

La Santa Misa (I): El altar y el Calvario

Quiero en primer lugar desear a cuantos me hacen el honor de leer mis humildes reflexiones en esta bitácora, un próspero, feliz y santo nuevo año 2012.

Es mi deseo en este nuevo año comenzar mis aportaciones centrándome en lo fundamental y dejando de lado lo accesorio, lo que no tiene importancia, el ruido del mundo.

Por eso en estos primeros días de enero pretendo traer para el beneficio de todos, unos bellísimos extractos sobre la Eucaristía, escritos por el franciscano Fr. Stefano Maria Manelli O.F.M. (Ordo Fratrum Minorum), nacido en mayo de 1933, sexto de los veintiún hijos de los Siervos de Dios Settimio Manelli y Licia Gualandris, cuyas causas de beatificación se encuentran abiertas en Roma, que siendo muy niño se trasladó con su familia a los alrededores de San Giovanni Rotondo, donde vivía el famoso sacerdote capuchino San Pío de Pietrelcina OFMCap (Ordo Fratum Minorum Cappuccinorum). El santo se convirtió en su confesor, catequista y director espiritual, y el pequeño Stefano recibió su Primera Comunión de las estigmatizadas manos del Padre Pío en 1938, sirviendo en los siguientes años cientos de veces las misas del santo. Por consejo de San Pío de Pietrelcina, ingresó en el seminario menor de los Franciscanos Conventuales en Copertino en diciembre de 1945, cuando contaba con doce años de edad. Profesó sus primeros votos en octubre de 1949, y su Profesión Solemne en mayo de 1954. Fue ordenado sacerdote en la Solemnidad de Cristo Rey el 30 de octubre de 1955 (*).

El extracto que quiero compartir con todos, trata sobre la Santa Misa y el Sacrificio de la Cruz, y comienza con la siguiente reflexión: Solamente en el Cielo comprenderemos la maravilla divina que es la Santa Misa. Por mucho que uno se esfuerce y por mucho que se sea santo y se esté inspirado, no se puede más que balbucear sobre esta obra divina que trasciende los hombres y los ángeles. Un día le dijeron a San Pío de Pietrelcina: “Padre, explíquenos la Santa Misa”. “Hijos míos –repuso el Padre– ¿cómo puedo explicárosla? La Misa es infinita como Jesús... Preguntadle a un ángel qué es una Misa y él os responderá en verdad: Comprendo lo que es y por qué se dice, pero lo que no comprendo es todo lo que vale. Un ángel, mil ángeles, en todo el cielo lo saben y piensan así”.

He aquí la primera parte:

San Alfonso Mª de Ligorio llegó a afirmar: “Dios mismo no puede hacer que haya una acción más santa y más grande que la celebración de una Santa Misa”. ¿Por qué? Porque la Santa Misa se puede decir que es la síntesis de la Encarnación y de la Redención; contiene el Nacimiento, la Pasión y la Muerte de Jesús por nosotros. El Concilio Vaticano II nos enseña: “Nuestro Salvador en la Última Cena, la noche en que iba a ser entregado, instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, en el que perpetuar el Sacrificio de la Cruz a lo largo de los siglos hasta que Él vuelva” (Sacrosanctum Concilium, n. 47).

El papa Pío XII ya había manifestado este pensamiento asombroso: “El altar de nuestras iglesias no es diferente del altar del Gólgota; es también un monte coronado por la Cruz y por el crucifijo en el que tiene lugar la reconciliación de Dios con el hombre”. Y Santo Tomás escribió: “La celebración de la Misa vale tanto como vale la muerte de Jesús en la Cruz”.

Por eso San Francisco de Asís decía: “El hombre debe temblar, el mundo debe estremecerse, el cielo entero debe estar conmovido cuando el Hijo de Dios aparece en el altar entre las manos del sacerdote”.

En realidad, al renovar el Sacrificio de la Pasión y de la Muerte de Jesús, la Santa Misa es algo tan grande que basta por sí sola para contener la Justicia Divina.

“Toda la cólera y la indignación de Dios –afirma San Alberto Magno– cede ante esta ofrenda”.

Santa Teresa de Jesús decía a sus hijas: “Sin la Santa Misa ¿qué sería de nosotras? Todo perecería aquí abajo porque sólo Ella puede parar el brazo de Dios”.

Ciertamente, sin Ella la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido desesperadamente. “Sin la Santa Misa, la tierra estaría aniquilada hace mucho tiempo a causa de los pecados de los hombres”, enseñaba San Alfonso Mª de Ligorio. “Sería más fácil que la tierra se gobernara sin el sol que sin la Santa Misa”, afirmaba San Pío de Pietrelcina, haciéndose eco de San Leonardo de Puerto Mauricio que decía: “Creo que si no hubiera Misa, el mundo ya se habría hundido bajo el peso de su iniquidad. La Misa es el poderoso apoyo que lo mantiene”.

Continuará…

(*) Recordemos que la Solemnidad de Cristo Rey fue promulgada por Pío XI el día 11 de diciembre de 1925 por medio de su Encíclica “Quas primas”, que la fijó en el domingo anterior a la Solemnidad de Todos los Santos.
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