dimanche 22 janvier 2012

La Santa Misa (II) Gracias sublimes


Los efectos saludables que produce además cada Sacrificio de la Misa en las almas de los que participan en ella son admirables; obtiene el arrepentimiento y el perdón de las culpas, disminuye la pena temporal debida por los pecados, debilita el imperio de Satanás y los ardores de la concupiscencia, consolida los vínculos de la incorporación a Cristo, preserva de los peligros y desgracias, abrevia la duración del Purgatorio, procura un grado mayor de gloria en el Cielo. San Lorenzo Justiniano dice: “Ninguna lengua humana puede enumerar los favores que tienen su origen en el sacrificio de la Misa: El pecador se reconcilia con Dios, el justo se hace más justo, se cancelan las culpas, se aniquilan los vicios, se alimentan las virtudes y los méritos, y se rebaten las insidias diabólicas”. Por eso San Leonardo de Puerto Mauricio no paraba de exhortar a las multitudes que le escuchaban: “Oh pueblo engañado ¿qué haces? ¿Por qué no corres a la iglesia a oír todas las misas que puedas? ¿Por qué no imitas a los ángeles que cuando se celebra la Misa bajan en escuadrones desde el Cielo y se quedan en torno a nuestros altares, en adoración, para interceder por nosotros?”.
Si es verdad que todos tenemos necesidad de tener gracias para esta vida y para la otra, con nada se pueden obtener como con la Santa Misa. San Felipe Neri decía: “Con la oración pedimos a Dios las gracias; en la Santa Misa le obligamos a dárnoslas”. La oración hecha durante la Santa Misa implica a todo nuestro sacerdocio, bien sea el ministerial exclusivo del sacerdote, bien sea el común a todos los fieles. En la Santa Misa, nuestra plegaria va unida con la plegaria sacrificada de Jesús que se inmola por nosotros.
Especialmente durante el Canon, que es el corazón de la Misa, la plegaria de todos nosotros se convierte en la plegaria de Jesús presente entre nosotros. Los dos momentos del Canon Romano en los que se puede recordar a los vivos y a los difuntos son los momentos de oro de nuestra súplica: Podemos rezar por nuestras necesidades, podemos encomendar a las personas queridas, vivas y difuntas, precisamente en los instantes supremos de la Pasión y Muerte de Jesús entre las manos del sacerdote.
Aprovechémonos con delicadeza; los santos tenían mucha, y cuando se encomendaban a la plegaria de los sacerdotes les pedían que los recordasen sobre todo en el Canon.

En particular, en la hora de la muerte, las misas oídas devotamente serán nuestro mayor consuelo y esperanza; y una Misa oída durante la vida será más saludable que muchas misas oídas por otros a favor nuestro cuando hayamos muerto. San José Cottolengo garantiza una muerte santa a quien participa frecuentemente en la Santa Misa. También San Juan Bosco considera un signo de predestinación oír muchas Misas. “Estate segura –dijo Jesús a Santa Gertrudis– de que yo mandaré tantos de mis santos cuantas hayan sido las Misas bien oídas por quien oye devotamente la Santa Misa para protegerle y ayudarle en los últimos instantes de su vida”.
¡Qué consolador es esto! Tenía razón el Santo Cura de Ars al decir: “Si conociéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, ¡cuánto mayor celo pondríamos en oírla!”.
Y San Pedro Julián Eymard exhortaba así: “Entérate, oh cristiano, de que la Misa es el acto más santo de nuestra Religión; tú no podrías hacer nada más glorioso para Dios ni más provechoso para tu alma que oírla piadosamente y con la mayor frecuencia posible”.

Continuará…
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