mardi 22 mai 2012

Felicidad

Lo reconozco, soy feliz. Sé que no es lógico, que no es razonable, que nada parece apoyar este estado de ánimo, pero ¿qué quieren? Yo soy así.

Esta mañana me he levantado pensando en lo feliz que soy ¡Siendo lunes! ¡Qué barbaridad!

Quizás ha sido el fin de semana, y eso que con las lluvias casi no hemos podido salir de casa.

El viernes el mayor salió muy ilusionado de unos exámenes, la mediana se ha ido esta mañana cinco días al campo con su clase y el pequeño… bueno es el pequeño ¿qué más se puede decir?

El sábado por la mañana fueron los tres muy temprano a jugar al tenis como cada sábado, y por la tarde fuimos a misa, ya que este domingo los horarios de la parroquia estaban trastocados por las primeras comuniones. La misa correspondiente a la festividad de la Ascensión la ofició un sacerdote bastante joven, que pronunció una inspirada homilía, desarrollando brillantemente la trascendencia y profundidad del pasaje evangélico, y respetando los cánones litúrgicos durante toda la celebración, que concluyó con varias jaculatorias a la Santísima Virgen.

Como se puso a llover no pudimos concluir la tarde con un paseo al aire libre, así que acabamos viendo en casa como el Chelsea le ganaba en la tanda de penaltis la Copa de Europa al Bayern.

El domingo amaneció fresco pero despejado, así que, cómo teníamos la misa oída, decidimos dar un largo paseo entre pinares antes de comer. Los tres hermanos acabaron saltando como cabritillos por el campo, para solaz y regocijo de sus progenitores.

La tarde fue de nuevo un aguacero tras otro, así que pasó apaciblemente entre estudios, juegos, deberes, preparativos y demás.

Mención aparte se merece el apartado gastronómico. Si algo se hace bien en casa es comer.

Por no dar muchos detalles, remontándonos sólo hasta el pasado jueves por la noche, por la mesa de casa han pasado unos caracoles, un cocido montañés, una fritura de pescado a base de acedías, pijotas y navajas, unos pollos picantones guisados y una paella, sin mencionar postres, desayunos, meriendas y aperitivos varios.

Si mi mujer no fuese tan buena madre y esposa, tan meticulosa y perfeccionista ama de casa, tan cariñosa y dulce, y solamente fuera la magnífica cocinera que es, ya merecería la pena cualquier cosa por vivir junto a ella (los sándwich de pollo que preparó ayer para cenar eran una obra de arte). Pero es que ella es todo eso y mucho más.

La situación en España y en el mundo es dramática, y casi me da reparo ser tan feliz. Pero como somos pobres de espíritu… y de lo otro casi también, en general los altibajos de la economía nos afectan poco.

Y aunque nuestra única fuente de ingresos para garantizar el sustento familiar sean nuestros salarios mensuales, que no nos permiten un nivel de ahorro que merezca ser tenido en cuenta, más allá de eso que se llama una reserva para emergencias, procuramos tender más a la compasión con la pléyade de los desheredados de este mundo que a la envidia hacia la minoría de los ricos.

A pesar de haber decidido no hacerlo, reconozco que estoy algo ilusionado con un proyecto profesional que seguramente terminen por no asignarme, y lo que sí está ya bastante avanzado es la organización para este verano, que cada vez está más cerca, de un viaje familiar que llevaba esperando muchos años y que por muchos y diversos motivos habíamos ido retrasando.

Como digo, no tengo motivos más que para dar gracias a Dios.

Ser discípulo de Nuestro Señor Jesucristo, ser católico, es fundamentalmente eso, mantener el pesimismo a raya, fundamentados en la esperanza, que es lo que nos distingue de los que dan la espalda a Dios.

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