vendredi 26 février 2010

Placeres

Aunque ciertamente este mundo es «un valle de lagrimas» como bien sabemos los que todavía acostumbramos a orar empleando las maravillosas oraciones que nos enseñaron los que nos han precedido en la fe, Dios Nuestro Señor puso también en la tierra múltiples elementos placenteros que, empleados de un modo adecuado, son paz para el espíritu, luz para el alma y descanso para el cuerpo.
Sin duda la literatura es uno de los mayores, así como la música y otras artes como la pintura o la escultura, e incluso el cine. En todos los casos, la primera dificultad consiste en encontrar el libro adecuado, o el concierto, museo, película...

Como dice Robert Musil en “El hombre sin atributos”, otro libro que merece ser leído, la cultura es la sal que hace disfrutar de los placeres, pero a la alta sociedad no le gustan los platos demasiado salados.

En estos días he tenido la magnifica experiencia de conjugar dos de mis placeres favoritos, la literatura y la gastronomía.

Todo empezó además gracias al cine. Cada vez me resulta más y más difícil encontrar una película para disfrutar con mi mujer y mis hijos, sin el temor a escuchar permanentemente palabras malsonantes, escenas pornográficas, exaltación del pecado nefando u otras practicas gravemente inmorales... ¡incluso en las películas infantiles! De hecho hace poco, gracias al diario La Razón, hemos podido disfrutar por fin todos juntos en casa, de esa deliciosa película que se llamo La Gran Familia, que a mis hijos, que la desconocían, les ha encantado, hasta el punto de que mi pequeña, que siempre había dicho que quería ser jueza para meter en la cárcel “a todos los malos”, ahora quiere ser arquitecta como el hijo mayor de Alberto Closas en la película.

En fin, la película de la que quería hablar se llama Julie & Julia. Es de Meryl Streep y trata sencillamente del arte de la cocina y el modo tan diferente en que puede influir a personas absolutamente distintas, teniendo a la vez similitudes remarcables. La recomiendo a todos los amantes del buen cine, de la buena gastronomía, o de ambas como es mi caso.

A raíz de la película decidí regalar a mi mujer, que es una cocinera extraordinaria, o quizás a mi mismo, no sé, la ultima edición de la Larousse Gastronómica, una obra magnifica, algo cara eso si, brillantemente redactada, documentada, ilustrada e impresa. Yo la compré en francés pero creo que hay edición en castellano.

Poco tiempo después, un amigo francés con el que acostumbro a pasar veladas apasionantes de tertulia mientras compartimos algunas botellas de buen vino y disfrutamos de algunas viandas, hablando del tema, me mostró un auténtico tesoro que tenía en su siempre bien surtida biblioteca personal, una edición del mítico Gran Diccionario de la Cocina de Alejandro Dumas, reeditado en el año 2000 con una coleccion de mas de 500 grabados de época. Impresionante.

De hecho Dumas tiene su propia entrada en la Larousse Gastronómica, mientras que, por ejemplo, Marcel Proust sólo es mencionado en el artículo sobre las magdalenas, por razones obvias para el que haya leído el primer volumen de “A la búsqueda del tiempo perdido”.

Por el momento estoy intentando conseguirlo mientras leo el texto original que encontré en Internet. Es una autentica delicia. Por desgracia puedo confirmar que no hay ediciones en castellano.

Lo que de nuevo me lleva a la recurrente reflexión sobre el contrasentido que constituyen la increíble cantidad de libros que se publican cada año en España, y en el resto del mundo, la inmensa mayoría de los cuales son una absoluta basura, que únicamente sirven para alejar a los posibles lectores de la sabiduría, estilo y brillantez de los clásicos.

Es lo mismo que comprar un mueble de Ikea pudiendo encontrar por el mismo precio, o a veces más baratos, muebles antiguos que pueden restaurarse fácilmente y que llenan nuestras humildes moradas de nobleza, fiabilidad, historia...

Para un viernes de cuaresma, día de abstinencia, ya basta de hablar de cocina y otros placeres. Hoy toca releer un poco el Kempis.
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