samedi 6 mars 2010

¿Progreso? (I)

Aunque la palabra progreso, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, significa acción de ir hacia adelante o, en su segunda acepción, avance, adelanto, perfeccionamiento, la realidad es que, desde principios del siglo XIX, el liberalismo radical se apropió del término "progresismo" para elevar al rango de verdad indiscutible, el que todas su reformas revolucionarias suponían y suponen, una mejora para el hombre, y todo aquel que se opone a ellas, denominado retrógrado, es un defensor de injustos privilegios o cosas peores.

Basta liberarse de prejuicios y analizar con la razón, y con el corazón, cualquiera de los cambios a los que el "progreso" nos ha sometido, para desmontar estas falacias.

Comenzaré hoy con una pequeña reflexión sobre un tema escogido al azar, el trabajo de la mujer.

Mi abuelo ejercía una actividad profesional con la que obtenía los ingresos necesarios para el sustento de sus cinco hijos, igual que su padre hizo con él y sus trece hermanos. Mientras, mi abuela se ocupaba de lo que siempre hemos llamado criar y educar a los hijos, las múltiples tareas de la casa, etc.

Puede que algún día me anime a contar cómo mi abuelo, "javierista" hasta la médula, vio morir a doce de sus trece hermanos y hermanas entre 1936 y 1939.

Mi padre, para mantener a sus cuatro hijos sin lujo ninguno, se veía obligado a tener dos empleos, aparte de necesitar la ayuda ecónomica de sus suegros, que al haber tenido tres hijas y ningún varón, tuvieron que vender tierras y propiedades. La historia de mi abuelo materno, médico en nuestra Cruzada de Liberación Nacional y en la División Azul, merecerá también un futuro comentario.

Mi madre siguió estando siempre en casa, entregando su existencia por el bienestar de sus hijos y su esposo.

Hoy en día mi esposa y yo nos vemos obligados a trabajar fuera de casa a jornada completa para hacer frente a los usureros que me prestaron la exorbitante cantidad de dinero que necesité para adquirir el pequeño apartamento que da cobijo a mi prole.

Mis hijos están condenados a jornadas interminables fuera del hogar, sin poder disfrutar de lunes a viernes de la comida casera de su madre, en el reposo hogareño del mediodía.

Al menos sabemos aprovechar al máximo el tiempo que pasamos juntos, entre otras cosas al haber renunciado a esa puerta abierta al demonio que hay en la mayoría de los hogares, llamada televisión.

Desde luego mi mujer preferiría permanecer ejerciendo su vocación de madre y esposa durante todo su tiempo, y como he dicho, si no lo hace es por necesidad, no por "conquista social" o zarandajas por el estilo.

Supongo que muchos, con ligeras diferencias, se verán reflejados en lo que he contado.

¿Progreso?

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