lundi 19 décembre 2011

Una Navidad adulta

Una de las armas más peligrosas que emplea la modernidad para destruir las sociedades tradicionales es sin duda la “infantilización”. Podemos descubrir muy fácilmente el empleo de esta estrategia diabólica, en multitud de detalles.
Todo lo que se considera bueno o deseable hoy en día, está relacionado con la juventud o la infancia. La edad adulta, la madurez, tiene “mala prensa”, se relaciona con la pérdida de ideales, el conformismo o la rutina, mientras la vejez sólo se salva en tanto en cuanto suponga un retorno a la infancia.
La reacción lógica del hombre moderno ante este modelo universalmente aceptado, ante el pensamiento único, es tratar de prolongar la juventud lo más posible, aproximándola a la vejez, para evitar una madurez demasiado prolongada. Se trata fundamentalmente de evitar compromisos, de no aceptar responsabilidades, retrasando o evitando, por ejemplo, el matrimonio y la maternidad o paternidad, permaneciendo en el hogar paterno hasta décadas después de la mayoría de edad, etc.
Resulta especialmente ridículo ver a hombres de mi edad que visten y hablan como adolescentes, a los padres de los compañeros de mis hijos que parecen sus abuelos, o a tantos divorciados persiguiendo jovencitas que podrían ser sus hijas.
En fin, esta pequeña introducción pretende ayudarme a reflexionar un poco más sobre la Navidad que, como apunté la semana pasada, es una de las festividades católicas que más sufre por una parte la tendencia infantiloide, y por otra la paganización salvaje y sacrílega.

Antes de empezar, resulta de ley agradecerle al sacerdote que dice la misa de una los domingos en mi parroquia sus inspiradas homilías.

El evangelio del último domingo de adviento, según el misal católico en vigor, es el pasaje de la anunciación (Lc 1, 26-38): “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
– «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú eres entre las mujeres.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
– «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel
– « ¿Cómo será eso pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
– «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:
– «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.”

Me detendré brevemente en la parte fundamental de este pasaje del Evangelio. Cuando el Ángel llama a la Bienaventurada siempre Virgen María “llena de gracia”, la Santísima Virgen “se turbó”.
Desde un punto de vista infantil, inmaduro, podemos imaginar esta turbación provocada por la propia visión del Ángel, la luz, el resplandor, o lo que nuestra imaginación nos evoque.
Pero no se trata de nada de eso. Se trata de la expresión “llena de gracia”, de “haber encontrado gracia ante Dios”.
A lo largo de las Escrituras, todo aquel que encontró gracia ante Dios, recibió una misión. Si pensamos un poco resulta absolutamente lógico. Cuando Dios nos encomienda una misión, y a todos nos encomienda alguna, la condición previa es el don de la gracia.
Y es condición previa porque las misiones que Dios nos encomienda son siempre “misiones imposibles”, mucho más que las de la famosa serie de televisión que recrean las películas de Tom Cruise. Son absolutamente imposibles, porque están hechas a la medida de Dios, no a la nuestra.
Por eso necesitamos la gracia. Sin la gracia de Dios no podemos nada, y con ella lo podemos todo, “porque para Dios nada hay imposible”.
Sin duda la misión que presenta el Ángel es absolutamente imposible según criterios humanos. Y cuando la Santísima Virgen contesta que no conoce varón, no se refiere a San José. No conoce, porque no puede conocer, a ningún varón humano capaz de engendrar al Hijo de Dios, capaz de encarnar al Verbo.
La Virgen María, tras la lógica turbación inicial, acepta la misión. Y tampoco entonces se comporta de un modo inmaduro o infantil. No dice “voy a hacerlo”, o “lo haré”, no; se sabe instrumento de Dios, que sólo con la gracia divina de su parte podrá llevar a término la “misión imposible” que se le encomienda. Por eso dice “hágase en mí según tu palabra”.
¡Qué incomparable ejemplo para todos los cristianos!
Sin duda en nuestros días hay multitud de “misiones imposibles”. Educar a los hijos “como Dios manda”, inculcándoles los principios del Evangelio, a poco que analicemos el mundo en que se verán obligados a vivir desde su infancia, no es que parezca imposible, es que lo es.
Seguir el Evangelio, vivir la Palabra de Dios según nos enseña la Santa Madre Iglesia, perdonando a nuestros enemigos, haciendo incluso el bien a nuestros enemigos, es absolutamente imposible. No se puede.
Pero basta con decirle a Dios “hágase”, “fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra” como Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a rezar el Padre Nuestro, y el milagro se produce.
El Espíritu Santo viene sobre nosotros, y la fuerza del Altísimo nos cubre con su sombra, con su manto, para obrar el milagro preciso, del mismo modo que en cada Eucaristía desciende para obrar el de la transubstanciación.

Una vez más, Feliz Navidad a todos y que pronto podamos unirnos a la legión del ejército celestial, para alabar a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor».


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