jeudi 19 avril 2012

El toro por los cuernos

Éste no pretende ser un comentario más de mi bitácora. No trato hoy de compartir una información, una opinión o una curiosidad. Desde mi humilde condición de carlista “de a pie”, por tradición y por convencimiento, como católico antes que ninguna otra cosa y, en este caso, sobre todo como español, me siento en la obligación de elevar una petición de reflexión profunda y un acto de responsabilidad a quienes, en virtud de la divina providencia y por encomiable voluntad propia, están llamados a ejercerla.

Sabemos que la Patria atraviesa momentos críticos, aún más terribles si cabe que los que desde hace demasiado tiempo la sumen en una situación trágica y lamentable. Ha llegado sin duda la hora de adoptar posiciones aún más firmes y claras en defensa de Dios, la Patria… y el Rey.

No estoy acostumbrado a dar rodeos ni a ocultar la verdad con trampas del lenguaje, así que presentaré los hechos como los veo, con crudeza y citando nombres y apellidos.

Como no podía ser de otro modo, el régimen de monarquía “liberal-parlamentaria” de la constitución española de 1978 ha llevado al límite sus devastadoras consecuencias y ha situado a España al borde del abismo. La irresponsabilidad del actual jefe del estado, que ocupa el trono por decisión personal del que fue Caudillo de España por la Gracia de Dios, y al que siempre deberemos agradecer la salvación de la Patria de las garras de las plagas políticas demoníacas del siglo XX, ha sido acorde con la nefasta herencia de sus ancestros que, a la muerte de Fernando VII, arrebataron el trono a su legítimo heredero y entregaron la Patria en manos de los enemigos seculares de Dios y de España.

Se acerca la hora en que, vergonzosamente para España y para él mismo, deberá abandonar el trono ilegítimamente ocupado. Las alternativas son funestas, la abdicación en su hijo varón, cuya trayectoria conocida nos hace temer lo peor, o de nuevo una república masónica.

Una vez más, sólo en el Carlismo anida la esperanza para las Españas. Pero no nos engañemos, el carlismo está profundamente dividido, los carlistas estamos divididos y eso, sencillamente, es inadmisible. Desde la muerte del Rey Javier, y aún antes, terribles acontecimientos nos han llevado a la dolorosísima división del Carlismo. No me detendré a enumerarlos ni a remover las llagas.

En este momento la Comunión Tradicionalista, la única denominación correcta para la organización política del Carlismo, vive momentos de profunda vitalidad ideológica, que debemos agradecer personalmente a hombres de la talla de José Miguel Gambra y Miguel Ayuso, entre otros muchos. El “corpus doctrinal” está en sus manos y transmite confianza.

Pero de nuevo debemos afrontar sin ambages los problemas, y uno fundamental es que España y los carlistas necesitamos, además de claridad y fidelidad a los principios, un Rey que los asuma, los personalice y los defienda. Y aquí siento necesario apelar también a la responsabilidad histórica de la Comunión Tradicionalista Carlista, la CTC, y a su Secretario General, Javier Garisoain.

La Comunión Tradicionalista se organiza en torno a la Secretaría Política de Don Sixto Enrique de Borbón y Parma, que asumió su papel de Abanderado de la Tradición a raíz de las desviaciones ideológicas de su hermano mayor q.e.p.d. Pero Don Sixto está a punto de cumplir 72 años y no tiene un heredero directo.

El pasado año, tras la muerte de su padre Don Carlos Hugo, su hijo Don Carlos Javier de Borbón-Parma y Orange-Nassau envió un “mensaje al pueblo carlista” que he querido adjuntar a esta reflexión. Gran parte de su manifiesto transmite esperanza, algún párrafo nos llena una vez más de inquietud, y en la frase final echamos realmente de menos una leve llamada a la tan necesaria como añorada reconciliación con su tío Sixto Enrique.

No es el momento de preguntarse si es posible un acercamiento entre las posiciones de todos los carlistas, debe ser posible y es de hecho imprescindible.

Sigamos el ejemplo de la Santa Madre Iglesia, en cuyo seno nuestro Santo Padre Benedicto XVI se encuentra desde hace años inmerso en la tarea titánica de recuperar la unidad que quedó tan profundamente herida a consecuencia de muy erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II, que nuestros enemigos supieron aprovechar torticeramente, con su alevosía secular característica.

Es precisamente la Doctrina Social de la Iglesia, el marco en torno al cual deberían reunirse con confianza las posturas comunes del carlismo. Algunos defensores bienintencionados de alternativas políticas fracasadas, como la democracia cristiana, intentan abanderar la defensa de la DSI, pero resulta meridianamente claro que sólo anclados a la roca firme de la Tradición es posible ponerla en práctica.

La historia espera de nosotros algo más que palabras, reflexiones u opiniones. Algo debe empezar a moverse o todos los sacrificios habrán sido en vano, y nuestra responsabilidad es enorme.

Un carlista

Quare fremuerunt gentes,
et populi meditati sunt inania?
Astiterunt reges terrae,
et principes convenerunt in unum
adversus Dominum et adversus christum eius:
Dirumpamus vincula eorum
et proiciamus a nobis iugum ipsorum! ”.
Qui habitat in caelis, irridebit eos,
Dominus subsannabit eos.
Tunc loquetur ad eos in ira sua
et in furore suo conturbabit eos:
Ego autem constitui regem meum super Sion, montem sanctum meum! ”.

Praedicabo decretum eius.
Dominus dixit ad me: “ Filius meus es tu;
ego hodie genui te.
Postula a me, et dabo tibi gentes hereditatem tuam
et possessionem tuam terminos terrae.
Reges eos in virga ferrea
et tamquam vas figuli confringes eos ”.

Et nunc, reges, intellegite;
erudimini, qui iudicatis terram.
Servite Domino in timore
et exsultate ei cum tremore.

Apprehendite disciplinam, ne quando irascatur,
et pereatis de via,
cum exarserit in brevi ira eius.
Beati omnes, qui confidunt in eo.







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