jeudi 26 avril 2012

La tecnología y yo

Recuerdo que corría el año 1997, cuando de nuevo cambié de ciudad de residencia. Harto de pagar una considerable cantidad de dinero a la compañía telefónica cada vez que tenía que establecer un nuevo contrato, decidí aceptar una oferta de una tienda de electrodomésticos, que al comprar un aspirador ¡regalaba un teléfono móvil!

El “zapatófono” en cuestión era bastante más grande y pesado que los actuales inalámbricos caseros, y su batería, que debía recargarse constantemente, duraba sólo unos minutos, así que la mayoría de las conversaciones telefónicas se cortaban a la mitad y se quedaba uno incomunicado hasta que la dichosa batería se cargaba de nuevo. Al poco tiempo no tuve más remedio que volver a pagar a la telefónica un nuevo contrato de teléfono fijo.

A finales de 1998, mi mujer y yo decidimos comprarnos dos teléfonos móviles, para facilitar nuestra comunicación durante mis viajes. Cuando nos llegó la factura del primer mes en el que estuve de viaje, casi nos da un infarto. Los flamantes móviles fueron a parar a un cajón, y de nuevo se acabó la historia de la telefonía móvil para nosotros, con solemne juramento de no volver a intentarlo jamás.

Para no aburrir, diré que me parece estar hablando de la prehistoria, ahora que al llegar a casa, mi “smartphone” se conecta a la “wi-fi” de casa, provista de fibra óptica, para que desde el sofá pueda, si quiero, consultar el correo o trastear en internet.

El primer ordenador que entró en casa lo hizo en el año 2003. Hasta entonces los ordenadores eran para nosotros instrumentos de trabajo, y como tales sólo se ubicaban en la oficina. Pero en aquel momento tenía que trabajar en casa, obligatoriamente, y no podía hacerlo sin ordenador.

Por supuesto no tenía conexión a internet, y lo que hacía era traer documentos del trabajo, ¡en “diskettes”!, y emplearlos en casa. Un compañero me instaló la “Enciclopedia Encarta”, que hacía las veces de “wikipedia”, y punto.

Ahora compramos casi todo por internet desde casa. Por no hablar de mis actividades “blogueras”, ja, ja, ja.

Y llega la hora de la confesión pública… después de jurar que nunca lo haría… después de despotricar contra ellos en público y en privado, incluso en esta bitácora… después de todo eso… tengo un lector de libros electrónicos. (Cuando acaben de reírse o de ponerme verde, sigan leyendo, si les apetece).


Los libros en papel son estupendos, son insustituibles para mí, son algo más que palabra escrita. Mi biblioteca personal es y será mi mayor tesoro material. Sí, pero…

Como, en vez de en un palacio, vivo en un apartamento, literalmente no tengo espacio para más libros. Aunque de vez en cuando traslado libros a la casa del pueblo, la del pueblecito donde pasamos las vacaciones, no la de los comunistas, el problema de la acumulación de volúmenes era ya irresoluble.

Por otro lado, déjenme que les cuente, el cacharrito me tiene extasiado. Lo tengo ya lleno de esos libros que siempre quiero volver a leer y esos otros que nunca hubiera comprado pero que despertaban mi curiosidad.

Tengo libros en diferentes idiomas, y al leerlos, con sólo pulsar en una palabra, el artefacto busca la definición en el diccionario correspondiente.

La letra y paginación se adaptan a gusto del lector, lo que me temo empezará a ser muy necesario cuando mi vista comience a resentirse por la edad, y los libros se abren siempre por la última página leída, como con un marca páginas.

Los libros en inglés ¡los lee él solito en voz alta! Lo que hace muchos años me hubiese sido muy útil para perfeccionar mi inglés hablado, y ahora de vez en cuando me irá bien para mantenerlo.

Debo reconocer que la pantalla tiene una visibilidad fantástica, semejante al papel impreso de calidad, el tamaño es perfecto para llevar encima siempre cuantos libros quiera sin molestia alguna, la batería dura una barbaridad de tiempo sin necesidad de recarga…

¿Se nota que estoy encantado con mi nuevo “juguete”?

En fin, que sí, que tenían razón los que me decían que acabaría comprándolo, y que yo estaba equivocado al criticarlo. ¿Qué más quieren que les diga? Yo cuando estoy equivocado, lo reconozco y sanseacabó.

Estoy convencido de que se trata de un gran herramienta en manos de los amantes de los libros, y que complementa a nuestros amados libros tradicionales de papel, que espero que no pueda sustituirlos completamente nunca, aunque ya no estoy tan seguro.
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