lundi 30 avril 2012

Poesía de Verdad


ROMANCES SOBRE EL EVANGELIO
«IN PRINCIPIO ERAT VERBUM»
ACERCA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

San Juan de la Cruz



“In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum. Hoc erat in principio apud Deum. Omnia per ipsum facta sunt, et sine ipso factum est nihil, quod factum est; in ipso vita erat, et vita erat lux hominum, et lux in tenebris lucet, et tenebrae eam non comprehenderunt.”
(Jn 1, 1-5)




En el principio moraba
el Verbo y en Dios vivía,
en quien su felicidad
infinita poseía.

El mismo Verbo Dios era,
que el principio se decía;
él moraba en el principio,
y principio no tenía.

Él era el mismo principio;
por eso de él carecía;
el Verbo se llama Hijo
que del principio nacía.

Hale siempre concebido,
y siempre le concebía;
dale siempre su sustancia
y siempre se la tenía.

Y así la gloria del Hijo
es la que en el Padre había,
y toda su gloria el Padre
en el Hijo poseía.

Como amado en el amante,
uno en otro residía,
y aquese amor que los une
en lo mismo convenía
con el uno y con el otro
en igualdad y valía.

Tres personas y un amado
entre todos tres había.
y un amor en todas ellas
un amante las hacía;
y el amante es el amado
en que cada cual vivía,
que el ser que los tres poseen,
cada cual le poseía,
y cada cual de ellos ama
a la que este ser tenía.

Este ser es cada una,
y éste solo las unía
en un inefable nudo
que decir no se sabía;
por lo cual era infinito
el amor que las unía
porque un solo amor tres tienen,
que su esencia se decía:
que el amor, cuanto más uno
tanto más amor hacía.

jeudi 26 avril 2012

La tecnología y yo

Recuerdo que corría el año 1997, cuando de nuevo cambié de ciudad de residencia. Harto de pagar una considerable cantidad de dinero a la compañía telefónica cada vez que tenía que establecer un nuevo contrato, decidí aceptar una oferta de una tienda de electrodomésticos, que al comprar un aspirador ¡regalaba un teléfono móvil!

El “zapatófono” en cuestión era bastante más grande y pesado que los actuales inalámbricos caseros, y su batería, que debía recargarse constantemente, duraba sólo unos minutos, así que la mayoría de las conversaciones telefónicas se cortaban a la mitad y se quedaba uno incomunicado hasta que la dichosa batería se cargaba de nuevo. Al poco tiempo no tuve más remedio que volver a pagar a la telefónica un nuevo contrato de teléfono fijo.

A finales de 1998, mi mujer y yo decidimos comprarnos dos teléfonos móviles, para facilitar nuestra comunicación durante mis viajes. Cuando nos llegó la factura del primer mes en el que estuve de viaje, casi nos da un infarto. Los flamantes móviles fueron a parar a un cajón, y de nuevo se acabó la historia de la telefonía móvil para nosotros, con solemne juramento de no volver a intentarlo jamás.

Para no aburrir, diré que me parece estar hablando de la prehistoria, ahora que al llegar a casa, mi “smartphone” se conecta a la “wi-fi” de casa, provista de fibra óptica, para que desde el sofá pueda, si quiero, consultar el correo o trastear en internet.

El primer ordenador que entró en casa lo hizo en el año 2003. Hasta entonces los ordenadores eran para nosotros instrumentos de trabajo, y como tales sólo se ubicaban en la oficina. Pero en aquel momento tenía que trabajar en casa, obligatoriamente, y no podía hacerlo sin ordenador.

Por supuesto no tenía conexión a internet, y lo que hacía era traer documentos del trabajo, ¡en “diskettes”!, y emplearlos en casa. Un compañero me instaló la “Enciclopedia Encarta”, que hacía las veces de “wikipedia”, y punto.

Ahora compramos casi todo por internet desde casa. Por no hablar de mis actividades “blogueras”, ja, ja, ja.

Y llega la hora de la confesión pública… después de jurar que nunca lo haría… después de despotricar contra ellos en público y en privado, incluso en esta bitácora… después de todo eso… tengo un lector de libros electrónicos. (Cuando acaben de reírse o de ponerme verde, sigan leyendo, si les apetece).


Los libros en papel son estupendos, son insustituibles para mí, son algo más que palabra escrita. Mi biblioteca personal es y será mi mayor tesoro material. Sí, pero…

Como, en vez de en un palacio, vivo en un apartamento, literalmente no tengo espacio para más libros. Aunque de vez en cuando traslado libros a la casa del pueblo, la del pueblecito donde pasamos las vacaciones, no la de los comunistas, el problema de la acumulación de volúmenes era ya irresoluble.

Por otro lado, déjenme que les cuente, el cacharrito me tiene extasiado. Lo tengo ya lleno de esos libros que siempre quiero volver a leer y esos otros que nunca hubiera comprado pero que despertaban mi curiosidad.

Tengo libros en diferentes idiomas, y al leerlos, con sólo pulsar en una palabra, el artefacto busca la definición en el diccionario correspondiente.

La letra y paginación se adaptan a gusto del lector, lo que me temo empezará a ser muy necesario cuando mi vista comience a resentirse por la edad, y los libros se abren siempre por la última página leída, como con un marca páginas.

Los libros en inglés ¡los lee él solito en voz alta! Lo que hace muchos años me hubiese sido muy útil para perfeccionar mi inglés hablado, y ahora de vez en cuando me irá bien para mantenerlo.

Debo reconocer que la pantalla tiene una visibilidad fantástica, semejante al papel impreso de calidad, el tamaño es perfecto para llevar encima siempre cuantos libros quiera sin molestia alguna, la batería dura una barbaridad de tiempo sin necesidad de recarga…

¿Se nota que estoy encantado con mi nuevo “juguete”?

En fin, que sí, que tenían razón los que me decían que acabaría comprándolo, y que yo estaba equivocado al criticarlo. ¿Qué más quieren que les diga? Yo cuando estoy equivocado, lo reconozco y sanseacabó.

Estoy convencido de que se trata de un gran herramienta en manos de los amantes de los libros, y que complementa a nuestros amados libros tradicionales de papel, que espero que no pueda sustituirlos completamente nunca, aunque ya no estoy tan seguro.

mercredi 25 avril 2012

Lección imprescindible de economía básica

Desde hace ya mucho tiempo, las páginas “salmón” de los periódicos han dejado de servir fundamentalmente para envolver bocadillos, pasando a ser las que más interés suscitan, después, claro está, de las de información deportiva.
Se leen muchas tonterías, bastantes teorías absurdas, una gran cantidad de mentiras interesadas y en general poca información que merezca la pena. Yo no he invertido en bolsa jamás, entre otras cosas porque el poco dinero de que dispongo no puedo permitirme arriesgarlo, y cuando me he visto obligado, literalmente, a contratar un “fondo de inversión” los resultados han sido catastróficos. Lo que no es óbice, objeción ni cortapisa para que me interese la economía, la información económica, la bursátil y la "de los mercados".
Ya hace algún tiempo traje a esta bitácora algún artículo sobre la “Escuela de Salmanca” y hoy quiero compartir otro que en estos días circula por los blogs de economía, dado su interés y claridad en la exposición. Espero que mis lectores lo sepan apreciar.
El artículo se titula: “Duelo a muerte entre dos disciplinas económicas”, lo he leído en el blog del Euribor (¡dichoso Euribor que es la tortura diaria de miles de españoles!) y está escrito por Antolín Blanco, editor de MercadosyBurbujas.com y colaborador de iAhorro.com :

En una esquina del cuadrilátero está situado el púgil Keynesiano que de momento ostenta el título de campeón del mundo. Lo aconseja una plantilla de energúmenos representada por políticos despilfarradores, bancos centrales caciques, banqueros avariciosos, economistas ostentosos que zarandean premios nobel de economía, académicos miopes y otros infaustos monetario-dopantes que no nombro para no extenderme en demasía.
En la esquina opuesta está instalado el contendiente austriaco que hace muchas décadas que perdió el título de campeón. Está aconsejado por una plantilla de gritones alarmados representada por un par de políticos sin poder, cuatro economistas sin credenciales, un puñado de gurús sin cuerdas vocales, media docena de prosistas que escriben con tinta invisible y algún insólito académico con visión adquirida a base de desenterrar vieja sabiduría de las mazmorras de la historia casi desconocida.
No es la primera vez que estos púgiles se enfrentan. La primera contienda fue extensa, comenzó coincidiendo con la guerra civil española y duró hasta mediados de los 50s. En este primer encuentro el Keynesiano salió claramente victorioso. En aquella disputa el mundo era muy diferente puesto que como consecuencia de la segunda guerra mundial, Estados Unidos era el único país cuya infraestructura industrial, con tentáculos globales, quedó intacta.
Dicha industria fue utilizada para reconstruir a Europa, que había quedado prácticamente destruida, y al resto de los participantes de la contienda mundial, tanto amigos como ex-enemigos. Aunque en aquel entonces el gobierno de la Casa Blanca para fines bélicos acumuló excesiva deuda, el dinero y los ahorros abundaban en el país puesto que los consumidores estadounidenses tuvieron el consumo restringido durante años para ceder recursos industriales a la maquinaria bélica. Como consecuencia, el sector privado estaba libre de deudas y en posición de rescatar al gobierno vía adquisición de pagarés del tesoro. Desde un punto de vista estrictamente económico, las circunstancias en que se encuentran los Estados Unidos en la actualidad son totalmente antípodas a las anteriormente citadas.
Durante la década de los 70′s los dos púgiles volvieron a enfrentarse para terminar en tablas, pero por la ventaja de un voto de la decisión de los jueces, el título fue concedido de nuevo al Keynesiano.
En el enfrentamiento actual, los insultos y las amenazas comenzaron en el 2001, y en el 2008 comenzó el combate que puede durar todavía varios años. Esta pugna será la definitiva, es un desafío a muerte y no será repetido hasta la próxima reencarnación del perdedor.
La ideología Keynesiana aboga por mantener una macroeconomía utópica a través de dos premisas: intervención de los gobiernos e intervención de los bancos centrales. Bajo esta disciplina, durante tiempos de crisis los gobiernos ignoran el orden presupuestario y se endeudan para crear estímulos económicos artificiales que al final se convierten en cargas insoportables que los ciudadanos terminan pagando bien con subidas de impuestos abusivos, con miseria colectiva o ambas. Esta ideología suele utilizar la táctica de la ampliación del sector público, o sea el gobierno, para crear puestos de trabajo redundantes. Está claro que creando puestos de trabajo innecesarios ayuda a reducir el desempleo a costa del incremento tributario que en sí retira inversión del sector privado y al final termina creando más desempleo.
Otras dos prácticas utilizadas son las de invertir en infraestructura y educación, las cuales a la vez que crean nuevos puestos de trabajo asientan precedente para determinado crecimiento futuro que de otra manera no existiría. Desde mi punto de vista estas últimas dos tácticas son las únicas justificadas y viables.
La segunda premisa, la de los bancos centrales adeptos al pensamiento Keynesiano, es tan dañina o más que la de los gobiernos, puesto que aboga por la creación de nueva masa monetaria- o sea imprimir dinero a tutiplén para devaluar la moneda y salir de las crisis vía incremento de las exportaciones. Esta táctica solamente funciona cuando un solo país la utiliza de manera temporal para revertirla de nuevo lo antes posible a través de la disciplina fiscal. Sin embargo, la reversión de la táctica es prácticamente imposible porque el dinero fácil es la adicción preferida del político de turno como se ha demostrado a través de la historia en: la España de los últimos siglos, en la Alemania de principios del siglo XX, en Argentina, México, Brasil, Zimbabue y muchos otros países que sistemáticamente han acumulado excesos de deuda para después renegarla por falta de otras alternativas. A la hora de renegar, de todos los países del mundo España se lleva la palma. Desde mediados del siglo XVI hasta mediados del siglo XX España ha renegado la deuda un total de 15 veces. Otros ejemplos son: Francia 9, Portugal 7, Venezuela 12, Alemania 3 y Estados 5. Desde principios del siglo XIV hasta hoy, el continente africano ha renegado 40 veces, Asia 30, América 162 y Europa 90. A través de los siglos citados, diferentes países del mundo en diferentes ocasiones han renegado la deuda un total de 312 veces.
Regresando a la coyuntura de la crisis global que vivimos, la táctica de la devaluación de la moneda funciona aún menos porque si un país imprime dinero para devaluar la moneda y fomentar la exportación, los demás países no se quedan atrás e imprimen incluso más. Tenemos como prueba el caso de Suiza que siendo uno de los países menos apaleados por esta crisis, al ser país refugio del miedo, el flujo de divisas hacia bancos e instituciones de este país neutral ha obligado al gobierno a devaluar el franco suizo en repetidas ocasiones para frenar su subida y mantener sus exportaciones.
Entonces, si las premisas de Keynes en casi toda su totalidad no funcionan y a la vez producen efectos secundarios peligrosos para la paz y para la democracia porque la suma de muchas de estas acciones económicas erróneas inevitablemente conducen al cáncer de la inflación cuya cura será devastadora para la sociedad, tarde o temprano el mundo restituirá la ideología contendiente que se expone a continuación.
Al contrario de la ideología Keynesiana, la ideología austriaca, en síntesis, aboga por la prudencia fiscal por parte de los gobiernos, sensatez crediticia por parte de los bancos y otros prestamistas, y restricciones por parte de los bancos centrales que en realidad no son necesarios y por lo tanto no deberían de existir. Esta disciplina ahora llamada austriaca tiene orígenes ancestrales en lo que ahora también se llama Escuela de Salamanca y data de ideologías y tomos surgidos del siglo XVI por algunos Jesuitas escolásticos de la universidad salmantina. La figura más relevante del nacimiento de esta disciplina económica fue el eclesiástico Juan de Mariana que partiendo de las leyes divinas y naturales escudriñaba ideas sensatas con las que alumbrar y amonestar (a través de sus escritos) los excesos y despilfarros de los monarcas y príncipes* de la época.
Utilizando la relativa protección de la Iglesia que entonces tenía más poder que los monarcas, en sus libros (Juan de Mariana) reprendía las exuberancias de la corte a la hora de conceder títulos remunerados, pensiones y favores provenientes de las arcas públicas. Reprendía las guerras sin sentido por sus costes humanos y económicos. Increpaba sobre el estilo de vida decadente de los que dependían de las arcas públicas para sus despilfarros. Avisaba que restándole metal* a la moneda oficialmente sellada era inmoral e inflacionario puesto que los bienes estaban basados en el valor del peso del metal y no en el valor reflejado en la impresión del timbre.
Estos criterios basados y desarrollados por el visionario Jesuita viajaron primero a Italia y después a Francia. Uno de los libros de la ideología económica de Juan de Mariana publicado en 1598, titulado De rege et regis institutione (Sobre el rey y las instituciones reales), se cree que justificó la decapitación de dos reyes tiranos franceses de la época, Henry III y Henry IV, por parte de sus inflamados súbditos*.
Más tarde, otros canónigos escolásticos amplificaron y esparcieron las teorías de Juan de Mariana. En el siglo XVI el emperador Carlos V de España y I de Alemania convirtió a su hermano Fernando en rey Fernando I de Austria, un territorio del imperio español cuyo nombre geográfico (Austral) fue utilizado para bautizar al reino con el nombre de Austria. Con el rey Fernando I viajaron tomos e intelectuales que asentaron las bases para que 250 años más tarde, Carl Menger revitalizara, ampliara y modernizara la disciplina económica de la escuela de Salamanca. En un enfrentamiento, que a través de la prensa Carl Menger mantuvo con su rival ideológico de la Escuela Histórica de Economía, Gustav von Schmoller, Schmoller rechazando la premisa de Menger acuñó de manera despectiva la ideología del rival como Escuela Austriaca de Economía. Los discípulos de Menger continuaron su labor. Los discípulos más nombrados que contribuyeron a la expansión de la ideología económica, ahora llamada Escuela Austriaca, fueron Ludwig von Mises y su discípulo Friedrich Hayek.
Entonces, según se explica aquí, la disciplina Keynesiana podría considerarse como al tío mío de Granada que ni es disciplina ni es nada, y el título de este artículo debería ser cambiado a, Duelo a muerte entre la disciplina y la indisciplina económica. Como la historia no miente, en un futuro cercano, como se puede observar en el enlace de arriba, la gran mayoría de los países desarrollados, incluyendo casi toda Europa, USA y Japón inexorablemente irán a la bancarrota. Existen tres maneras de llegar a este objetivo:

1. Declarando bancarrota y suspendiendo pago permanente a todos los acreedores como hicieron en Islandia.
2. Reestructurando la deuda y obligando a los acreedores a aceptar una fracción muy disminuida como en el caso de Grecia.
3. Devaluando la moneda drásticamente como están haciendo en USA, Europa, Japón y la gran mayoría de los países desarrollados, y pagando a los acreedores la cantidad debida después de la devaluación. Lo cual recortaría también drásticamente el poder adquisitivo del acreedor(**) y de facto sería también denegación parcial de la deuda. Esta última opción está disponible solamente para los países que tienen banco central libre y moneda propia.

Acarrea consecuencias sumamente inflacionarias y da razón a Juan de Mariana cuando en su tomo publicado en 1605, titulado De monetae mutatione (mutilación/alteración de la moneda), se quejaba de la reducción del peso de las monedas de plata y de oro para hacerlas pasar por el mismo valor del peso anterior y de que era inmoral e inflacionario. Al final, como siempre, en cualquiera de las tres opciones que se adopte los que pagan las consecuencias con sufrimiento y miseria son los pueblos.

Sin embargo, si comprendemos que la coyuntura actual nos conducirá irremediablemente al desenlace que aquí se ha demostrado con datos históricos y reconocemos que la repetición de la historia es inevitable, no hemos de confiar en imposibles provenientes de la irresponsabilidad de terceros y no debemos delegar la responsabilidad de proteger nuestros ahorros.

¿Tienes bienes con cuantía y peso mayor que el papel pintado de colores, tienes Oro?

*Algunos datos históricos fueron obtenidos de la biografía de Juan de Mariana escrita por Jesús Huerta de Soto del Instituto Ludwig von Mises - Auburn, Alabama.
** Al contrario de la creencia popular, la mayor parte de los “acreedores/bonistas” son los propios ciudadanos que tienen invertidos sus ahorros en deuda del tesoro bien de forma directa, o a través de distintos fondos de inversión y/o de pensiones.
 

lundi 23 avril 2012

Un papado restaurador (Por Juan Manuel de Prada)

Siete años han transcurrido ya desde que Benedicto XVI ocupase la silla de Pedro; y el aniversario nos sirve de excusa para destacar aquí lo que a todas luces constituye el signo más distintivo y esperanzador de su papado, que no es otro sino la restauración doctrinal de la Iglesia, malherida tras las inercias, malos usos y flagrantes abusos acaecidos en época postconciliar. Quizá la acción más divulgada por la prensa de este designio restaurador haya sido el empeño del pontífice en afrontar sinceramente el escándalo de la pederastia en el clero, fenómeno no por marginal menos indigno y muy expresivo del azote del secularismo, que durante décadas ha campado por sus fueros en el seno de la Iglesia. Pero Benedicto XVI no se ha limitado a combatir las consecuencias de esta calamidad (según la receta propia de nuestra época, que pone farisaicamente cadalsos a las consecuencias, a la vez que entroniza las causas), sino que ha indagado las raíces del problema, descubriendo que su sanación verdadera sólo será posible si se combaten los errores doctrinales de fondo que han infectado a ministros y fieles; errores con los que se había transigido o contemporizado de forma un tanto irresponsable en pasadas décadas.
Muestras de este designio restaurador las tenemos por doquier; a algunas no les prestan atención ni los propios curas, que se resisten, por ejemplo, a poner reclinatorios en la comunión. Pero tal vez la muestra más llamativa (e incomprendida por muchos, aun en el seno de la propia Iglesia) sean los esfuerzos de acogida que Benedicto XVI está mostrando con la fraternidad sacerdotal de San Pío X, fundada por Marcel Lefebvre. En julio de 2007, Benedicto XVI promulgaba la carta apostólica «Summorum Pontificum», emitida en forma de motu proprio, en la que daba una mayor facilidad para la celebración de la misa tridentina. Posteriormente, en enero de 2009, Benedicto XVI levantaba en un decreto pontificio la excomunión a los cuatro obispos ordenados de forma irregular por Lefebvre; y en septiembre de 2011 Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, entregaba a Fellay, superior de la Fraternidad, un «Preámbulo Doctrinal» que, en caso de ser aceptado, pondría fin a la ruptura. Desde entonces, se han sucedido los contactos, que según los últimos indicios podrían resolverse con la plena regularización canónica de la Fraternidad.

A simple vista, puede parecer un episodio menor; pero tal vez se trate del gran acontecimiento de este papado. A pesar de las intemperancias mostradas por algunos miembros de la Fraternidad, a pesar de las resistencias y desconfianzas de muchos prelados, a pesar de la animadversión furiosa que ciertos sectores eclesiásticos progresistas (y también, por cierto, conservadores, en paradójica alianza) exhiben ante los «lefebvrianos», el Papa no ha cejado en su voluntad explícita de propiciar la reconciliación definitiva con este grupo tradicionalista. Benedicto XVI es un testigo privilegiado del «proceso de decadencia y autodestrucción» (empleamos expresiones suyas) que «fuerzas latentes agresivas, polémicas, centrífugas» desataron en el seno de la Iglesia, en las décadas posteriores al Concilio Vaticano II. En su esfuerzo por propiciar la regularización canónica de la Fraternidad de San Pío X (que, en caso de consumarse, le acarreará incomprensiones por doquier y una feroz campaña mediática de desacreditación) vislumbramos el propósito regenerador de un Papa que no se conforma con atajar las consecuencias funestas de un proceso degenerativo, sino que aspira a una auténtica regeneración del tejido enfermo.
Gaudeamus igitur.

vendredi 20 avril 2012

Vergüenza "real", el hazmerreír de Europa

Catecismo de la Iglesia Católica


TERCERA PARTE: LA VIDA EN CRISTO

SEGUNDA SECCIÓN: LOS DIEZ MANDAMIENTOS

CAPÍTULO SEGUNDO: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

ARTÍCULO 6: EL SEXTO MANDAMIENTO

«No cometerás adulterio» (Ex 20, 14; Dt 5, 17).

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28).



Viaje oficial a Stuttgart en 2006

Las ofensas a la castidad

La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de menores.

La fidelidad conyugal

El matrimonio constituye una “íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias”. Esta comunidad “se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal e irrevocable” (GS 48, 1). Los dos se dan definitiva y totalmente el uno al otro. Ya no son dos, ahora forman una sola carne. La alianza contraída libremente por los esposos les impone la obligación de mantenerla una e indisoluble (cf CIC can. 1056). “Lo que Dios unió [...], no lo separe el hombre” (Mc 10, 9; cf Mt 19, 1-12; 1 Co 7, 10-11).

La fidelidad expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada. Dios es fiel. El sacramento del Matrimonio hace entrar al hombre y la mujer en el misterio de la fidelidad de Cristo para con su Iglesia. Por la castidad conyugal dan testimonio de este misterio ante el mundo.

San Juan Crisóstomo sugiere a los jóvenes esposos hacer este razonamiento a sus esposas: “Te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, te ruego, te pido y hago todo lo posible para que de tal manera vivamos la vida presente que allá en la otra podamos vivir juntos con plena seguridad. [...] Pongo tu amor por encima de todo, y nada me será más penoso que apartarme alguna vez de ti” (In epistulam ad Ephesios, homilia 20, 8).


La pareja agasajada por el empresario alemán Manfred Osterwald

Las ofensas a la dignidad del matrimonio

El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf Mt 5, 27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio (cf Mt 5, 32; 19, 6; Mc 10, 11; 1 Co 6, 9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría (cf Os 2, 7; Jr 5, 7; 13, 27).

El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.


"Primeros besos oficiales" en 2006

Evangelio según San Mateo, capítulo 14.

En aquel tiempo, la fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: «Este es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos».

Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla».

Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.

El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, la hija de Herodías bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.

Instigada por su madre, ella dijo: «Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel.

Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y esta la presentó a su madre.

Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús. Al enterarse de eso, Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para esta a solas.

jeudi 19 avril 2012

El toro por los cuernos

Éste no pretende ser un comentario más de mi bitácora. No trato hoy de compartir una información, una opinión o una curiosidad. Desde mi humilde condición de carlista “de a pie”, por tradición y por convencimiento, como católico antes que ninguna otra cosa y, en este caso, sobre todo como español, me siento en la obligación de elevar una petición de reflexión profunda y un acto de responsabilidad a quienes, en virtud de la divina providencia y por encomiable voluntad propia, están llamados a ejercerla.

Sabemos que la Patria atraviesa momentos críticos, aún más terribles si cabe que los que desde hace demasiado tiempo la sumen en una situación trágica y lamentable. Ha llegado sin duda la hora de adoptar posiciones aún más firmes y claras en defensa de Dios, la Patria… y el Rey.

No estoy acostumbrado a dar rodeos ni a ocultar la verdad con trampas del lenguaje, así que presentaré los hechos como los veo, con crudeza y citando nombres y apellidos.

Como no podía ser de otro modo, el régimen de monarquía “liberal-parlamentaria” de la constitución española de 1978 ha llevado al límite sus devastadoras consecuencias y ha situado a España al borde del abismo. La irresponsabilidad del actual jefe del estado, que ocupa el trono por decisión personal del que fue Caudillo de España por la Gracia de Dios, y al que siempre deberemos agradecer la salvación de la Patria de las garras de las plagas políticas demoníacas del siglo XX, ha sido acorde con la nefasta herencia de sus ancestros que, a la muerte de Fernando VII, arrebataron el trono a su legítimo heredero y entregaron la Patria en manos de los enemigos seculares de Dios y de España.

Se acerca la hora en que, vergonzosamente para España y para él mismo, deberá abandonar el trono ilegítimamente ocupado. Las alternativas son funestas, la abdicación en su hijo varón, cuya trayectoria conocida nos hace temer lo peor, o de nuevo una república masónica.

Una vez más, sólo en el Carlismo anida la esperanza para las Españas. Pero no nos engañemos, el carlismo está profundamente dividido, los carlistas estamos divididos y eso, sencillamente, es inadmisible. Desde la muerte del Rey Javier, y aún antes, terribles acontecimientos nos han llevado a la dolorosísima división del Carlismo. No me detendré a enumerarlos ni a remover las llagas.

En este momento la Comunión Tradicionalista, la única denominación correcta para la organización política del Carlismo, vive momentos de profunda vitalidad ideológica, que debemos agradecer personalmente a hombres de la talla de José Miguel Gambra y Miguel Ayuso, entre otros muchos. El “corpus doctrinal” está en sus manos y transmite confianza.

Pero de nuevo debemos afrontar sin ambages los problemas, y uno fundamental es que España y los carlistas necesitamos, además de claridad y fidelidad a los principios, un Rey que los asuma, los personalice y los defienda. Y aquí siento necesario apelar también a la responsabilidad histórica de la Comunión Tradicionalista Carlista, la CTC, y a su Secretario General, Javier Garisoain.

La Comunión Tradicionalista se organiza en torno a la Secretaría Política de Don Sixto Enrique de Borbón y Parma, que asumió su papel de Abanderado de la Tradición a raíz de las desviaciones ideológicas de su hermano mayor q.e.p.d. Pero Don Sixto está a punto de cumplir 72 años y no tiene un heredero directo.

El pasado año, tras la muerte de su padre Don Carlos Hugo, su hijo Don Carlos Javier de Borbón-Parma y Orange-Nassau envió un “mensaje al pueblo carlista” que he querido adjuntar a esta reflexión. Gran parte de su manifiesto transmite esperanza, algún párrafo nos llena una vez más de inquietud, y en la frase final echamos realmente de menos una leve llamada a la tan necesaria como añorada reconciliación con su tío Sixto Enrique.

No es el momento de preguntarse si es posible un acercamiento entre las posiciones de todos los carlistas, debe ser posible y es de hecho imprescindible.

Sigamos el ejemplo de la Santa Madre Iglesia, en cuyo seno nuestro Santo Padre Benedicto XVI se encuentra desde hace años inmerso en la tarea titánica de recuperar la unidad que quedó tan profundamente herida a consecuencia de muy erróneas interpretaciones del Concilio Vaticano II, que nuestros enemigos supieron aprovechar torticeramente, con su alevosía secular característica.

Es precisamente la Doctrina Social de la Iglesia, el marco en torno al cual deberían reunirse con confianza las posturas comunes del carlismo. Algunos defensores bienintencionados de alternativas políticas fracasadas, como la democracia cristiana, intentan abanderar la defensa de la DSI, pero resulta meridianamente claro que sólo anclados a la roca firme de la Tradición es posible ponerla en práctica.

La historia espera de nosotros algo más que palabras, reflexiones u opiniones. Algo debe empezar a moverse o todos los sacrificios habrán sido en vano, y nuestra responsabilidad es enorme.

Un carlista

Quare fremuerunt gentes,
et populi meditati sunt inania?
Astiterunt reges terrae,
et principes convenerunt in unum
adversus Dominum et adversus christum eius:
Dirumpamus vincula eorum
et proiciamus a nobis iugum ipsorum! ”.
Qui habitat in caelis, irridebit eos,
Dominus subsannabit eos.
Tunc loquetur ad eos in ira sua
et in furore suo conturbabit eos:
Ego autem constitui regem meum super Sion, montem sanctum meum! ”.

Praedicabo decretum eius.
Dominus dixit ad me: “ Filius meus es tu;
ego hodie genui te.
Postula a me, et dabo tibi gentes hereditatem tuam
et possessionem tuam terminos terrae.
Reges eos in virga ferrea
et tamquam vas figuli confringes eos ”.

Et nunc, reges, intellegite;
erudimini, qui iudicatis terram.
Servite Domino in timore
et exsultate ei cum tremore.

Apprehendite disciplinam, ne quando irascatur,
et pereatis de via,
cum exarserit in brevi ira eius.
Beati omnes, qui confidunt in eo.







mardi 17 avril 2012

Monarquía vs república

Una trampa saducea, es aquella de la que es imposible salir airoso, debido a que plantea una cuestión con dos únicas respuestas. El origen de esta expresión nos remite a los saduceos, la secta judía de los tiempos de la vida pública de Nuestro Señor Jesucristo que, al contrario que los fariseos, estaban más preocupados por la política que por la religión, siendo su declaración más característica la del sumo sacerdote Caifás antes de juzgar a Jesús: “Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación” (Jn 11,49-50).

Las trampas o cuestiones saduceas más características son: “La Ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, ¿qué hacemos con ésta?”(Jn 8,4) y “Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?”(Jn 22,17). Como sabemos, Cristo, en su suma sabiduría divina, encontró siempre la respuesta correcta, que no era ninguna de las dos que acompañaban a la pregunta.


Una nueva trampa saducea planea hoy sobre las mentes atormentadas de los españoles, ¿merece la pena seguir teniendo un rey, o es más conveniente la tercera república?

Entre fotos de cacerías reales de elefantes en lejanos safaris de lujo, un pobre niño inocente con el pie destrozado por un disparo de arma de fuego dejada irresponsablemente en sus manos, dos princesas divorciadas, una de un vicioso y otra de un ladrón, y un príncipe heredero casado con una divorciada de pasado bastante escabroso y moral más que relajada, los españoles, acogotados por una crisis económica casi sin precedentes, o al menos desconocida para esta generación, se plantean si España puede permitirse un lujo tan inútil como la “monarquía constitucional”.

Como corresponde a las trampas saduceas, la solución no se encuentra entre las posibilidades que se plantean, monarquía constitucional o república. Los inteligentes y bien informados y leídos lectores de esta bitácora, y de las bitácoras que constituyen lo que podíamos llamar la “blogosfera de la lealtad”, saben bien que la única salida es el retorno de la verdadera monarquía.

Una pequeña selección de enlaces actuales sobre el particular:




(Hay muchas más bitácoras, que nadie se ofenda, he añadido estas tres por los artículos actuales que hacen alusión al tema de hoy, pero desde los enlaces incluidos en ellas, el lector interesado podrá acceder a las demás y completar una visión global del asunto. Por eso son fundamentales los enlaces entre bitácoras afines y los comentarios firmados a las entradas.)

Para que nadie nos confunda con planteamientos bastardos, recurramos como siempre a los clásicos, a nuestros clásicos griegos en este caso, el origen de la civilización:

Ética a Nicómaco”
Aristóteles

Capítulo X

Cómo hay tres maneras de república, y otros tres géneros de república viciosa.

Aunque no es proprio deste lugar tratar del gobierno de república, porque aquí no se trata sino de los principios della, que son las virtudes, con todo eso, como trata de la amistad civil, y ésta no se puede bien entender sin entender las diferencias de la república, pónelas aquí brevemente, las cuales más al largo entenderemos en los libros de República. Pone, pues, tres maneras de gobernar república, reino, aristocracia, que quiere decir gobierno de buenos, y la que rigen los que son de más hacienda. Y con mucha razón pone por mejor de todas el reino, porque en las otras maneras de gobierno que de tiempo a tiempo se mudan, la diversidad de condiciones de los que rigen suele destruirlas. Pero así como es la mejor, está también subjeta a la peor de las mudanzas, que es a la tiranía, cuando el rey quiere hacer en todas las cosas su voluntad, y quiere que aquella valga por ley, aunque sea contra buena razón y contra justicia, y, en fin, cuando viene a persuadirse que la república es para él y no él para la república. Pero esto en los libros de República se tratará más largo.

Hay tres maneras de gobierno de república, y otras tantas de mal gobierno y vicioso, que son como destruición de aquellas otras. Son, pues, los gobiernos buenos éstos: el reino, la aristocracia, y el tercero, el que se hace y escoge conforme a la facultad que cada uno tiene de hacienda, la cual llamarla timocracia (que quiere decir gobierno de hacienda) no parece propria manera de decir, pero los más suélenla llamar gobierno de república. De todas estas tres maneras de gobierno, la mejor es el reino, y la peor la timocracia. Pero el vicio y perdición del reino es la tiranía, porque el uno y el otro son monarquías, aunque difiere mucho la una de la otra, porque el tirano no mira más de sus proprios intereses y provechos, pero el rey mira mucho por el bien y provecho de sus súbditos, porque aquel que para conservar su estado no es bastantemente poderoso, y no hace ventaja a los demás en todo género de bienes, no es rey, y el que todo esto tiene, no tiene necesidad de ninguna cosa, de manera que nunca terná cuenta con sus proprias utilidades, sino con el bien y utilidad de sus vasallos, porque el que desta condición no es, más parece hombre elegido por suerte, que no rey. Pero la tiranía es al contrario desto, porque no tiene cuenta con procurar otra cosa sino sus provechos, y así, es cosa muy manifiesta ser la peor manera de gobierno, porque lo que es contrario de lo mejor, aquello es lo peor. Suélese, pues, mudar de reino en tiranía, porque la tiranía es vicio de la monarquía, y el que es mal rey hácese tirano. Pero del otro gobierno, que se dice aristocracia, por falta de los que gobiernan se suele mudar en oligarquía, cuando los que gobiernan reparten las cosas de la república fuera de la dignidad de cada uno, y se lo toman todo, o lo más dello, para sí, y unos mismos tienen siempre los cargos de la república y precian, sobre todo, el hacerse ricos. Mandan, pues, los que son pocos y malos, en lugar de los mejores. Pero de la timocracia suélese venir a la democracia (que es gobierno popular), porque son estas dos maneras de gobierno muy vecinas la una de la otra, porque también la timocracia quiere ser gobierno de muchos, y todos los que hacienda tienen son iguales. Pues de los malos gobiernos de república, el menos malo es el gobierno popular, porque se aleja poco de su especie de república.

Destas diversas maneras, pues, se mudan señaladamente las repúblicas, porque desta manera es poca y fácil la mudanza. Pero en las cosas puede quien quiera ver una semejanza y casi ejemplo dellas, porque la contratación que el padre tiene con los hijos, tiene manera y muestra de reino, porque el padre tiene cuidado de los hijos, y por esto, Homero llama a Júpiter padre, porque el reino quiere mostrarse gobierno paternal. Pero, entre los persas, el paternal gobierno es tiranía, porque se sirven de los hijos como de esclavos. Es también tiránico gobierno el del señor con los esclavos, porque en él no se busca ni hace sino el provecho del señor. El gobierno, pues, del señor parece recto, pero el paternal que los persas usan es errado, porque los diversos estados de personas han de tener también diversa manera de gobierno. Pero la contratación del marido y la mujer representa la aristocracia, porque el marido, como su dignidad lo requiere, manda, y manda en las cosas que a su gobierno tocan, pero las cosas que cuadran y son dadas a la mujer, a ella las remite. Pero si el marido se requiere entremeter en todo y regirlo todo, inclínase a la oligarquía, porque hace cosas contra su dignidad, y no como superior. Otras veces mandan las mujeres, por ser ellas las herederas de sus padres y personas ricas; de manera que no va el regimiento de la casa conforme a virtud, sino por riquezas y poder, como en las oligarquías. Pero la contratación de los hermanos parece a la timocracia, porque, fuera de que difieren en la edad, son iguales en lo demás, y por esto, si en la edad son muy diversos, ya no tienen amistad de hermanos entre sí. Pero la democracia o gobierno popular, señaladamente se muestra en las casas donde no hay señores, porque allí todos viven a lo igual, y también en las que el señor es hombre de poco valor y cada uno tiene libertad de hacer lo que quisiere.

Comunión Tradicionalista

dimanche 15 avril 2012

Deus vult

Asociación Memoria 1212
Navas de Tolosa

La batalla de las Navas de Tolosa constituyó la lid campal más importante de toda la Reconquista. Y, también, el acontecimiento crucial del medievo hispano, porque el triunfo de las huestes cristianas, el 16 de julio del año 1212, cambió el signo de la contienda iniciada en Covadonga, aunque aún se prolongaría casi tres siglos hasta la toma de Granada por los Reyes Católicos, en 1492.


Y fue, además, una auténtica cruzada y como tal, una empresa colectiva que unió a naciones y reinos, por encima de sus divisiones y luchas feudales. A principios de 1210, el papa Inocencio III ordenó al arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada que presionara al Rey de Castilla para que reanudase la lucha contra el Islam, de la misma forma que se proponía hacerlo Pedro II, rey de Aragón.

En esta batalla, se enfrentaron las tropas de Castilla, de Aragón y de Navarra, al potente ejército musulmán, compuesto por tropas almohades, beréberes e hispano-musulmanas de al-Andalus, además de un cuerpo de arqueros kurdos, enviados por el califato de Bagdad al monarca almohade.
Para entonces, la situación en la Península Ibérica era la siguiente: el Norte, hasta la línea del Tajo, se dividía en cuatro reinos cristianos: León, Castilla, Navarra y Aragón. El Sur y Levante formaban parte del extenso Imperio Almohade, que no sólo comprendía el Andalus, sino también Marruecos, Mauritania, Túnez y Argel. La actual Castilla-La Mancha era en buena parte una extensa frontera, prácticamente despoblada y jalonada por una serie de castillos defensivos, a la sazón en poder de los musulmanes.

Los preparativos de la batalla duraron años. El Papa Inocencio III predicó la Cruzada contra el Islam (lo que suponía el perdón de los pecados para todos los que entraran en combate) y ordenó a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor del objetivo común. En la primavera de 1212, se concentró en Toledo un gran ejército hecho con tropas castellanas, aragonesas y de diversas partes de Europa, a las que se uniría posteriormente un grupo de caballeros navarros. El 16 de julio, dos formidables ejércitos se encontraron frente a frente en la amplia explanada de Las Navas de Tolosa, junto al desfiladero de Despeñaperros. A la fortaleza de la caballería pesada de los cristianos, los musulmanes oponían la movilidad de sus tropas ligeras y la habilidad de sus arqueros.

Un primer ataque, liderado por don Diego López de Haro, fue rechazado con facilidad por las huestes del rey musulmán Al-Nasir. Pero la carga de la retaguardia, mandada por los reyes de Castilla, Navarra y Aragón, llegaría hasta el cuartel general de las tropas enemigas, donde se produjo una terrible matanza, que continuaría tras la victoria definitiva, con la persecución de los soldados musulmanes que intentaban huir del lugar del combate.

jeudi 12 avril 2012

Constantinopla

Cada vez que oigo mencionar la palabra “Estambul” de boca de un cristiano me arden los oídos. ¿Cuándo decidiremos referirnos siempre a ella como Constantinopla, su verdadero nombre, por los siglos de los siglos? Y cada vez que oigo mencionar la idea de aceptar a Turquía como miembro de esa alianza de mercaderes pomposamente autodenominada Unión Europea se me abren las carnes.

Por eso traigo hoy aquí los últimos párrafos del capítulo que Stefan Zweig dedicó a la toma de Constantinopla por los turcos, “La caída de Bizancio (29 de mayo de 1453)”, en su obra “Momentos estelares de la Humanidad”, cuya lectura recomiendo especialmente.

CAE LA CRUZ

A veces, la Historia, juega con los números. Pues justamente mil años después de que Roma fuera tan memorablemente saqueada por los vándalos empieza el saqueo de Bizancio. Mohamed, el triunfador, espantosamente fiel a su palabra, deja a discreción de sus guerreros, tras la primera matanza, casas, palacios, iglesias y monasterios, hombres, mujeres y niños en confuso botín. Corre la enloquecida soldadesca intentando adelantarse unos a otros para obtener mayor ventaja en el pillaje. El primer asalto va contra las iglesias, pues saben que guardan cálices de oro y deslumbrantes joyas, pero si por el camino desvalijan alguna casa, izan inmediatamente su bandera, para que sepan los que vengan después que allí el botín se ha cobrado ya; y ese botín no consiste sólo en piedras preciosas, dinero y bienes muebles en general, sino en mujeres para los serrallos y hombres y niños para el mercado de esclavos. La multitud de infelices que han buscado refugio en las iglesias son arrojados de ellas a latigazos. A los viejos se los asesina, por considerárseles bocas inútiles y género invendible. A los jóvenes se los agrupa en una especie de manada y son conducidos como animales. La insensata destrucción no tiene freno. Cuanto de valioso encontraron en inapreciables reliquias y obras de arte, es destruido, aniquilado por la furia musulmana. Las preciosas pinturas son desgarradas; las más bellas estatuas, derribadas a martillazos. Los libros, sagrado depósito del saber de muchos siglos, todo lo que era representación eterna de la cultura griega, es quemado o desechado.

Jamás tendrá la Humanidad acabada conciencia del desastre que se introdujo en aquella hora decisiva por la abierta Kerkaporta, ni en lo muchísimo que perdió el mundo espiritual en los saqueos y destrucción de Roma, Alejandría y Bizancio. Mohamed espera a que llegue la tarde del gran triunfo, cuando la matanza ha terminado ya, para entrar a caballo en la ciudad conquistada. Fiel a su palabra de no estorbar la acción demoledora de sus soldados, pasa sin mirar atrás por las calles donde la soldadesca se entrega al pillaje. Altivamente se dirige a la catedral, la suprema joya de Bizancio. Durante más de cincuenta días había contemplado desde su tienda la brillante cúpula de Hagia Sophia, y ahora puede traspasar sus umbrales, cruzar la broncínea puerta como vencedor. Pero una vez más domina su impaciencia: primero quiere darle gracias a Alá antes de consagrarle para siempre aquella iglesia. Con humildad se apea del caballo e inclina profundamente la cabeza para orar. Luego coge un puñado de tierra y la esparce sobre ella, para recordar que él también es un simple mortal y que no debe envanecerse por su triunfo. Y sólo entonces, cuando ha hecho acto de humildad ante su dios, el Sultán se yergue y penetra como el primer servidor de Alá en la catedral de Justiniano, la Iglesia de la Sublime Sabiduría, en Hagia Sophia. Curioso y conmovido, Mohamed contempla la hermosura de aquella joya arquitectónica, sus altas bóvedas, donde lucen el mármol y los mosaicos, los delicados arcos que de las tinieblas se elevan hacia la luz, y tiene la impresión de que aquel maravilloso palacio de la plegaria no pertenece a él, sino a su dios. Inmediatamente manda llamar a un imán, ordenándole que suba al púlpito y anuncie desde allí la fe del Profeta, mientras que el padichá, de cara a La Meca, pronuncia por primera vez su oración, dirigida a Alá, señor del mundo, en aquella catedral cristiana.

Al día siguiente, los obreros reciben orden de quitar todos los símbolos de la creencia anterior: se arrancan los altares, pintan los piadosos mosaicos y es derribada desde lo alto del altar mayor, y cae con estrépito, la Cruz inmortal que ha estado extendiendo sus brazos por espacio de mil años, como si quisiera abarcar el mundo para consolar sus penas. Resuena estremecedoramente el tremendo impacto por el ámbito del templo y mucho más allá. Ante la horrible profanación se conmueve todo el Occidente. Espantoso eco encuentra la noticia en Roma, en Génova, en Venecia. Como el retumbar del trueno se extiende a Francia, a Alemania, y Europa ve, conturbada, que por culpa de su ciega indiferencia ha penetrado por la Kerkaporta, la malhadada y olvidada puerta, una nefasta y devastadora potencia que debilitará sus fuerzas por espacio de siglos.

Pero en la Historia, como en la vida humana, el deplorar lo sucedido no hace retroceder el tiempo, y no bastan mil años para recuperar lo que se perdió en una sola hora.

mercredi 11 avril 2012

Homosexualidad

La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.


Del Catecismo de la Iglesia Católica

mardi 10 avril 2012

Capitalismo

Antes de nada me complazco en felicitar efusivamente a todos por Pascua de Resurrección. Resurrexit, sicut dixit, alleluia.

Renovados y fortalecidos tras la Cuaresma y la Semana Santa, y llenos de esperanza por la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, retomamos nuestras tareas.

Y la realidad sigue siendo la que era. Asistimos a la agonía cruel del capitalismo, que devora a sus víctimas sin piedad en un desesperado y patético intento por continuar tiranizando a la humanidad.
Para unos la imagen del capitalismo son esos jovenzuelos con corbatas y trajes caros, peinados a la moda y repletos de artilugios electrónicos, que juegan sin escrúpulos con el dinero de los demás y la riqueza que no generan, en busca de un beneficio que no merecen.
Otros vislumbran ya la imagen de este Leviatán en el rostro de esos banqueros que obtienen indecentes beneficios mientras sus víctimas pierden sus empleos y sus casas y no pueden pagar sus intereses de usureros, o en ministros del gobierno, como ese empleado de Lehman Brothers que ahora propone “indultar” a los grandes estafadores.

Personalmente mi imagen del capitalismo está en el primer capítulo del libro de Gorki, “La madre”. Para aquellos capaces de ver más allá de sus narices, no resulta difícil reconocerse, mutatis mutandis:

Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se oía el chapoteo de los pasos en el fango. Las exclamaciones roncas de las voces dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire. Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando el barrio como gruesas columnas.
Por la tarde, cuando el sol se ponía y sus rayos rojos brillaban en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba de sus entrañas de piedra la escoria humana, y los obreros, los rostros negros de humo, brillantes sus dientes de hambrientos, se esparcían nuevamente por las calles, dejando en el aire exhalaciones húmedas de la grasa de las máquinas. Ahora, las voces eran animadas e incluso alegres: su trabajo de forzados había concluido por aquel día, la cena y el reposo los esperaban en casa.
La fábrica había devorado su jornada: las máquinas habían succionado en los músculos de los hombres toda la fuerza que necesitaban. El día había pasado sin dejar huella: cada hombre había dado un paso más hacia su tumba, pero la dulzura del reposo se aproximaba, con el placer de la taberna llena de humo, y cada hombre estaba contento.
Los días de fiesta se dormía hasta las diez. Después, las gentes serias y casadas, se ponían su mejor ropa e iban a misa, reprochando a los jóvenes su indiferencia en materia religiosa. Al volver de la iglesia, comían y se acostaban de nuevo, hasta el anochecer.
La fatiga, amasada durante años, quita el apetito, y, para comer, bebían, excitando su estómago con la aguda quemadura del alcohol.
Por la tarde, paseaban perezosamente por las calles: los que tenían botas de goma, se las ponían aunque no lloviera, y los que poseían un paraguas, lo sacaban aunque hiciera sol.
Al encontrarse, se hablaba de la fábrica, de las máquinas, o se deshacían en invectivas contra los capataces. Las palabras y los pensamientos no se referían más que a cosas concernientes al trabajo. Apenas si alguna idea, pobre y mal expresada, arrojaba una solitaria chispa en la monotonía gris de los días. Al volver a casa, los hombres reñían con sus mujeres y con frecuencia les pegaban, sin ahorrar los golpes. Los jóvenes permanecían en el café u organizaban pequeñas reuniones en casa de alguno, tocaban el acordeón, cantaban canciones innobles, bailaban, contaban obscenidades y bebían. Extenuados por el trabajo, los hombres se embriagaban fácilmente: la bebida provocaba una irritación sin fundamento, mórbida, que buscaba una salida. Entonces, para liberarse, bajo un pretexto fútil, se lanzaban uno contra otro con furor bestial. Se producían riñas sangrientas, de las que algunos salían heridos; algunas veces había muertos...
En sus relaciones, predominaba un sentimiento de animosidad al acecho, que dominaba a todos y parecía tan normal como la fatiga de los músculos. Habían nacido con esta enfermedad del alma que heredaban de sus padres, los acompañaba como una sombra negra hasta la tumba, y les hacía cometer actos odiosos, de inútil crueldad.
Los días de fiesta, los jóvenes volvían tarde por la noche, los vestidos rotos, cubiertos de lodo y de polvo, los rostros contusionados; se alababan, con voz maligna, de los golpes propinados a sus camaradas, o bien, venían furiosos o llorando por los insultos recibidos, ebrios, lamentables, desdichados y repugnantes. A veces eran los padres quienes traían su hijo a casa: lo habían encontrado borracho, perdido al pie de una valla, o en la taberna; las injurias y los golpes llovían sobre el cuerpo inerte del muchacho; luego lo acostaban con más o menos precauciones, para despertarlo muy temprano, a la mañana siguiente, y enviarlo al trabajo cuando la sirena esparcía, como un sombrío torrente, su irritado mugir.
Las injurias y los golpes caían duramente sobre los muchachos, pero sus borracheras y sus peleas parecían perfectamente legítimas a los viejos: también ellos, en su juventud, se habían embriagado y pegado; también a ellos les habían golpeado sus padres. Era la vida. Como un agua turbia, corría igual y lenta, un año tras otro; cada día estaba hecho de las mismas costumbres, antiguas y tenaces, para pensar y obrar. Y nadie experimentaba el deseo de cambiar nada.
Algunas veces, aparecían por el barrio extraños, venidos nadie sabía de dónde. Al principio, atraían la atención, simplemente porque eran desconocidos; suscitaban luego un poco de curiosidad, cuando hablaban de los lugares donde habían trabajado; después, la atracción de la novedad se gastaba, se acostumbraba uno a ellos y volvían a pasar desapercibidos. Sus relatos confirmaban una evidencia: la vida del obrero es en todas partes la misma. Así, ¿para qué hablar de ello?
Pero alguna vez ocurría que decían cosas inéditas para el barrio. No se discutía con ellos, pero escuchaban, sin darles crédito, sus extrañas frases que provocaban en algunos una sorda irritación, inquietud en otros; no faltaban quienes se sentían turbados por una vaga esperanza y bebían todavía más para borrar aquel sentimiento inútil y molesto.
Si en un extraño observaban algo extraordinario, los habitantes de la barriada no lo miraban bien, y lo trataban con una repulsión instintiva, como si temiesen verlo traer a su existencia algo que podría turbar la regularidad sombría, penosa, pero tranquila. Habituados a ser aplastados por una fuerza constante, no esperaban ninguna mejora, y consideraban cualquier cambio como tendiente tan sólo a hacerles el yugo todavía más pesado.
Los que hablaban de cosas nuevas, veían a las gentes del barrio huirles en silencio. Entonces desaparecían, volvían al camino, o si se quedaban en la fábrica, vivían al margen, sin lograr fundirse en la masa uniforme de los obreros...
El hombre vivía así unos cincuenta años; después, moría...