mardi 4 mars 2014

¿Será en Sebastopol?

Todo parece indicar que sí, pero ya veremos.

No perdamos de vista de qué estamos hablando. No caigamos en las trampas dialécticas de siempre. No hablamos de invasión ni de independencia, no hablamos de derechos humanos, tampoco de autodeterminación ni otras zarandajas modernistas. No.

¿Alguien se acuerda de la brigada ligera?  Media legua, media legua, por el Valle de la Muerte cabalgaron los seiscientos…

La Guerra de Crimea, 1853-1856. Una guerra de religión, tengámoslo presente. El turco, que ocupa Constantinopla desde aquella triste fecha del 29 de mayo de 1453, erigido en árbitro entre cristianos. Rusia defiende a los Ortodoxos y Francia a los Católicos.

Rusia, tras haber contribuido a la defensa de Europa frente a las oleadas revolucionarias del XIX, espera algo de lealtad cristiana, pero finalmente Inglaterra, siempre Inglaterra, arrastra a Francia a la guerra en apoyo del turco y en contra de Rusia.

Proteger sus intereses comerciales y evitar que Rusia pueda emplear el mediterráneo está para la pérfida Albión por encima de cualquier otra consideración.

¿Y que nos jugamos hoy en Crimea? Absolutamente todo.

Hagamos cuentas y reflexionemos un poco. Sabemos qué defienden los gobiernos de los Estados Unidos de América y el Reino Unido, con su corte de plañideras y esclavos europeos.

Sabemos que la cadena que nos esclaviza se llama deuda, Banco Mundial y FMI, etc.

Sabemos que nuestros gobiernos seguirán aplicándonos el látigo mientras así lo exijan sus amos. Sin piedad, sin esperanza.

Y sabemos que todo el poder del monstruo que controla el mundo, con su entramado criminal de instituciones financieras en las que no existe el más mínimo atisbo de control exterior o democracia de ningún tipo y mediante la férrea dirección de sus redes internacionales de medios de comunicación, todo su poder se asienta sobre barro. Mejor dicho sobre papel, el de los billetes de dólar, moneda que no tiene en nuestros días el más mínimo valor real.

Nadie que haya desafiado al dólar ha sobrevivido. Oriente es un reguero de víctimas mortales del dólar, y África, y Asia también.

Pero en Rusia corren nuevos tiempos. Alguien ha logrado unir de nuevo a Rusia. El oso ruso despierta y su fuerza parece mayor que nunca.

Su fuerza, no nos equivoquemos, es fundamentalmente moral. Firmeza en la defensa de los principios. Civilización cristiana.

Y la fortaleza interna en combinación con la fortaleza natural de la mayor de las naciones de la tierra no es algo que pase desapercibido.

Desde finales del año pasado la Rusia Cristiana Ortodoxa y la atea y relativista Unión Europea se disputan Ucrania. ¿Alguien sigue creyendo en los movimientos populares después de la “primavera árabe”?

Y ahora, con el legítimo presidente ucraniano exiliado en Rusia, los esclavos del dólar creían haber consumado la invasión económica en su desesperado proceso de expansión tras haber dejado ya Occidente esquilmado y como un erial.

Pero las invasiones imperialistas modernas pueden aún ser desafiadas con las armas clásicas, con fuerza y con determinación.

Estemos atentos.


Y rezando.


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