vendredi 10 janvier 2014

Recetas tradicionales anti-crisis


Hay en la actualidad, mi querido Alfonso, en nuestra a España una cuestión temerosísima: la cuestión de Hacienda. Espanta considerar el déficit de la española; no bastan a cubrirlo las fuerzas productoras del país; la bancarrota es inminente...
Yo no sé, hermano mío, si puede salvarse España de esa catástrofe; pero, si es posible, sólo su rey legítimo la puede salvar.
Una inquebrantable voluntad obra maravillas. Si el país está pobre, vivan pobremente hasta los ministros, hasta el mismo rey, que debe acordarse de don Enrique el Doliente. Si el rey es el primero en dar el gran ejemplo, todo será llano; suprimir ministerios, y reducir provincias, y disminuir empleos, y moralizar la administración, al propio tiempo que se fomente la agricultura, proteja la industria y aliente al comercio.
Salvar la Hacienda y el crédito de España es empresa titánica, a que todos deben contribuir, gobiernos y pueblos.
Menester es que, mientras se hagan milagros de economía, seamos todos muy es­pañoles, estimando en mucho las cosas del país, apeteciendo sólo las útiles del extranjero… En una nación hoy poderosísima, languideció en tiempos pasados la industria, su principal fuente de riqueza, y estaba la Hacienda mal parada y el reino pobre. Del Alcázar Real salió y derramose por los pueblos una moda: la de vestir sólo las telas del país. Con esto la industria, reanimada, dio origen dichoso a la salvación de la Hacienda y a la prosperidad del reino”.

Carlos VII. 1869, Carta manifiesto a su hermano S.A.R. Don Alfonso de Borbón y Austria-Este, que en 1931 se convirtió en Alfonso Carlos I.

Esta carta podría escribirla hoy mismo un verdadero Rey de España. Cuando D. Carlos VII redactó su Carta Manifiesto al Infante D. Alfonso, salía al paso a la peligrosa moda, implantada por los gobiernos liberales de crear burocracia y hacer gastos superfluos.

El pueblo se mantenía sano. Los ayuntamientos administraban los fondos comunes con un cuidado exquisito. Con los años se fue perdiendo esa buena costumbre. Se fue haciendo habitual la práctica reflejada por el dicho popular: “a cuenta de la villa, chaqueta amarilla”. No se trataba solamente de los intereses de las personas de aprovecharse de la situación. Existía una especie de vanidad colectiva de hacer las cosas rumbosamente.

Un concejal de una localidad alavesa comentaba hace algunos años: “Me tocó ser concejal en tiempos de Franco. El Alcalde, persona de edad, cuando había que hacer algún gasto decía: cuidado, “que estamos manejando bienes de menores”. Ahora se despilfarra el dinero “a lo grande”. Se quejaba porque el ayuntamiento había fletado un autobús para llevar gratis vecinos a la feria de Guernica. Como ese ejemplo, otros muchos se podrían poner a todos los niveles. Las subvenciones que se conceden para fiestas y actividades supuestamente culturales son un escándalo.

La Administración, en todos sus niveles, se ha convertido en un papá generoso, que apoya muchas iniciativas, que no sabemos para qué sirven. Luego las arcas quedan con telarañas.

Cuenta Maiz, el que fue Secretario del General Mola, que la Diputación de Navarra les invitó a cenar una noche de agosto de 1936. El motivo era que le iban a entregar un donativo por 15 millones de pesetas para gastos de guerra. La sobremesa se prolongaba y el Vicepresidente (Presidente efectivo) de la Diputación le invitó al Conserje a que se retirase, él mismo se encargaría de cerrar las puertas y ventanas y de apagar las luces. Como así lo hizo al terminar la reunión. Se retiraba el General a su residencia y comentó con su Secretario: “Me he quedado atónito. Una corporación que dispone de ese dinero para hacer un donativo, en la que el Presidente trata con esa familiaridad al Conserje y él se preocupa de los pequeños detalles; ¡eso es algo admirable! Hay que imponerlo en toda España”.

En Vizcaya existían las Juntas Generales. Se convocaban una o dos veces al año, incluso tres. Por cada municipio asistían dos junteros. Las sesiones duraban una semana aproximadamente. Los junteros cobraban unas dietas, abonadas por sus respectivos ayuntamientos, por los días que pasaban fuera de su domicilio. Hoy perciben un sueldo fijo todo el año. Añádase a eso un parlamento en Vitoria, innecesario cuando hay juntas en las tres provincias. Eso y mucho más; suma y sigue y encontraremos una de las causas de la actual crisis.

Los carlistas somos personas normales. En el Carlismo todo es normal. Y es normal que el Estado mire los fondos públicos y no gaste más que lo que ingresa. Y que no fuerce los ingresos hasta ahogar la vida económica de la nación. Pero la Revolución con sus inventores de utopías y sus políticos, provistos de un buen bagaje de sofismas, nos quieren hacer ver que podemos vivir en un paraíso terrenal. Y así estamos.

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