dimanche 5 septembre 2010

Dios, el Reino, el Imperio…

Ando en estos días un poco perdido, adaptándome a una nueva ciudad, un nuevo trabajo, distintas costumbres…

Por eso me resulta más difícil animarme a escribir y por eso agradezco especialmente a Firmus et Rusticus el comentario que acaba de añadir a mi primera entrada de abril sobre el origen divino de la monarquía. Por su interés y su coherencia intelectual, me permito publicarlo como entrada independiente:

Comentario a “El origen divino de la monarquía - (I) "La Sainte Ampoule"”
Por Firmus et Rusticus

Varias veces me he preguntado como ha sido compatible esta predilección por el rey de Francia con la institución del Imperio (germánico) en 800 a.D. Compatible, quiero decir, teniendo en cuenta la vocación imperial que siempre ha tenido espiritualmente nuestra civilización Romana y Católica (Papado+Imperio, y no Papado+Pluralidad de Reinos). Ahora me doy cuenta que este honor conferido a Clodoveo es una preparación, si se me permite la licencia, para la dignidad imperial, que aparece como un puesto que está destinado a ocupar (esto es, obviando la realidad del imperio del Este, pues una pluralidad de emperadores ha de plantear tanta controversia dentro de este esquema "teo-político" como una pluralidad de papas). Si luego Francia y el Imperio germánico pierden la unidad que tuvieron con Carlomagno, es por cosa de los hombres.

Y en esos días de confusión de títulos de predilección como defensor de la Cristiandad, ya aparecen las Españas que, careciendo de títulos (más allá del "Católico" de sus reyes, que me parece más bien pobre comparado con el imperial y el de "hijo mayor de la Iglesia"), asumen la dirección de esta defensa "por los hechos".

Y ahora caigo en que esta desunión en nuestro "destino de civilización" no se ha remediado desde entonces, salvo con la intentona de Napoleón de utilizar los rasgos exteriores de esta vocación de unidad para su designio destructor. Pues ya veo que no es coincidencia que Napoleón, francés, se erigiera en emperador, en una ceremonia a la que asistía el Papa (menos que voluntariamente), y que poco más tarde el Sacro Imperio Romano fuera destruido por él. La coronación como rey de Italia con la corona de hierro de Lombardía no hace más que añadir evidencia. Así, el dominio continental europeo que ambicionó adquiere "justificación" histórica, y lo que es esencialmente dominación puramente militar por un país que ya había abrazado de lleno la idea revolucionaria del estado-nación, se cubre con el disfraz de la universalidad cristiana del antiguo Imperio.

Esta farsa de Napoleón me lleva a pensar que, si bien por una parte no hay que abandonarse al lirismo político que puedan inspirar las reflexiones sobre nuestros "destinos de civilización" (que culminan en la Cristiandad), y hay que dar a los móviles terrenales y humanas ambiciones todo el peso que merecen históricamente, no por eso deja de haber un fundamento Divino en esta misión de universalidad, y es evidente que cuando se usurpan sus rasgos exteriores sin asumir su verdadero significado (como Napoleón) estos no dejan de ser artificio.

P.D. Después de hacer estas elucubraciones tan peregrinas y farragosas, tengo que hacer una cura en salud y hacer una protestación como una catedral, más que lo normal, pues entro en un terreno donde meter la pata es de lo más fácil. ¡Cuidado, sólo son primeras impresiones!

Firmus et Rusticus
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