mercredi 21 mars 2012

Ayuno y abstinencia

-Además del credo y los Artículos, ¿creéis otras cosas?
-Sí, padre, todo lo que cree y enseña la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
-¿Qué cosas son esas?
-Eso no me lo pregunte a mí que soy ignorante. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder.

Del catecismo del padre Astete (1537-1601)


Efectivamente, sobre el significado y la necesidad de cumplir con lo que la Santa Madre Iglesia nos marca sobre el ayuno y la abstinencia dentro de las prácticas cuaresmales, hay mucho y muy bien escrito. Como se solía decir antaño en España, “doctores tiene la Santa Madre Iglesia”.

Mi humilde aportación se ciñe únicamente a mi experiencia personal. ¿Por qué me abstengo de comer carne los viernes, especialmente en tiempo de Cuaresma, y en las fechas marcadas por la Santa Madre Iglesia, como el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, hago una única comida principal sin comer aparte nada más que un pequeño desayuno al levantarme y una cena frugal antes de acostarme?

Fundamentalmente, y me centro en los viernes, para acordarme durante todo el día de que Nuestro Señor Jesucristo fue “crucificado, muerto y sepultado” un viernes.

¿Es un sacrificio? En todo caso, si lo fuese, es infinitamente pequeño, ridículo y sobre todo insignificante, en comparación con lo que conmemoro, el sacrificio de Cristo. No se trata, al menos a mi humilde entender o sentir, de una penitencia.

Y es cierto que el profeta Joel nos dice: “rasgad los corazones y no las vestiduras”, y que en el Evangelio de San Mateo leemos: “cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido”, pero en nuestro tiempo y precisamente en la tierra que un día fue conocida como “la Cristiandad”, es necesario el testimonio público de los católicos.

Dos pequeñas anécdotas de esta Cuaresma de 2012. La primera fue el `pasado Miércoles de Ceniza. Aparte de que mi esposa y yo, en nuestros respectivos puestos de trabajo, nos las ingeniamos para emplear la “pausa del café” para acercarnos cada uno a una iglesia cercana, al llegar la tarde me acerqué a la pescadería del barrio a comprar algo para la cena. Le comenté al pescadero que con la Cuaresma, posiblemente, aumentarían algo las ventas de pescado. De entrada no entendió de qué le estaba hablando, así que le recordé lo de la abstinencia. Evidentemente me informó de la nula incidencia del asunto, pero al menos, quiero creer que le di que pensar.

La segunda anécdota es más sustanciosa. El viernes pasado estaba de nuevo comprando y además pensando en un fin de semana de tres días, porque San José cayó en lunes. En la carnicería-charcutería en la que compro, ¡qué casualidad!, habían elegido precisamente un viernes de Cuaresma para hacer promoción de embutidos ibéricos, por supuesto con mesita de degustación incluida.

Hasta aquí todo dentro de lo que cabía esperar. Me ofrecieron jamón, lo rechacé amablemente pensando en algún comentario oportuno, pero me callé.

Pero mientras esperaba el turno entraron dos mujeres a las que conozco. Una, la más anciana, se puso a esperar turno en el despacho de carne, mientras la otra se acercaba a los embutidos. Me quedé observando a la segunda y, ¿cómo no?, probó el jamón, y de hecho lo alabó bastante y acabó comprando uno. No pude aguantarme y le comenté a la que esperaba conmigo en la carnicería: “¿lo del ayuno y la abstinencia cuaresmales, ya no lo respetan ni las monjas?”. Porque sí, eran dos religiosas del colegio de mis hijos.

No digo que se causara un escándalo, pero sí cierto revuelo. La religiosa fue a recordárselo a su compañera, no sin antes asegurarme que la haría confesarse a la mayor brevedad posible. El charcutero que ofrecía las degustaciones me preguntó qué pasaba y se lo expliqué, sin mencionar por natural discreción el oficio de las dos señoras, aunque sospecho que lo sabía.

Con cierta sorna le recriminé haber elegido un viernes de Cuaresma para hacer degustaciones de ibéricos, y aunque no recuerdo qué contestó, se inició una conversación interesante entre carniceros, charcuteros y clientes.

Recuerdo también que hace algunos años, no muchos, mientras compartía mesa al mediodía con dos compañeros de trabajo, un Miércoles de Ceniza, yo estaba tomando un plato de eso que solíamos llamar potaje de vigilia y ellos sendos filetes de carne. Ni se me ocurrió mencionar el asunto, pero uno de ellos le recordó al otro que habían quedado con el jefe por la tarde para ir a la imposición de ceniza en una iglesia, acompañados de sus esposas. Tampoco en esa ocasión pude contenerme y, con un tono pausado, les mostré mi extrañeza ante el interés por las prácticas piadosas de dos personas que comían públicamente carne en un día de ayuno y abstinencia para los católicos.

Miraron mi plato, miraron el suyo, hicieron algún comentario intrascendente y cambiaron de tema. Yo sabía que de lo que se trataba esa tarde era de “departir” en proximidad con el jefe, que lo de la ceniza no era más que un “acto social” y que seguramente al salir de misa irían a algún bar a tomar “unas tapas”, de jamón o de lo que se terciase.

Sé que la entrada de hoy me está quedando un poco orgullosa, así que vaya por delante que el principal pecador necesitado de conversión y penitencia que conozco, soy yo mismo. Y además, como escribo con seudónimo, todo queda en secreto, más o menos.

Sólo quería compartir con los que me lean, que las prácticas cuaresmales, como el ayuno y la abstinencia, por una parte son muy eficaces para hacernos tener siempre presente que nos encontramos en el tiempo central del año para los católicos, y por otra nos ofrecen múltiples ocasiones de dar testimonio de nuestra Fe.

Si encima cuando se habla de ir a la playa en Semana Santa, mencionas las procesiones o los Santos Oficios, ni te cuento. Como dicen mis hijos, el que se va a la playa, aparte de que normalmente le llueve, se queda sin torrijas.
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