mardi 20 mars 2012

José de Nazaret, Protector Universalis Ecclesiae

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo,
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
-«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor

Siempre me ha parecido que la figura de San José no se valora lo suficiente, ni se comprende en toda su profundidad. De hecho nos suele parecer que San José, el esposo de la Santísima Virgen María, juega un papel secundario o poco relevante en la historia de Nuestro Señor Jesucristo.

Por ello me apetece hoy compartir un par de humildes reflexiones sobre el pequeño fragmento del Evangelio que escuchamos ayer en misa.

Sabemos que cuando Nuestro Señor Jesucristo se encarnó por obra del Espíritu Santo en las entrañas de la Virgen María, esta se encontraba ya desposada con San José, pero aún no vivían juntos, según la costumbre hebrea, que sin embargo consideraba el matrimonio ya perfectamente válido y legal, aunque, como decimos ahora, no se hubiese consumado.

Por eso cuando San José descubre que su esposa espera un hijo antes de vivir juntos, se le presenta un dilema gravísimo. De un lado, la ley le obliga a repudiar a María. Esto le habría reportado el reconocimiento del pueblo, es lo que se espera de un justo.

Pero precisamente porque “era justo”, no quería denunciarla, “y decidió repudiarla en secreto”. ¿Qué significa esto? Sencillamente que decidió ser él el que “quedara mal”, el humillado. Decidió dejar que todos pensaran que él había abusado de María, y que ahora eludía la responsabilidad y la abandonaba. Decidió humillarse él para ahorrarle la vergüenza a su esposa y, tal como leemos en el Deuteronomio, el morir apedreada.

Es un hecho catequético fortísimo. El cristiano decide siempre “tomar la peor parte”. Tal como hizo Nuestro Señor Jesucristo, que cargó con nuestros pecados hasta la cruz, que siendo Dios se humilló hasta el extremo y se dejó condenar como un pecador, igual un discípulo de Cristo decide siempre humillarse y cargar con el peso que correspondería a otros.

Precisamente el pasado domingo escuchábamos, en el Evangelio de San Juan, como Jesús le decía a Nicodemo: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Recordamos el episodio de las serpientes en el desierto, que encontramos en el libro de los Números, cuando ante una plaga de serpientes, que en castigo por sus murmuraciones contra Dios hacían estragos entre los israelitas, el Señor le ordena a Moisés fabricar una serpiente y elevarla sobre un asta, para que todo el que la mire quede curado.

La serpiente, el símbolo del mal desde las primeras páginas del Génesis, es empleada por Dios para salvar a la humanidad. Del mismo modo en la cruz, Cristo carga sobre sí mismo con todo el mal del mundo, y lo eleva para que todo el que contemple la cruz encuentre la salvación.

La cruz es una trampa para el maligno, e igual que una ratonera atrae a los ratones con un cebo, así Cristo atrae el mal a la cruz, cargando con todos nuestros pecados para ser Él mismo el cebo, y el mal queda atrapado para siempre.

Esa es la buena noticia que proclamamos los cristianos. Por eso la salvación está en la contemplación de la cruz. Por eso ayer mismo escuchábamos como San Pablo explicaba a los romanos que “no fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo”. Porque es la fe en Cristo, muerto y resucitado, la que nos da la salvación, y ninguna otra cosa.

San José por tanto actúa como primicia de la misión salvadora de Cristo, ya que decide cargar con la “culpa” de su esposa para salvarla de la humillación.

Pero como el mismo Jesucristo nos enseñó, “el que se humilla será enaltecido”. Y San José es enaltecido hasta el extremo, cuando el Ángel del Señor le dice que “tú le pondrás por nombre Jesús”. Poner el nombre, en la Biblia y sobre todo en el Antiguo Testamento, tiene una significación inmensa. Dios entrega la creación al hombre en el Génesis, dejando que ponga nombre a todas las criaturas.

Dejando que San José ponga nombre al Verbo Encarnado, al Hijo de Dios Vivo, Dios mismo le da autoridad sobre su hijo, le concede su custodia. La paternidad de San José sobre Nuestro Señor Jesucristo no es cualquier cosa, tiene una importancia y una profundidad inmensas.

Si San José se hubiese limitado a observar la ley, si hubiera repudiado púbicamente a María, en la historia de la salvación sólo sería aquel que pudo ser el padre en la Tierra de Nuestro Señor Jesucristo, pero que prefirió el camino más fácil, el camino seguro, el que no le causaba problemas.

También nosotros en nuestros dilemas cotidianos sentimos la tentación de tomar la senda fácil, la humana, la que nos libra de los problemas. Sentimos la necesidad de transformar la religión en una especie de droga que nos calme el alma, que nos llene de tranquilidad, que aparte de nosotros el sufrimiento.

Pero el cristianismo no es eso, es todo lo contrario. Por eso no se puede entender con la lógica del mundo. Sólo cuando nos damos cuenta de que no entendemos a Cristo, de que no “nos cabe en la cabeza” que Dios decidiera cargar con el peso de todo nuestro mal para salvarnos a ti y a mí, sólo entonces estamos preparados para lo fundamental, que no es entender, es creer y adorar. Es ser discípulos de Cristo, escogiendo siempre, y contra toda lógica, voluntariamente, la peor parte, el sufrimiento y el dolor. Porque Cristo fue una víctima voluntaria, el verdadero Cordero de Dios, y San José había decido, voluntariamente, sin tener obligación alguna, cargar con el dolor y la humillación, siendo inocente.

Por eso San José no es ni mucho menos una figura menor o de poca importancia en la historia de la salvación, si no que ocupa un lugar destacadísimo entre los Santos de la Corte Celestial.

Sé que me ha quedado un poco largo, y a lo mejor farragoso, pero espero que al menos sirva para reflexionar sobre una figura que merece sin duda mucha más consideración y respeto que la que habitualmente se le concede.

Termino con la versión latina del mismo fragmento evangélico, que como suele ocurrir, es bastante superior a la traducción.

Omnes ergo generationes ab Abraham usque ad David generationes quattuordecim; et a David usque ad transmigrationem Babylonis generationes quattuordecim; et a transmigratione Babylonis usque ad Christum generationes quattuordecim.
Iesu Christi autem generatio sic erat.
Cum esset desponsata mater eius Maria Ioseph, antequam convenirent inventa est in utero habens de Spiritu Sancto.
Ioseph autem vir eius, cum esset iustus et nollet eam traducere, voluit occulte dimittere eam. Haec autem eo cogitante, ecce angelus Domini in somnis apparuit ei dicens: “Ioseph fili David, noli timere accipere Mariam coniugem tuam. Quod enim in ea natum est, de Spiritu Sancto est; pariet autem filium, et vocabis nomen eius Iesum: ipse enim salvum faciet populum suum a peccatis eorum”.
Hoc autem totum factum est, ut adimpleretur id, quod dictum est a Domino per prophetam dicentem: “Ecce, virgo in utero habebit et pariet filium, et vocabunt nomen eius Emmanuel”, quod est interpretatum Nobiscum Deus.
Exsurgens autem Ioseph a somno fecit, sicut praecepit ei angelus Domini, et accepit coniugem suam; et non cognoscebat eam, donec peperit filium, et vocavit nomen eius Iesum.
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