vendredi 15 février 2013

Cartas maragatas (VI): Napoleón en Astorga

El caballo sobre el que se yergue el Emperador pugna, con fuertes tirones, por despegar sus patas del fango en que se hunde y por despegar su cuerpo de la negra gelatina de la noche en que se envuelve. Viento revuelto en agua turbia ciñe, en remolinos, el busto de Napoleón, apretando húmedas sus ropas a las carnes o tirando de ellas en súbitos desgarrones. La mano izquierda sujeta el bicornio, que lucha por escaparse en las ráfagas: rechinan de rabia los dientes, goteantes las mejillas de un agua que se clava como cien puñales de hielo.

Se desatornillan los árboles. Se desarticulan, huracanados, los ríos. Fugaces relámpagos invernales alumbran, en trágicos contraluces, a estas sombras de caballos desbocados, de cañones volteados, de granaderos de la Guardia Imperial que se tambalean agarrándose al viento; de jinetes que, ante la imposibilidad de seguir, nadando en el barro, se descerrajan un tiro en la sien.

«No recuerdo –dice el barón de Marbot- marcha tan penosas» como esta de la noche última del año 1809 desde Benavente a Astorga. Viene Napoleón persiguiendo al ejército británico que, mandado por el mariscal Moore, se retira desde Castilla a Galicia. Moore ha hecho prisionero al general francés Lefebvre, y esto –duro golpe al prestigio imperial- acrece la furia de Bonaparte: quiere a toda costa alcanzar al inglés. Pero el paisaje entero –la tierra, el cielo, las sobras, los ríos-, tomando dramática movilidad, como un monstruo, se le echa encima, sujetándoles. Y es tanta la fuerza de los elementos, que sobre el deseo de alcanzar al inglés se abre ahora en la mente imperial otro deseo más próximo...

«En el corazón del invierno –ha escrito bellamente Santiago Amaral-, el ejército se moría, enorme y fatal; sus flancos eran mordidos por las guerrillas; si lograba la entrada en una ciudad se amoldaría la masa de sus hombres al amparo de las murallas, como una imprevista marea llena y desbordando las bahías»

La meta, así deseada, era la ciudad de Astorga.

Ha cedido el viento y se ha detraído la lluvia. Las vanguardias imperiales –siete mil hombres, que manda el general Burnes- entran en Astorga, desierta, musgosa y húmeda. Un correo de Francia, rasgadas las ropas en el vendaval, entrega al Emperador, cuando este traspone las puertas de la ciudad, urgentes despachos. Arde Napoleón en deseo de romper los lacres; tanto, que no puede esperar a entrarse bajo techo, y en la vieja plaza del Pozo de Astorga –destartalada e irregular-, a la luz de las hogueras en que los granaderos secan sus ropas, entre un relumbre de bayonetas, de sucios charcos y de bajas casas de barro; apoyado, quizá, en el brocal del pozo de la leyenda, nerviosos los ojos sobre el papel, el Corso conoce la posibilidad de que en breve Austria le declare la guerra.

Pensativo va Napoleón hacia el Palacio Episcopal- apoyada en los botones del pecho su mano derecha; a la espalda su mano izquierda- entre antorchas que se balancean al saltar sobre los charcos los soldados que las portan.

Resuenan las pisadas, largas, en la oquedad de las calles. Porque Astorga, erguida sobre un altozano, ceñida de murallas en parte ruinosas, punto que cierra las comunicaciones entre Castilla y Galicia, sin guarnición que la defienda, ha sido una angustiosa desbandada –hombres, mujeres y niños- hacia los campos, bajo la tempestad de este día y ante el anuncio de la llegada de Napoleón.

El obispo, don Manuel Vicente Martínez Jiménez, ha reunido precipitadamente a la Junta de Defensa, que él preside. El viejo Corregidor pregunta:

-Y nosotros, ¿qué hacemos?

El prelado, irguiéndose:

-Quedarnos frente a Napoleón.

Vacíos también, inmensos de frialdad y desconchados, los salones del Palacio Episcopal pesan sobre la muralla y se cobijan bajo la sombra inmensa, cuyas cúpulas rasgan las nubes, de la Catedral.

La Guardia Imperial, que a viva fuerza ha expulsado a los Familiares del Prelado, enciende las chimeneas. Arrastra Napoleón sus espuelas en el zaguán salpicado de barro y los granaderos de la Guardia le rinden armas. Rápido, de dos en dos, sube los escalones. Y ordena al Obispo que comparezca a su presencia.

«Un cuarto de hora –dice Rodríguez Díez- duró la entrevista entre el prelado y el Emperador. Se abrió la puerta. A Napoleón le fulgían los ojos de rabia impotente sobre sus hombros achaparrados. El humilde D. Manuel Vicente Martínez tenía una dura mirada impasible...»

El mariscal Ney ordena al Obispo que se traslade a Madrid para acatar la autoridad de José Bonaparte. Se niega el prelado, y entre bayonetas es sacado del Palacio: estas mismas bayonetas que el 15 de enero le llevarán prisionero a Madrid, «acomodado en el carro de un maragato».

Napoleón se ha derrengado en un sillón, a la orilla de la chimenea, cuyas llamas le acarician suavemente, sumergiéndole en dulce sopor.

El atentado

Pero ¿han abandonado el Palacio todos los Familiares, clérigos y seglares del prelado?

Así lo creen los miembros de la Guardia Imperial; pero no es así. Alguien ha quedado escondido en los desvanes, provisto de un arma de fuego. Duerme el Emperador plácidamente al calor de la chimenea. Dos ojos, como brasas, fulgen, de española fiebre vindicativa, en la oscuridad. Una pistola encañona al Emperador; se alza el gatillo. (Un instante, un minuto en que el pulso de la Historia se detiene: ¿qué rumbo tomará el destino del mundo en este momento tan singular?)

Pero, súbito, una mano, también española, desvía, desde la espalda, el cañón.

Al ruido, el Emperador despierta sobresaltado. Gritos anchos por los pasillos del Palacio. La Guardia Imperial corre hasta el salón.

Y ahora, ante el Emperador, los dos Familiares: el uno, mordiéndose los labios de rabia ante el fracaso de su brazo fanático, que él creía guiado por la mano de Dios; el otro, baja la cabeza, con un poco de vergüenza ante el sesgo de su acción, que impidió la inmolación de una vida, aunque esta fuera la de Bonaparte.

Napoleón –la mano a la espalda, la mano al pecho –pasea nervioso y meditabundo ante los dos españoles. Los granaderos de la Guardia, firmes, esperan su decisión.

Fuentes históricas del hecho

¿Fuentes que avalen este singular suceso de la vida del Corso? No pueden ser, a nuestro juicio, más fidedignas. Testimonios de muchos astorganos que, en aquellas horas no abandonaron Astorga lo atestiguan. Y una constante tradición que aun machaquea en la ciudad, lo corrobora. El sabio polígrafo D. Marcelo Macías narra el hecho en su libro «El húsar Tiburcio», como recogido de labios de su padre, D. Esteban Macías, que era en 1808 diputado del Común del Ayuntamiento y miembro destacado de la Junta de Defensa de Astorga, en contacto constante con el prelado. El historiador de Astorga D. Matías Rodríguez Díez, que, de «visu propio», casi alcanzó los días de la Independencia, lo toma «de labios muy autorizados».

Sin embargo, pudiera parecer extraño el silencio sobre este punto del barón de Marbot, que acompañaba a Napoleón en Astorga y que reseñó su estancia en la misma. Tomando como base este silencio, el Sr. Salcedo Ruiz, en su «Monografía de Astorga en la guerra de la Independencia», pone en duda el suceso, por no comprender «que el Sr. Obispo quedara en Astorga con familiares cuando habían abandonado la ciudad todos los habitantes».

Y fueron D. Paulino Alonso y Fernández de Arellano y D. Rutilio Manrique quienes, en su obra «Astorga heroica», probaron, de manera auténtica –manuscritos del Cabildo Catedral de Astorga, exposición del prelado al Consejo de Regencia y Actas Capitulares de 1810-, la presencia en Astorga por aquellas horas del prelado, de la Junta de Defensa y de muchos vecinos, y la entrevista de Napoleón con el Obispo y otros extremos que desvirtúan las afirmaciones de Salcedo y los «cuentos» y omisiones, siempre interesados, de Marbot, para concluir –ellos tan escrupulosos siempre de la verdad histórica- en la realidad del atentado.

Una variante introduce la tradición. Variante que D. Eduardo Aragón recogió en su entremés teatral «Napoleón en Astorga». Y es esta: nadie arrancó el arma de las manos del Familiar del Obispo. Fue un rapto de arrepentimiento del propio agresor en que desvió el disparo. Fueron los dos impulsos –venganza y caridad-, no sobre dos almas distintas, sino entremezclados en una sola alma española.

Y sigue el hilo del suceso...

Napoleón, deteniendo su paso, echó atrás la cabeza; desarticuló el gesto y tendiendo la mano firma hacia los detenidos, gritó feroz, queriendo ser dulce:

-Dejadles libres. Yo les perdono.

Y giró brusco, volviendo la espalda y recogiendo, de un golpe, sobre el rostro el rojo transparente de la chimenea.

Y otra vez solo el Corso. Y otra vez el sueño, ahora inquieto, sobre su cabeza entrecalva.

Y cuando la luz fría de la madrugada –escuetas heladas de Astorga- rompe el negror de los vidrios y resbala sobre la cabeza de Napoleón, nuevo tumulto en el Palacio.

Cinco soldados franceses han sido asesinados durante la noche. Bonaparte da órdenes terminantes:

-Como nadie delata a nadie, serán detenidos los concejales del Ayuntamiento.

Un viento finísimo lima las fachadas y las torres de la ciudad, haciéndolas destacar más limpias en el sangriento crepúsculo de enero.

En las calles, solo el paso isócrono de los centinelas franceses.

Los concejales se aprestan a morir.


Alguien, afrancesado, sopla al oído del Emperador ciertos nombres: los nombres de los criados de un curtidor llamado Domingo, al mismo tiempo que para ellos pide piedad.

Brama, cada vez con más cólera, Napoleón:

-No hay posible perdón.

«Y los criados del curtidor –afirma Rodríguez Díez- fueron pasados por las armas

¿Qué extrañas reacciones son las de este hombre que, en un mismo día, perdona a un frustrado asesino y no tiene piedad para los asesinos de sus soldados?

Geniales, generosas y crueles veleidades las suyas...

Tan grande es este momento de la vida de Napoleón –no recogido en ninguna biografía suya- que bastaría por si solo para reflejar una vida.


Luis Alonso Luengo era,
hasta 2003,
 el último miembro vivo
de la que Gerardo Diego llamó
Escuela de Astorga

A los dos días Bonaparte, abandonando definitivamente la empresa de perseguir al inglés, acuciado por el problema de Austria, toma el lento camino de Valladolid.

 Sombras en la ciudad

Tras la tensión angustiosa que sobre Astorga puso la entrada del Emperador, un hondo desmayo, un vació inmenso, aplana sus calles.

Poco a poco van tornando los vecinos, que rehacen sus saqueados hogares, ignorantes de lo que en breve les espera: el terrible sitio que a la plaza –que defenderá el general Santocildes- ha de poner el francés.

Una sombra parece agigantarse, como una luna enorme y monstruosa, sobre el caserío: una sombra de bicornio duro, apretado gesto y manos a la espalda.

La chimenea aquella del Palacio del Obispo será ya siempre para las gentes de Astorga, «la chimenea de Napoleón»: otra sombra también, preguntádselo los viejos que lo cuentan y a los niños que lo cantan, gravitando sobre la ciudad desde el día aquel –23 de diciembre de 1866- en que un fuego casual hizo pavesas del viejo caserón del Obispo astorgano.

Luis Alonso Luengo


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