lundi 11 février 2013

Tres negaciones

Este muchacho escribe mucho mejor artículos de opinión, reflexión o ensayo que novelas, sin duda.

Tres negaciones

Por Juan Manuel de Prada
(ABC, 11 de febrero de 2013)

Una negación, reflexiona Donoso, llama infaliblemente a la siguiente, lo mismo en el orden religioso que en el político.

Al comienzo de su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Juan Donoso Cortés afirma su convicción de que detrás de toda cuestión política subyace un problema teológico. En un célebre discurso, pronunciado el 30 de enero de 1850 y considerado una de las más memorables piezas de la oratoria parlamentaria de todos los tiempos, el mismo Donoso ejemplifica esta íntima conexión de las cuestiones políticas y teológicas analizando los males que aquejan Europa, cuya razón última es a su juicio la disolución de «la idea de la autoridad divina y de la autoridad humana».

Y antes de ilustrar este proceso disolutorio, empieza sentando las tres afirmaciones sobre las que se sustenta la autoridad divina: 1) Existe un Dios, y ese Dios está en todas partes; 2) Ese Dios personal, que está en todas partes, reina en el cielo y la tierra; y 3) Ese Dios, que reina en el cielo y la tierra, gobierna las cosas humanas. Afirmaciones que se corresponden con otras tres en el orden político, que son su eco: 1) Hay un rey que está en todas partes por medio de sus agentes; 2) Ese rey que está en todas partes reina sobre sus súbditos; 3) Ese rey que reina sobre sus súbditos también los gobierna.

A partir de aquí, Donoso describe cómo el proceso de disolución va minando las afirmaciones enunciadas; y como la negación de las afirmaciones políticas viene siempre precedida por una negación en el orden religioso. Primeramente, llega el deísta y niega la tercera afirmación, diciendo: «De acuerdo, Dios existe, Dios reina, pero está tan alto que no puede gobernar las cosas humanas». A esta negación de la providencia divina del deísta se corresponde la negación del progresista, que concluye: «De acuerdo, el rey existe, el rey reina, pero no gobierna». Una vez aceptadas las negaciones del deísta y del progresista llegan -también de la mano- el panteísta y el republicano. Negada la providencia divina por el deísta, el panteísta se lanza a negar la existencia personal de Dios: «De acuerdo, Dios existe -nos dice-, pero carece de existencia personal. Dios no es persona; y, puesto que no es persona, ni gobierna ni reina. Dios es todo lo que vemos, todo lo que vive, todo lo que se mueve ¡Dios es muchedumbre!».

A esta proclama alborozada del panteísta se sucede enseguida la proclama no menos exultante del republicano: «De acuerdo, el poder existe -nos dice-, pero el poder no es una persona, y por lo tanto ni reina ni gobierna. El poder es todo lo que vive, todo lo que existe, todo lo que se mueve; luego en la muchedumbre no hay más medio de gobierno que la República». Pronto, las negaciones del panteísta y el republicano son aceptadas, como antes lo fueron las del deísta y el progresista; entonces, para acabar de completar la demolición de las tres afirmaciones que fundaban el orden religioso y el político, entran en escena el ateo y Proudhom (en quien Donoso veía un epítome de todos los males políticos). El ateo, después de que se hayan negado la providencia y la existencia personal de Dios, lo tiene mucho más fácil para decir: «Dejémonos de pamplinas. Dios ni reina, ni gobierna, ni es persona, ni es muchedumbre; simplemente, no existe». Y Proudhom, en su estela, remacha: «Y lo mismo puede decirse del gobierno».

Una negación, reflexiona Donoso, llama infaliblemente a la siguiente, lo mismo en el orden religioso que en el político, como un abismo llama a otro abismo. Y más allá de la negación última -nos advierte- no hay nada sino tinieblas; tinieblas que en 1850 se empezaban a palpar y en las que hoy estamos anegados.

Pero, por supuesto, a Donoso no hay que hacerle ningún caso, pues era un pedazo de reaccionario tremendo.

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