mercredi 27 février 2013

Poesía española (II)

Leopoldo Panero responde a Pablo Neruda


Como el dolor que en el dolor se injerta,
una guerra es a muerte, y sin rescate;
mas florece a través la sangre yerta.

Una guerra es un íntimo combate
y no una voluntad a sangre fría:
donde cae Federico, el agua late;
donde cayó un millón la tierra es mía.

Unos caen, otros quedan, nadie dura;
y tan sólo el Alcázar no caía.

Pero alguno se acuesta en sepultura
de eternidad. ¿Y qué? Como Pizarro.

Como otro crucifijo que madura.


Así es la piel de España: un sólo carro
de andadura entregada, y polvareda
de aislado chopo junto a gris chaparro.

Así la tierra el corazón hereda,
abandonada a secular camino
de majestad y de absoluta rueda.

Cual vuela una calandria o rompe un pino
de sed recalcitrante (que se pierde,
tras el polvo celeste, en halo fino),
la antigua hiedra sus murallas muerde;
y el Duero que transcurre en Tordesillas
lo vio la Reina Loca largo y verde.

Porque toda la locura tiene orillas
de amor, España es patria de los Andes
y de mil cosas ciertas y sencillas.

Mas tú el mercurio del rencor expandes
a la febril canción, aunque el carrillo
vence a la bofetada en almas grandes.

Tus insultos de perra son tu anillo
de Judas, agarrado a tu pescuezo,
con trágico vaivén verdiamarillo.

Como una sacudida de cerezo,
vísperas de San Juan; como se asombra
la pupila del niño que habla en rezo;
como el huerto en rubor; como se nombra
el nombre de una madre que se entierra,
y se hunde, y deposita, en santa sombra;
como el millón de muertos de la guerra;
como el hogar nacido del trabajo
que en música descalza nos encierra;
nosotros, españoles a destajo,
—y a mucha prez en español me quedo­—
somos a dura roca, como el Tajo,
paredes del Alcázar de Toledo;
y a dura roca, con celeste filo,
palpamos nuestra herida con el dedo.

La arisca independencia es nuestro estilo;
el dos de mayo nuestro sacro uso;
y el sueño en vida nuestro eterno asilo.

Porque España es así (y el ruso, ruso),
hoy preferimos el retraso en Cristo
a progresar en un espejo iluso.

Mi fe es también creer lo que no he visto,
pero que sólo con cerrar los ojos,
perpetuamente sé que lo conquisto.

Se ha dicho tanto mal de la Conquista,
española y feroz, Pablo Neruda,
que no hay sin sonreír quien lo resista.

Que algo es algo verdad no cabe duda.

Y un tercer algo justo, y como acero:
lo que hace un español su ser no muda,
y es, lo quieran o no, muy duradero.

Se necesita estar del todo loco,
o ronco, sordo, vano, roto y huero,
para hablar de Cortés con el descoco
de un profesor inglés de hace cien años,
enterado de España adrede y poco.

La lentitud que inventan los rebaños
de Extremadura es piedra de cantera
para estatuas de todos los tamaños.

Cual se sume el invierno en la pradera,
el tiempo da a los toros sangre y casta;
y el toro improvisar locura fuera.

Quien reparte su vida no la gasta,
porque es la vida toda de una pieza
y la más breve gota a sí se basta.

[...]



Creí leer, por fin, la poesía
(mojada por la voz del buen Neruda)
que anhelaba llorar lo que quería.

Tan bello es tu poema que te ayuda,
por vez primera, el corazón lejano;
pero es mejor tener la lengua muda
si es que un niño no llevas de la mano:
cobardemente, en alevosa frase,
acusas, a quien sabes, de villano.




No hay dos, ni tres, ni cuatro: hay una clase
de hombres: el de verdad; aunque en contienda
de hermano con hermano el suelo arrase.

Es tu exacta mentira tan tremenda,
tan brumosa, injuriosa, venenosa,
que arrancarte la lengua es poca enmienda;
y aún sólo caridad mi mano osa.

Pablo: mancillas a Miguel: mancillas
a Federico: escupes en su fosa.

Pecas contra ti mismo cuando pecas,
y el aura milagrosa se evapora
de tus ramas, que gimen como huecas.

En todo sufrimiento está el que llora
y el que a ciegas se funde a su alegría
al mismo tiempo y en la misma hora.

Porque en eso consiste la agonía
(mi historia personal es testimonio),
y en eso, la unidad de España y mía.

[...]

La discriminación racial, Neruda,
no es nuestro fuerte: y lo inventó Inglaterra,
como es muy natural, en propia ayuda.

¿Somos aquí, o no somos, otra tierra?

No te puedo decir, querido, odiado,
distinguido Señor, ni hijo de perra.

Te digo simplemente: Pablo helado
y roto (como el cardo): y sin raíces;
hecho de vanidad, que te ha empujado.

Todo lo que acaricias, lo maldices;
exactamente igual que el yermo cardo;
y España es un montón de cicatrices.

Pero también un mapa para el nardo,
voceado a viva voz (donde hay rocío),
cual mirlo o ruiseñor de cuello pardo.

¿Somos aquí, o no somos, otro río
de gente a plena calle enamorada,
con algo enteramente tuyo y mío?


Canto Personal. Carta perdida a Pablo Neruda
Leopoldo Panero


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