jeudi 14 mars 2013

Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam.

Como nos pasa a muchos católicos, hoy me es imposible dejar de pensar en la Santa Madre Iglesia y en el sucesor de San Pedro. De modo que estoy tratando de poner algo de orden y tranquilidad en mi alma.

En el tiempo pasado desde el anuncio de la renuncia de Benedicto XVI hasta la tarde de ayer, hemos pasado de la sorpresa, la perplejidad, y el asombro, a la reflexión, la meditación y la oración, llegando finalmente de nuevo a la sorpresa cuando tras la última puesta del sol hemos asistido a la proclamación de nuestro primer Papa nacido en la América española, y miembro de la Compañía de Jesús que fundara San Ignacio de Loyola.

Respecto a la renuncia de Benedicto XVI, después de leer y escuchar reacciones de todo signo y opiniones encontradas, unas más serenas que otras, algunas mucho más autorizadas que otras y en general bastantes bobadas, personalmente he acogido e interiorizado el sorprendente acontecimiento con toda la serenidad, tranquilidad y normalidad que me ha sido posible.

Es pública la admiración, respeto y agradecimiento que he tenido siempre por Joseph Ratzinger, más allá de disputas teológicas, desde la espiritualidad cristiana, como católico pero en este caso sobre todo como ser humano, creo firmemente que Benedicto XVI, Joseph Ratzinger, es el hombre más inteligente, la mente más brillante, en definitiva el mayor sabio vivo sobre la faz de la Tierra.

Y nuestra relación personal, la relación entre Joseph Ratzinger y este humilde pecador, como no podía ser de otra manera, se ha desarrollado y seguirá desarrollándose a través de la palabra escrita, él como escritor y yo como agradecido lector.


Como corresponde a los grandes hombres, sólo con el paso de los años se llega apreciar su inmensa labor, tras la cual, siempre hemos de lamentar la inmensa labor que dejan por hacer. Así es la vida del hombre en este mundo, pasajera y corta como un suspiro. La de los sabios y la de los humildes.

Mi reflexión personal es que nuestro Santo Padre Francisco cuenta con la inmensa bendición de disponer del mejor consejero posible, los años que Dios Nuestro Señor quiera aún conceder a Joseph Ratzinger.

En cuanto al Papa, que hasta ayer era el cardenal Jorge Mario Bergoglio, y hoy es el Papa Francisco, aparte de mi alegría y alivio como católico al ver de nuevo un Romano Pontífice a la cabeza de la Santa Madre Iglesia, sólo haré unas breves reflexiones, poco más allá de las obviedades.

Que su procedencia americana conviene a la catolicidad, la universalidad de la Iglesia, parece evidente. Y el hecho de ser hijo de inmigrantes italianos, y haber nacido y ejercido su ministerio precisamente en Argentina, se me aparece un buen símbolo de la correcta comprensión de esta universalidad.

Pues si bien que la Iglesia Católica es universal es un hecho cierto, no debemos olvidar el verdadero significado de su universalidad, que no consiste en aunar en una informe amalgama lo que procede de los cuatro puntos cardinales, sino más bien en extender hasta los extremos de la Tierra la Buena Noticia, la Verdad, que ha sido revelada a los hombres desde el inicio de los tiempos en las orillas del Mare Nostrum.

Y aquí de nuevo, como en tantas ocasiones, debo ceder la palabra a Don Marcelino Menéndez Y Pelayo: “España era, o se creía, el pueblo de Dios, y cada español, cual otro Josué, sentía en sí fe y aliento bastante para derrocar los muros al son de las trompetas, o para atajar al sol en su carrera. Nada parecía ni resultaba imposible; la fe de aquellos hombres, que parecían guarnecidos de triple lámina de bronce, era la fe que mueve de su lugar las montañas. Por eso en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía.
España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; esta es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra.”


L'OSSERVATORE ROMANO
Precisamente en este párrafo inmortal tantas veces repetido se resume todo lo que hoy quería decir del Santo Padre Francisco.

- Que procede de Argentina, cuyos habitantes son católicos en su práctica totalidad, gracias a la Fe que España llevó hasta el nuevo mundo, y que en el conjunto de las repúblicas tristemente separadas de la Madre Patria, es sin duda la más “española”.

- Que es miembro de la Compañía de Jesús, fundada por San Ignacio de Loyola, soldado y santo español por excelencia, y por tanto dedicado a “militar para Dios bajo la bandera de la Cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia, su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra”.

- Y finalmente que conociendo y hablando los idiomas civilizados del mundo, reza en español, de lo que toda la Cristiandad debe regocijarse, ya que tal como señaló sabiamente Víctor Hugo, el inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las ciencias, el francés es el lenguaje del amor, y en cuanto al español, sentenció: “¡Ah, el español, ese es el idioma para hablar con Dios!”. No en vano en español escribieron San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús las obras cumbres de la mística universal.


Termino ya, reproduciendo un párrafo sobre el nuevo Papa de L’Osservatore Romano de hoy: «Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos», ha dicho más de una vez para explicar la opción de vivir en un apartamento y de prepararse la cena él mismo. A sus sacerdotes siempre les ha recomendado misericordia, valentía apostólica y puertas abiertas a todos. Lo peor que puede suceder en la Iglesia, explicó en algunas circunstancias, «es aquello que De Lubac llama mundanidad espiritual», que significa «ponerse a sí mismo en el centro». Y cuando cita la justicia social, invita en primer lugar a retomar en mano el catecismo, a redescubrir los diez mandamientos y las bienaventuranzas. Su proyecto es sencillo: si se sigue a Cristo, se comprende que «pisotear la dignidad de una persona es pecado grave».

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PS: Me doy cuenta de que no reparado en la elección del nombre de Francisco. Sencillamente creo que completa el círculo de cuanto he apuntado en esta entrada. El más universal de los santos italianos como guía de un Sumo Pontífice hijo de italianos.
Un pontificado basado en las virtudes y enseñanzas de San Frascisco de Asís, la humildad, la pobreza, el sacrificio, el entusiasmo en el anuncio del Evangelio, la alegría y la fidelidad a la Iglesia de Cristo, es sin duda lo que más necesita este mundo asolado por el triste y desolador relativismo anticristiano de la modernidad.

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