dimanche 26 juin 2011

Amor, muerte y literatura

El viernes escribí una entrada al hilo de la situación actual de nuestra Patria, pero resultó tan apocalípticamente dolorosa que no llegué a publicarla.
El sábado por la mañana, de nuevo, Juan Manuel de Prada en ABC supo expresar con su pluma mi desesperación, en su artículo sobre el resentimiento.
En este crepúsculo de la historia”, dice de Prada, “la democracia ha hecho la misma proclama que Kirilov, aquel personaje de Los demonios de Dostoievsky, encarnación trágica del humanismo ateo: «Si Dios no existe, yo soy Dios». Y, para demostrar que no existe otra voluntad superior a la suya, Kirilov acaba suicidándose, que es lo mismo que está haciendo nuestra democracia fetén, dejándose infestar por iniquidades tan graves y manifiestas.
Tengo la obsesiva costumbre de leer muchos libros a la vez, seguramente en la íntima seguridad de que no tendré tiempo de leer todos los que merecen la pena ser leídos, en el corto trascurso de una vida. Llevo siempre uno encima para los ratos sueltos del día, en el transporte, en alguna espera, entre una reunión y unas horas de trabajo… Tengo otro normalmente en mi mesilla de noche, junto a la cama, otro en la mesa auxiliar del salón y varios repartidos entre la mesa de trabajo, la biblioteca…
Estoy cerca del final de “La promesa del alba” de Romain Gary, del que ya hablé un poco no hace mucho. Parece mentira que alguien capaz de expresar con una prosa tan poética una actitud hacia la vida y el mundo tan cargada de amor y compasión por el ser humano, terminase también suicidándose, como el personaje de Dostoievsky, sólo veinte años después de escribir este libro.
Romain Gary, pseudónimo de Romain Kacew, nacido en Vilnius, Lituania, en 1914, fue criado por su madre que, como narra en “La promesa del alba”, depositó en él las más ambiciosas esperanzas. Pobre “cosaco un poco tártaro cruzado con judío”, llegó a Francia a los catorce años, instalándose en Niza.
Tras sus estudios de derecho, se alistó en la aviación y se unió a De Gaulle en 1940.
Su primera novela “Educación europea” fue un gran éxito en 1945, desvelando a un gran narrador de estilo rudo y poético. Aquel mismo año entró en el “Quai d’Orsay”, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Gracias a su trabajo como diplomático, vivió en Sofía, La Paz, Nueva York y Los Ángeles. En 1948 publicó “El gran vestuario” y recibió el premio Goncourt en 1956 por “Las raíces del Cielo”. Siendo cónsul en Los Ángeles se casó con la actriz Jean Seberg, escribió varios guiones y fue realizador de dos películas.
Dejó la diplomacia en 1961 y escribió “Los pájaros van a morir a Perú” (incluida en “Gloria a nuestros ilustres pioneros”), y una novela de humor, “Lady L.”, antes de emprender sus inmensas sagas: “La comedia americana” y “Hermano océano”.
Su esposa se quitó la vida en 1979 y las novelas de Gary empezaron a dejar percibir su angustia del declinar y la vejez: “Más allá de este límite su ticket no es válido”, “Claro de mujer” y “Las cometas”.
Romain Gary se suicidó en Paris en 1980 dejando un documento póstumo en el que reveló que había escrito bajo el pseudónimo de Émile Ajar, autor de varias novelas de éxito como “El gran mimo”, “La angustia del rey Salomón” y “La vida ante sí”, que recibió también el Goncourt en 1975.
Como nos recordaba este sábado Juan Manuel de Prada, el gran Leonardo Castellani dijo: «El resentimiento no es vulgar rencor, odio o despecho; es indignación reprimida mal o insuficientemente, por fuerza y no por razón, que se irradia concéntricamente de objeto en objeto y de zona en zona anímica. Hay hoy día ideologías del resentimiento expuestas en lenguaje científico y con las mayores apariencias de objetividad. Este rencor convertido en septicemia no tiene más penicilina que una gran inyección de amor tan tremenda que sólo es posible por la Fe y por la Gracia ayudadas de intermediarios humanos, como suele Dios hacer sus cosas. Dios y ayuda, como dicen en España».
De Prada añade “¿qué ayuda puede hallarse, cuando falta el otro miembro de la ecuación?
Cuando Romain Gary nos describe su imposibilidad para ver un enemigo en otro ser humano, también nos está señalando el destello de ese amor perdido que añora la humanidad y que Gary sólo llegó a intuir, terminando por sumirse en la desesperación, pero incapaz de conocer el resentimiento.
Sinceramente recomiendo leer “La promesa del alba”, a ser posible en francés y si no, traducida.
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