jeudi 30 juin 2011

Arte y moral

Este año se conmemoran los cincuenta de la muerte de Louis-Ferdinand Céline. Digo que se conmemoran aunque en realidad, oficialmente está prohibido conmemorar nada relacionado con él.

Frédéric Mitterrand, el sobrino de François el presidente de la República Francesa, que es el actual ministro de cultura en Francia, ante la presión de diferentes grupos, optó por negarle los honores oficiales en este aniversario, debido a su antisemitismo y su apología de las políticas raciales del nacionalsocialismo.

Curiosamente Fréderic Mitterrand sigue siendo ministro de cultura pese a haber tenido que admitir públicamente la veracidad de las acusaciones de pederastia.

Pero lo que me mueve a reflexión son dos asuntos concretos muy relacionados. Uno es la posibilidad o no de desligar la obra artística de un autor, ya sea pintor, músico o literato, de sus opiniones, actitudes o actos moralmente reprochables o condenables.

Incluso en muchas ocasiones, la indiferencia o falta de posicionamiento público respecto a acontecimientos cruciales ha sido suficiente para privar a un autor del reconocimiento debido por la calidad artística de su obra.

¿Se puede desligar al hombre del artista? ¿Se debe condenar el arte a causa de su autor? ¿Debemos emplear siempre criterios morales o ideológicos al enfrentarnos al arte?

Personalmente tiendo a suponer que las más sublimes expresiones artísticas suelen surgir de almas con un grado elevado de perfección moral. Sin embargo, en muchas ocasiones, me he encontrado ante magníficas obras de arte fruto de la labor de abyectos autores.

Estas reflexiones me llevan al segundo asunto. Las diferencias que históricamente han mostrado unas y otras naciones a la hora de honrar a sus grandes hombres.

En Francia, por ejemplo, hay varios modos de ingresar en su particular Olimpo de glorias inmortales. El que más garantía tiene es el ingreso en “L’Académie française”, por algo los académicos son conocidos como “los inmortales” (realmente el apelativo viene del lema de su divisa “a la inmortalidad”).

La Academia francesa, conocida también como “la cúpula”, por la que corona el edificio de su sede, fue creada por el famoso cardenal Richelieu en 1635, y se compone de 40 miembros.

Céline, que en realidad se apellidaba Destouches, no fue por supuesto miembro de la Academia, y su obra más reconocida, “Viaje al fin de la noche”, ni siquiera obtuvo el premio Goncourt, lo que incluso provocó la dimisión de algún miembro del jurado, teniendo que contentarse con el premio Renaudot.

Un ejemplo magnífico de la capacidad de apreciar y reconocer la valía de un hombre, más allá de las diferencias ideológicas, es la relación Napoleón Bonaparte con el inmortal autor de “El genio del Cristianismo”, François-René, vicomte de Chateaubriand.

Chateaubriand, famoso también por la receta de solomillo asado que inventó su cocinero, era radicalmente contra-revolucionario e incluso había combatido en el Ejército Realista llamado de los emigrados. Sin embargo fue el propio Napoleón quién impulsó su candidatura a la Academia, aunque tras leer el borrador de su discurso de ingreso, que Chateaubriand se negó a corregir con las indicaciones del pequeño usurpador corso, finalmente el vizconde no llegase a ocupar su sillón hasta la restauración.

En España estamos hartos de ver, no sólo cómo autores magníficos son sistemáticamente denostados por motivos ideológicos, si no lo que es aún mucho peor, como tipejos absolutamente mediocres reciben el reconocimiento que no merecen, precisamente por su posicionamiento político.

El racismo de Céline, que le llevó a publicar infectos panfletos pronazis, lo había heredado de la sociedad francesa en la que nació, la del “affaire Dreyfus” que provocase el famoso “J’accuse…!” de Zola, etc.
Pero eso no le quita un ápice de grandeza al resto de su obra.

El pequeño escándalo a propósito de la celebración oficial de su aniversario, con el cruce de acusaciones y presiones, los documentales en televisión… han representado finalmente la mejor manera de conmemorar la efeméride.

Por mi parte he incluido ya en el maletín de mis lecturas para este verano, el panfleto de Chateaubriand “De Buonaparte et des Bourbons” y, claro está, el “Voyage au bout de la nuit”.

Notre vie est un voyage
Dans l’hiver et dans la Nuit
Nous cherchons notre passage
Dans le Ciel où rien ne luit.
Chansons de Gardes Suisses, 1793.
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