samedi 30 avril 2011

Música Sagrada o Litúrgica

No hay duda de que una discusión, para introducirse a sí misma auténticamente en el espíritu de la liturgia, no puede pasar en silencio la música sagrada o litúrgica.

Me limitaré a una breve reflexión para orientar la discusión. Uno podría preguntarse por qué la Iglesia por medio de sus documentos, más o menos recientes, insiste en indicar un cierto tipo de música y de canto como particularmente consonantes con la celebración litúrgica. Ya en tiempos del Concilio de Trento la Iglesia intervino en el conflicto cultural que se desarrollaba en ese entonces, reestableciendo la norma en la que la música conformándose al texto sagrado era de importancia primaria. Limitando el uso de instrumentos y señalando una clara distinción entre música profana y sagrada. La música sagrada, mucho más, nunca debe ser entendida como una expresión puramente subjetiva. Está anclada a textos bíblicos o de la Tradición, que se cantarán durante el curso de la celebración. Más recientemente, el Papa San Pío X intervino en una manera análoga, buscando remover el canto operístico de la liturgia y seleccionando el canto gregoriano y la polifonía desde el tiempo de la reforma Católica como el estándar para la música litúrgica, distinguirlo de la música religiosa en general. El Concilio Vaticano Segundo no hizo más que reafirmar el mismo estándar, así también los más recientes documentos magisteriales.

¿Por qué insiste la Iglesia en proponer ciertas formas como características de la música sagrada y litúrgica que las hacen distinguir de todas las otras formas de música? ¿Por qué, también, el canto gregoriano y la sagrada polifonía clásica se han convertido en las formas a imitarse a la luz de las cuales la música litúrgica e incluso la popular deberían continuar siendo producidas hoy?

La respuesta a estas preguntas reside precisamente en lo que hemos buscado afirmar con respecto al espíritu de la liturgia. Es propiamente esas formas de música, en su santidad, su bonhomía, y su universalidad, la que se traduce en notas, en melodías y cantando el autentico espíritu litúrgico: llevando a la adoración del misterio celebrado, favoreciendo una autentica e integral participación, ayudando a quien escucha a captar lo sagrado y con ello la esencial primacía de Dios actuando en Cristo, y finalmente permitiendo un desarrollo musical que está anclado en la vida de la Iglesia y la contemplación de su misterio.

Permítaseme citar al entonces Cardenal Ratzinger una última vez: “Gandhi subraya tres espacios vitales en el cosmos, y demuestra cómo cada uno de ellos comunica incluso su propio modo de ser. El pez vive en el mar y es callado. Los animales terrestres gritan, pero los pájaros, cuyo espacio vital son los cielos, cantan. El silencio es propio del mar, el grito es propio de la tierra, y el canto es propio de los cielos. El hombre, sin embargo, participa en todos los tres: lleva en sí lo profundo del mar, el peso de la tierra, y la altura de los cielos; esto es por lo que los tres modos de existencia le pertenecen: el silencio, el grito y el canto. Hoy… vemos que, despojado de trascendencia, todo lo que le queda al hombre es gritar, por que desea ser únicamente tierra y busca convertir en tierra incluso los cielos y el fondo del mar. La verdadera liturgia, la liturgia de la comunión de los santos, lo restaura a la plenitud de su existencia. Ella le enseña de nuevo cómo volar, la naturaleza de un ángel; elevando su corazón, hace resonar de nuevo en él esa canción que en cierto modo ha caído dormida. De hecho, podemos incluso decir que la verdadera liturgia es reconocible especialmente cuando nos libera del modo común de vivir, y nos restaura el fondo y la altura, el silencio y el canto. La verdadera liturgia es reconocible por el hecho de que es cósmica, no una costumbre hecha por un grupo. Canta con los ángeles. Permanece callada con el profundo fondo del universo en espera. Y en este modo redime al hombre.”

Mons. Guido Marini
Maestro de Ceremonias de las Celebraciones Litúrgicas del Papa

mardi 26 avril 2011

Atención al ciudadano

Cuando regresas a España después de vivir unos años en otro país hay algunas cosillas a las que tienes que volver a acostumbrarte, como los horarios, las comidas, hablar siempre a gritos…

Resido de nuevo en suelo patrio desde hace nueve meses y ya me han destrozado la ventanilla del coche intentándomelo robar y unos atracadores me propinaron un zurriagazo de cuidado con una barra de hierro, que aún me duele, en un supermercado (y eso que vivo en un “buen barrio”).

Una de las costumbres que he tenido que “adaptar” al volver son las compras por Internet, a las que somos muy aficionados en mi casa, ya que la ropa, que es lo que solemos comprar, sale bastante más barata y nos evita malgastar las tardes de tienda en tienda. Los libros nuevos en castellano he optado por encargárselos a la librería del barrio, que no me cobra gastos de envío, limitando internet para los usados o los publicados en otros idiomas.

Y no es que el ancho de banda y la calidad de la línea sean aquí una porquería, que lo son, y encima la conexión mucho más cara, que lo es, el problema es el “factor humano”, en concreto el portero de mi bloque de pisos, un comunista mal encarado que considera que recoger mis paquetes no forma parte de sus obligaciones, y el servicio postal, que sólo reparte por las mañanas, cuando no hay nadie en casa, y no vuelve a pasar por la tarde, dejándome un aviso para que recoja los envíos en la oficina de correos, que está a varios kilómetros de casa, en una zona donde, ¿cómo no?, es imposible aparcar.

Otro día hablaré de mi vecino, al que parece que le cuesta un esfuerzo sobrehumano dar los buenos días, por si alguien pensaba recomendarme que le pidiese apoyo a él.

No soy un tipo quejica, y cuando tengo un problema lo soluciono como puedo y punto. Sigo comprando por Internet, y doy la dirección de mi cuñada, que vive muy cerquita, para recibirlos, ya que su portera es una señora encantadora que tiene el portal como una patena y pasa el resto de la jornada en la portería haciendo punto, saludando con cortesía y cordialidad, y no tiene ningún problema político-psiquiátrico en guardarme los paquetes hasta que paso a recogerlos.

Pero ayer me pasó algo muy curioso. El cartero llamó al telefonillo del portero automático a eso de las seis de la tarde, cuando lógicamente estábamos todos en casa. “Le traigo un envío” dijo, “¿tengo que bajar?” le pregunté obediente y sumiso, “no hace falta, ya subo yo”.

Por supuesto no me traía un encargo adquirido por Internet. Me traía una multa del ayuntamiento por exceso de velocidad en un túnel de la M-30, en el que el máximo permitido eran 70 Km/h y me habían hecho una preciosa foto, que me adjuntaban a la comunicación, circulando a la peligrosísima y temeraria velocidad de 76 Km/h.

Por si la ironía no fuese suficiente, pagué la multa de inmediato, para que el importe de ¡cien euros! se redujese a cincuenta ¡por internet! El servicio telemático del ayuntamiento funcionó a la primera con una eficacia impresionante y Gallardón ya ha reducido un poquito la deuda del “consistorio madrileño”.

En resumen, para hacerme pagar multas el servicio de correos no tiene inconveniente en mandarme al cartero a mi domicilio en un horario en el que es más que probable encontrar alguien en casa, pero si quiero comprar algo por internet lo tengo que recoger en ventanilla ¡faltaría más!

Y las multas y los impuestos se pueden abonar por internet, pero para empadronarse hay que pedir cita previa y perder la mañana. Igual que tengo que perder la mañana para recoger la tarjetas de crédito del banco en el mostrador cuando caducan, ya que por supuesto también las trae el cartero por las mañanas cuando no hay nadie en casa y el banco sólo abre por las mañanas. Aunque pueda parecer increíble, en otros países europeos los bancos abren en el mismo horario comercial que las tiendas, ¡qué cosa más rara! ¡qué absurdo deseo es esperar que la institución que se embolsa mi sueldo y el de mi santa esposa cada fin de mes me facilite las gestiones compatibilizando sus horarios con los míos!

Bueno, al menos aquí luce casi siempre el sol y, aunque no puedo bajar al parque que hay detrás de casa con los niños, ya que está plagado de cacas de perro y el ayuntamiento no puede pagarle el sueldo a un jardinero ni a un barrendero o vigilante, siempre nos queda subirnos al coche, que ya le he cambiado la ventanilla y he aspirado los mil millones de cristalitos del interior, pagar un parking en el centro, que a más de un euro por hora me sale más económico que cinco billetes de autobús de ida y cinco de vuelta, “¿familia numerosa? ¿a mí qué me cuenta usted? ¡el billete cuesta un euro por persona!”, e irnos al Retiro con la mitad de la población indígena de América del Sur, que me parece fenomenal y de hecho yo los considero tan españoles como a los de Sevilla, Bilbao, Barcelona o Santiago de Compostela, pero... ¿no los habían masacrado a todos entre Hernán Cortés y Pizarro?

jeudi 21 avril 2011

Jueves Santo: “recorrer las estaciones”

Es esta una tradición que recuerdo con especial cariño desde mi niñez, salir la mañana del Jueves Santo con mis padres a visitar o recorrer las estaciones, empezando siempre con un Padre Nuestro ante el “monumento” de la parroquia.
Realizar la visita a los siete templos, siete “monumentos”, donde está expuesto el Cuerpo de Cristo, es acompañar a Jesús en sus momentos de Pasión, Juicio y Sentencia de muerte.
El verdadero sentido de éstas visitas de la mañana del Jueves Santo se encuentra en el Evangelio, cuando se nos narra como todos los discípulos lo abandonaron (Marcos 14, 50). Por eso nosotros, los que sentimos especial devoción por Jesús Sacramentado, tratamos de acompañarlo en éstos momentos de vergüenza e infamia que vivió Nuestro Salvador.
Acompañémoslo hoy con piedad y devoción, dando testimonio ante los demás de nuestro amor y devoción por Jesús Eucaristía.
Primera visita: Jesús en el Huerto de Getsemaní
«Salió como de costumbre, fue al Huerto de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegando al lugar les dijo: “Pidan que no caigan en tentación.” Y se apartó de ellos, y puesto de rodillas oraba diciendo: “Padre si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Entonces se le apareció un ángel que lo confortaba. Y sumido en agonía, insistía más en su oración. Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra. Levantándose de la oración, vino donde los discípulos y los encontró dormidos, vencidos por la tristeza; y les dijo: “Levántense y oren para que no caigan en tentación”.» (Lc 22, 39-46)
Meditación
Jesús sentía miedo, angustia y tristeza hasta el punto de morir. Eligió a tres compañeros, pero que muy pronto se durmieron, y comenzó a rezar él solo: «Pase de mí esta hora; aparta de mí este cáliz… Pero, Padre, que se haga tu voluntad».
Había venido al mundo para hacer la voluntad del Padre, pero nunca como en aquel momento comprobó lo profundo de la amargura del pecado, y se sintió perdido.
Padre Nuestro que estás en el Cielo…
Segunda visita: Jesús es atado y llevado a la casa de Anás
«El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina. Jesús le respondió: “He hablado abiertamente ante todo el mundo; he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que les he dicho.” Apenas dijo esto uno de los guardias que ahí estaba, dio una bofetada a Jesús, diciendo: “¿Así contestas al Sumo Sacerdote?» (Jn 18 19-22)
Meditación
Jesús, la inocencia personificada, escoltado como un malhechor por los esbirros del Sanedrín, capturado y llevado ante el tribunal de Anás y Caifás. Siguen las largas horas de la noche a la espera del juicio ante el tribunal romano de Pilato. El juicio tiene lugar la mañana del Viernes Santo en el pretorio: Jesús está de pie ante el procurador romano, que lo interroga. Sobre su cabeza pende la demanda de condena a muerte mediante el suplicio de la cruz. Lo vemos luego atado a un palo para la flagelación. Sucesivamente es coronado de espinas… “Ecce homo”, “He aquí al hombre”. Pilato pronunció esas palabras, tal vez esperando que se produjera una reacción de humanidad en los presentes. La respuesta fue: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (Lc 23, 21). Y cuando, por fin, le quitaron las cuerdas de las manos, fue para clavarlas en la cruz.
Tercer visita: Jesús llevado ante Caifás
«Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tu eres el Cristo el Hijo de Dios”. Le dijo Jesús: “Sí, tu lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del padre y venir sobre las nubes del cielo.” Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. » (Mt 26, 63-65)
Meditación
El hecho que en definitiva precipitó la situación y llevó a la decisión de dar muerte a Jesús fue la resurrección de Lázaro en Betania. El Evangelio de Juan nos hace saber que en la siguiente reunión del sanedrín se constató: “Este hombre realiza muchos signos. Si le dejamos que siga así todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación”. Ante estas previsiones y temores Caifás, Sumo Sacerdote, se pronunció con esta sentencia: “Conviene que muera uno sólo por el pueblo y no perezca toda la nación.” (Jn 1, 47-50). El Evangelista añade: “Esto no lo dijo de su propia cuenta, sino que, como era Sumo Sacerdote aquel año, profetizó que Jesús iba a morir por la nación, y no sólo por la nación sino para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos”. Y concluye: “Desde este día, decidieron darle muerte” (Jn 11, 51-53).
Cuarta visita: Jesús llevado ante Poncio Pilato
«Pilato respondió: “¿Es que yo soy judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?” Respondió Jesús: “Mi Reino no es de éste mundo. Si mi reino fuese de éste mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos; pero mi Reino no es de aquí.” Entonces Pilato le dijo: “¿Luego tu eres rey?” Respondió Jesús:” Si, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.”» (Jn 18,35-37)
Meditación
El Evangelista Marcos, describiendo el proceso de Jesús ante Poncio Pilato, anota que fue “entregado por envidia” y que Pilato era consciente de este hecho. “Se daba cuenta… de que los Sumos Sacerdotes se lo habían entregado por envidia” (Mc 15, 10). Preguntémonos: ¿por qué esta envidia? Podemos encontrar sus raíces en el resentimiento, no sólo hacia lo que Jesús enseñaba, sino por el modo en que lo hacía. Sí, según dice Marcos, enseñaba “como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22), esta circunstancia era, a los ojos de estos últimos, como una “amenaza” para su prestigio.
Quinta visita: Jesús llevado ante Herodes
«Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de Él, y esperaba presenciar alguna señal que Él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero Él no respondió nada. Entonces Herodes con su guardia después de despedirla y burlarse de Él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.» (Lc 23, 8-9; 11)
Meditación
En las palabras de la pasión de Cristo hay un encuentro particularmente intenso de lo humano con lo divino. Lo demuestran ya las palabras de Getsemaní. Después Cristo más bien callará. Dirá una frase a Judas. Después a los que Judas condujo al Huerto de Getsemaní para prenderlo. Después todavía a Pedro. Ante el Sanedrín no se defiende, pero da testimonio. Así también ante Pilato. En cambio, ante Herodes “no contestó nada” (Lc 23, 9). Durante el suplicio se realizarán las palabras de Isaías: “No abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores” (Is 53, 7).
Sexta visita: Jesús es llevado de nuevo ante Pilato
«Les dijo Pilato: “¿Y qué voy a hacer con Jesús el llamado Cristo?” Y todos a una voz: “¡Sea crucificado!”. “¿Pero qué mal ha hecho?”, preguntó Pilato. Mas ellos seguían gritando con más fuerza: “sea crucificado”. Entonces Pilato, viendo que nada adelantaba, sino que más bien se promovía tumulto, tomo agua y se lavó las manos delante de la gente diciendo: “Inocente soy de la sangre de este justo. Vosotros veréis.” Y todo el pueblo respondió “¡su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Entonces les soltó a Barrabás…”» (Mt 27,22-26)
Meditación
Un hombre sin culpa alguna está ante Pilatos. La ley y el derecho lo dejan al arbitrio de un poder totalitario que busca el consenso de la muchedumbre. En un mundo injusto, el justo acaba siendo rechazado y condenado. Viva el homicida, muera el que da la vida. Si liberas a Barrabás, el bandolero llamado “hijo del Padre”, se crucifique al que ha revelado al Padre y es el verdadero Hijo del Padre.
Otros, no Jesús, son los hostigadores del pueblo. Otros, no Jesús, han hecho lo que está mal a los ojos de Dios. Pero el poder teme por su propia autoridad, renuncia a la autoridad que le viene de hacer lo que es justo, y abdica. Pilatos, la autoridad que tiene poder de vida y muerte, Pilatos, que no titubeó en ahogar en la sangre los focos de la revuelta (Lc 13, 1)Pilatos, que gobernaba con puño de hierro aquella oscura provincia del imperio, soñando poderes más vastos, abdica, entrega a un inocente, y con ello la propia autoridad, a una muchedumbre vociferante. El que en el silencio se entregó a la voluntad del Padre es de este modo abandonado a la voluntad de quien grita más fuerte.
Séptima visita: Jesús llevado a su Pasión
«Entonces los soldados del procurador llevaron consigo a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de Él a toda la cohorte. Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; y, trenzando una corona de espinas se la pusieron sobre su cabeza y en su mano derecha una caña, y doblando la rodilla delante de Él le hacían burla diciendo “¡Salve, rey de los judíos!”; y después de escupirle cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. Cuando se hubieron burlado de Él, le quitaron el manto, y le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarlo.» (Mt 27, 27-31)
Meditación
En el Viernes Santo, la Iglesia hace memoria de la pasión y muerte del Señor. La asamblea cristiana es invitada a meditar sobre el mal y el pecado que oprimen a la humanidad y sobre la salvación llevada a cabo por el sacrificio redentor de Cristo. La palabra de Dios y algunos ritos litúrgicos sugestivos, como la adoración de la cruz, ayudan a recorrer las diversas etapas de la Pasión. Además, la tradición cristiana ha dado vida, en este día, a varias manifestaciones de piedad popular. Entre ellas destacan las procesiones penitenciales del Viernes Santo y el ejercicio piadoso del Vía Crucis, que ayudan a interiorizar mejor el misterio de la cruz.

Oración
Jesús crucificado, más que en el Tabor, en el Calvario nos has revelado tu verdadero rostro, el rostro de un amor que ha llegado hasta el extremo.
Hay quien por respeto quiere representarte cubierto por un manto real también sobre la cruz. Pero nosotros no tememos mostrarte tal y como colgabas del patíbulo aquel viernes, desde la hora sexta hasta la hora nona.
Contemplarte crucificado nos lleva a avergonzarnos de nuestras infidelidades y nos llena de gratitud por tu misericordia infinita. ¡Oh Señor, cuánto te costó el habernos amado!
Confiando en la fuerza que viene de tu pasión, prometemos no ofenderte nunca más. Deseamos tener un día el honor de ser crucificados como Pedro y Andrés. Nos estimula la serenidad y el gozo que hemos tenido la gracia de contemplar en los rostros de tus siervos fieles, los mártires de nuestro siglo.

mardi 19 avril 2011

Envaina tu espada, Pedro

«Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro: Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?» (Juan 18, 10-11)

Me cuesta escribir el más mínimo comentario durante la Semana Santa. Mientras conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, no me siento digno de comentar nada.
Es tiempo de arrepentimiento y penitencia, de silencio y oración. Es tiempo también de vivir, compartir y enseñar las tradiciones, y para los padres de familia es esta última una obligación capital.
Las palmas y ramos el Domingo de Ramos, recorrer las estaciones el Jueves Santo, Santos Oficios, Procesiones, Vigilia Pascual…
También podemos encontrar momentos de lectura, y precisamente leyendo el último libro de Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret, he encontrado un detalle sobre el que abrir una pequeña reflexión.

Se trata de la figura de San Pedro en la Pasión. Su negativa inicial al lavatorio de los pies, su empleo de la espada contra el criado del sumo sacerdote y las negaciones.
En realidad, como explica el Santo Padre en el libro, todo está muy relacionado, y su actitud en las dos primeras ocasiones le llevará a la tercera.
Pedro no puede aceptar la humildad de Cristo, no puede entender que el Maestro se rebaje frente al discípulo, no entiende que el Mesías sufra la suerte de un criminal.
Tampoco a mí, y nos pasa a muchos hoy en día, tampoco a nosotros nos es fácil aceptar que Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios Padre Todopoderoso, sea objeto a diario de burlas, afrentas y ultrajes, y sentimos la íntima necesidad de desenvainar la espada.
Pedro no entendía que el Mesías debía llegar a la Gloria por el sufrimiento.
Nosotros, y yo el primero, olvidamos también a menudo sus palabras: «Si el mundo os odia, sabed que antes que a vosotros me ha odiado a mí. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero como no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por eso el mundo os odia. Acordaos de la palabra que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán. Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra. Pero os harán todas estas cosas a causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.» (Juan 15, 18-21)
¿Seremos capaces de beber el mismo cáliz?

dimanche 17 avril 2011

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?»
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
C. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. -«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?»
C. Él contestó:
+ «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: "El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos."»
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.»
C. Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?»
C. Él respondió:
+ «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.»
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo has dicho.»
C. Durante la cena, Jesús cogió pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo.»
C.. Y, cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo:
+ «Bebed todos; porque ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos para el perdón de los pecados. Y os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.»
C. Cantaron el salmo y salieron para el monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta noche vais a caer todos por mi causa, porque está escrito: "Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño." Pero cuando resucite, iré antes que vosotros a Galilea.»
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré.»
C. Jesús le dijo:
+ «Te aseguro que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.»
C . Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré. »
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo:
+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar.»
C. Y, llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a entristecerse y a angustiarse. Entonces dijo:
+ «Me muero de tristeza: quedaos aquí y velad conmigo.»
C. Y, adelantándose un poco, cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz. Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres.»
C. Y se acercó a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro:
+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu es decidido, pero la carne es débil.»
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad.»
C. Y, viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque tenían los ojos cargados. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba, repitiendo las mismas palabras. Luego se acercó a sus discípulos y les dijo:
+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora, y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega.»
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, mandado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ése es; detenedlo.»
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!»
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?»
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano para detenerlo. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús le dijo:
+ «Envaina la espada; quien usa espada, a espada morirá. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría en seguida más de doce legiones de ángeles. Pero entonces no se cumpliría la Escritura, que dice que esto tiene que pasar.»
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me detuvisteis.»
C. Todo esto ocurrió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron. Los que detuvieron a Jesús lo llevaron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos, hasta el palacio del sumo sacerdote, y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver en qué paraba aquello. Los sumos sacerdotes y el sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos, que dijeron:
S. «Éste ha dicho: "Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días."»
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que levantan contra ti?»
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios.»
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: Desde ahora veréis que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene sobre las nubes del cielo.»
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?»
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte.»
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon, diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; ¿quién te ha pegado?»
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio, y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú andabas con Jesús el Galileo.»
C. Él lo negó delante de todos, diciendo:
S. «No sé qué quieres decir.»
C. Y, al salir al portal, lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Éste andaba con Jesús el Nazareno.»
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, te delata tu acento.»
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar, diciendo:
S. «No conozco a ese hombre.»
C. Y en seguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.» Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador. Entonces Judas, el traidor, al ver que habían condenado a Jesús, sintió remordimiento y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos, diciendo:
S. «He pecado, he entregado a la muerte a un inocente.»
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!»
C. Él, arrojando las monedas en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sumos sacerdotes, recogiendo las monedas, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre.»
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo escrito por Jeremías, el profeta: «Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor.» Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Jesús respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?»
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?»
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.»
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?»
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás.»
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?»
C. Contestaron todos:
S. «Que lo crucifiquen.»
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?»
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Que lo crucifiquen!»
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia de la multitud, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!»
C. Y el pueblo entero contestó:
S. «¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía; lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza:
S. «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?»
C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:
+ «Elí, Elí, lamá sabaktaní.»
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron:
S. «A Elías llama éste.»
C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.»
C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa
C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, el ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Realmente éste era Hijo de Dios.»
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderlo; entre ellas, María Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los Zebedeos. Al anochecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Éste acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí, sentadas enfrente del sepulcro. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado que aquel impostor, estando en vida, anunció: "A los tres días resucitaré." Por eso, da orden de que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo: "Ha resucitado de entre los muertos." La última impostura sería peor que la primera.»
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tenéis la guardia. Id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis.»
C. Ellos fueron, sellaron la piedra y con la guardia aseguraron la vigilancia del sepulcro.

samedi 16 avril 2011

La confesión en el Dios único (II)

Lo mismo que hemos afirmado de la fe como lucha en contra de la adoración del poder, podría decirse en lo que se refiere a la lucha por la verdadera imagen del amor humano en contra de la falsa adoración del sexo y del eros, de los que nació y nace una esclavitud de la humanidad que no es menor que la que origina el abuso del poder. Cuando los profetas describen la apostasía de Israel con la palabra “adulterio”, emplean algo más que una “imagen”. De hecho, los cultos extranjeros estaban casi siempre unidos a la prostitución cúltica y por ello las formas en las que reaparecían en Israel se prestaban a una descripción tal. Pero los profetas daban también una orientación interior. La unidad, lo definitivo y la indivisibilidad del amor entre el hombre y la mujer, en último término, sólo pueden realizarse y comprenderse en la fe en la unidad e indivisibilidad del amor de Dios. Cada día nos percatamos más de que esto no es una expresión consistente en sí misma y deducida filosóficamente, sino de que cae dentro del todo de la fe en el Dios único y de que se integra perfectamente en él. Cada día nos damos más cuenta de que la aparente liberación del amor en la supra-valoración del instinto es entregar al hombre a los poderes independientes del sexo y del eros, a la esclavitud despiadada de la que quería liberarse. Si el hombre huye de Dios, le persiguen los dioses hasta alcanzarle; su liberación sólo tiene lugar cuando se deja libertad y cuando cesa de abandonarse a sí mismo.
No menos importante que la explicación de la negación que comporta el Credo es la comprensión del “si” que implica, por la simple razón de que el “no” ha de comprenderse a la luz del “si”. Pero también porque el “no” del cristianismo de los primeros siglos se ha manifestado históricamente eficaz hasta el punto de que han desaparecido irrevocablemente todos los dioses. Ciertamente no han desaparecido los poderes en los que se encarnaban, ni la tentación de absolutizarlos. Ambas cosas pertenecen a la situación humana fundamental y expresan la continua “verdad”, por así decirlo, del politeísmo: la absolutización del poder, del pan y del eros nos amenaza a nosotros tanto como a los antiguos. Pero aun cuando los dioses de entonces siguen siendo todavía hoy “poderes” que quieren atribuirse lo absoluto, han pedido ya irremisiblemente su máscara de divinos y aparecen ahora en su pura profanidad. Ahí estriba la diferencia esencial entre el paganismo precristiano y el poscristiano que está marcado por la fuerza histórica de la negación cristiana de otros dioses. En el vacío en que vivimos hoy día bajo muchos puntos de vista, surge la pregunta: ¿cuál es el contenido de la afirmación que implica la fe cristiana?

INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO
Por Joseph Ratzinger

jeudi 14 avril 2011

¿Doctrina Parot?

¿Qué demonios es la “doctrina Parot”? Dejemos claro antes de nada que la única doctrina propia del argelino, francés, Henri Parot, es el asesinato criminal, indiscriminado y en masa, de hombres, mujeres y niños, cuyas víctimas mortales certificadas superan los 80.

Aparte de su historial sanguinario, Parot es célebre por el tratamiento dado al cumplimiento de sus condenas en España. En resumidas cuentas, tenía 26 sentencias condenatorias que sumaban entre todas 4.800 años de cárcel.

Como en España no se puede estar encarcelado más de 30 años, el problema era qué hacer con las reducciones de condena a las que se hiciese acreedor el hijo de puta en cuestión, por “buena conducta” o chorradas por el estilo. ¿Se descuentan de los 4.800 años, de los 30 años totales, de todas las condenas en conjunto o de cada una?

La decisión adoptada, la famosa doctrina Parot, fue que se descontasen los beneficios de cada condena por separado.

Lo que ocurre en las liberaciones de asesinos etarras a las que asistimos horrorizados los hombres de bien en estos días, es que el “poder judicial” se está pasando por “el arco del triunfo” esta “doctrina”.

Son bien conocidas, aparte de la politización de la justicia, es decir que no hay ninguna “división de poderes” real, concentrándose todos en el presidente del gobierno, ejecutivo, legislativo y judicial, en un ejemplo de libro de tiranía, sin paliativos, y en un orden de cosas algo menor, las batallas “legales”, por el criterio interpretativo de las leyes y en cuestión de competencias, entre la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional.

Como las leyes son “consensuadas” por el “poder legislativo” de un modo conscientemente “interpretativo”, es decir que pueden significar una cosa y la contraria dependiendo de quién las interprete o a quién convenga, por si la ausencia del tan cacareado “estado de derecho” no fuera suficientemente patente con la existencia de aberraciones institucionales como el Consejo General del Poder Judicial, además los propios jueces y magistrados, sin casi ningún impedimento en forma de jurisprudencia, pueden dictar las sentencias que les vengan en gana en cada caso, sin que nadie pueda decir que incumplen o atentan contra ley alguna, ya que la mayoría de las leyes del corpus jurídico moderno del estado, vienen a decir: “quiero que te pongas la mantilla blanca, quiero que te pongas la mantilla azul, quiero que te pongas la recolorada, quiero que te pongas la que sabes tú”.

Para mayor escarnio, ahora resulta ¡oh maravilla de las maravillas! que el tiempo que pasa un mal nacido de estos en prisión preventiva, esperando la sentencia del o los juicios pendientes, se descuenta a la vez de todas y cada una de las sentencias que se le impongan. Vamos que si un psicópata sanguinario pasa un año en prisión preventiva y posteriormente se le condena, pongo por caso, por 50 asesinatos, según los tribunales ya habría pasado en prisión 50 años. ¿Alguien lo entiende?

No nos perdamos en “sutilezas” jurídicas y planteemos la cuestión de fondo: ¿para qué se encierra a los condenados en prisión?

Tradicionalmente el único objetivo de las prisiones era lo que hoy conocemos como prisión preventiva, tener custodiado al reo en espera de su castigo, y una vez impuesto el justo castigo al crimen cometido, qué sé yo, latigazos, vergüenza pública, ejecución… o bien multa económica, restitución de lo robado… inmediata puesta en libertad, y hasta la próxima.

Pero claro, hoy no se impone ya otro castigo que la propia reclusión en prisión, “la privación de libertad” que dicen los cursis modernistas, por considerar el resto de castigos “inhumanos” (igual más de un reo preferiría cincuenta latigazos a cinco años de cárcel, no sería raro ¿no les parece?).

Y ahora vienen las dudas ¿cuántos años es “humano” encerrar a un criminal en la cárcel? ¿y cuál es el objetivo de la reclusión, castigar, disuadir a otros criminales en potencia o “reeducar” y “reinsertar” al criminal en la sociedad? ¿o es acaso proteger a la sociedad de los criminales?

Digo yo que dependerá de los casos. Un desgraciado que roba por necesidad o realmente comete cualquier otro delito a causa de circunstancias más fuertes que su débil voluntad, tal vez pueda redimirse con una estancia en prisión, para más tarde seguir viviendo como un buen hombre el resto de sus días.

Algunos que contemplasen la posibilidad de delinquir, a falta de fundamentos morales tal vez se repriman considerando las penalidades inherentes a una estancia en prisión.

En muchos casos, y el de los criminales sanguinarios, violadores, pederastas, asesinos aborteros y otros muchos tipos de hijos de Satanás, resulta clarísimo que no existe la más mínima posibilidad plausible de “curación”, “reeducación” o “reinserción”. La cadena perpetua o la pena capital, ese es otro debate, son las únicas salidas para un estado que de verdad sirva a la sociedad y la proteja.

Pero claro, yo he leído “Los Miserables”, no me he limitado a la versión musical, “Crimen y Castigo”, “El Conde de Montecristo”, y muchos otros clásicos que nuestros legisladores desconocen absolutamente, y sobre todo, no estoy sometido a la férrea disciplina de adoración pseudo-religiosa de la democracia liberal, los derechos del hombre y el ciudadano y toda esa degeneración revolucionaria.

Yo, como muchos de ustedes, mis amables lectores y colaboradores, tengo la “absurda” costumbre de reflexionar y pensar libremente, es decir buscando la verdad y no la confirmación de mis prejuicios ideológicos.

Sin duda, sin ninguna duda, asistimos a otro episodio de negociaciones políticas vergonzantes entre el ilegítimo gobierno masónico de España y las bandas criminales de asesinos, en busca de ilícitas ventajas miserables, sobre la sangre derramada de tantos españoles como han sido sacrificados en el ara diabólica de la democracia liberal.

mercredi 13 avril 2011

Por la jotaemejota

Desde que decidí cambiar mi hora de misa dominical hace algunas semanas, por los motivos que expliqué en su momento, he dejado de oír esta petición en la oración de los fieles.

¿Sirven para algo las “jornadas”, “encuentros”, misas multitudinarias en la calle, etc.?

Hay quien dice que sí, que pueden reavivar las conciencias, promover la espiritualidad, incluso aumentar las vocaciones. Sinceramente, lo dudo mucho.

Este tipo de eventos extraordinarios posiblemente puedan provocar en algunos algún efecto patente, pero me temo que normalmente se trata de un efecto similar al de las dietas de adelgazamiento. Los kilos que se pierden con relativa facilidad, se ganan después del mismo modo. Una vez pasada la resaca religioso-espiritual y curadas las “agujetas en el alma”, como llamábamos en mi juventud a los días posteriores a unos ejercicios espirituales, el regreso a la rutina y las costumbres secularizadas de la vida “moderna”, borran cualquier buen propósito surgido en la emoción pasajera del momento, del mismo modo que los malos hábitos alimenticios nos devuelven las grasas que con tanto esfuerzo habíamos eliminado.

La fe, me parece a mí, no es un don que pueda recibirse o recuperarse sin esfuerzo. Y si la fe no produce cambios definitivos en nuestra vida, ni es fe ni es nada.

Una sola misa vivida con atención, recogimiento y profundidad, unos renglones del Evangelio meditados en el silencio, cualquier otra lectura santa en la soledad y el recogimiento de unos minutos de la noche, un examen de conciencia reposado y sincero, una oración recitada con devoción, un breve tiempo de adoración del Santísimo frente al sagrario… son infinitamente más efectivos que una semana de viaje con mochila, saco de dormir y YouCat (lo siento, necesitaba mencionarlo) saltando, cantando, inflando globos y agitando banderitas y pancartas.

Acostumbro, por poner un ejemplo, a leer con posterioridad, detenidamente, las homilías e intervenciones pronunciadas por el Santo Padre, los cardenales u obispos durante estos eventos, como la famosa jotaemejota, ¡válgame el Cielo con el nombrecito!, y estoy convencido que obtengo más beneficio con ello que cualquier asistente al acto propiamente dicho.

El medio millón de jóvenes asistentes al evento de Madrid de este verano según las previsiones oficiales, ¿irán a misa el domingo siguiente?¿defenderán con valentía su fe frente a los ataques de todo tipo en sus escuelas o universidades al regresar en septiembre?¿recuperarán al menos la costumbre de rezar al levantarse y acostarse cada día, bendecir la mesa antes de comer o santiguarse públicamente cada vez que salgan de casa?

Y es más ¿decidirán todos ellos fundar familias y hogares cristianos dónde se eduque a los hijos según el magisterio de la Santa Madre Iglesia?

Tratemos de imaginar lo que pasaría si fuese así, o si hubiese sido así en ocasiones anteriores. Creo que ya se han celebrado unas diez jotaemejotas con asistencias que van desde medio millón en el caso más modesto, a cinco millones de jóvenes en Manila en 1995, tres millones en Roma en el 2000 o dos millones y medio en Colonia en 2005, por citar unos ejemplos.

Los jóvenes españoles que tienen previsto participar en la jotaemejota ¿qué planes tienen para la semana que viene? ¿oficios y procesiones o playa y discoteca?

¿Hay ahora unas celebraciones religiosas especiales para jóvenes y la Tradición queda para los “viejos” y “trasnochados”?

Yo no lo creo ¿y usted?

lundi 11 avril 2011

La confesión en el Dios único (I)

Volvamos al punto inicial, a las palabras del Credo: Creo en Dios Padre todopoderoso, creador. Esta frase, con la que los cristianos profesan su fe en Dios desde hace unos 2.000 años, se remonta muy atrás en el tiempo. Da expresión a la transformación cristiana de la cotidiana confesión de fe de Israel, que suena así: “Escucha, Israel: Yahvé, tu Dios, es único”. Las primeras palabras del credo cristiano asumen el credo israelita, su experiencia de fe y su preocupación por Dios, que se convierten así en dimensión interna de la fe cristiana y sin ella ésta no tendría lugar. Junto a ella, vemos el carácter histórico de la religión y de la historia de la fe que se desarrolla mediante puntos de contacto, nunca en plena discontinuidad. La fe de Israel era algo nuevo comparada con la de los pueblos circunvecinos; pero no es algo caído del cielo; se realiza en la contraposición con la fe de los pueblos limítrofes, y en ella se unen, peleando, la elección y la interpretación, el contacto y la transformación.
La profesión fundamental: “Yahvé, tu Dios, es único”, que constituye el subsuelo de nuestro Credo, es originalmente una negación de todos los dioses circunvecinos. Es confesión en el pleno sentido de la palabra, es decir, no es la manifestación exterior de lo que yo pienso junto a lo que piensan otros, sino una decisión de la existencia. Como negación de los dioses significa negación de la divinización de los poderes políticos y negación del cósmico “muere y vivirás”. Podría afirmarse que el hambre, el amor y el poder son las potencias que mueven a la humanidad. Alargando esto se podría decir también que las tres formas fundamentales del politeísmo son la adoración del pan, del eros y la divinización del poder. Estas tres formas son erróneas por ser absolutización de lo que no es absoluto, y al mismo tiempo subyugación del hombre. Son errores en los que se presiente algo del poder que encierra el universo.
La confesión de Israel es, como ya hemos dicho, una acusación a la triple adoración, y con ello un gran acontecimiento en la historia de la liberación del hombre. Al acusar esta triple adoración, la profesión de fe de Israel es también una acusación a la multiplicidad de lo divino. Es, como veremos más adelante, la negación de la divinización de lo propio, esencial al politeísmo. Es también una negación de la seguridad en lo propio, una negación de la angustia que quiere mitigar lo fatídico, al venerarlo, y una afirmación del único Dios del cielo como poder que todo lo domina; es la valentía de entregarse al poder que domina el universo, sin menoscabar lo divino.
Este punto de partida, nacido de la fe de Israel, sigue sin cambios fundamentales en el Credo del cristianismo primitivo. El ingreso en la comunidad cristiana y la aceptación de su “símbolo” suponen una decisión de la existencia de graves consecuencias. Ya quien entra en ese Credo niega por este hecho las ideas que subyugan a su mundo: niega la adoración del poder político dominante en la que se fundamentaba el tardío imperio romano. Niega el placer, la angustia y las diversas creencias que hoy dominan el mundo. No se debe al azar el que el cristianismo pelease en el campo antes denunciado y que impugnase la forma fundamental de la vida pública de la antigüedad.
A mi modo de ver, hay que percatarse de todo esto para poder aceptar hoy día el Credo. A nosotros nos parece fanatismo excusable, por ser anticuado, aunque hoy día irrealizable, el que los cristianos con peligro de su vida se negasen a participar en el culto al emperador, incluso en sus formas más inocuas, como podía ser dar su nombre para que figurase en las listas de los oferentes. En casos semejantes distinguiríamos hoy día entre la ineludible lealtad cívica y el auténtico acto religioso, para encontrar una salida y al mismo tiempo para hacer justicia al hecho de que al hombre medio no se le puede exigir el heroísmo. Tal distinción quizá sea hoy posible en muchas ocasiones a raíz de la decisión que entonces se tomó. En todo caso es importante saber que la negación de entonces está muy lejos del fanatismo ciego, y que el mundo ha sufrido una transformación que sólo el dolor podía realizar. Estos hechos nos dicen que la fe no es juego de ideas, sino algo muy serio: se niega, y tiene que negarse, la absolutización del poder político y la adoración del poder de los poderosos, “derribó a lo potentados de sus tronos” (Lc 1,52); con ello ha disminuido de una vez para siempre el deseo de totalitarismo del poder político. La confesión de fe “hay un solo Dios”, precisamente porque no da expresión a miras políticas, anuncia un programa de importancia política trascendental: por el carácter absoluto que se le concede al hombre por parte de Dios, y por el relativismo al que la unidad de Dios lleva a las comunidades políticas, es el único cobijo seguro contra el poder del colectivismo y al mismo tiempo la supresión de todo pensamiento exclusivista de la humanidad.

INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO
Por Joseph Ratzinger

vendredi 8 avril 2011

La promesa

«Avec l'amour maternel, la vie vous fait à l'aube une promesse qu'elle ne tient jamais. On est obligé ensuite de manger froid jusqu'à la fin de ses jours. Après cela, chaque fois qu'une femme vous prend dans ses bras et vous serre sur son cœur, ce ne sont que des condoléances. On revient toujours gueuler sur la tombe de sa mère comme un chien abandonné. Jamais plus, jamais plus, jamais plus. Des bras adorables se referment autour de votre cou et des lèvres très douces vous parlent d'amour, mais vous êtes au courant. Vous êtes passé à la source très tôt et vous avez tout bu. Lorsque la soif vous reprend, vous avez beau vous jeter de tous côtés, il n'y a plus de puits, il n'y a que des mirages

Con el amor materno, la vida te hace al alba una promesa que jamás cumple. Después nos vemos obligados a comer frío hasta el final de nuestros días. Después de él, cada vez que una mujer te abraza y te estrecha contra su corazón ya no son sino pésames. Siempre volvemos a gritar sobre la tumba de la madre, como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más. Brazos encantadores se juntan alrededor de tu cuello y tiernos labios te hablan de amor, pero tú ya sabes de qué va. Fuiste muy temprano a la fuente y te lo bebiste todo. Cuando vuelves a tener sed, por más que busques por doquier, ya no quedan pozos, sólo hay espejismos.”

Pocas descripciones del amor maternal son tan desesperadamente profundas como este conocido fragmento de “La Promesse de l’aube” de Romain Gary, el único escritor que ha ganado dos veces el premio Goncourt, debido a que se presentó por segunda vez bajo pseudónimo.

Roman Kacew, conocido como Romain Gary, fue un escritor francés de origen judío asquenazí, nacido el 8 de mayo de 1914 en Vilna (Lituania), entonces parte del Imperio Ruso, y muerto, por suicidio, el 2 de diciembre de 1980 en Paris.

El premio Goncourt es el más prestigioso de la literatura francesa, y fue creado de acuerdo al testamento de Edmond de Goncourt en 1896, premiando la mejor obra de ficción en prosa escrita en francés cada año. Su prestigio es el único contenido del premio, cuyo ganador obtenía la suma de 50 francos, actualmente 10 euros.

El párrafo que he querido compartir hoy continúa con más detalles y reflexiones sobre la misma idea, y personalmente recomiendo la lectura de la novela completa.

Sinceramente no comparto del todo el planteamiento de Gary sobre el amor maternal, muy marcado por sus circunstancias personales, pero sí es cierto, y todos los padres de familia me darán la razón, que una vez que tu esposa trae al mundo a tus hijos, su capacidad de amarlos supera con creces cualquier otro amor sentido anteriormente, incluido el conyugal. Y así debe ser.

La tentación de sentir celos de los hijos por parte del padre existe, pero no es propia de un hombre cabal.

Cuando veo como ama mi mujer a nuestros hijos, no puedo si no admirarme y amarla aún más si cabe.

Y en estos días previos a la Semana Santa me ayuda a reflexionar sobre el dolor de la Santísima Virgen durante la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

PS: Romain Gary no ganó el Goncourt por "La Promesse de l’aube". Lo ganó en 1956 por "Les Racines du ciel" y en 1975, como Émile Ajar, por "La Vie devant soi".
Entre otros muchos, destaca como ganador del Goncourt Marcel Proust en 1919 por "À l'ombre des jeunes filles en fleurs", la segunda entrega de "À la recherche du temps perdu".
Los últimos ganadores han sido Marie NDiaye en 2009 por "Trois Femmes puissantes" y Michel Houellebecq en 2010 por "La Carte et le Territoire".

jeudi 7 avril 2011

Una historia familiar

Aquella familia vivía desde hacía tiempo en el Reino, y sin embargo no eran súbditos del Hispaniarum Rex, ya que aunque hablaban perfectamente, no sólo el castellano, sino también la lengua local de aquel reino donde estaban establecidos, habían decidido no naturalizarse, por lo que oficialmente seguían siendo extranjeros, en concreto franceses.

Poseían en aquel reino un número considerable de tierras, y con la facilidad que su condición de franceses les daba, demostrando una gran visión comercial, habían hecho fortuna gracias a la exportación de los muy apreciados productos de aquellas tierras que sentían como suyas, vino, aceite…

Sin abandonar las actividades agrarias, los negocios de exportación pronto se convirtieron en exportación e importación, y las estrechas relaciones con otros extranjeros que habitaban en el Reino, a los que acogían cuando llegaban a instalarse allí, les habían convertido en la cabeza visible de una especie de “multinacional”.

Eran una familia profunda y verdaderamente católica, por lo que su encaje en la sociedad de aquella España, “luz de Trento y martillo de herejes”, no había supuesto nunca fricción alguna, más bien se había tratado de una integración natural, aumentada por los sucesivos lazos matrimoniales con las familias más relevantes y tradicionales del Reino.

La familia crecía y no todos sus miembros se dedicaban de forma exclusiva al comercio agrícola. Había doctores en leyes, sacerdotes, altos funcionarios… y todos contribuían a la prosperidad de la familia y la gloria del apellido común.

Su condición oficial de franceses no había supuesto nunca un obstáculo para la demostración patente de las lealtades y prioridades familiares tan ligadas a la tierra que habitaban desde más allá de dónde la memoria alcanzaba.

La llegada del nuevo siglo, el XVIII, supuso para la familia un fuerte impulso a su fortuna e influencia. El destino de la familia se veía empujado hacia un brillante futuro por un viento procedente de Versalles, dónde Louis XIV, “Le Roi Solei”, enterado de la muerte de Carlos II de España, el último de los Habsburgo españoles, tras presentar a la Corte a su nieto de diecisiete años como el Rey de España, se dirigió al joven Felipe V de España diciéndole: «Soyez bon Espagnol, c'est présentement votre premier devoir ; mais souvenez-vous que vous êtes né Français pour entretenir l'union entre nos deux nations ; c'est le moyen de les rendre heureuses et de conserver la paix de l'Europe».

Su doble lealtad como franceses “de iure” y españoles “de facto”, unificada en la figura de Philippe de Bourbon, duque de Anjou, una vez finalizada aquella guerra de sucesión en la que el reino en el que habitaban se había decantado por el pretendiente austriaco, el Archiduque Carlos que acabaría siendo el Kaiser Karl VI, contribuyó a afianzar aún más su posición tras la victoria de los partidarios del nieto de Louis XIV.

La lealtad de la familia al Rey de España sería ya permanente, y cuando Felipe V firme los tratados de paz y alianza con el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y Francia se una a la cuádruple alianza contra España, los vínculos familiares con su antigua patria comenzarán a romperse pública y abiertamente, de un modo que acabará resultando definitivo.

Algunos años más tarde, en la hora terrible de la invasión napoleónica de España, la familia es absolutamente española, además de tradicionalista y contrarrevolucionaria, y ya durante el reinado del último Rey legítimo de las Españas que ocupe su trono en la Corte de Madrid, Fernando VII, el cabeza de familia, detentando a la vez títulos nobiliarios imperiales e hispanos, será parte integrante de la aristocracia del Reino.

El destino de la familia permanecerá ya para siempre ligado al de España, su patria, sufriendo y combatiendo como españoles y católicos durante nuestro terrible siglo XIX y llegando como hijos fieles de la Patria y de la Santa Madre Iglesia hasta nuestros días.

Los tiempos cambian pero la Tradición permanece. Un día de abril del año 2011, uno de los descendientes de aquellos franceses que llegaron al Reino hace cientos de años, escribe en su bitácora de Internet esta historia, que cuenta a sus hijos cada vez que se presenta la ocasión y que siempre está dispuesto a relatar al primer curioso con algo de tiempo disponible que le pregunta: ¿ese apellido tan extraño que tiene usted, de dónde proviene?