lundi 7 mars 2011

Hablando en plata

Al hilo de la cancelación de la Santa Misa por los Mártires de la Tradición, http://mollelazo.blogspot.com/2011/03/no-se-va-celebrar-la-misa-de-los.html
, me propongo reflexionar, brevemente si me es posible, sobre el asunto de la “Forma extraordinaria de la Liturgia de la Misa”, es decir, el uso de la liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, explícitamente permitido por Su Santidad Benedicto XVI en su carta apostólica en forma de motu proprio “Summorum pontificum”.

Si se tratase únicamente de una cuestión formal sobre pequeños detalles de la liturgia no se habría generado polémica ni conflicto alguno. Pero hay algo más profundo. No me corresponde a mí ciertamente disertar sobre las cuestiones que Su Santidad deja bien aclaradas en su carta a apostólica y en la carta a los obispos que la acompaña:



Doctores tiene la Santa Madre Iglesia, y yo sólo puedo compartir mi visión personal del problema.

En mi parroquia, los domingos, se celebra la Santa Misa a las 10:00, a las 12:00 y a las 13:00, esta última se suspende en verano, celebrándose las misas vespertinas domingos y sábados a las 19:00, y en verano a las 20:00.

La misa dominical por excelencia en España es la de 12:00, de hecho “Salida de misa de doce del Pilar de Zaragoza” está considerada la primera película de cine rodada en España, y a esa hora solemos acudir a misa mi familia y yo. Esta misa está orientada por el párroco hacia las familias, con especial atención a los niños, sin que por ello la homilía no se dirija también en su mayor parte a los adultos. Siempre hay un coro de unas diez mujeres, dos de ellas con guitarra y otras con algún que otro instrumento como una pandereta o incluso en ocasiones “una botella de anís”.

Yo soy católico. Parece una obviedad recordarlo, pero es que católico es lo que verdaderamente soy antes que ninguna otra cosa. El Señor me ha concedido el divino don de la fe, y forma parte de lo más profundo de mi ser, es mi roca de salvación en este valle de lágrimas y el principal sustento de mi fortaleza frente a las adversidades.

Acudir y participar en la celebración de la Santa Misa los domingos y festivos, y en cuantas ocasiones se me ofrece la posibilidad, no es para mí una obligación o una carga más o menos pesada. Participar en la celebración es, sin duda alguna, el tiempo central de cada semana, un verdadero placer indescriptible y una necesidad más acuciante que el comer o el respirar.

Creo firmemente como católico que: “…el modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella «como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae). En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están «contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero» (Concilio de Trento).”

No me cabe duda alguna al respecto de lo afirmado por el Concilio de Trento: “Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera la conversión de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación

Por eso me arrodillo durante la Consagración, porque sé que estoy presenciando un milagro, porque me encuentro, yo miserable pecador, en presencia de Nuestro Señor Jesucristo, presente ante mí en cuerpo y alma. Y por eso creo necesario recibir la comunión de manos consagradas, por eso me inclino antes de comulgar y por eso no oso tocar las Sagradas Formas Consagradas con mis manos de pecador.

El propio Benedicto XVI decidió hace tiempo distribuir personalmente la comunión a los fieles solo en la boca y puestos de rodillas. El Santo padre nos ha recordado en múltiples ocasiones que la distribución de la comunión en la mano es, desde el punto de vista jurídico, únicamente una dispensa a la ley universal.

Tampoco alcanzo a entender por qué el sagrario no preside la iglesia, por qué está casi escondido en una capilla lateral. No entiendo por qué no preside el altar y no es el centro de todas las miradas, incluida la del sacerdote.

Sé que yo, miserable pecador, no tengo autoridad ninguna para juzgar a mis hermanos, pero tampoco entiendo que la casi totalidad de los feligreses pasen a comulgar, y casi ninguno, aparentemente, se acerque nunca al confesionario. Yo mismo me acuso de acudir al sacramento de la reconciliación con menos frecuencia de la que me exigirían mis muchos pecados.

Por eso, aunque el sagrario no sea visible desde la mayoría de los rincones de la iglesia, no puedo soportar que el resto de mis hermanos en la fe entren en la iglesia con la misma actitud con la que entrarían en una sala de espectáculos o en un mercado, y mantengan intrascendentes conversaciones en alta voz sin mostrar el más mínimo decoro ni respeto.

Por eso no consigo aceptar que suenen en la iglesia, con acompañamiento de guitarras y panderetas, canciones profanas con letras absurdas durante toda la celebración, incluso con ensayos frente al altar antes de la misa, sin respetar ni tan siquiera el silencio tras recibir la comunión.

Mi fe, la fe católica, se resume de un modo exquisito en el Credo de Nicea-Constantinopla. Y el sacerdote que oficia la misa de doce en mi parroquia no lo recita, y lo substituye por su particular “traducción” en forma de pueriles preguntas.

La liturgia se ha deformado en esta misa hasta tal punto que resulta dificilísimo reconocerla, y en ocasiones la consagración casi llega a pasar desapercibida.

En su loable afán de hacer las Sagradas Escrituras accesibles a todos los feligreses, independientemente del grado de preparación intelectual o nivel de estudios, mi párroco lee unas homilías de un nivel excesivamente superficial, incluyendo en ocasiones lo que se me ofrecen a mi pobre entender como errores doctrinales, o al menos como ambigüedades que pudiesen inducir peligrosamente a errores o falsas interpretaciones.

Cómo católico, como cristiano, no me cabe duda alguna sobre el modo de orar, el modo mejor de dirigirme a Dios Nuestro Padre. Y no puede caberme duda alguna porque estando Nuestro Señor Jesucristo en este mundo, uno de sus discípulos le dijo: “Maestro, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos” (Lc 11, 1). Y en respuesta a esta petición, el Señor confió a sus discípulos y a su Iglesia la oración cristiana fundamental, el Padre Nuestro.

Y en la misa de doce de mi parroquia se substituye por una serie de frases sin sentido como “tu que estás en los que aman la verdad” o “haz que el reino que por ti se dio”, con la música de una canción de Simon&Garfunkel, compuesta para la banda sonora de “El graduado”, película que trata sobre las relaciones sexuales pecaminosas entre un joven y la madre de su posible novia.

En medio de esta canción de origen tan profano, se recita el verdadero texto del Padre Nuestro, mientras el coro importuna a la comunidad tarareando un molesto “uh, uh, uh”.

Otros muchos detalles, como permitir a los niños hacer sus particulares “peticiones”, sin ningún tipo de preparación, meditación o catequesis previa, lo que termina por ser un interminable calvario de repeticiones sin sentido de banalidades absurdas, o el horrible barullo de gente paseando por el templo para estrechar la mano de familiares o conocidos tras el “daos fraternalmente la paz”, han hecho que, con verdadero dolor de mi corazón, ya no me sea posible acudir a la celebración de la misa de doce.

Este pasado domingo, decidimos cambiar nuestras costumbres y participar en la Santa Misa de las 13:00. Fue una celebración sencilla, sin excesivas licencias “imaginativas”, con una homilía bien fundamentada, y una liturgia, dentro de lo cabe, bastante correcta.

Yo nací en 1966, finalizado ya el Concilio Vaticano II, por lo que jamás había asistido hasta hace pocos años a la celebración de la Santa Misa según el rito acordado en el Concilio de Trento, concilio ecuménico que, desde un punto de vista doctrinal, es uno de los más importantes e influyentes de la historia de la Iglesia Católica.

Los detractores más beligerantes del Vaticano II suelen alegar que, como el Concilio Vaticano II es un concilio pastoral, no es infalible, y por tanto sus textos pueden tener errores y deben ser revisados. El concilio Vaticano II sería así un acto del Magisterio auténtico pero no infalible.

Modestamente, como hijo fiel de la Santa Madre Iglesia, como católico apostólico y romano, ya que así me gusta presentarme y me precio de ser, creo que el Vaticano II es un Concilio Ecuménico, y que todo Concilio Ecuménico es infalible, o lo que es lo mismo, que todo Concilio es infalible si es ecuménico.

Efectivamente el Concilio Vaticano II, al no pretender definir ninguna doctrina, es, en cuanto al contenido, Magisterio ordinario. Que puede ser infalible, cuando enseña una doctrina como definitiva, pero no toda la enseñanza del Concilio Vaticano II pretende ser definitiva.

Pero un católico no está obligado solamente a aceptar la enseñanza infalible, sino también a aceptar el Magisterio auténtico de la Iglesia, aun en el caso de que no sea infalible. La Tradición es un proceso vivo donde la Iglesia es la mejor intérprete de sí misma y un Concilio es una interpretación-actualización de la Tradición.

Como dice el Santo Padre en su carta a los obispos: “Muchas personas que aceptaban claramente el carácter vinculante del Concilio Vaticano II y que eran fieles al Papa y a los Obispos, deseaban no obstante reencontrar la forma, querida para ellos, de la sagrada Liturgia. Esto sucedió sobre todo porque en muchos lugares no se celebraba de una manera fiel a las prescripciones del nuevo Misal, sino que éste llegó a entenderse como una autorización e incluso como una obligación a la creatividad, lo cual llevó a menudo a deformaciones de la Liturgia al límite de lo soportable. Hablo por experiencia porque he vivido también yo aquel periodo con todas sus expectativas y confusiones. Y he visto hasta qué punto han sido profundamente heridas por las deformaciones arbitrarias de la Liturgia personas que estaban totalmente radicadas en la fe de la Iglesia.”

Ese periodo de sufrimiento que Benedicto XVI quiere cerrar, está dolorosamente abierto en nuestra Patria, de la que Marcelino Menéndez y Pelayo dijera que: “…en los arcanos de Dios les estaba guardado el hacer sonar la palabra de Cristo en las más bárbaras gentilidades; el hundir en el golfo de Corinto las soberbias naves del tirano de Grecia, y salvar, por ministerio del joven de Austria, la Europa Occidental del segundo y postrer amago del islamismo; el romper las huestes luteranas en las marismas bátavas con la espada en la boca y el agua a la cintura, y el entregar a la iglesia romana cien pueblos por cada uno que le arrebatara la herejía. España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra...”

Como también nos dice nuestro Sumo Pontífice en su carta a los obispos: “se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía.”

Cuando yo he tenido la oportunidad de participar en una “misa tridentina”, he experimentado a la vez la inmensa felicidad de sentir que participaba en algo único y sagrado, y la amargura de recordar cuán diferentes han sido el resto de las misas de mi vida. Y esa amargura atraviesa mi corazón cada domingo.

Sé que no he sido breve como me proponía, pero os aseguro que he sido sincero y os he abierto mi alma.

También a mi me viene a la mente una frase de la segunda carta a los Corintios donde Pablo escribe: “Corintios, os hemos hablado con toda franqueza; nuestro corazón se ha abierto de par en par. No está cerrado nuestro corazón para vosotros; los vuestros sí que lo están para nosotros. Correspondednos;... abríos también vosotros”.
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