dimanche 8 septembre 2013

Entendiendo el conflicto en Siria (IV)

El programa nuclear iraní supone un cambio en las relaciones de poder entre sunitas (tradicionalmente dominantes) y chiitas.

Pese a que Pakistán (sunita) disponga de armamento nuclear, su rivalidad con la India y su carácter no árabe neutraliza en parte el papel del arsenal nuclear paquistaní en ese conflicto religioso.

Un Irán nuclear estaría al abrigo de una intervención militar extranjera, gozando de una gran independencia en política exterior: podría apoyar impunemente a las comunidades chiitas existentes en muchos países musulmanes (Arabia Saudí, Yemen, Bahréin, Qatar, Siria, Líbano, Afganistán…) y podría dar un mayor apoyo a Hizbolá en sus acciones contra Israel, lo que aumentaría el prestigio iraní (y chiita) en el conjunto del mundo musulmán.

La disuasión nuclear permitiría a Irán emprender una política antinorteamericana más agresiva, desde el apoyo a grupos terroristas antioccidentales hasta la difusión de tecnología nuclear a posibles enemigos de Estados Unidos. Esta situación desencadenaría probablemente procesos de nuclearización en Egipto, Arabia Saudí y (posiblemente) Turquía, y supondría un golpe enorme a la no proliferación.

Siria no es chiita: incluso con los alauitas, son una escasa minoría. Solo el laicismo del régimen permite que el resto de las minorías (y la parte moderada de la mayoría sunita) apoye al régimen, que sería insostenible sin ese apoyo.

La alianza entre el Irán de los ayatolás y la Siria de El-Assad tiene razones puramente pragmáticas:

Siria necesita el apoyo económico de Irán, y el apoyo político ruso y chino en su enfrentamiento con el islam sunita; e Irán necesita a Siria para mantener su apoyo a Hizbolá en el Líbano, para aislar a los sunitas de Irak (para que pueda imponerse la mayoría chiita iraquí) y para controlar una de las vías de salida del petróleo del Golfo alternativas al Estrecho de Ormuz.

Un gobierno sunita en Siria mitigaría el declive de la influencia de la minoría sunita en Irak, reduciendo el creciente carácter chiita del gobierno de Al-Maliki y la influencia de Irán sobre él (en rápido aumento tras la salida de las tropas estadounidenses), otro factor que incrementa la presión de Occidente para derrocar a El-Assad. Hoy, con una Siria proiraní, la minoría sunita iraquí queda aislada del resto del islam sunita y difícilmente puede ejercer influencia política alguna, ni plantear ningún tipo de resistencia ante la mayoría chiita.

Pese a sus diferencias con Teherán, el gobierno de Al-Maliki difícilmente puede resistir la presión iraní estando rodeado por la Siria de El-Assad e Irán.


En este escenario, un tercio del petróleo del Golfo queda en manos chiitas (4,2 millones de barriles por día (bpd) de Irán y 2,4 de Irak). En cambio, si Siria permitiese que los árabes sunitas apoyasen a sus correligionarios iraquíes, la influencia sunita en Irak aumentaría (reduciendo la de Irán), y el gobierno chiita de Al-Maliki podría mantener una cierta independencia con respecto a Teherán (para Irak la exportación de crudo es imprescindible para su economía).
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