lundi 7 octobre 2013

La aldea, primera forma de la vida pública (I)

Los cuerpos intermedios,
Michel Creuzet.
La aldea es, como dice Jean Daujat, "el germen, el bosquejo, la primera forma social del orden de la vida pública..., la primera comunidad de vida de los hogares". En ella se reúnen la agricultura o la pesca, artesanado, pequeño comercio que suministra lo necesario. Tiene generalmente su escuela, su guarda rural, su cuerpo de bomberos. La vida religiosa está centralizada en la iglesia.

La municipalidad dicta leyes, vela por la conservación y seguridad de los habitantes.

"En los pueblos primitivos, añade Daujat, la aldea es la sola forma de vida pública y en ella la autoridad es soberana".

Función educadora de la aldea

Vínculo familiar, hogar del campesinado, la aldea educa a los hombres por varios motivos:

  • ·         Es una comunidad restringida en la que cada uno se conoce. La "sanción social" juega en ella un gran papel. La enseñanza teórica de la moral se encarna aquí en las mismas costumbres, que no se pueden infringir sin que "todo el mundo" lo sepa.
  • ·         Arraiga en sus habitantes una tradición viviente. No estamos hablando solamente del pasado, rico en valores civilizadores acumulados por generaciones, sino también en el acrecentamiento progresivo de este capital por la juventud. Cultura, obras del ingenio y del arte, élites, vocaciones religiosas y sacerdotales deberían encontrar en la aldea la primera y sólida raíz.
  • ·         La aldea permite al hombre mantener contacto con la tierra y con el mar.
  • ·         Y en último término, se tiene la conciencia de actuar como hombres, de establecer con los demás relaciones humanas, y no quedar ahogados, perdidos en el anonimato. El hecho de conocerse no tiene solamente la ventaja de ser un freno a las procacidades. Engendra también una forma de vida, un comportamiento que es lo opuesto al "acondicionamiento". "La libertad, advierte Pierre Péronnet, no reside en una proclamación teórica, sino en una organización, es decir, en la armonía de un conjunto de órganos, de cuerpos intermedios, que prácticamente la favorecen".

Por estas razones, la aldea es el tipo de comunidad humana sobre la cual se funda lo que se ha dado en llamar "la civilización rural". ¿Qué más hay que añadir?

"Hay que velar, escribe Pío XII, con el mayor cuidado para que los elementos esenciales de lo que se podría llamar la verdadera civilización rural, se conserven en la nación: ardor en el trabajo, sencillez y rectitud respecto a la autoridad, sobre todo a la de los padres, amor a la patria y fidelidad a las tradiciones que en el curso de los siglos se han mostrado fecundas y beneficiosas, disposición de ayuda mutua, no solamente en el círculo de la propia familia, sino igualmente entre familias diferentes, entre casas diferentes; este valor único, en fin: nuestro espíritu religioso, sin el cual todos éstos que se acaban de enumerar no tendrían ninguna consistencia y perderían toda su valía, quedando reducidos a una avidez desenfrenada de ganancias". "La iglesia, añade el Papa, es el corazón de la aldea".

Hay que devolverle al hombre que, forzado por la necesidad, fascinado por los "atractivos artificiales y febriles de las ciudades tentaculares", abandona su patria chica, bajo pena de declinación moral, un ambiente de vida que le recuerde su aldea natal. Este ha de ser el objetivo de las "obras de colonización, que conservan las sólidas virtudes de la vida rural", "teniendo el cuidado de no romper las tradiciones familiares y religiosas, de restablecer, acto continuo, el contacto con el medio y con los que tienen la misión divina de guiar las almas hacia su verdadera felicidad; y facilitando todo lo que pudiere hacer nacer en los recién llegados el sentimiento de la solidaridad mutua, de las comunes responsabilidades y del amor a la nueva "patria chica", que los acoge tan generosamente".


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