vendredi 11 octobre 2013

La aldea, primera forma de la vida pública (IV)

Los cuerpos intermedios,
Michel Creuzet.
Las ciudades tentaculares

"En Polonia, escribe el comunista Kolakowski, hay dos factores que actúan con toda evidencia en favor de la laicización y de los que se puede decir que tienen una fuerza objetiva en el país: primero, la urbanización de la vida social, y segundo, el progreso de la instrucción".

Dejemos de lado el segundo punto, función de la escuela laica en el progreso del comunismo, que no es nuestro objeto aquí.

En cuanto al primer punto, ¿cómo puede favorecer "la urbanización de la vida social" a la "laicización" y, en la visión de Kolakorwski, a la marxistización de un país? ¿Y cómo se puede tener, con el simple hecho de aumentar las agrupaciones urbanas, una influencia ideológica en el sentido revolucionario?

Es que se ha desviado a la ciudad de su objetivo natural.

"Centro en torno al cual las aldeas y los campos se agrupan con la finalidad de recibir de él y de encontrar en él todo aquello que les falta para poder participar de esta vida civilizada", nos dice Jean Daujat.

Esta función complementaria de la ciudad con respecto al campo, desaparece del panorama común al capitalismo liberal y al marxismo.

La ciudad tiende a transformarse en la sola comunidad de vida civilizada. Lejos de favorecer el desarrollo y la civilización de las aldeas y los campos, los "grandes centros" vuelven anémico todo lo que no les incumbe directamente, y, en primer término, las ciudades más pequeñas con sus predios respectivos.

Al capitalismo liberal, nos lo dijo Pío XI, le interesa aumentar la producción y crear nuevas necesidades, a menudo artificiales, para acumular riquezas. El siglo XIX vivió en el anhelo de que esta carrera hacia el bienestar aprovechase a todos los hombres, aun a los más desgraciados. Demasiado confiado en el automatismo de las leyes del mercado, el liberalismo económico ha apiñado al elemento obrero venido de los campos en esos "cuarteles", en esas chozas pestíferas que son aún el oprobio de las grandes ciudades industriales.

Simultáneamente, la economía rural quedaba reducida a un estado de inferioridad con respecto a la industria, más rápidamente "rentable". De ahí el "éxodo del campo" y la concentración urbana en las ciudades muy grandes.

Desde hace aproximadamente dos años, Sao Paulo ha aumentado en más de un millón de habitantes.

En el "gran Dakar" se habían previsto construcciones para alojar a la población venida del campo. ¡No bien terminadas de construir ya había a su alrededor, en 1960, una verdadera ciudad hecha de latas, equivalente en superficie a las nuevas barriadas!

La región parisiense ve llegar cada año cien mil provincianos.

En la Argentina, el tercio de la población total se agrupa en unas pocas enormes aglomeraciones.

La construcción de ciudades "concentracionarias" con materiales muy ligeros y a precios elevadísimos, ha hecho la fortuna de un capitalismo abusivo.

También ha hecho la fortuna del marxismo. Nada favorece más a la "enajenación", al desarraigo de los individuos que la urbanización excesiva. El "acondicionamiento" político, moral y psicológico queda favorecido por ello. La personalidad se diluye en "conglomerados" que ya no son de talla humana.

Un clima como este es el "baño" soñado por el materialismo.

La urbanización abusiva es una condición importante en esta "masificación" que Pío XII oponía a la organización humana del "pueblo verdadero".

Separado de la naturaleza, preocupado con la sola producción de bienes materiales, hundido en una vida artificial, sometido a presiones sociales cada vez mayores-, desequilibrado físicamente por la excesiva multiplicidad de sensaciones y por una tensión nerviosa anormal, ¿cómo podría resistir el hombre? ¿Cómo no habría de ser la presa determinada por los regímenes totalitarios? ¿Cómo no habría de perder de vista su fin natural y sobrenatural?


Sin mencionar la miseria, generalmente mayor que en la vida rural, porque en aquélla el número de los que no poseen nada propio es considerablemente mayor. Fuera de su empleo, el obrero de las ciudades no tiene apenas los medios de conseguir su alimento, como lo puede hacer el de la aldea, que posee un huerto, algunas aves y, a veces, un trozo de tierra de cultivo.

El hombre de las ciudades excesivamente grandes tiende a convertirse en alguien que no puede nada por sí mismo, depende estrechamente del medió social y no tiene ya raíces, es decir, en el propio tipo del proletario, instrumento de la revolución permanente.

A estos inconvenientes de las ciudades tentaculares hay que añadir el peligro moral del anonimato, de las grandes muchedumbres y del "descastamiento". De él hemos hablado con respecto a la aldea. A él volveremos en el capítulo destinado a la civilización.



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