mardi 17 mai 2011

Es igual, pero no es lo mismo

Algún indocumentado pudiera llegar a pensar que en nuestros días, con la Unión Europea, los acuerdos de Schengen, la moneda única, etc. es lo mismo ser alemán, francés o español. Craso error. 
Resulta paradigmático el caso francés, que se revela con claridad tanto en ocasiones brillantes como en los episodios más sórdidos. Y por supuesto el origen de este comentario está en la detención en los Estados Unidos de América del director del Fondo Monetario Internacional. 
Más allá de la percepción popular del ídolo caído, en particular uno de una institución tan impopular como el FMI, la figura de Dominique Gaston André Strauss-Kahn, abreviado DSK en los medios galos, resulta bastante interesante. 

La impopularidad del FMI, en cuya dirección, no lo olvidemos, DSK relevó a Rodrigo Rato, que ahora trata de pescar empleando como caña a Caja Madrid en el río revuelto de la banca española, es un asunto bastante irrisorio, propio de ingenuos que no saben en qué mundo viven. 
Rasgarse las vestiduras cuando el estado acude con fondos públicos al rescate de la banca “privada” es ilustrativo del desconocimiento supino que el común de los mortales tiene del sistema capitalista en el que vive. Por eso luego salen con ocurrencias tan disparatadas como responder de la hipoteca entregando el piso. 
Los bancos son la base del perverso sistema capitalista actual, que ha integrado ya lo peor del socialismo, funcionando como corsarios con las patentes que el estado les concede, actuando ajustados a leyes que les permiten aquello que para un articular sería un delito duramente penado, y operando, al fin y al cabo, con la moneda que emite ese mismo estado o estados, y en función de tipos de interés cuyo grado de usura regula también un organismo estatal. 
Por eso resulta estúpido plantearse la ayuda y protección del estado en una hipotética lucha de la sociedad contra la banca. La banca y el estado están en el mismo bando, y son de hecho la misma cosa. 

Pero vamos a DSK y a los franceses. 

Francia, como el Reino Unido y Alemania, aunque de un modo completamente distinto en cada uno de los tres casos, es actualmente una nación, a diferencia de España y otros muchos países, aunque sea dolorosísimo admitirlo. 
Tienen una estructura política y social coherente, sin entrar a valorarlas, objetivos internos y externos definidos, sólidos y a largo plazo, y voluntad para alcanzarlos con los medios y recursos que sean necesarios. 
La estructura de Francia, reconstituida y diseñada tras la segunda guerra mundial por el general De Gaulle, rescatando cuanto pudo de las tradiciones seculares galas, o francas para ser más exacto, tiene muchas características básicas fácilmente reconocibles, que proporcionan una guía de comprensión de los acontecimientos muy fiable. 

Como no pretendo plasmar aquí un completo tratado de geopolítica francesa, apuntaré un dato importantísimo, relativo a una de las más terribles carencias hispanas, que por supuesto es el sistema educativo.

Curiosamente acabo de ver que hoy Gonzalo también se explaya a gusto a este respecto.

Aparte de que la más somera comparación de los niveles elementales y secundarios de los sistemas educativos francés y español resulta desoladora para los españoles, la enseñanza superior es sencillamente imposible de comparar. 

Para resumir la situación de los estudios superiores en España basta con decir que las universidades públicas españolas están masificadas hasta niveles de colapso, el nivel cultural de los alumnos que acceden es catastrófico, los cuadros docentes se encuentran ante una situación que no pueden enfrentar con los medios de que disponen y, por si fuera poco, la política emponzoña aún más la ya de por sí desesperada situación. 
En Francia, por resumir lo más que pueda, la universidad es sólo una opción más del abanico de posibles estudios superiores. 

Lo que aquí llamamos desde hace tiempo “formación profesional” está también mucho mejor diseñada, resultando muy atractiva para un gran porcentaje de estudiantes, conscientes a lo largo de sus estudios elementales y secundarios, de sus posibilidades y opciones reales. 

Existe, y ésta es la diferencia fundamental, el concepto de las Grandes Escuelas, les Grandes Écoles. Se trata de centros de estudios superiores, en los que para ingresar es necesario pasar un proceso de selección, fundamentalmente una serie de pruebas o exámenes, unidos al expediente escolar. Los alumnos con opciones de ingreso, según recomendación de su instituto de bachillerato, acostumbran a emplear uno o dos años de durísima preparación, en academias especializadas, para superar las pruebas. 
Esta selección previa del alumnado, que literalmente superan sus “oposiciones” antes de hacer la “carrera”, al contrario de lo que sucede en España, aseguran un funcionamiento espectacular de los cursos, un espíritu de grupo sólido en las promociones y unos resultados brillantes a la conclusión. 
Un pequeño grupo de Grandes Escuelas lideran la sociedad francesa, siendo paradigmático el caso de la Escuela Nacional de Administración, la ENA, cuyos alumnos han constituido durante años las elites dirigentes de Francia, dando lugar a la expresión “enarcas”. 

Strauss-Kahn, aunque estudió en una Gran Escuela, la de Altos Estudios Comerciales de París, suspendió las pruebas de ingreso de la ENA. No así sus principales “adversarios” dentro de sus propias filas del partido socialista, Martine Aubry y Ségolène Royal, ambas graduadas “enarcas”, al igual que Laurent Fabius y François Hollande. 

Vamos, que curiosamente el único socialista que no ha sido alumno de la Escuela Nacional de Administración, era el candidato para librar con Sarkozy la batalla por la presidencia de la república. Y curiosamente cae víctima de un sórdido escándalo sexual, una vez que los intentos de dañar sus opciones por su inmensa fortuna personal y su pasión desmesurada por el lujo se habían mostrado ineficaces. 

Sarkozy, dicho sea de paso, es universitario, y curiosamente su época se caracteriza por la presencia únicamente testimonial de “enarcas” en los gobiernos. 

Para ir acabando, el concepto mismo de graduado de una Grande École, constituye un intento de rescate en lo posible de lo más positivo de la sociedad estamental, modelo que históricamente se muestra mucho más eficaz que el clásico de clases post-revolucionario. 

El único sistema español similar se encontraba en nuestras academias militares, que han sido objeto de destrucción sistemática en esta etapa de gobierno socialista.

Termino constatando de nuevo cuánto agrada al pueblo contemplar la ejecución de un poderoso caído en desgracia, que no digo que no lo merezca, estoy convencido de que sí, y a falta de guillotinas en la plaza pública, una prisión americana en una isla, al más puro estilo Alcatraz o el clásico francés de Elba o el Château d’If, hacen un papel perfecto.
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