samedi 28 mai 2011

Eutanasia

Tal como era de esperar, el gobierno socialista continúa con su implacable programa que algunos llaman de “ingeniería social” cuando lo más adecuado sería llamarlo de destrucción de la sociedad y sometimiento del individuo a la omnímoda autoridad del estado.
De nuevo emprende el gobierno un camino oscuro y terrible para destruir las bases de la civilización, con la pretensión de solucionar problemas que en realidad han sido creados de forma deliberada por ellos y sus antecesores en el proceso revolucionario.
Y tal como esperábamos, también esta vez empezamos con un eufemismo sarcásticamente horrible. La muerte, amigos míos, ya no es la muerte, es “el proceso final de la vida”. De este modo ya no hablamos ni de muerte ni de eutanasia, sólo de “sedación paliativa, aunque ello implique un acortamiento de la vida” (cito literalmente el anteproyecto de ley). Si yo fuera legionario presentaría una protesta formal en el registro civil por cambio involuntario del nombre de mi novia.
Quizás porque como cristiano no le tengo ningún miedo a la muerte, ya que Cristo la derrotó en su resurrección y volverá a vencerla según nos asegura San Juan en el Apocalipsis, o tal vez por mi especial gusto por la etimología, la llamo por su nombre y me apasionan las palabras castellanas relacionadas con este tema, y en particular los términos tanatorio y mortuorio, ya que nos permiten de un modo práctico sentir y emplear nuestra herencia griega y latina, hablando en términos de igualdad de thánatos y mors/mortis. Y cuando hablamos de lo que trata el anteproyecto de ley del gobierno, pete a quien pete, estamos hablando de eutanasia, igual que cuando establecieron el “derecho” legal a matar a un ser humano antes de su nacimiento alegando por ejemplo problemas físicos, de lo que hablamos es de eugenesia. Al pan, pan, y al vino, vino.
Las primeras declaraciones de nuestros obispos al respecto son, siento decirlo, bastante desesperanzadoras, afirmando sin más ni más que no nos encontramos ante la ley de la eutanasia. Vamos, que no hace falta indignarse ni movilizarse, que no pasa nada, que ya veremos pero que de momento tranquilos. Me pregunto, y no es una pregunta retórica, ¿han leído el documento presentado por el gobierno?
Haré solamente unos apuntes. En la exposición de motivos, que es una de las partes fundamentales de una ley, a la que mucha gente, incluso los jueces y magistrados, no presta ninguna atención, ya encontramos una considerable sarta de barbaridades. En general, y pasando por alto que la retahíla de absurdos “derechos” mencionados en el texto no se aplican en ningún caso a los españoles en sus primeros nueve meses de vida, es decir desde la concepción hasta el nacimiento, (cito literalmente de nuevo “los derechos deben acompañar a los ciudadanos desde que nacen hasta que mueren”), la tesis fundamental presentada equipara dolor a falta de dignidad.
Tal vez sería recomendable, por ejemplo, releer la Carta Apostólica “Salvifici doloris” del sumo pontífice Juan Pablo II, a los obispos, sacerdotes, familias religiosas y fieles de la iglesia católica, sobre el sentido cristiano del sufrimiento humano.
Sin duda debemos volver a estudiar la doctrina de la Santa Madre Iglesia sobre el dolor y el sufrimiento, sus causas, nuestra actitud ante ellos, su conexión íntima y directa con el dolor de Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, y en definitiva nuestra asunción del misterio que supone la existencia del dolor y en general la presencia del mal en el mundo.
Sin estos fundamentos el hombre se encuentra solo y desamparado ante el mundo, que es lo que tratan de conseguir los gobiernos a fin de facilitar su sometimiento.
Quiere la Divina Providencia que en estos momentos me enfrente personalmente a este misterio, ya que asisto a un empeoramiento rápido y radical de la salud de un familiar de primer grado que fundamentalmente se encuentra afectada en su capacidad de raciocinio, percepción y comprensión de la realidad, lo que solemos llamar demencia, unido entre otras muchas cosas a una pérdida muy importante en su sentido de la vista y, esta misma semana, a la rotura de la cadera.
Los esfuerzos por mejorar su condición están siendo sólo parcialmente eficaces, en general cierto control de la evolución de la degradación neuronal, pocas mejoras efectivas en el sentido de la vista a pesar de la consabida operación de cataratas, y ahora veremos cómo se nos da la rehabilitación para evitar que pierda la capacidad de moverse por sí misma.
La pregunta ¿sirve de algo tanto esfuerzo? se nos plantea de tanto en tanto, pero la respuesta es siempre la misma. Cuanto sea posible hacer por ella y su salud, lo haremos cueste lo que cueste. El resto está en manos de Dios, cuya voluntad no cuestionaremos en ningún caso.
Porque a pesar del modelo que el mundo trata de imponernos, nos sabemos fundamentalmente miembros de una familia, y por ello actuamos en todo momento como tales, velando por todos y cada uno de sus miembros, sin que nada pueda romper los vínculos que nos unen.
Nadie que tenga una familia en el sentido tradicional del término, incluyendo todos los miembros presentes, pasados y futuros, puede estar o sentirse solo en ningún momento de su vida. O de su muerte.
En fin, que el dolor de este miembro de mi familia, y el que todos compartimos y sentimos con ella, no nos hace perder ni un ápice de dignidad. Es más, en tanto en cuanto nos acerca siquiera mínimamente a aquel que sufrió todo el dolor de nuestros pecados en su pasión y muerte, aumenta nuestra dignidad y la eleva inmensamente por encima de cuanto nuestros mezquinos legisladores puedan imaginar.
Podría también hablar de médicos, enfermeras y auxiliares, de su dignidad y su derecho a actuar de acuerdo a su conciencia en un tema que toca la raíz misma de su vocación. No sé qué pensarán nuestros obispos, pero a mí la frase “Todos los profesionales sanitarios tienen la obligación de respetar las convicciones y creencias de los pacientes en el proceso final de su vida, debiendo abstenerse de imponer criterios de actuación basados en las suyas propias” me provoca un escalofrío terrible que me recorre las entrañas.
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