lundi 16 mai 2011

Vivir

Dice ahora Stephen Hawking que el Cielo y el Infierno son cuentos de hadas para los que le tienen miedo a la muerte. Yo, que no me considero capaz de enmendarle la plana en cuestiones científicas, que si bien me interesan bastante, en muchas ocasiones escapan a mis humildes capacidades, creo sinceramente que lo lógico es plantear lo contrario.

Efectivamente negar la existencia de un sentido final de la vida humana, con su premio o castigo, consecuencia de las opciones inherentes al libre albedrío, parece más bien propio del que pudiera albergar algún temor al respecto.

Pensar, decidir y actuar siempre en esta vida, con nuestros defectos y debilidades, esperando por una parte ser capaces de comparecer a juicio con una defensa coherente y consistente de nuestra existencia, y confiando en todo caso, ¿qué otro remedio nos queda?, en la infinita misericordia del juez supremo, como creador y padre, es a todas luces un planteamiento bastante más valiente que la consideración existencialista de la muerte como el final absoluto de todo.

Por otra parte, su afirmación de que “la ciencia” predice que distintos tipos de universo serán creados de la nada de modo espontáneo, humildemente no me parece muy científica, pero vaya usted a saber. Y que conste que he leído varias veces, y me encanta, su “Brevísima historia del tiempo”, que ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca.

Esta pequeña polémica, me viene al pelo para mis reflexiones personales de esta semana sobre el paso del hombre por este mundo. Reflexiones que las circunstancias me obligan de nuevo a hacer, y que me apetecía reflejar aquí.

Encuentro personalmente exasperante la facilidad con que los hombres y mujeres cedemos a la tentación de acomodarnos a una determinada situación. Considero un sinsentido absoluto la renuncia a planes, cambios y proyectos radicalmente nuevos una vez que hemos alcanzado una situación que, tras un periodo de tiempo de acomodación, nos resulta familiar, soportable o razonablemente placentera.

La esperanza de vida de un español está cifrada en unos 80 años, pongamos 90 o 95 en el mejor de los casos. Un suspiro, o al menos eso me parece a mí que tengo aproximadamente la mitad del total.

Siempre que me he encontrado en una encrucijada vital, ante dos o más opciones, he acabado por descartar el camino llano, fácil y tranquilo, y he optado por el escarpado, duro y en apariencia peligroso por desconocido.

Para elevarse y alcanzar la cima, es necesario escalar. Desde las alturas, contemplando las vistas, la existencia es más consciente y más plena, y todos los sacrificios merecen la pena.

Estoy a punto de volverlo a hacer, ¡qué Dios me ayude! Nunca ha dejado de hacerlo.

No sólo no le tengo miedo a la muerte, en realidad no le tengo miedo a la vida, que es de lo que se trata.

Los que si me dan miedo son los que, una vez elevado el asesinato de niños, descuartizándolos en el vientre de sus propias madres, al rango de “derecho fundamental”, emprenden ahora el tenebroso camino, como era de esperar, para hacer lo mismo con el asesinato de viejos, enfermos…

Para la eugenesia han encontrado eufemismos realmente increíbles. El que más espanta, personalmente, es ese de “interrupción voluntaria del embarazo”. Sobrecogedor.

Veremos que nos deparan con la eutanasia. Me temo lo peor.

Hablar hoy a los hombres del valor de la vida humana o el sentido del dolor, es realmente predicar en el desierto. Pero ¡cuán necesarias son las voces que claman en el desierto!

¡Que el Señor nos pille confesados! Porque vete tú a pedir un sacerdote para que te confiese y te dé el viático antes de la inyección letal, como pilles un resfriado fuertecillo con más de 60 años.
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