jeudi 24 mars 2011

Religiones y salvación

Uno de los temas que “me asaltan” de cuando en cuando, yo es que soy así de rarito, es la actitud hacia la multiplicidad de religiones existentes en la humanidad.

Además de la declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, sobre las relaciones de la iglesia con las religiones no cristianas, hasta el momento no he encontrado nada tan esclarecedor como el libro “Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo” de Joseph Ratzinger (2003):

“…El pensamiento central hacia el que se encamina este estudio consiste en entender que el panorama de la historia de la religión nos sitúa principalmente ante una decisión fundamental entre dos caminos, que yo –de forma insuficiente– designé entonces como la «mística» y el «monoteísmo». Hoy día preferiría hablar de «mística de la identidad» y de «comprensión personal de Dios». Se trata en último término de saber si lo divino, «Dios», es algo que está ante nosotros, de tal manera que lo supremo de la religión, del ser del hombre, es relación –amor– que llega a ser unidad («Dios es todo en todo»: 1 Cor 15, 28), pero que no suprime la contraposición del Yo y del Tú; o si lo divino queda aún más allá de la persona, y la meta final del hombre es la unificación y la disolución en el Todo-Uno…”

En cuanto a la posición de los cristianos frente al resto de religiones, Joseph Ratzinger, nuestro actual Santo padre Benedicto XVI, presenta en el mencionado libro tres tendencias, el exclusivismo, el inclusivismo y el pluralismo.

La afirmación básica del exclusivismo es que la fe cristiana es la que salva exclusivamente, y que las religiones no son caminos de salvación.

Para el inclusivismo, el cristianismo se hallaría presente en todas las religiones, o a la inversa, todas las religiones, sin saberlo, se encaminan hacia él.

Finalmente la posición pluralista opina que el pluralismo de las religiones fue querido por Dios mismo, y que todas ellas son caminos de salvación, o por lo menos pueden serlo, asignándose a Cristo concretamente un puesto destacado, pero no precisamente exclusivo.

Existen varios problemas a la hora de analizar las tres posibilidades. El primero es “...aclarar con precisión los conceptos de religión y de fe, que muchas veces no se deslindan bien y que suelen también generalizarse. Y así, se habla en plural de las diversas formas de «fe» (o de las «creencias»), queriendo designar con ello a todas las religiones, aunque el concepto de fe no aparezca, ni mucho menos, en todas las religiones y, desde luego, no sea en absoluto constitutivo de todas ellas; incluso cuando aparece en alguna de ellas, significa cosas muy diversas. Inversamente, la ampliación del concepto de religión como designación global de la relación de los hombres con la trascendencia no se efectuó sino durante la segunda mitad de la Edad Moderna. Precisamente para la correcta autocomprensión del cristianismo y para entender la manera en que se relaciona con las religiones del mundo, tal esclarecimiento es urgente…”

Como suele ser habitual, la posición de Ratzinger es demoledoramente original y profunda. Se trata de “negar la mayor”: “…En cuanto al planteamiento del problema, que constituye el fundamento de las tres posiciones, yo ofrezco, claro está, una crítica, por cuanto ese planteamiento, según mi convicción, se basa en una precipitada identificación de la problemática de las religiones con la cuestión de la salvación y en una visión indiferenciada de las religiones como tales... ¿En dónde consta que el tema de la salvación deba asociarse únicamente con las religiones? ¿No habrá que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana? ¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo? ¿No será quizás más importante entender internamente esa singularidad única y vislumbrar así, a la vez, la amplitud de su irradiación, sin que podamos definirla en sus detalles concretos? A esto se añade el tratamiento indiferenciado de las religiones, las cuales no conducen, ni mucho menos, al hombre en la misma dirección; además, tampoco existen por sí mismas en una sola fisonomía. Por ejemplo, hoy día contemplamos diversas maneras en que se puede vivir y entender el islam: formas destructoras y formas en las que creemos reconocer cierta cercanía al misterio de Cristo…”

“…Los apóstoles, y en general la comunidad cristiana primitiva, podían hallar únicamente en Jesús al Redentor porque tenían sus ojos puestos en «la esperanza de Israel»: porque no consideraban que las formas religiosas heredadas de su entorno eran suficientes para ellos, sino que eran personas que aguardaban y buscaban con el corazón abierto. La Iglesia pudo surgir entre los gentiles únicamente porque había «temerosos de Dios», personas que sobrepasaron sus religiones tradicionales y tenían puestos sus ojos en algo mayor. Esta dinamización de la «religión» se da también en cierto sentido…en el cristianismo mismo. No hay que transmitir solamente una estructura de instituciones e ideas, sino que en la fe hay que buscar siempre su profundidad más íntima, el verdadero contacto con Cristo. De esta manera se fueron formando en el judaísmo –para decirlo una vez más– «los pobres de Israel», y así tienen que irse formando también constantemente en la Iglesia. Y de la misma forma pueden y deben formarse también en las otras religiones: el dinamismo de la conciencia y de la callada presencia de Dios en ella es la que conduce a las religiones al encuentro mutuo y pone a los hombres en el camino hacia Dios; eso, y no la canonización de lo existente en cada caso, que es algo que priva a los hombres de una búsqueda más profunda…”

Por hoy es suficiente. Yo me retiro para continuar leyendo la segunda parte de “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI, que me tiene absolutamente “enganchado”, como no podía ser de otro modo.
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