jeudi 31 mars 2011

Comulgar correctamente

Hoy quiero hablar de un tema muy concreto, de muchísima importancia, en el que es fácil actuar de un modo correcto y efectivo, la recepción de la Sagrada Comunión.

Dos cuestiones son fundamentales, la preparación espiritual y el modo de comulgar.

Ambas son igualmente importantes, ya que estamos hablando, no lo olvidemos, del Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, una vez operada la verdadera transubstanciación durante la consagración, durante la Eucaristía, que no es un simple recuerdo, sino un “memorial” que se actualiza; no es una vuelta simbólica al pasado, sino presencia viva del Señor en medio de los suyos. De ello será siempre garante el Espíritu Santo, cuya efusión en la celebración eucarística hace que el pan y el vino se conviertan realmente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Por eso hay ciertas condiciones mínimas para acercarse a recibir la Sagrada Comunión.

Una es el ayuno eucarístico, que consiste en no ingerir sólidos ni líquidos, con la sola excepción del agua, aproximadamente una hora antes de comulgar. No parece muy complicada de cumplir, creo yo.

Otra, por supuesto, es estar en Gracia de Dios. Es decir, no haber cometido un pecado grave. Si se ha cometido un pecado grave, es preciso confesarse antes de comulgar. En toda otra situación o en caso de duda, es más que conveniente realizar un acto de contrición. Personalmente acostumbro y recomiendo a mis hijos el rezo de la siguiente oración cuando se dirigen a comulgar:

Señor mío Jesucristo,
Dios y Hombre verdadero,
Creador, Padre y Redentor mío;
por ser Vos quien sois, Bondad infinita,
y porque os amo sobre todas las cosas,
me pesa de todo corazón de haberos ofendido;
también me pesa porque podéis castigarme con las penas del infierno.
Ayudado de vuestra divina gracia,
propongo firmemente nunca más pecar,
confesarme y cumplir la penitencia que me fuera impuesta.
Amén.

La segunda cuestión es el modo de comulgar.

El sacerdote que oficia la Santa Misa, con sus manos consagradas y después de lavárselas, se ha ocupado de la Consagración, mientras todos los fieles permanecíamos preceptivamente arrodillados, y repetíamos en nuestro interior como Santo Tomás “Dominus meus et Deus meus” (Señor mío y Dios Mío).

Ahora debemos acercarnos a recibir la Sagrada Comunión con el máximo respeto, evitando tocar la Sagrada Forma con nuestras manos, que ni están consagradas ni necesariamente limpias, y si es posible arrodillándonos, o al menos haciendo una profunda reverencia, respondiendo amén a las palabras del sacerdote.

¿Qué necesidad tenemos de tocar el Cuerpo de Cristo con nuestras manos impuras, exponiéndonos a dejarlo caer, ahora que además no se acostumbra a que nadie sostenga una bandeja de oro para evitarlo?

¿Por qué no expresar nuestro máximo respeto por el Sagrado Sacramento, y de paso manifestar nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Comunión, comulgando en la boca y de rodillas?

Y finalmente, ¿tanta prisa tenemos por abandonar la iglesia, que es necesario que den de comulgar fieles laicos? ¿No podemos esperar pacientemente, y en oración, a que sea el sacerdote u otro sacerdote auxiliar quien nos dé de comulgar?

Comulguemos con la máxima corrección, respeto y veneración posibles, y sin duda nuestro ejemplo dará sus frutos, para mayor gloria de Nuestro Señor Jesucristo.

mercredi 30 mars 2011

El enemigo

El género humano, después de apartarse miserablemente de Dios, creador y dador de los bienes celestiales, por envidia del demonio, quedó dividido en dos campos contrarios, de los cuales el uno combate sin descanso por la verdad y la virtud, y el otro lucha por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad. El primer campo es el reino de Dios en la tierra, es decir, la Iglesia verdadera de Jesucristo. Los que quieren adherirse a ésta de corazón como conviene para su salvación, necesitan entregarse al servicio de Dios y de su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su voluntad. El otro campo es el reino de Satanás. Bajo su jurisdicción y poder se encuentran todos lo que, siguiendo los funestos ejemplos de su caudillo y de nuestros primeros padres, se niegan a obedecer a la ley divina y eterna y emprenden multitud de obras prescindiendo de Dios o combatiendo contra Dios. Con aguda visión ha descrito Agustín estos dos reinos como dos ciudades de contrarias leyes y deseos, y con sutil brevedad ha compendiado la causa eficiente de una y otra en estas palabras: "Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial". Durante todos los siglos han estado luchando entre sí con diversas armas y múltiples tácticas, aunque no siempre con el mismo ímpetu y ardor. En nuestros días, todos los que favorecen el campo peor parecen conspirar a una y pelear con la mayor vehemencia bajo la guía y con el auxilio de la masonería, sociedad extensamente dilatada y firmemente constituida por todas partes. No disimulan ya sus propósitos. Se levantan con suma audacia contra la majestad de Dios. Maquinan abiertamente la ruina de la santa Iglesia con el propósito de despojar enteramente, si pudiesen, a los pueblos cristianos de los beneficios que les ganó Jesucristo nuestro Salvador. Deplorando Nos estos males, la caridad nos urge y obliga a clamar repetidamente a Dios: Mira que bravean tus enemigos y yerguen la cabeza los que te aborrecen. Tienden asechanzas a tu pueblo y se conjuran contra tus protegidos. Dicen: "Ea, borrémoslos del número de las naciones" (Ps.82).”

De la Carta Encíclica “Humanum genus” de S.S. el Papa León XIII, condenando el relativismo filosófico y moral de la francmasonería.

Este primer párrafo de la “Humanum genus” es una perfecta introducción para hablar del enemigo al que nos enfrentamos hoy y siempre, hasta el fin de los tiempos.

Por su puesto que se trata del maligno, el Diablo, el Demonio, Satán, Satanás, Lucifer…que como nos enseñó en 1215 el IV Concilio de Letrán: “Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali” ("El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos").

Por ello debemos tener claro que nos enfrentamos a un poderosísimo enemigo, que si bien al ser una criatura, al haber sido creado, no posee un poder infinito, como espíritu puro que es, es capaz de causar graves daños, de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física, en cada hombre y en la sociedad.

No conviene pues infravalorar su poder, ni sobrevalorar el nuestro, a no ser que contemos siempre con ayuda de Dios.

En estos días hablamos mucho de la ola de “odium fidei”, persecución y asesinato de cristianos en todo el mundo, ataques velados y explícitos a la Santa Madre Iglesia, acusaciones calumniosas de toda índole, tergiversaciones de la historia y del lenguaje, anatematización del pensamiento cristiano en general y del magisterio católico en particular, ataques sacrílegos a los templos católicos, y más concretamente la imposición generalizada de leyes antinaturales y criminales como las del aborto (ya sean de despenalización o de legalización), del divorcio, de las uniones homosexuales aberrantes…

Y se nos plantean complicados dilemas concretos, al encontrarnos con enemigos con apariencia de “amigos”, posiciones ambiguas, planteamientos estratégicos dudosos…

Recordemos que no se trata de algo nuevo. El maligno tiene multitud de disfraces y es capaz de introducirse en todas partes.

Aquella advertencia de Pablo VI sobre “el humo del infierno” entrando incluso en la Iglesia, no es algo que pueda sorprendernos en este segundo milenio.

A modo de ejemplo, resulta muy ilustrativo leer los breves estudios de los enlaces que adjunto, a propósito de la curiosísima capilla neoclásica que se encuentra en el interior o anexa a la gótica Catedral de El Burgo de Osma.

A mí, que me encuentro especialísimamente ligado a este templo de Soria, siempre me había causado una sensación muy extraña el pasar de la parte gótica del interior de la catedral a esta extraña capilla, llamada de Palafox o de la Inmaculada, hasta que descubrí el porqué de mi desazón:


Hago especial hincapié en la cita: "…no solamente la existencia de logias frecuentadas exclusivamente por sacerdotes y religiosos, sino incluso la presencia en la mayor parte de las logias europeas, en las que figuran obispos, abades, canónigos, teólogos y toda clase de religiosos y sacerdotes, hasta alcanzar un total de más de tres mil…" del jesuita José A. Ferrer Benimeli, en el siglo XVIII.

Por tanto, nuestra lucha debe estar fundamentada en las armas que Jesucristo puso a nuestra disposición, fundamentalmente la oración. Y como dijo San Agustín, para alcanzar la sabiduría hay tres caminos, el primero es la humildad, el segundo la humildad y el tercero la humildad. Humildad para someternos absolutamente a la voluntad de Dios, en la confianza de que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Rm 8,28), y humildad para acatar el magisterio de la Santa Madre Iglesia y del sucesor de San Pedro, siempre y en toda ocasión.

No existe la posibilidad de aceptar componendas, medias tintas o concesiones al mal.

No existe el mal menor cuando se trata de la vida de un inocente y absolutamente indefenso ser humano aún no nacido.

Y no, no nos es lícito apoyar o beneficiar de modo activo o pasivo, por acción u omisión, posiciones u organizaciones que defiendan la despenalización o legalización del crimen abortista.

Y no, no aprovecha en nada, más bien perjudica, la colaboración con organizaciones que renuncian a manifestar con claridad una posición absolutamente contraria a cualquier iniciativa legal pro-abortista en cualquier graduación, empleando eufemismos como “pro-vida” en vez de “anti-aborto”. Más aún cuando todos los indicios conducen a sospechar que la finalidad última de estas supuestas iniciativas sociales privadas o independientes es el éxito electoral de formaciones políticas conservadoras-liberales, ahí queda eso, que han demostrado ya fehacientemente su nula voluntad de derogar las citadas leyes criminales.

lundi 28 mars 2011

The Lord of the Rings

Me permito la libertad de reproducir aquí por su tremendo interés divulgativo, el texto que nos ha regalado Alfonso Díaz Vera en su magnífica bitácora “El distributista”:

Animo a mis improbables lectores a visitar este blog, así como el de la “Liga Distributista”:

Como pequeña introducción, recomiendo leer el siguiente artículo de Juan Manuel de Prada, un muchacho que promete, sobre “el estado servil”, que es el título del principal libro del distributista Hilarie Belloc:

El distributismo es, a mi humilde entender, el resultado lógico de la aplicación de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia en forma de teoría económica. El texto que reproduzco a continuación resulta interesantísimo al emplear un ejemplo con el que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, están familiarizados en menor o mayor medida, ya sea por haber leído los libros o por haber visto las películas de “El Señor de los Anillos”. De este modo espero contribuir en la medida de mis posibilidades a extender el conocimiento de esta línea de pensamiento que, como se explica con claridad en el texto, ofrece una clara esperanza a este mundo, misión que todos los cristianos sentimos como nuestra por encargo directo de Nuestro Señor Jesucristo, en base a principios tan conformes a la doctrina cristiana como la renuncia a la imposición imperialista violenta de nuestras posiciones, el ejemplo personal y local como motor del cambio y, porqué no decirlo, de la evangelización, la defensa de la persona frente a los totalitarismos de cualquier orientación ideológica o, despojada de intereses ideológicos bastardos, la defensa del medio ambiente, en definitiva de La Creación, que es el nombre correcto de la “naturaleza”, el “universo” o el “cosmos”, como nos acaba de recordar “Firmus et Rusticus” en su estupenda serie sobre los milagros:

El Distributismo en la Comarca
Por: Matthew P. Akers
En: Saint Austin Review (Dicembre 2009)
Traducción: Alfonso Díaz Vera

La adaptación cinematográfica de “El señor de los anillos”, dirigida por Peter Jackson, ha incrementado la popularidad del clásico de Tolkien entre los espectadores y lectores del siglo XXI, convirtiendo a Tolkien y su libro en nombres familiares. Aunque mucho menos conocido, el distributismo, el sistema económico y filosófico derivado de las encíclicas papales y desarrollado por G.K. Chesterton e Hilarie Belloc a comienzos del siglo pasado, está también adquiriendo un renovado interés. La editorial IHS Press, que publica obras distributistas clásicas y modernas, abrió sus puertas en 2001; en numerosos blogs y páginas de Internet se discute sobre el distributismo y sus aplicaciones actuales; y libros recientes como “Crunchy Cons” de Rod Dreher han presentado los principios distributistas a los lectores modernos.[1] No resulta sorprendente que “El señor de los anillos” y el distributismo ganen audiencia actualmente, pues ambos lidian con problemas comunes del mundo moderno. De hecho, Tolkien incluye soluciones distributistas para problemas asociados con el desarrollo económico en su trilogía. [2] La Comarca, el hogar de los hobbits, afronta muchos de los problemas de nuestra sociedad moderna, en particular una crisis económica, la destrucción de su medio ambiente, y la tentación del imperialismo. Examinemos pues cómo los hobbits de La Comarca aplican los principios distributistas a esos problemas para ver cómo podríamos tratar esos mismos problemas en nuestra sociedad.
En el mundo actual, estamos acostumbrados a una economía industrial altamente centralizada integrada en el comercio internacional y controlada conjuntamente por dos poderes: el “gran gobierno” y la “gran empresa”. En contraste, la economía distributista de La Comarca conforma un sistema difuso basado en pequeños granjeros, pequeños negocios y comercio local. Distributistas como Belloc y Chesterton han argumentado que la economía industrial moderna promueve la codicia, el materialismo y una actitud servil entre la población y ahuyenta la libertad, la propiedad privada ampliamente distribuida y el cristianismo tradicional. Los distributistas trataron de encontrar la manera de revitalizar aspectos del sistema económico medieval, como la economía agrícola basada en campesinos-pequeños propietarios, frente a un moderno sistema económico que pensaban que estaba destruyendo la cultura tradicional y la humanidad de las personas. [3]
La Comarca encarna la visión económica del distributismo. Se trata de una comunidad compuesta por granjeros, artesanos y pequeños comerciantes, y su economía se basa en el agrarismo. Muchos hobbits, incluidos Sam, Hamfast Gamyi, Tolman Coto y el granjero Maggot, son agricultores o jardineros. Las únicas actividades comerciales en las que La Comarca se embarca están basadas en productos agrícolas como las famosas pipas de La Comarca, puesto que los hobbits sólo comercian con el exterior cuando han cubierto sus propias necesidades. La única gran “industria” mencionada en el libro es el viejo molino, que a duras penas puede ser considerado como tal pues lo lleva un hobbit de la localidad que lo heredó de su padre. El molino es usado para satisfacer las necesidades de la población local, no para el comercio a gran escala. Además el molino se usa para moler maíz, la base de la producción agrícola de La Comarca.
Los dos grandes poderes que controlan la economía industrial moderna, el gran gobierno y la gran empresa, están ausentes en La Comarca. Cualquier forma de grandeza resulta extraña para la economía de La Comarca, que es local, agrícola y tamaño hobbit en todos los sentidos.
Después de que Sam, Frodo, Pippin y Merry la abandonaran en pos de su aventura para destruir el anillo, la economía de La Comarca cambia dramáticamente. Cuando los cuatro hobbits regresan de su aventura, el gran gobierno y la gran empresa han invadido la economía anteriormente de tamaño hobbit, industrializándola. Un gran cuerpo burocrático formado por forasteros controla ahora la economía de La Comarca, y su producción se ha expandido mucho más allá de lo que se necesita para satisfacer las necesidades de su población. Granujo y Zarquino, los dos bien llamados villanos que dirigen este ataque contra los hobbits, compran la mayor parte de La Comarca, concentrando la tierra y los recursos en manos de unos pocos, lo cual resulta antagónico con el principio distributista de la necesidad de una amplia distribución de la propiedad privada. El destino del molino de la familia Arenas habla por sí sólo sobre la destrucción de la economía de La Comarca. Los nuevos propietarios derribaron el viejo molino tamaño hobbit y construyeron un nuevo molino industrial, compuesto de ruedas y artilugios y que funciona con fuego en vez de con agua. En lugar de moler trigo, el nuevo molino fabrica hierro, sobre todo para producir armas para la guerra. El efecto sobre La Comarca es profundo: donde antes se producía vida a partir de la agricultura, ahora se produce muerte a partir de la industria. El poco trabajo agrícola que queda en La Comarca se basa en un sistema mecanizado y en el libre comercio con las comunidades de los alrededores. La antigua economía autosuficiente localmente focalizada y que proveía lo que era necesario para mantener a sus propios ciudadanos se convierte en un “mercado global” que busca consumidores fuera de sus fronteras dejando a los de dentro hambrientos.
Cuando los cuatro hobbits aventureros regresan a La Comarca y descubren lo que Zarquino ha hecho, lideran la cruzada para restituir su economía de base rural. Aunque llevará años para los hobbits deshacer los efectos de la industrialización, ellos emprenden la tarea de restituir la economía distributista en lugar de la moderna economía industrial implantada por Zarquino. Ellos destruyen el nuevo molino y repueblan la tierra de granjas y bosques. La propiedad privada es devuelta a sus propietarios originales, y los hobbits que habían sido empleados en el molino-fábrica retornan a sus campos y pequeños talleres. La redimida Comarca da esperanza sobre las posibilidades de restauración de una economía distributista y muestra cómo esta es preferible a una economía industrial moderna.
Hasta el momento tan sólo hemos insinuado otro de los conflictos entre industrialismo y distributismo, como es el impacto ambiental de ambos sistemas. A los distributistas no les gusta la destrucción medioambiental causada por el industrialismo. De hecho, su ecologismo es una de las razones por las que tanto Tolkien como el distributismo reciben tanta atención desde muchos círculos. Mientras que tanto Tolkien como los distributistas eran “verdes antes de que nadie soñara con esa etiqueta” (Cooney 12), su identificación con el secularizado movimiento ecologista actual necesita ser clarificada. Tolkien y los distributistas no eran verdes como resultado de ninguna ideología política de izquierdas o porque rindiesen culto divino a la madre tierra; ellos más bien consideraban el respeto por la tierra y el amor a la naturaleza como componentes esenciales de su tradicional y conservadora creencia en la familia, en las artes y, sobre todo, en el cristianismo. Ellos pensaban que la moderna industrialización y su desprecio por la naturaleza atacaban los cimientos básicos de las comunidades tradicionales, que estaban basadas en la agricultura y en una relación cercana con la naturaleza. Este ecologismo conservador ha sido sostenido, además de por los distributistas británicos, por algunos pensadores conservadores del siglo XX como: T.S. Eliot, Russell Kirk, los autores de “I’ll Take My Stand”, y Wendell Berry por mencionar sólo algunos. [4] Ellos identificaban la economía industrial y la cultura que producía con progresismo negativo e izquierdismo. De este modo, una sociedad agraria que está cercana a la naturaleza y experimenta sus flujos y reflujos tiene un respecto mucho mayor por el medio ambiente que una sociedad industrial, que enfatiza su independencia y superioridad sobre la naturaleza.
Al principio, La Comarca era un paraíso bucólico. Tanto la descripción de Tolkien como la representación de Peter Jackson resaltan su belleza rural. Algunos hobbits, incluidos Sam y su padre, Hamfast Gamyi, viven muy próximos a la tierra, tanto si son granjeros como jardineros. Incluso aquellas actividades que no son estrictamente agrícolas son respetuosas con el medio ambiente y trabajan en concierto con la naturaleza. El molino de la familia Arenas, por ejemplo, funciona con agua.
Una vez que Frodo, Sam, Pippin y Merry comienzan su aventura, sin embargo, empiezan a descubrir tierras afectadas por la industrialización: tanto Isengard como Mordor representan tierras desagarradas por la guerra y páramos baldíos por la industria. De hecho, Tolkien a menudo emplea la destructividad ambiental de la guerra para ilustrar el coste ecológico de la industrialización. En Isengard, Saruman ha destruido los bosques circundantes para alimentar el fuego de su industria de producción de armas. La espada de Sauron y la destrucción ambiental han diezmado Mordor tan rápido que debe importar agua y comida para sus tropas. En ambos lugares, guerra e industrialización son uña y carne. A lo largo de toda la trilogía, Tolkien identifica industria con guerra, y agricultura con paz.
La más desoladora imagen de destrucción ambiental es la que los hobbits encuentran a su regreso a La Comarca. Desgraciadamente, Peter Jackson deja la destrucción y reconstrucción de La Comarca fuera de su adaptación cinematográfica, con lo que la gente que tan sólo ha visto la película se pierde el mensaje de esta escena tan importante. En ausencia de los hobbits, La Comarca se ha convertido en un pequeño Isengard o Mordor. La escena hace llorar a Frodo que proclama: “¡Esto es Mordor!”. [5] El bosque ha sido arrasado para proveer a Zarquino y sus secuaces de combustible para alimentar el fuego del molino industrial, que contamina el agua, el aire y la tierra. Tolman Coto describe las acciones de los señores de la industria como “arrancar, quemar y destruir”. [6] El campo de La Comarca ha sido devastado, y Zarquino comenta alegremente a los hobbits que llevará años reparar la destrucción causada. El paraíso bucólico se ha convertido en un infierno industrial.
Esta destrucción medioambiental ha arrasado también la cultura nativa de los hobbits. Han pasado de ser granjeros libres a convertirse en siervos de la industria. Ahora los hobbits dependen del trabajo industrial que realizan en el nuevo molino para su supervivencia, en lugar de disfrutar de los frutos de sus labores agrarias. Ellos también se ponen de rodillas cuando el gran gobierno que ha tomado el control de La Comarca, y por tanto también del molino, el medio de vida de los hobbits. Una vez que los hobbits son arrancados de la naturaleza, son arrancados de su esencia: ya no son libres y alegres. En cambio, se han convertido en esclavos industriales, que trabajan tanto para sus amos del molino como para sus amos burocratizados del gobierno. Ted Arenas, el antiguo propietario del molino, ahora trabaja allí como limpiador de la rueda — un trabajo manual — para los nuevos propietarios. [7] Cuando la dependencia de la naturaleza de los hobbits es destruida, su autosuficiencia viene después. Los hobbits y su comunidad están perdidos cuando su tierra es abandonada.
Tras el regreso de los hobbits aventureros, Sam emprende una restitución agraria y medioambiental de La Comarca, usando la tierra mágica que Lady Galadriel le dio para replantar árboles que fueron destruidos por la industrialización y revitalizar jardines y huertos abandonados. La Comarca se recupera rápidamente, y el siguiente año produce la mayor cosecha de su historia. Esto proporciona la esperanza de que hasta la mayor destrucción medioambiental puede ser revertida, y que la tierra, tratada adecuadamente, puede ser persuadida para producir belleza y vida una vez más.
El tercer problema que afronta La Comarca y nuestra propia sociedad, el imperialismo, está muy ligado al industrialismo. Tolkien y muchos otros distributistas conectan el industrialismo con el imperialismo, argumentando que el primero fomenta éste último. Los efectos de ambos son a menudo similares: destrucción del hombre, destrucción del medioambiente y destrucción de la cultura. Tolkien y los distributistas no eran pacifistas, pero se oponían al imperialismo. Los distributistas aplaudían la defensa armada de la patria y el hogar – como Tolkien hace en “El Señor de los Anillos” – pero desaprobaban las aventuras imperialistas, y Chesterton especialmente simpatizaba con aquellos que defendían sus hogares contra el invasor, al tiempo que criticaba las guerras de los “imperios industriales modernos”. [8] Por ejemplo, Chesterton escribió una novela distributista, El Napoleón de Notting Hill, en la que Adam Wayne, el héroe, organiza un ejército de paisanos para defender su distrito natal de Notting Hill frente a otros barrios vecinos de Londres que intentan confiscar una parte de Notting Hill para hacer pasar una autopista a través de ella. Wayne y sus compañeros defensores de Notting Hill vencen, demostrando que defender tu propia casa o pueblo contra la invasión o la agresión es una virtud distributista. Hacia el final de la novela, sin embargo, la gente de Notting Hill, abrumada por la atracción del imperialismo, es destruida por él cuando intentan conquistar tierras vecinas y son derrotados. [9]
La trilogía de Tolkien nos enseña una lección similar sobre el imperialismo. Sauron, el malvado señor oscuro, es un imperialista que intenta controlar toda la Tierra Media y someterla a su voluntad mediante el poder del anillo único. Obviamente, las intenciones de Sauron son maléficas, por lo que es fácil condenar sus actos, pero ¿qué pasa si las tendencias imperialistas se encarnan en valores aparentemente buenos?
Tolkien nos da una respuesta en la escena en la que Sam siente la tentación de utilizar el anillo para dirigir una revolución campesina armada contra Mordor. Como Sauron, Sam desea utilizar el anillo, pero, a diferencia de éste, Sam desea hacerlo en favor de la libertad. Él tiene una visión en la que se ve a sí mismo empuñando una espada y usando el anillo para dirigir un ejército contra Mordor para conquistarlo y transformar el erial industrial en un jardín gigante. Aunque la visión resulta bastante atractiva para Sam, el se da cuenta finalmente de que “todo lo que un jardinero libre necesita es un pequeño jardín, no uno engrandecido hasta convertirse en un reino; y trabajarlo utilizando sus propias manos, no mandando sobre las manos de otros”. [10] Sam reconoce que él no puede hacer realidad su visión agraria mediante el imperialismo, y rechaza esta tentación imperialista y militarista.
Al final, Sam completa su restitución agraria, pero no en territorio extranjero y mediante la fuerza del anillo; en lugar de eso, él consigue su objetivo en casa, donde los hobbits entienden el distributismo y desean una restitución agraria. El punto de vista de Sam sobre el imperialismo es similar al de Chesterton, para quien “el nacionalismo es simplemente incompatible con el imperialismo”. [11] Tanto Sam como Chesterton aman su tierra natal demasiado como para arriesgarse a arruinarla intentando llevar sus valores por la fuerza a otras tierras que no están preparadas para ello.
La sociedad moderna tiene mucho que aprender del distributismo y de La Comarca. Los críticos del distributismo dicen a menudo que es poco realista, una especie de nostalgia medieval romántica para carcamales o jóvenes idealistas que rechazan la modernidad. Asimismo, La Comarca de Tolkien es rechazada como una mera fantasía que no tiene nada que enseñarnos hoy en día. Hay que reconocer que una implementación del distributismo y los valores de La Comarca a gran escala en nuestra sociedad parece poco probable, pero los distributistas piensan en lo pequeño más que en lo grande, y creen que las semillas de las ideas necesitan ser plantadas a nivel local antes de que puedan dar su fruto para el conjunto de la comunidad. Aceptar algunos de los principios económicos de La Comarca en nuestras propias familias – tales como plantar un jardín, comprar bienes locales y apoyar a los pequeños negocios – supondrá una gran diferencia para nuestras comunidades. Rechazar el materialismo de la economía industrial moderna beneficiará a nuestras carteras, nuestras almas y nuestro medioambiente. Un rechazo del imperialismo y de la idea de que no podemos rehacer el mundo a nuestra imagen debería llevarnos a concentrarnos en solucionar nuestros propios problemas, como la crisis económica y destrucción medioambiental, aquí en casa. Podemos trabajar para restaurar nuestra república mejor que para exportar nuestro imperio. Aquellos de nosotros que estamos de acuerdo con estos cambios debemos, como Sam, resistir la tentación de imponerlos por la fuerza; en su lugar debemos intentar cambiar los corazones de la gente, que es por donde una restitución distributista–como la que tuvo lugar en La Comarca – debe comenzar.

1 Blog distributista: http://distributism.blogspot.com; IHS Press: http://www.ihspress.com. Referencia también en Anthony Cooney, “I Fear No Peevish Master”, Beyond Capitalism and Socialism (Norfolk, Virginia; IHS Press, 2008), pags. 9-20.
2 Joseph Pearce y Charles A. Coulombe discuten sobre el distributismo en El Señor de los Anillos (Joseph Pearce, Tolkien: Man and Myth (San Francisco: Ignatius, 1998), pp. 159-163.
3 En “Distributism: A Manifesto”, Arthur Penty, arquitecto y escritor distributista, declara que la maquinaria moderna y la industria “han deshumanizado y desespiritualizado a los trabajadores industriales”. Arthur Penty, “Distributism: A Manifesto”, Distributist Perspectives, Vol. 1. Ed. J. Forest Sharpe (Norfolk, Virginia: IHS Press, 2004) p. 90.
4 Para una gran introducción sobre el distributismo ver la Introducción de John Sharpe a “Beyond Capitalism and Socialism: A New Statement of an Old Ideal, (Norfolk, Virginia: IHS Press, 2008), particularmente las páginas XXXII-XXXVIII. Sharpe también examina la relación entre el consevadurismo moderno y el distributismo, notando que la vieja crítica conservadora del industrialismo ha desaparecido de la mayoría de consevadurismos modernos, los cuales, de hecho, aprueban el industrialismo y el “libre mercado”.
5 J.R.R. Tolkien, The Return of the King (Boston: Houghton Mifflin, 1993), p. 297.
Ibid., p. 292.
7 Ibid., p. 292.
8 G.K. Chesterton, Saint Francis of Assisi (San Francisco: Ignatius Press, 2002), p. 221.
9 Chesterton, The Napoleon of Notting Hill (New York: Paulist Press, 1978). En su biografía Tolkien: Hombre y Mito, Pearce resume lo que Tolkien debe a Chesterton y el distributismo (pp. 160-181).
10 Tolkien, The Return of the King, p. 177.
11 Jay P. Corrin, G. K. Chesterton and Hilaire Belloc (Athens: Ohio UP, 1981), p. 2.

dimanche 27 mars 2011

Manifestantes, comerciantes de armas y lo que de verdad importa

Pensaba comentar algo sobre manifestaciones “pro-vida”, “partidos pro y anti-abortistas” y demás falacias, pero creo que Orisson lo ha dejado todo, de nuevo, bastante claro:

Respecto a la guerra en Libia, el artículo del sábado de Juan Manuel de Prada lo deja también meridianamente claro:


Así que sólo me resta comentar que el evangelio de la misa de este tercer domingo de Cuaresma es uno de los pasajes más interesantes desde un punto de vista exegético, el diálogo de Jesucristo con la samaritana.

En primer lugar por su relación clara con el episodio de Masá y Meribá narrado en el fragmento del Éxodo de la primera lectura. Luego por la hermosa imagen que la samaritana representa de todos los samaritanos, el paralelismo de sus seis maridos con el culto que los samaritanos hacían a Yahvé conjuntamente con otras cinco deidades paganas, según lo relata el segundo Libro de los Reyes:

Uno de los sacerdotes deportados de Samaría fue entonces a establecerse en Betel, y les enseñaba cómo se debía venerar al Dios de Israel. Pero la gente de cada nación se hizo su propio dios y los instalaron en los templos de los lugares altos que habían construido los samaritanos. Cada una de las naciones obró así en la ciudad donde residía: la gente de Babilonia hizo un Sucot Benot; los de Cut, un Nergal; los de Jamat, un Asimá; los avitas, un Nibjáz y un Tartac. En cuanto a los sefarvaítas, continuaron quemando a sus hijos en honor de Adramélec y de Anamélec, dioses de Sefarvaim. Pero también veneraban al Señor, y establecieron sacerdotes, elegidos entre su propia gente, para que oficiaran en los templos de los lugares altos. Así, aunque veneraban al Señor, servían al mismo tiempo a sus propios dioses, según el rito de las naciones de donde habían sido deportados. Hasta el día de hoy, ellos practican los ritos antiguos: no temen al Señor ni practican los preceptos, los ritos, la Ley y los mandamientos que dictó el Señor a los hijos de Jacob, a quien dio el nombre de Israel.”

La samaritana debía cargar con su pesado cántaro cada día para llevar a su casa aquel agua estancada en el desierto desde hacía cientos de años, agua sucia que tenía que racionar durante la jornada, un día tras otro. Esta es la diferencia entre el único Dios verdadero, que habita en el interior de los que creen en Él, y los llena con sus dones eternos gratuitamente, frente a los ídolos de este mundo, que desde el exterior del hombre, le obligan con pesadas cargas y tributos, ofreciendole a cambio unicamente podredumbre que no puede saciar jamás al ser humano.

La reacción de la samaritana es la de todo aquel que descubre a Jesucristo, soltar el cántaro de su esclavitud y correr a anunciar la noticia a todo el mundo.

Muchas otras enseñanzas se encierran en este fragmento del Evangelio según San Juan, en el que Jesucristo nos enseña como debemos adorar a Dios, “en espíritu y en verdad”.

EVANGELIO SEGUN SAN JUAN

Cuando Jesús se enteró de que los fariseos habían oído decir que él tenía más discípulos y bautizaba más que Juan –en realidad él no bautizaba, sino sus discípulos– dejó la Judea y volvió a Galilea. Para eso tenía que atravesar Samaría. Llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva». «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?». Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna». «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla». Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad». La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo». Jesús le respondió: «Soy yo, el que habla contigo». En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella?» o «¿Por qué hablas con ella?». La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías?». Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro. Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro». Pero él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen». Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer?». Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: «Uno siembra y otro cosecha». Y o los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos». Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice». Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo».”

vendredi 25 mars 2011

Los españoles y la guerra

Resulta difícil en estos tiempos explicar a los extranjeros, ¡y aún a los españoles!, lo que significa ser soldado español, y la guerra, y la lealtad, y el amor patrio.

Acostumbrados a ejércitos “profesionales”, a la técnica, los ingenios armamentísticos, a resoluciones de la ONU y órdenes de operaciones de la OTAN, los sentimientos de un soldado español tradicional en combate, los que hicieron de nuestras tropas las más admiradas y temidas del orbe, han sido relegados al olvido de un modo deliberado.

Pocos fragmentos nos los presentan con más lucidez que el que sigue de Valle-Inclán, en el que también se menciona a Calderón, que nos legase la mejor ordenanza militar que haya tenido ejército alguno en la historia, que tampoco me resisto a traer a esta bitácora.

Este ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que él adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira cómo procede.
Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho,
que el pecho adorna al vestido.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Cara de Plata y el polaco, andando a la ventura por las calles, salieron a la plaza de oscuros pórticos, donde estaban las Casas del Rey. El emigrado polaco clavó los ojos en aquellos balcones iluminados, y dijo al mancebo, segundón de hidalgos:
- ¡No vive con mucha grandeza vuestro Rey!
Replicó el otro con altanería:
- ¡Grandeza en la casa, querrá decirse!...
Soulinake le miró con simpática extrañeza:
- ¡En este ejército, todos me parecéis españoles de Calderón!
Cara de Plata hizo un gesto de indiferencia:
- ¡Grandeza en los palacios la tiene acá un indiano! Pero para tenerla en los pechos, hay que nacer.
Dijo el polaco con dulzura:
- ¿El Rey, os parece que tiene corazón el Rey?
Exclamó Cara de Plata:
- ¡De Rey y de león!
- ¡Mucho le calumnian, entonces!
El castellano miraba el balcón iluminado de las posadas reales:
- ¡El pensamiento, el sentimiento, y toda la figura humana tiene de Rey! Yo vine acá por aventura, pero le vi una vez sobre su caballo, y acá estoy por Carlos VII.
Sonrió el polaco con tristeza:
- ¡Yo no le vi nunca, ni soy de estas tierras, y acá estoy también!
Murmuró pensativo Cara de Plata:
- Hay guerras que son como una regla de convento, y caben en ellas soldados de todo el mundo. A esta unos vienen por cristianos, otros por leales, los hay desesperados de la vida y mozos de aventura escapados de la casa de los padres. ¡De los peores era yo!... Pues fue llegar y sentirme cambiado al besar la mano del Rey. Me pareció que me bendecían, y tuve de la guerra un sentimiento que no tenía. Antes solamente pensaba en pelear por señalarme el primero, y soñaba con ser capitán…
Murmuró el polaco:
- ¡Es el sueño de todos los soldados!
- En otras guerras, pero en ésta no. Cuando se acabe nos iremos todos a nuestras casas: el labrador a su labranza, el pastor a su rebaño, el estudiante a su estudio.
- ¿Sin otro provecho?
Sonrió orgulloso Cara de Plata:
- El de las cicatrices. Quedaban ya pocos de aquellos soldados ciegos y mancos que corrían las ferias pidiendo limosna.
El castellano y el polaco, para resguardarse de la lluvia, paseaban bajo el porche de las casas reales. Pedro Soulinake comentó filosóficamente:
- Yo vi esos mendigos en el cancel de todas las catedrales españolas, y tanto me interesé por sus vidas, que quise estudiarlas… Son vidas de santidad o de picardía…
Contestó el segundón:
- Yo solamente sé que son buen ejemplo para los muchachos. A mí alguna vez me lo dieron con sus historias, y sus cicatrices, y sus capotes de botones dorados.
Insinuó el polaco con melancolía:
- Sin embargo, hay algo dentro de nosotros que siente frío a la vista de un hombre sin ojos o sin manos.
Y el segundón, declaró honrado y veraz:
- ¡Yo jamás sentí ese frío!
Pedro Soulinake cerró los párpados misteriosos, y le apoyó una mano en el hombro:
- ¡Pues existe!... Por algo los griegos no consideraban a sus guerreros mutilados como elemento heroico de sugestión. Los héroes eran como dioses y se curaban siempre de todas las heridas.
Animóse Cara de Plata, y se le vio estirar los huesos bajo el tabardo:
- Así entendía yo la guerra; pero era un pagano. En España, el soldado sin piernas a la puerta de una iglesia es de tan buen ejemplo, que los mejores capitanes han sido tonsurados. ¡Así viene desde las guerras antiguas!
Pedro Soulinake le miró amistoso:
- ¡Gran espíritu militar!
- ¡Aquí es el de todos!
- Nosotros, los extranjeros, no podemos comprender esta tierra, y vosotros, nacidos en ella, la explicáis mal: ¿Cómo de un mismo pueblo pueden salir dos ejércitos tan distintos?... Yo estuve con los republicanos y no vi nada parecido a esto.
Cara de Plata alzó los hombros con desdén:
- Allí, los mejores sólo tienen el sentimiento con que yo vine acá, y que me duró hasta verme en la presencia del Rey. ¡Quieren señalarse por su valentía y ganar gloria para ellos! Eso quería yo, pero luego dentro de mí cambióse todo. Ahora, mi ambición es ver al Rey Carlos sentado en el trono, y bien gobernadas las Españas. Estuve en dos encuentros, y desde la primera vez, al ponerme en la fila de soldados, yo era toda la fila. No me separaba de ella, ni para ir adelante, ni para cejar. Se me revelaba otra conciencia. Entre los republicanos todos van separados.
Preguntó Soulinake, con la voz apagada:
- ¿Y entre los carlistas, todos son así?
- Todos. Cuando acabe la guerra nos dispersaremos. Yo, si gano una cicatriz, algo podré contar cuando viejo… Si no la gano, tampoco diré que anduve en estas batallas. ¡Y a muchos, mejor nos estaría morir!
Acabó riendo el segundón. El polaco le miró y ahondó, sin desplegar los labios. Las pisadas de los dos, resonaban bajo los porches de la Casa del Rey.

jeudi 24 mars 2011

Religiones y salvación

Uno de los temas que “me asaltan” de cuando en cuando, yo es que soy así de rarito, es la actitud hacia la multiplicidad de religiones existentes en la humanidad.

Además de la declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II, sobre las relaciones de la iglesia con las religiones no cristianas, hasta el momento no he encontrado nada tan esclarecedor como el libro “Fe, verdad y tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo” de Joseph Ratzinger (2003):

“…El pensamiento central hacia el que se encamina este estudio consiste en entender que el panorama de la historia de la religión nos sitúa principalmente ante una decisión fundamental entre dos caminos, que yo –de forma insuficiente– designé entonces como la «mística» y el «monoteísmo». Hoy día preferiría hablar de «mística de la identidad» y de «comprensión personal de Dios». Se trata en último término de saber si lo divino, «Dios», es algo que está ante nosotros, de tal manera que lo supremo de la religión, del ser del hombre, es relación –amor– que llega a ser unidad («Dios es todo en todo»: 1 Cor 15, 28), pero que no suprime la contraposición del Yo y del Tú; o si lo divino queda aún más allá de la persona, y la meta final del hombre es la unificación y la disolución en el Todo-Uno…”

En cuanto a la posición de los cristianos frente al resto de religiones, Joseph Ratzinger, nuestro actual Santo padre Benedicto XVI, presenta en el mencionado libro tres tendencias, el exclusivismo, el inclusivismo y el pluralismo.

La afirmación básica del exclusivismo es que la fe cristiana es la que salva exclusivamente, y que las religiones no son caminos de salvación.

Para el inclusivismo, el cristianismo se hallaría presente en todas las religiones, o a la inversa, todas las religiones, sin saberlo, se encaminan hacia él.

Finalmente la posición pluralista opina que el pluralismo de las religiones fue querido por Dios mismo, y que todas ellas son caminos de salvación, o por lo menos pueden serlo, asignándose a Cristo concretamente un puesto destacado, pero no precisamente exclusivo.

Existen varios problemas a la hora de analizar las tres posibilidades. El primero es “...aclarar con precisión los conceptos de religión y de fe, que muchas veces no se deslindan bien y que suelen también generalizarse. Y así, se habla en plural de las diversas formas de «fe» (o de las «creencias»), queriendo designar con ello a todas las religiones, aunque el concepto de fe no aparezca, ni mucho menos, en todas las religiones y, desde luego, no sea en absoluto constitutivo de todas ellas; incluso cuando aparece en alguna de ellas, significa cosas muy diversas. Inversamente, la ampliación del concepto de religión como designación global de la relación de los hombres con la trascendencia no se efectuó sino durante la segunda mitad de la Edad Moderna. Precisamente para la correcta autocomprensión del cristianismo y para entender la manera en que se relaciona con las religiones del mundo, tal esclarecimiento es urgente…”

Como suele ser habitual, la posición de Ratzinger es demoledoramente original y profunda. Se trata de “negar la mayor”: “…En cuanto al planteamiento del problema, que constituye el fundamento de las tres posiciones, yo ofrezco, claro está, una crítica, por cuanto ese planteamiento, según mi convicción, se basa en una precipitada identificación de la problemática de las religiones con la cuestión de la salvación y en una visión indiferenciada de las religiones como tales... ¿En dónde consta que el tema de la salvación deba asociarse únicamente con las religiones? ¿No habrá que abordarlo, de manera mucho más diferenciada, a partir de la totalidad de la existencia humana? ¿Y no debe seguir guiándonos siempre el supremo respeto hacia el misterio de la acción de Dios? ¿Tendremos que inventar necesariamente una teoría acerca de cómo Dios es capaz de salvar, sin perjudicar en nada la singularidad única de Cristo? ¿No será quizás más importante entender internamente esa singularidad única y vislumbrar así, a la vez, la amplitud de su irradiación, sin que podamos definirla en sus detalles concretos? A esto se añade el tratamiento indiferenciado de las religiones, las cuales no conducen, ni mucho menos, al hombre en la misma dirección; además, tampoco existen por sí mismas en una sola fisonomía. Por ejemplo, hoy día contemplamos diversas maneras en que se puede vivir y entender el islam: formas destructoras y formas en las que creemos reconocer cierta cercanía al misterio de Cristo…”

“…Los apóstoles, y en general la comunidad cristiana primitiva, podían hallar únicamente en Jesús al Redentor porque tenían sus ojos puestos en «la esperanza de Israel»: porque no consideraban que las formas religiosas heredadas de su entorno eran suficientes para ellos, sino que eran personas que aguardaban y buscaban con el corazón abierto. La Iglesia pudo surgir entre los gentiles únicamente porque había «temerosos de Dios», personas que sobrepasaron sus religiones tradicionales y tenían puestos sus ojos en algo mayor. Esta dinamización de la «religión» se da también en cierto sentido…en el cristianismo mismo. No hay que transmitir solamente una estructura de instituciones e ideas, sino que en la fe hay que buscar siempre su profundidad más íntima, el verdadero contacto con Cristo. De esta manera se fueron formando en el judaísmo –para decirlo una vez más– «los pobres de Israel», y así tienen que irse formando también constantemente en la Iglesia. Y de la misma forma pueden y deben formarse también en las otras religiones: el dinamismo de la conciencia y de la callada presencia de Dios en ella es la que conduce a las religiones al encuentro mutuo y pone a los hombres en el camino hacia Dios; eso, y no la canonización de lo existente en cada caso, que es algo que priva a los hombres de una búsqueda más profunda…”

Por hoy es suficiente. Yo me retiro para continuar leyendo la segunda parte de “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI, que me tiene absolutamente “enganchado”, como no podía ser de otro modo.

mercredi 23 mars 2011

Cotilleos históricos

Aprovechando los estrechos lazos que me unen al Reino de Francia, dejo constancia en mi bitácora de un pequeño cotilleo intrascendente, ¿o no?, que corre por la Galia. Se trata de la historia de un aviador, héroe de la “Francia libre” en la segunda guerra mundial, corso de nacimiento, llamado Albert Preziosi, que como se puede apreciar, al igual que su compatriota Napoleone di Buonaparte, el pequeño usurpador que se coronó a sí mismo “emperador de los franceses”, ostentaba un apellido que evoca sin duda mucho más a la península itálica que al hexágono.

El capitán Preziosi, que murió finalmente en Rusia al ser abatida su aeronave, fue derribado anteriormente en África en 1941 mientras combatía contra italianos y alemanes con la columna del general Léclerc.

Piloto y avión fueron dados por desaparecidos, pero algo más de un mes más tarde, el capitán Preziosi se presentó de nuevo sano y salvo en la base de operaciones francesa, relatando como una vez derribado, fue acogido, escondido y correctamente curado de sus heridas por una tribu de beduinos libios.

En Vezzani, su ciudad natal en la “isla de la belleza”, Albert Preziosi es el héroe local, con una placa en el edificio de correos, una inscripción en el monumento a los caídos de la plaza central de la ciudad y un retrato en el ayuntamiento, de mayor tamaño que el del omnipresente presidente Sarkozy.

Y casi ningún habitante de la villa de Vezzani alberga dudas sobre lo sucedido durante la estancia de Albert entre la hospitalaria tribu libia. El piloto galo habría tenido una más que íntima relación amorosa con una joven de la tribu, fruto de la cual vería la luz de este mundo… ¡el coronel Mu‘ammar al-Qaḏḏāfī! el “líder de la Gran Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista”.

No me precio de ser un gran fisonomista, y de hecho me ocurre a menudo que alguien me saluda por la calle, me llama por mi nombre, y yo no le recuerdo hasta que no me da detalles concretos sobre cuándo y en qué circunstancias nos hemos conocido. Por ello dejo al criterio de mis improbables lectores el análisis de las fotos del capitán Albert Preziosi a la edad de 27 años y la del presidente libio con 33.

El apoyo del régimen del coronel Gadafi a los nacionalistas corsos en los años 70, incluyendo estancias de entrenamiento militar en campos libios, y sus recientes declaraciones afirmando haber financiado la campaña electoral de Sarkozy, amen de los estrechos vínculos entre las dos naciones, pudieran no tener nada que ver con la filiación del supuesto “beduino-corso”. Pero el papel tan relevante de Francia en los acontecimientos de las últimas semanas merece como mínimo un análisis en profundidad.

Curiosamente la base aérea corsa de la que despegan los cazas franceses “rafale” que bombardean Libia, con “mandato de la ONU” eso sí, y en “misión humanitaria” claro está, y esto “no es exactamente una guerra” faltaba más, y “no tiene nada que ver con Irak” por descontado señora presidenta, digo ministra de defensa, lleva el nombre del “capitaine Preziosi”.

lundi 21 mars 2011

España de nuevo en guerra

Desde luego, la guerra no ha sido desarraigada de la humanidad. Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de medios eficaces, una vez agotados todos los recursos pacíficos de la diplomacia, no se podrá negar el derecho de legítima defensa a los gobiernos. A los jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave. Pero una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada lamentablemente la guerra, no por eso todo es lícito entre los beligerantes.” Constitución pastoral “Gaudium et spes”.

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge claramente el magisterio sobre la guerra:

Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a esta a condiciones rigurosas de legitimidad moral. Es preciso a la vez:
— Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.
— Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.
— Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
— Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.
Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”.
La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común.”

El elemento fundamental es la condición expresada por el Vaticano II, “mientras… falte una autoridad internacional competente”. Porque es evidente que falta, que no existe, por más que se nos intente convencer que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ejerce como tal.

A modo de recordatorio, es importante señalar que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (UNSC) adopta decisiones, llamadas “resoluciones”, cuyo cumplimiento es obligatorio para los firmantes la Carta de las Naciones Unidas. El Consejo está conformado por los representantes de 15 gobiernos nacionales, los de los Estados Unidos de América, Francia, el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, la República Popular China, la Federación Rusa y otros 10 miembros no permanentes, renovados cada dos años. Las resoluciones requieren del voto afirmativo de, al menos, nueve miembros, disponiendo en todo caso los cinco miembros permanentes del derecho a veto.

Bajo ningún concepto nos encontramos ante una autoridad internacional legítima cuyas decisiones puedan ser consideradas como universalmente lícitas y justas. Estamos más bien ante el dictado de cinco gobiernos, entre ellos el de una república socialista cuya población aún padece en nuestros días la lacra del comunismo, que en un sucio y descarado juego de intereses particulares, deciden sobre el destino de la humanidad.

Cinco gobiernos que apelan hoy con urgencia al derecho de injerencia humanitaria en Libia, uno de los 20 principales países exportadores de petróleo, habiendo asistido impasibles, como organización, ya que como gobiernos nacionales mancharon sus manos con desmesura en la sangre de los “tutsi”, durante el genocidio de Ruanda, por poner sólo un ejemplo en el que las víctimas se estiman entre 500.000 y 1.000.000 de personas. Ruanda tiene una economía de subsistencia y carece de recursos naturales y minerales de importancia, lo que al parecer repercute en el “valor” o la “importancia” de la vida de sus desgraciados habitantes y la “urgencia” de las “intervenciones”.

Así pues, con todos los matices que sean necesarios, debemos afirmar que no existe más guerra justa que la que tiene por objetivo la defensa frente a una agresión, y que, como católicos, la única autoridad supranacional que podemos reconocer como legítima es la Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana.

En lo que respecta al desarrollo de las relaciones internacionales, como afirma el Vaticano II, “…la paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7).”

Para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Entre esas causas deben desaparecer principalmente las injusticias. No pocas de éstas provienen de las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias. Otras nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas, y, si ahondamos en los motivos más profundos, brotan de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.”

Para establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de dominación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones para difundir e imponer las ideologías.”